sábado, 18 de septiembre de 2010

The Paradox of Choice 2




La verdad es verdura





"- La verdad es que... -comenzó a decir el párroco.
- La verdad es verdura -dijo Luc, muy tajante.
- Ya lo sé, hijo mio.
- Pues tráguesela.
- ¿Cómo?
- Coma."

Enrique Vila-Matas, Exploradores del abismo.





viernes, 17 de septiembre de 2010

I Walk A Little Faster














"And even though i meet 'round each and every corner
With nothing but disaster

I set my chin a little higher i hope a little longer
Build a little stronger castle in the air
And thinking you'll be there i walk a little faster"

Fiona Apple. 






I don´t like the guy






I don´t like the guy. Do I have reasons? Yeah. Good reasons? yeah. How many reasons do I need? None. I don´t like the guy.




Tengo tanto sentimiento





Tengo tanto sentimiento
que es frecuente persuadirme
de que soy sentimental,
mas reconozco al medirme,
que todo esto es pensamiento
que yo no sentí al final.

Tenemos quienes vivimos,
una vida que es vivida
y otra vida que es pensada,
y la única en que existimos
es la que esta dividida entre la cierta y la errada.

Mas a cual de verdadera
o errada el nombre conviene
nadie lo sabrá explicar;
y vivimos de manera
que la vida que uno tiene
es la que el se ha de pensar.

Fernando Pessoa




Negro claro










HAMM.- Las olas, ¿cómo son las olas?
CLOV.- ¿Las olas?. (Apunta el catalejo). De plomo.
HAMM.- ¿Y el sol?
CLOV(sigue mirando).- Nada.
HAMM.- Sin embargo, debería estar a punto de ocultarse. Busca bien.
CLOV (tras buscar).- Vete al cuerno.
HAMM.- ¿Es pues ya de noche?
CLOV (sigue mirando).- No
HAMM.- ¿Entonces, qué?
CLOV (igual).- Todo está gris. (Baja el catalejo y se vuelve hacia Hamm, eleva la voz.) ¡Gris! (Pausa, eleva más la voz.) ¡GRRIS!

Desciende de la escalerilla, se acerca a Hamm por la espalda y le habla al oído.
HAMM (sobresaltado).- ¡Gris! ¿Has dicho gris?
CLOV.- Negro claro. Todo el universo
HAMM.- Exageras. (Pausa.) No te quedes ahí, me das miedo.

Samuel Beckett, Fin de Partida.



Monkey mind









"Meditation is both the anchor and the wings of Yoga. Meditation is the way. There's a difference between meditation and prayer, though both practices seek communion with the divine. I've heard it said that prayer is the act of talking to God, while meditation is the act of listening. Take a wild guess as to which comes easier for me. I can prattle away to God about all my feelings and my problems all the livelong day, but when it comes time to descend into silence and listen . . . well, that's a different story. When I ask my mind to rest in stillness, it is astonishing how quickly it will turn (1) bored, (2) angry, (3) depressed, (4) anxious or (5) all of the above.
Like most humanoids, I am burdened with what the Buddhists call the "monkey mind"--the thoughts that swing from limb to limb, stopping only to scratch themselves, spit and howl. From the distant past to the unknowable future, my mind swings wildly through time, touching on dozens of ideas a minute, unharnessed and undisciplined. This in itself is not necessarily a problem; the problem is the emotional attachment that goes along with the thinking. Happy thoughts make me happy, but--whoop!--how quickly I swing again into obsessive worry, blowing the mood; and then it's the remembrance of an angry moment and I start to get hot and pissed off all over again; and then my mind decides it might be a good time to start feeling sorry for itself, and loneliness follows promptly. You are, after all, what you think. Your emotions are the slaves to your thoughts, and you are the slave to your emotions.
The other problem with all this swinging through the vines of thought is that you are never where you are. You are always digging in the past or poking at the future, but rarely do you rest in this moment. It's something like the habit of my dear friend Susan, who--whenever she sees a beautiful place--exclaims in near panic, "It's so beautiful here! I want to come back here someday!"

Elizabeth Gilbert, Eat, pray, love. (Pdf)



jueves, 9 de septiembre de 2010

A Whiter Shade Of Pale





"And although my eyes were open, 
They might just as well have been closed. 

And so it was later, 
As the miller told his tale, 
That her face at first just ghostly, 
Turned a whiter shade of pale."









Desmayarse




 





 Desmayarse, atreverse, estar furioso,
áspero, tierno, liberal, esquivo,
alentado, mortal, difunto, vivo,
leal, traidor, cobarde y animoso:

  no hallar fuera del bien centro y reposo,      
mostrarse alegre, triste, humilde, altivo,
enojado, valiente, fugitivo,
satisfecho, ofendido, receloso:

  huir el rostro al claro desengaño,
beber veneno por licor süave,                    
olvidar el provecho, amar el daño:

  creer que el cielo en un infierno cabe;
dar la vida y el alma a un desengaño,
¡esto es amor! quien lo probó lo sabe.





La gente podía aguantar





"La gente podía aguantar que les mordiera un lobo pero lo que verdaderamente les reventaba era que les mordiera un cordero."

James Joyce, Ulises.



Informe para una academia








Excelentísimos señores académicos:

 Me habéis hecho el honor de pedirme que presente a la Academia un informe sobre mi simiesca vida anterior.
 Lamento no poder complaceros por completo, pues casi cinco años me separan ya de la simiedad. Ese período, breve quizá si se lo mide por el calendario, es interminablemente largo cuando, como yo, se ha recorrido al galope, acompañado a trechos por gente importante, consejos, aplausos y música orquestal; pero en realidad solo, pues todo ese acompañamiento estaba –para seguir con la misma imagen– del otro lado de la barrera. Si me hubiera aferrado obstinadamente a mis orígenes, a mis recuerdos de juventud, me hubiera sido imposible conseguir lo que he conseguido. La disciplina estricta que me impuse consistió precisamente en no permitirme ser obstinado. Yo, mono libre, acepté ese yugo; pero por eso mismo los recuerdos se me fueron borrando cada vez más. Si bien, de haberlo querido los hombres, yo hubiera podido retornar libremente, al principio, por la inmensa puerta que el cielo forma sobre la tierra, ésta fue estrechándose más y más a medida que mi evolución avanzaba como a golpes de látigo; cuanto más recluido, mejor me sentía en el mundo de los hombres; la borrasca que, procedente de mi pasado, soplaba tras de mí, se ha ido calmando: hoy es tan sólo una brisa que me refresca los talones. Y el lejano agujero a través del cual ésta me llega, y por el cual llegué yo un día, se ha achicado tanto que, de tener fuerza y voluntad suficientes para volver corriendo hasta él, me desollaría vivo si quisiera atravesarlo. Hablando con franqueza –por más que me agrade hablar de estas cosas en sentido metafórico– os digo: vuestra simiedad, señores míos, en la medida en que tuvierais algo semejante en vuestro pasado, no podría estar más lejos de vosotros que lo que de mí está la mía. Sin embargo, le cosquillea los talones a todo aquel que pisó la tierra, tanto al pequeño chimpancé como al gran Aquiles.
 De todos modos, y aunque con muchas limitaciones, tal vez pueda contestar parcialmente vuestra pregunta, cosa que por lo demás haré con sumo placer. Lo primero que aprendí fue a estrechar la mano en señal de solemne acuerdo. Estrecharla mano es un gesto de franqueza. Puedo hoy, en la cúspide de mi carrera, agregar el uso de la palabra a ese primer apretón de manos. Mis palabras no aportarán a la Academia nada esencialmente nuevo, y quedaré muy por debajo de lo que se me pide, que ni con la mejor voluntad puede expresar. De todos modos, en este informe describiré el camino por el cual alguien que fue mono ingresó en el mundo de los humanos y se instaló firmemente en él. Quede claro, además, que ni las menudencias siguientes podría contaros si no estuviese totalmente convencido de mí mismo y si mi posición no se hubiese reafirmado de la forma más sólida en todos los grandes music-halls del mundo civilizado.
Soy oriundo de la Costa de Oro. Para saber cómo fui capturado dependo de informes ajenos. Una expedición de caza de la firma Hagenbeck –con cuyo jefe, por cierto, he vaciado luego no pocas botellas de vino tinto– estaba al acecho, emboscada en los matorrales de la orilla del río, cuando junto con numerosos congéneres corrí una tarde hacia el abrevadero. Dispararon, y yo fui el único que cayó herido, alcanzado por dos tiros.
Uno me dio en la mejilla. La herida fue leve, pero dejó una gran cicatriz pelada y roja, que me valió el nombre repugnante, totalmente inexacto y qué podía haber sido inventado por un mono, de Peter el Rojo, como si sólo esa mancha roja en la mejilla me diferenciara de aquel simio amaestrado llamado Peter, muerto hace poco, cuya reputación era, dicho sea de paso, únicamente local.
El segundo tiro me alcanzó debajo de la cadera. Fue una herida grave, y por su culpa aún hoy renqueo un poco. No hace mucho leí en un artículo escrito por alguna de esas sabandijas que arremeten contra mí desde los periódicos, que mi naturaleza simiesca no ha sido reprimida del todo, y como prueba de ello alega que cuando recibo visitas me bajo los pantalones para mostrar la señal dejada por la bala. A ese sinvergüenza deberían arrancarle a tiros, uno por uno, cada dedo de la mano con que escribe. Yo puedo quitarme los pantalones ante quien me dé la gana: nada verán sino un pelaje cuidado y la cicatriz dejada por él –utilizaré un término preciso y que no se preste a equívocos– injurioso disparo. Todo está a la luz del día: no hay nada que ocultar. Tratándose de la verdad, toda persona generosa deja a un lado los modales. En cambio, distinto sería si el escritorzuelo en cuestión se quitase los pantalones al recibir visitas. Doy fe de su sensatez admitiendo que no lo hace, ¡pero que no me fastidie más con sus gazmoñerías!
Tras dichos disparos desperté –y aquí comienzan a surgir lentamente mis propios recuerdos– en una jaula, en el entrepuente del barco de Hagenbeck. No era una jaula con rejas a los cuatro costados, eran más bien tres rejas clavadas a un cajón. El cuarto lado formaba, pues, parte del cajón mismo. El lugar era demasiado bajo para estar de pie en él y demasiado estrecho para estar sentado. Por eso me acurrucaba doblando las rodillas, que me temblaban sin cesar. Como probablemente no quería ver a nadie, prefería permanecer en la oscuridad: me volvía hacia el lado de las tablas y dejaba que los barrotes de hierro se me incrustaran en el lomo. Dicen que es conveniente enjaular así a los animales salvajes en los primeros tiempos de cautiverio, y hoy, según mi experiencia, no puedo negar que, desde el punto de vista humano, es cierto.
 Pero entonces no pensaba en todo esto. Por primera vez en mi vida me encontraba sin salida. Directamente ante mí estaba el cajón con sus tablas sólidamente ensambladas. Había, sin embargo, una rendija entre las tablas. Acogí este descubrimiento con el aullido dichoso de la ignorancia. Pero esa rendija era tan estrecha que no podía ni sacar la cola por ella, y ni con toda mi fuerza simiesca me era posible ensancharla.
Como después me contaron, debí de resultar excepcionalmente silencioso, y por ello dedujeron que o moriría pronto o, de sobrevivir a la crisis de los primeros tiempos, sería luego muy apto para el amaestramiento. Sobreviví. Mis primeras ocupaciones en la nueva vida fueron sollozar sordamente, espulgarme hasta el dolor, lamer hasta el hastío un coco, golpearme la cabeza contra las tablas del cajón y enseñar los dientes cuando alguien se acercaba. Y en medio de todo, una sola idea: no hay salida. Naturalmente, hoy sólo puedo transcribir lo que entonces sentía como mono con palabras humanas, y por eso mismo lo desvirtúo. Pero aunque ya no pueda captar la vieja verdad simiesca, no cabe duda de que subyace en el sentido de mi descripción.
Hasta entonces había tenido un sinfín de salidas, y ya no me quedaba ninguna. Estaba encallado. Si me hubieran clavado, no hubiera disminuido por ello mi libertad de acción. ¿Por qué? Aunque te rasques hasta hacer sangrar el pellejo entre los dedos de los pies, no encontrarás respuesta. Aunque te aprietes la espalda contra los barrotes de la jaula hasta que casi se parta en dos, no encontrarás respuesta. No tenía salida, pero tenía que encontrar una: sin ella no podía vivir. Siempre contra esa pared, hubiera acabado reventado. Pero como en el circo Hagenbeck a los monos les toca estar encajonados, pues bien, dejé de ser mono. Fue una asociación de ideas clara y hermosa que debió, en cierto modo, ocurrírseme en la barriga, ya que los monos piensan con la barriga.
Temo que no comprendan bien lo que yo entiendo por «salida». Empleo la palabra en su sentido más literal y común. Deliberadamente no digo libertad. No hablo de esa gran sensación de libertad en todos los planos. De mono probablemente la conocí y he visto hombres que la añoran. En lo que a mí se refiere, ni entonces ni ahora pedí libertad. Con la libertad, dicho sea de paso, uno se engaña a menudo entre los hombres, ya que si el sentimiento de libertad es uno de los más sublimes, igualmente sublimes son los correspondientes engaños. En los teatros de variedades, antes de salir a escena, solía ver parejas de artistas evolucionando en los trapecios, muy alto, junto al techo. Se lanzaban, se columpiaban, saltaban, volaban el uno a los brazos del Otro, se llevaban el uno al otro sujetos del pelo con los dientes. «También esto –pensé– es libertad para el hombre: ¡el movimiento soberano!» ¡Oh escarnio de la Naturaleza! Ningún edificio quedaría en pie bajo las carcajadas que semejante espectáculo provocaría entre la simiedad.
 No, yo no quería libertad. Quería únicamente una salida: a derecha, a izquierda, a donde fuera. No pretendía más. Aunque la salida fuese tan sólo un engaño: como la pretensión era pequeña, el engaño no sería mayor. ¡Avanzar, avanzar! Con tal de no detenerse con los brazos en alto, apretados contra las tablas de un cajón.
Hoy lo veo claro: si no hubiera tenido una gran tranquilidad interior, no hubiera podido escapar jamás. En realidad, todo lo que he llegado a ser se lo debo posiblemente a esa gran tranquilidad que me invadió, en los primeros días de cautiverio en el barco. Y, a su vez, debo esa tranquilidad a la tripulación.
 Era buena gente, a pesar de todo. Hoy recuerdo todavía con placer el fuerte sonido de sus pasos, que oía en medio de mi sopor. Solían hacerlo todo con gran lentitud. Si alguno necesitaba frotarse los ojos, levantaba la mano como un peso muerto. Sus bromas eran groseras, pero cordiales. A sus risas se mezclaba siempre una tos que, aunque sonaba peligrosa, no significaba nada. Tenían continuamente en la boca algo que escupir y les daba igual dónde lo escupían. Se quejaban siempre de que mis pulgas les saltaban encima, pero nunca llegaron a enfadarse conmigo por esa razón; sabían que las pulgas se multiplicaban en mi pelaje y que son saltarinas. Con esto se daban por satisfechos. Cuando no tenían trabajo algunos de ellos se sentaban a veces en semicírculo frente a mí, hablándose apenas, gruñéndose el uno al otro, fumando en pipa tendidos sobre los cajones, palmeándose la rodilla a mi menor movimiento, y alguno, de vez en cuando, cogía una varita y con ella me hacía cosquillas donde me gustaba. Si me invitaran hoy a realizar un viaje en ese barco, declinaría la invitación; pero he de admitir que los recuerdos que en el entrepuente me asaltarían no serían todos desagradables.
La tranquilidad que obtuve en medio de aquella gente me preservó, ante todo, de cualquier intento de fuga. Creo que ya entonces presentía que, para seguir viviendo, tenía que encontrar una salida, pero que dicha salida no la hallaría en la fuga. No sé ahora si la fuga era posible, pero creo que sí: un mono siempre puede fugarse. Con mis dientes actuales he de tener cuidado incluso para cascar una nuez, pero entonces, poco a poco, hubiera podido roer de parte a parte el cerrojo de la puerta. No lo hice. ¿Qué hubiera ganado con ello? Apenas hubiese asomado la cabeza, me hubieran cazado de nuevo y encerrado en una jaula peor; o bien hubiera podido huir hacia los otros animales, hacia las serpientes gigantes, por ejemplo, que estaban frente a mí, para exhalar en su abrazo el último suspiro; o, de haber logrado llegar hasta el puente superior y saltar sobre la borda, tras mecerme unos instantes sobre las olas me habría ahogado. Actos suicidas todos ellos. No razonaba tan humanamente entonces, pero bajo la influencia de mi medio ambiente actué como si hubiese razonado.
No razonaba, pero observaba con toda tranquilidad a aquellos hombres que veía ir y venir. Siempre las mismas caras, los mismos gestos; a menudo me parecían un único hombre. Pero ese hombre, o esos hombres, se movían sin trabas. Un alto designio comenzó a tomar forma en mí. Nadie me prometía que, de llegar a ser como ellos, mi jaula sería abierta. No se hacen tales promesas para esperanzas que parecen inalcanzables; pero si se alcanzan, aparecen esas promesas después, justamente allí donde antes se las había buscado en vano. Ahora bien, nada había en aquellos hombres que de por sí me atrajera especialmente. Si fuera partidario de esa libertad a la que antes aludía, hubiera preferido sin duda el océano a esa salida que veía reflejarse en la turbia mirada de aquellos hombres. Había venido observándolos en todas sus actitudes, ya mucho antes de haber pensado en estas cosas, y, desde luego, sólo estas observaciones acumuladas me empujaron en aquella dirección.
 ¡Era tan fácil imitar a la gente! Escupir pude ya en los primeros días. Nos escupíamos entonces mutuamente a la cara, con la diferencia de que yo me lamía luego hasta dejarla limpia y ellos no. Pronto fumé en pipa como un viejo, y cuando metía el pulgar en la cazoleta, se desternillaban de risa. Pero durante mucho tiempo no noté diferencia alguna entre la pipa cargada y la vacía.
Nada me dio tanto trabajo como la botella de aguardiente. Me torturaba el olor y, a pesar de mi buena voluntad, pasaron semanas antes de que lograra vencer esa repugnancia. Lo increíble es que la tripulación tomó más en serio esas luchas interiores que cualquier otra cosa mía. En mis recuerdos tampoco diferencio a esa gente, pero había uno que venía siempre, solo o acompañado, de día, de noche, a las horas más diversas, y, deteniéndose ante mí con la botella vacía, me daba lecciones. No me comprendía; quería descifrar el enigma de mi naturaleza. Descorchaba lentamente la botella, luego me miraba para saber si yo había comprendido. Confieso que yo le miraba siempre con una atención tensa y frenética. Ningún maestro de hombre encontrará en el mundo entero mejor aprendiz de hombre. Cuando había descorchado la botella, se la llevaba a la boca; yo la seguía con la mirada. Asentía satisfecho y posaba la botella en sus labios. Yo, entusiasmado con mi paulatina comprensión, chillaba, rascándome frenéticamente. Él, contento, empinaba la botella y bebía un trago. Yo, impaciente y desesperado por emularlo, me ensuciaba en la jaula, lo que le divertía enormemente. Después apartaba de sí la botella con gesto teatral y volvía a acercarla a sus labios, y luego, exageradamente echado hacia atrás, la vaciaba de un trago. Yo, extenuado por el intenso deseo, permanecía colgado débilmente de la reja, mientras él, dando con esto por terminada la lección teórica, se frotaba la barriga sonriendo satisfecho.
Sólo entonces comenzaba la clase práctica. ¿No me había dejado ya la teórica totalmente extenuado? Sí, totalmente extenuado; pero a pesar de ello cogía la botella lo mejor que podía; la descorchaba temblando; el lograrlo me iba dando nuevas fuerzas; levantaba la botella de manera casi idéntica a la de mi maestro; la posaba en los labios y... la tiraba al suelo con asco; con asco, aunque estaba vacía y sólo el olor la llenaba. Para dolor de mi maestro y para mayor dolor mío; ni a él ni a mí mismo nos resarcía de ello el hecho de que, después de arrojar la botella, no me olvidara de frotarme la barriga, ostentando al mismo tiempo una amplia sonrisa.
Así transcurría la lección con demasiada frecuencia, y en honor de mi maestro quiero hacer constar que nunca se enfadaba conmigo, pero sí que, a veces, con la pipa encendida me tocaba el pelaje hasta que comenzaba a arder lentamente, en algún punto que yo difícilmente alcanzaba; entonces lo apagaba él mismo con su mano enorme y bondadosa. No se enfadaba conmigo, pues reconocía que ambos luchábamos en el mismo bando, contra mi naturaleza simiesca, y que era yo quien llevaba la peor parte.
A pesar de ello, qué triunfo luego, tanto para él como para mí, cuándo cierta noche, ante gran número de espectadores –quizá estaban de fiesta: sonaba un fonógrafo, un oficial circulaba entre los tripulantes–, sin que nadie lo advirtiese cogí una botella de aguardiente que alguien descuidadamente había olvidado junto a mi jaula y, ante el creciente asombro de los presentes, la descorché con toda corrección, me la llevé a los labios y, sin vacilar, sin muecas, como un bebedor empedernido, con los ojos desorbitados y el gaznate palpitante, la vacié de un trago. Tiré la botella, no ya como un desesperado, sino como un artista; pero me olvidé, eso sí, de frotarme la barriga. En cambio, porque no podía hacer otra cosa, porque algo me empujaba a ello, porque mi mente bullía, rompí a gritar: «¡Hola!», con voz humana. Ese grito me hizo entrar de un salto en la comunidad de los hombres, y su eco: «¡Habla!», lo sentí como un beso en mi cuerpo chorreante de sudor. Insisto en que no me seducía imitar a los hombres; los imitaba porque buscaba una salida; por ningún otro motivo. Con ese triunfo, por otra parte, poco había conseguido, pues inmediatamente la voz me falló de nuevo. Sólo pasados unos meses volví a recuperarla. La repugnancia hacia la botella de aguardiente reapareció con más fuerza aún, pero sin duda alguna había encontrado yo de una vez por todas mi camino.
 Cuando en Hamburgo me entregaron al primer amaestrador, en seguida me di cuenta de que ante mí se abrían dos posibilidades: el zoo o el music-hall. No vacilé. Me dije: «Pon todo tu empeño en entrar en el music-hall: ésa es la salida. El zoo no es más que otra jaula; quien entra allí está perdido.»
 Y aprendí, señores míos. ¡Cuando hay que aprender se aprende; se aprende cuando se trata de encontrar una salida! ¡Se aprende sin piedad! Se vigila uno a sí mismo látigo en mano, fustigándose a la menor vacilación. La naturaleza simiesca salió con furia de mí, se alejó de mí dando volteretas, y por ello mi primer maestro casi se volvió mono y tuvo que abandonar las lecciones para ser internado en un sanatorio. Afortunadamente, pronto salió de allí.
Agoté a muchos maestros. Sí, hasta a varios a la vez. Cuando estuve ya más seguro de mi capacidad, cuando el público siguió mis progresos, cuando mi futuro comenzó a sonreírme, yo mismo elegí mis profesores. Los hice sentar en cinco habitaciones sucesivas y aprendí con todos a la vez, saltando sin interrupción de un cuarto a otro.
 ¡Qué progresos! ¡Qué irrupción, desde todos los ángulos, de los rayos del conocimiento en el cerebro que despierta! ¿Por qué negarlo? Esto me hacía dichoso. Pero tampoco puedo negar que no lo sobrevaloraba, ya entonces, ¡y cuánto menos lo sobrevaloro ahora! Con un esfuerzo que hasta hoy no ha vuelto a repetirse, logré tener la cultura media de un europeo. Esto en sí mismo carece de valor, pero es algo, sin embargo, en la medida en que me ayudó a dejar la jaula y a encontrar esta salida especial, esta salida humana. Hay una acertada expresión alemana: «Escurrirse entre los matorrales». Esto fue lo que yo hice: me escurrí entre los matorrales. No me quedaba otro camino, por supuesto, pues siempre supe que no había que elegir la libertad.
Si de una ojeada examino mi evolución y lo que fue su objetivo hasta ahora, ni me lamento de ella, ni me doy por satisfecho. Con las manos en los bolsillos del pantalón, con la botella de vino sobre la mesa, recostado o sentado a medias en la mecedora, miro por la ventana. Si llegan visitas, las recibo debidamente. Mi empresario está sentado en la antecámara; si toco el timbre, acude y escucha lo que tengo que decirle. De noche casi siempre hay función, y obtengo éxitos difícilmente superables. Y si al salir de los banquetes, de las sociedades científicas o de las gratas reuniones entre amigos, llego a casa a horas avanzadas, allí me espera una pequeña y semiamaestrada chimpancé, con quien, a la manera simiesca, lo paso muy bien. De día no quiero verla, pues tiene en la mirada esa locura típica del animal perturbado por el amaestramiento; algo que sólo yo noto, y que no puedo soportar.
En resumen, y a pesar de todo, he logrado lo que me había propuesto. Y no se crea que el esfuerzo no valía la pena. Por lo demás, no es la opinión de los hombres lo que me interesa; yo sólo quiero difundir conocimientos, sólo estoy informando. También a ustedes, excelentísimos señores académicos, me he limitado a informarles.

Franz Kafka, La metamorfosis y otros relatos (Pdf)



A Close Call While Shopping





Pushing my cart through the supermarket
today
the thought passed through my mind
that I could start
knocking cans from the shelves and
also rolls of towels, toilet paper,
silver foil,
I could throw oranges, bananas, tomatoes
through the air, I could take cans of
beer from the refrigerated section and
start gulping them, I could pull up
women's skirts, grab their asses,
I could ram my shopping cart through
the plate-glass window...

then another thought occurred to me:
people generally consider something
before they do it.

I pushed my cart along...

a woman in a checkered skirt was
bending over the pet food section.
I seriously considered grabbing her
ass
but I didn't, I rolled on
by.

I had the items I needed and I rolled
my cart up to the checkout stand.
a lady in a red smock with a nameplate
on
awaited me.
the nameplate indicated her as
"Robin."

Robin looked at me: "how you doing?"
she asked.

"fine," I told her.

and then she began tabulating my
purchases
not in the least knowing that
the fellow standing there before her
had just two minutes ago been
one grab from the
madhouse.


Charles Bukowski




miércoles, 8 de septiembre de 2010

In retrospect





"In retrospect, you never had a chance. You didn’t have the resources. You didn’t have the tools. And as you watch your life go up in flames, you just want to sleep."




Carta de Hermann Hesse a T.G.M. Glatz









9 de agosto de 1929

...Como usted sabe, durante toda mi existencia he anhelado la vida, una vida real, intensa, personal, no reglamentada ni mecanizada. Al igual que todos debí pagar el exceso de libertad personal que me tomé en parte con renunciamientos y necesidades, pero en parte también con mayor trabajo. De modo que con el tiempo mi profesión de literato no sólo se convirtió en un recurso para acercarme a mi ideal de vida, sino casi en un fin absoluto. Me he convertido en un escritor, pero no en un hombre. He alcanzado una meta parcial, pero no la meta principal. He fracasado. [...] Quizá con saldos más decentes y menores concesiones que otros idealistas, pero he fracasado al fin. Mi obra es personal, es intensa, a menudo me llena de dicha a mí mismo, pero no es mi vida. Mi vida no es más que disposición para el trabajo, y los sacrificios que ofrezco por una vida en gran soledad están lejos de ser dedicados a la vida, sino solo a la literatura. El valor y la intensidad de mi vida residen en las horas en que produzco obras literarias, o sea cuando expreso lo insuficiente y desesperado de mi vida. Usted apreciará mi confesión aunque lo decepcione.

Tal vez nos encontremos en alguna ocasión.

Hermann Hesse



martes, 7 de septiembre de 2010

Colores






Capítulo uno: Cómo percibimos los colores



Ver/Bajar serie documental



Relevante... irrelevante...











"- ¿Qué sabes de este asunto? -le dijo el Rey a Alicia.
- Nada -dijo Alicia.
- ¿Nada de nada? -insistió el Rey.
- Nada de nada -dijo Alicia.
- Eso es muy relevante -dijo el Rey, volviéndose hacia el jurado.
Empezaban precisamente sus miembros a tomar nota de todo cuando interrumpió el Conejo Blanco: "Irrelevante es lo que naturalmente a querido decir vuestra Majestad", dijo en un tono respetuosísimo, pero frunciendo el ceño y haciéndole gestos mientras hablaba.
- Irrelevante, por suspuesto, quiero decir -se apresuró a rectificar el Rey; y prosiguió para sí, en voz baja-: Relevante... irrelevante... irrelevante... relevante...- como si estuviese probando a ver cómo sonaba mejor."

Lewis Carroll, Alicia en el País de las Maravillas.



lunes, 6 de septiembre de 2010

2 revelations







XVII





Baina izan ziren
erabateko galtzaileak ere
errukirik gabeko jainko batek
zoritxarren liburuan azpimarratu zituenak.
Ohartu ziren arrotza zela beraien zortea
arerio baten aginduak zapaltzen zituelarik.
Haiek, desziurrean galduek
babesik gabe iragan zituzten egun eta lanorduak
esparru gizakorretatik herbesteratuak,
eta nehork ez zuen jakin zergaitia esaten
nondik, norengandik hainbeste irain,
izan zirela dakigu, ez besterik
eta espantu mugagabe hartatik
ez zela itxaropenaren lits bakar bat ere salbatu.
Karriketan galtzen ziren itzal iheslariekin
joan ziren egoitza ilunetara
izenik gabe, hilarririk gabe
ketan, hautsetan galdu ziren
betirako, betirako, betirako.

Xabier Lete
Egunsentiaren esku izoztuak.




Por qué











- ¿Y lo escribe usted para sus hijos? ¿como una crónica de la familia?
Sonrió amargamente:
- A mis hijos no les interesaría. Lo escribo como un libro. Creo que podría servirle de ayuda a mucha gente.
La conversación con el taxista me esclareció de repente la esencia de la actividad literaria. Escribimos libros porque nuestros hijos no se interesan por nosotros. Nos dirigimos a un mundo anónimo porque nuestra mujer se tapa los oídos cuando le hablamos.

Milan Kundera, El libro de la risa y el olvido.




1+1=3









Poesía vertical 3





¿Por qué las hojas ocupan el lugar de las hojas
y no el que queda entre las hojas?
¿Por qué tu mirada ocupa el hueco que está delante de la razón
y no el que está detrás?
¿Por qué recuerdas que la luz se muere
y en cambio olvidas que también muere la sombra?
¿Por qué se afina el corazón del aire
hasta que la canción se vuelve otro vacío en el vacío?
¿Por qué no callas en el sitio exacto
donde morir es la presencia justa
suspendida del árbol de vivirse?
¿Por qué estas rayas donde el cuerpo cesa
y no otro cuerpo y otro cuerpo y otro?
¿Por qué esta curva del porqué y no el signo
de una recta sin fin y un punto encima?

Roberto Juarroz




If you can't






"If you can't eat it or screw it, piss on it" 

 Paul Auster, Timbuktu.






Beauty is truth, truth beauty




Oda a una urna griega

"¡Oh pieza ática! ¡Qué bellamente
dispones sobre el mármol excelentes varones
y labradas doncellas junto a hierbas y ramas!
Tú excedes, callada forma, al pensamiento
como la eternidad. ¡Oh fría Égloga!
Cuando la edad consuma esta generación
continuarás en medio de otro dolor que el nuestro
como amiga del hombre al que dices:
"la belleza es verdad, la verdad es belleza;
esto es cuanto sabes y saber necesitas".
(Poema completo)




"O Attic shape! Fair attitude! with brede
Of marble men and maidens overwrought,
With forest branches and the trodden weed;
Thou, silent form, dost tease us out of thought
As doth eternity. Cold Pastoral!
When old age shall this generation waste,
Thou shalt remain, in midst of other woe
Than ours, a friend to man, to whom thou say'st,
"Beauty is truth, truth beauty"---that is all
Ye know on earth, and all ye need to know."



Two rocks converse




Tom Gauld


Resumamos

















"Resumamos: es un hecho bien conocido que las personas que más deseos tienen de gobernar a la gente son, ipso facto, las menos adecuadas para ello. Abreviemos el resumen: a cualquiera que sea capaz de nombrarse Presidente a sí mismo, no debería permitírsele en modo alguno realizar dicha tarea. Abreviemos el resumen del resumen: la gente es un problema". 

Douglas Adams, La vida, el universo y todo lo demás





domingo, 5 de septiembre de 2010

The surprising science of motivation







I need to make a confession at the outset here. A little over 20 years ago I did something that I regret, something that I'm not particularly proud of, something that, in many ways, I wish no one would ever know, but here I feel kind of obliged to reveal. In the late 1980s, in a moment of youthful indiscretion, I went to law school.

Now, in America law is a professional degree. You get your university degree. Then you go on to law school. And when I got to law school, I didn't do very well. To put it mildly, I didn't do very well. I, in fact, graduated in the part of my law school class that made the top 90 percent possible.Thank you. I never practiced law a day in my life. I pretty much wasn't allowed to.

But today, against my better judgement, against the advice of my own wife, I want to try to dust off some of those legal skills, what's left of those legal skills. I don't want to tell you a story. I want to make a case. I want to make a hard-headed, evidence-based, dare I say lawyerly case, for rethinking how we run our businesses.

So, ladies and gentlemen of the jury, take a look at this. This is called the candle problem. 


Some of you might have seen this before. It's created in 1945 by a psychologist named Karl Duncker. Karl Duncker created this experiment that is used in a whole variety of experiments in behavioral science. And here's how it works. Suppose I'm the experimenter. I bring you into a room. I give you a candle, some thumbtacks and some matches. And I say to you, "Your job is to attach the candle to the wall so the wax doesn't drip onto the table." Now what would you do?

Now many people begin trying to thumbtack the candle to the wall. Doesn't work. Somebody, some people, and I saw somebody kind of make the motion over here. Some people have a great idea where they light the match, melt the side of the candle, try to adhere it to the wall. It's an awesome idea. Doesn't work. And eventually, after five or 10 minutes, Most people figure out the solution, Which you can see here.


 The key to to overcome what's called functional fixedness. You look at that box and you see it only as a receptacle for the tacks. But it can also have this other function, as a platform for the candle. The candle problem.

Now I want to tell you about an experiment using the candle problem, done by a scientist named Sam Glucksberg, who is now at Princeton University in the U.S. This shows the power of incentives. Here's what he did. He gathered his participants. And he said, "I'm going to time you. How quickly you can solve this problem?" To one group he said, I'm going to time you to establish norms, averages for how long it typically takes someone to solve this sort of problem.

To the second group he offered rewards. He said, "If you're in the top 25 percent of the fastest times you get five dollars. If you're the fastest of everyone we're testing here today you get 20 dollars." Now this is several years ago. Adjusted for inflation. It's a decent sum of money for a few minutes of work. It's a nice motivator.

Question: How much faster did this group solve the problem? Answer: It took them, on average, three and a half minutes longer. Three and a half minutes longer. Now this makes no sense right? I mean, I'm an American. I believe in free markets. That's not how it's supposed to work. Right?  If you want people to perform better, you reward them. Right? Bonuses, commissions, their own reality show. Incentivize them. That's how business works. But that's not happening here. You've got an incentive designed to sharpen thinking and accelerate creativity. And it does just the opposite. It dulls thinking and blocks creativity.

And what's interesting about this experiment is that it's not an aberration. This has been replicated over and over and over again, for nearly 40 years. These contingent motivators, if you do this, then you get that, work in some circumstances. But for a lot of tasks, they actually either don't work or, often, they do harm. This is one of the most robust findings in social science. And also one of the most ignored.

I spent the last couple of years looking at the science of human motivation. Particularly the dynamics of extrinsic motivators and intrinsic motivators. And I'm telling you, it's not even close. If you look at the science, there is a mismatch between what science knows and what business does. And what's alarming here is that our business operating system -- think of the set of assumptions and protocols beneath our businesses, how we motivate people, how we apply our human resources -- it's built entirely around these extrinsic motivators, around carrots and sticks. That's actually fine for many kinds of 20th century tasks. But for 21st century tasks, that mechanistic, reward-and-punishment approach doesn't work, often doesn't work, and often does harm. Let me show you what I mean.

So Glucksberg did another experiment similar to this where he presented the problem in a slightly different way, like this up here. 


Okay? Attach the candle to the wall so the wax doesn't drip onto the table. Same deal. You: we're timing for norms. You: we're incentivizing. What happened this time? This time, the incentivized group kicked the other group's butt. Why? Because when the tacks are out of the box it's pretty easy isn't it?

If-then rewards work really well for those sorts of tasks, where there is a simple set of rules and a clear destination to go to. Rewards, by their very nature, narrow our focus, concentrate the mind. That's why they work in so many cases. And so, for tasks like this, a narrow focus, where you just see the goal right there, zoom straight ahead to it, they work really well. But for the real candle problem, you don't want to be looking like this. The solution is not over here. The solution is on the periphery. You want to be looking around. That reward actually narrows our focus and restricts our possibility.

Let me tell you why this is so important. In western Europe, in many parts of Asia, in North America, in Australia, white collar workers are doing less of this kind of work, and more of this kind of work. That routine, rule-based, left brain work, certain kinds of accounting, certain kinds of financial analysis, certain kinds of computer programing, has become fairly easy to outsource, fairly easy to automate. Software can do it faster. Low-cost providers around the world can do it cheaper. So what really matters are the more right-brained creative, conceptual kinds of abilities.

Think about your own work. Think about your own work. Are the problems that you face, or even the problems we've been talking about here, are those kinds of problems -- do they have a clear set of rules, and a single solution? No. The rules are mystifying. The solution, if it exists at all, is surprising and not obvious. Everybody in this room is dealing with their own version of the candle problem. And for candle problems of any kind, in any field, those if-then rewards, the things around which we've built so many of our businesses, don't work.

Now, I mean it makes me crazy. And this is not -- here's the thing. This is not a feeling. Okay? I'm a lawyer. I don't believe in feelings. This is not a philosophy. I'm an American. I don't believe in philosophy. This is a fact. Or, as we say in my hometown of Washington D.C., a true fact.  Let me give you an example of what I mean. Let me marshal the evidence here. Because I'm not telling you a story. I'm making a case.

Ladies and gentlemen of the jury, some evidence: Dan Ariely, one of the great economists of our time, he and three colleagues, did a study of some MIT students. They gave these MIT students a bunch of games. Games that involved creativity, and motor skills, and concentration. And the offered them, for performance, three levels of rewards. Small reward, medium reward, large reward. Okay? If you do really well you get the large reward, on down. What happened? As long as the task involved only mechanical skill bonuses worked as they would be expected: the higher the pay, the better the performance. Okay? But one the task called for even rudimentary cognitive skill, a larger reward led to poorer performance.

Then they said, "Okay let's see if there's any cultural bias here. Lets go to Madurai, India and test this." Standard of living is lower. In Madurai, a reward that is modest in North American standards, is more meaningful there. Same deal. A bunch of games, three levels of rewards. What happens? People offered the medium level of rewards did no better than people offered the small rewards. But this time, people offered the highest rewards, they did the worst of all. In eight of the nine tasks we examined across three experiments, higher incentives led to worse performance.

Is this some kind of touchy feely socialist conspiracy going on here? No. These are economists from MIT, from Carnegie Mellon, from the University of Chicago. And do you know who sponsored this research? The Federal Reserve Bank of the United States. That's the American experience.

Let's go across the pond to the London School of Economics. LSE, London School of Economics. Alma mater of 11 Nobel Laureates in economics. Training ground for great economic thinkers like George Soros, and Friedrich Hayek, and Mick Jagger.  Last month, just last month, economists at LSE looked at 51 studies of pay-for-performance plans, inside of companies. Here's what the economists there said, "We find that financial incentives can result in a negative impact on overall performance."

There is a mismatch between what science knows and what business does. And what worries me, as we stand here in the rubble of the economic collapse, is that too many organizations are making their decisions, their policies about talent and people, based on assumptions that are outdated, unexamined, and rooted more in folklore than in science. And if we really want to get out of this economic mess, and if we really want high performance on those definitional tasks of the 21st century, the solution is not to do more of the wrong things. To entice people with a sweeter carrot, or threaten them with a sharper stick. We need a whole new approach.

And the good news about all of this is that the scientists who've been studying motivation have given us this new approach. It's an approach built much more around intrinsic motivation. Around the desire to do things because they matter, because we like it, because they're interesting, because they are part of something important. And to my mind, that new operating system for our businesses revolves around three elements: autonomy, mastery and purpose. Autonomy, the urge to direct our own lives. Mastery, the desire to get better and better at something that matters. Purpose, the yearning to do what we do in the service of something larger than ourselves. These are the building blocks of an entirely new operating system for our businesses.

I want to talk today only about autonomy. In the 20th century, we came up with this idea of management. Management did not emanate from nature. Management is like -- it's not a tree. It's a television set. Okay? Somebody invented it. And it doesn't mean it's going to work forever. Management is great. Traditional notions of management are great if you want compliance. But if you want engagement, self-direction works better.

Let me give you some examples of some kind of radical notions of self direction. What this means -- you don't see a lot of it, but you see the first stirrings of something really interesting going on. Because what it means is paying people adequately and fairly, absolutely. Getting the issue of money off the table. And then giving people lots of autonomy. Let me give you some examples.

How many of you have heard of the company Atlassian? It looks like less than half. Atlassian is an Australian software company. And they do something incredibly cool. A few times a year they tell their engineers, "Go for the next 24 hours and work on anything you want, as long as it's not part of your regular job. Work on anything you want." So that engineers use this time to come up with a cool patch for code, come up with an elegant hack. Then they present all of the stuff that they've developed to their teammates, to the rest of the company, in this wild and wooly all hands meeting at the end of the day. And then, being Australians, everybody has a beer.

They call them FedEx Days. Why? Because you have to deliver something overnight. It's pretty. It's not bad. It's a huge trademark violation. But it's pretty clever.That one day of intense autonomy has produced a whole array of software fixes that might never have existed.

And it's worked so well that Atlassian has taken it to the next level with 20 Percent Time. Done, famously, at Google. Where engineers can work, spend 20 percent of their time working on anything they want. They have autonomy over their time, their task, their team, their technique. Okay? Radical amounts of autonomy, And at Google, as many of you know, about half of the new products in a typical year are birthed during that 20 Percent Time. Things like Gmail, Orkut, Google News.

Let me give you an even more radical example of it. Something called the Results Only Work Environment. The ROWE. Created by two American consultants, in place in place at about a dozen companies around North America. In a ROWE people don't have schedules. They show up when they want. They don't have to be in the office at a certain time, or any time. They just have to get their work done. How they do it, when they do it, where they do it, is totally up to them. Meetings in these kinds of environments are optional.

What happens? Almost across the board, productivity goes up, worker engagement goes up, worker satisfaction goes up, turnover goes down. Autonomy, mastery and purpose, These are the building blocks of a new way of doing things. Now some of you might look at this and say, "Hmm, that sounds nice. But it's Utopian." And I say, "Nope. I have proof."

The mid 1990s, Microsoft started an encyclopedia called Encarta. They had deployed all the right incentives. All the right incentives. They paid professionals to write and edit thousands of articles. Well compensated managers oversaw the whole thing to make sure it came in on budget and on time. A few years later another encyclopedia got started. Different model, right? Do it for fun. No one gets paid a cent, or a Euro or a Yen. Do it because you like to do it.

Now if you had, just 10 years ago, if you had gone to an economist, anywhere, And said, "Hey, I've got these two different models for creating an encyclopedia. If they went head to head, who would win?" 10 years ago you could not have found a single sober economist anywhere on planet Earth, who would have predicted the Wikipedia model.

This is the titanic battle between these two approaches. This is the Ali-Frazier of motivation. Right? This is the Thrilla' in Manila. Alright? Intrinsic motivators versus extrinsic motivators. Autonomy, mastery and purpose, versus carrot and sticks. And who wins? Intrinsic motivation, autonomy, mastery and purpose, in a knockout. Let me wrap up.

There is a mismatch between what science knows and what business does. And here is what science knows. One: Those 20th century rewards, those motivators we think are a natural part of business, do work, but only in a surprisingly narrow band of circumstances. Two: Those if-then rewards often destroy creativity. Three: The secret to high performance isn't rewards and punishments, but that unseen intrinsic drive. The drive to do things for their own sake. The drive to do things cause they matter.

And here's the best part. We already know this. The science confirms what we know in our hearts. So, if we repair this mismatch between what science knows and what business does, If we bring our motivation, notions of motivation into the 21st century, if we get past this lazy, dangerous, ideology of carrots and sticks, we can strengthen our businesses, we can solve a lot of those candle problems, and maybe, maybe, maybe we can change the world. I rest my case.




Un soneto me manda hacer Violante










  

Un soneto me manda hacer Violante,
que en mi vida me he visto en tal aprieto;
catorce versos dicen que es soneto:
burla burlando van los tres delante.

   Yo pensé que no hallara consonante
y estoy a la mitad de otro cuarteto;
mas si me veo en el primer terceto
no hay cosa en los cuartetos que me espante.

   Por el primer terceto voy entrando
y parece que entré con pie derecho,
pues fin con este verso le voy dando.

   Ya estoy en el segundo, y aún sospecho
que voy los trece versos acabando;
contad si son catorce, y está hecho.


Lope de Vega



sábado, 4 de septiembre de 2010

Lenguaje y espacio








En el lenguaje de los aborígenes australianos 
Guugu Yimithirr no existen equivalentes a izquierdaderecha,delante o detrás. En vez de esto, utilizan para todo la orientación geográfica: norte, sur, este y oeste. (Si hubiera una pelota a su derecha, habría que decir algo así como «por favor, me puedes lanzar la pelota que está al sur?», dependiendo de su orientación) Curiosamente, esto les confiere una especie de superpoder de orientación instantánea extraordinario, pues conocen en todo momento su ubicación respecto a los puntos cardinales,algo que en otros lenguajes no se da. (A cambio, nosotros sabemos instantáneamente que algo detrás de nosotros está detrás, sin necesidad de «meditarlo»). Esta curiosidad se usa a modo de ejemplo de cómo la naturaleza de diferentes lenguajes pueden hacer parecer que incluso la realidad sea distinta para las diferentes personas que los hablan. [Fuente: Do Different Languages Equal Different Realities?]





Algunos encuentros con Beckett






"Para adivinar a ese hombre separado que es Beckett, habría que insistir en la expresión "mantenerse apartado", divisa tácita de todos sus instantes, en la soledad y pertinacia subterránea que ella supone, en la esencia de un ser fuera de todo que prosigue un trabajo implacable y sin fin. El budismo dice de quien busca la iluminación, que debe obstinarse tanto como "el ratón que roe un féretro". El verdadero escritor realiza un esfuerzo semejante. Es un destructor que aumenta la existencia, que la enriquece minándola.

*

"El tiempo que debemos pasar en la tierra es demasiado corto para que podamos ocuparnos de algo más que de nosotros mismos". Estas palabras de un poeta se aplica a todo aquel que rechace lo extrínseco, lo accidental, lo otro. Beckett o el arte inigualado de ser uno mismo. Sin embargo, ningún orgullo aparente en él, ningún estigma inherente a la conciencia de ser único: si la palabra urbanidad no existiese habría que inventarla para él. Cosa apenas verosímil e incluso monstruosa: no habla mal de nadie, ignora la función higiénica de la malevolencia, sus virtudes saludables, su calidad de purgativo. Nunca le he oído vituperar a nadie, amigo o enemigo. Es ésa una forma de superioridad por la que le compadezco y a causa de la cual debe inconscientemente sufrir. Si a mí me impidieran maldecir a la gente, ¡qué trastornos y tormentos, qué complicaciones en perspectiva!.

*

No vive en el tiempo sino paralelamente al tiempo. Por eso nunca se me ha ocurrido preguntarle lo que pensaba de algún acontecimiento particular. Es uno de esos seres que permiten concebir la historia como una dimensión de la cual el hombre puede prescindir.

*

Si fuese como sus personajes, si no hubiese conocido el menor éxito, sería exactamente el mismo. Da la impresión de no desear en absoluto afirmarse, de ser tan ajeno a la idea de triunfo como a la de fracaso. "Qué difícil es descifrarle, qué personaje...", me digo cada vez que pienso en él. En el caso improbable de que no escondiese ningún secreto, seguiría pareciéndome Impenetrable.
Yo procedo de un rincón de Europa donde los excesos, la confusión, la confidencia, la confesión inmediata, no solicitada, impúdica, son de rigor, donde se sabe todo de todos, donde la vida social se reduce a un confesionario público, donde el secreto precisamente es inimaginable y la locuacidad raya en el delirio.
Ello bastaría para explicar por qué he sufrido la fascinación de este hombre sobrenaturalmente discreto.

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Pero la urbanidad no excluye la exasperación. Durante una cena en casa de unos amigos, acuciado por preguntas inútilmente técnicas sobre su persona y su obra, se refugió en un mutismo completo y acabó volviéndonos la espalda, o casi. Antes de que la cena acabase, se levantó de repente y se fue, concentrado y sombrío, como se puede estarlo antes de una operación o de un apaleamiento.

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El text francés Sans se titula en ingles Lessness, vocablo creado por Beckett, al igual que su equivalente alemán Losigkeit.
La palabra Lessness (tan insondable como el Ungrud  de Boehme) me hechizó de tal manera que una noche le dije a Beckett que no me acostaría sin haberle encontrado un equivalente honorable en francés... Habíamos estado examinando todas las formas posibles sugeridas por sans y moindre. Ninguna nos había parecido acercarse al inagotable Lessness, mezcla de privación y de infinito, vacuidad sinónimo de apoteosis. Nos separamos aquella noche decepcionados. Yo continué en casa dándole vueltas al probre sans. Justo cuando me disponía a capitular se me ocurrió buscar en dirección del término latino sine. Al día siguiente escribía a Beckett que sinéité me parecía la palabra buscada. Me respondió que también el había pensado en ella, quizás en el mismo momento que yo. Sin embargo, debimos reconocer que nuestro hallazgo no era tal. Decidimos abandonar la búsqueda, concluyendo que no había sustantivo en francés capaz de expresar la ausencia de sí mismo, la ausencia en estado puro, y que había que resignarse a la miseria metafísica de una preposición.

*

Con los escritores que no tienen nada que decir, que no poseen un mundo propio, sólo se habla de literatura. Con él raramente, de hecho casi nunca. Cualquier tema cotidiano (dificultades materiales, problemas de todo tipo) le interesa más, en la conversación, por supuesto. En cualquier caso, lo que no tolera son las preguntas como: ¿cree usted que tal obra va a quedar, que este o aquel escritor merece el lugar que ocupa?, ¿quién, de X o Y, sobrevivirá, cuál de los dos es más grande? Las evaluaciones de ese tipo le exasperan y deprimen. "¿A qué viene eso?", me dijo tras una cena particularmente penosa en la que la discusión degeneró en una grotesca versión del juicio final. El evita hablar de sus libros y de sus obras de teatro; no le interesan los obstáculos superados sino los futuros: se identifica totalmente con lo que está escribiendo en cada momento. Si se le pregunta por una de sus obras de teatro, no hablará del fondo, de la significación, sino de la interpretación, de la que imagina hasta los mínimos detalles, cada minuto de la representación, cada segundo casi. No olvidaré fácilmente el brío con el que me explicó un día las exigencias que debe satisfacer la actriz que quiera interpretar Not I, donde una voz jadeante domina sola el espacio y acaba sustituyéndolo. ¡Qué brillo en los ojos cuando veía esa boca ínfima y sin embargo invasora, omnipresente! Parecía estar asistiendo a su última metamorfosis, al supremo hundimiento de Pitia... (...)

*

Desde nuestro primer encuentro, comprendí que Beckett había llegado ante lo extremo, que quizás había comenzado por ahí, por lo imposible, por lo excepcional, por el impasse. Y lo admirable en él es que no se ha movido de allí, que, habiendo llegado de entrada ante el muro, persevera con el mismo valor que siempre ha demostrado: ¡la situación límite como punto de partida, el final como advenimiento! De ahí el sentimiento de que su mundo, ese mundo crispado, agonizante, podría continuar indefinidamente, incluso después de que el nuestro desapareciese.
No soy un admirador de la filosofía de Wittgenstein, pero me apasiona el personaje, Todo lo que leo sobre él me conmueve. Más de una vez he encontrado rasgos comunes entre él y Beckett. Dos apariciones misteriosas, dos fenómenos que nos agrada sean tan desconcertantes, tan inescrutables. En los dos la misma distancia respecto a los seres y a las cosas, la misma inflexibilidad, la misma tentación del silencio, de la repudiación final del verbo, la misma voluntad de toparse con fronteras jamás presentidas. En otra época les hubiese fascinado el desierto. Sabemos hoy que Wittgenstein pensó seriamente en entrar en un convento. En cuanto a Beckett, es fácil imaginarlo hace algunos siglos en una celda totalmente desnuda, sin la mínima decoración, ni siquiera un crucifijo. Quien piense que divago recuerde la mirada lejana, enigmática, "inhumana" que tiene en algunas fotos.


E. M. Cioran, Ensayo sobre el pensamiento reaccionario y otros textos.