viernes, 28 de diciembre de 2012

There is a labyrinth



Rilke





"De entre todos ellos, quizá ninguno vivió de un modo más silencioso, enigmático e invisible que Rilke. Pero la suya no fue una soledad pretendida, forzada o revestida de un aire sacerdotal como, por ejemplo, la que Stefan George celebraba en Alemania; en cierto modo, se puede decir que el silencio surgía a su alrededor, estuviera donde estuviera, fuera adonde fuera. Puesto que evitaba el ruido e incluso la fama (esa «suma de todos los malentendidos que se concentran alrededor de un nombre», como dijo él mismo tan bellamente en una ocasión), la ola de vanidosa curiosidad que lo acometía sólo salpicaba su nombre pero no a su persona. Rilke era un hombre muy poco accesible. No tenía casa ni dirección donde poderlo visitar, ni hogar, ni residencia fija, ni trabajo estable. Estaba siempre de camino por el mundo y nadie, ni él mismo, sabía de antemano hacia dónde se dirigía. Para su alma inmensamente sensible y susceptible a las presiones, el tomar cualquier decisión, el tener que hacer planes o contestar una notificación era una carga molesta. Por esta razón tropezar con él era siempre una pura casualidad. Uno se hallaba en una galería italiana y sentía que le llegaba una sonrisa silenciosa, amable, sin saber muy bien de quién emanaba. Sólo después reconocía sus ojos azules que, cuando miraban, animaban con su luz interior los rasgos de aquel rostro, de por sí poco llamativos. Y precisamente aquel pasar inadvertido era el secreto más íntimo de su ser. Miles de personas pueden haber pasado al lado del joven de bigote rubio, un poco melancólicamente caído, y de fisonomía no destacable por ningún rasgo especial, algo eslava, sin imaginarse que era un poeta y uno de los más grandes de nuestro siglo; su rasgo más singular no se traslucía hasta que se entraba en un trato más íntimo con él: su carácter reservado. Su forma de andar y de hablar era indescriptiblemente silenciosa. Cuando entraba en una habitación donde había gente reunida, lo hacía con tanto sigilo que casi nadie se daba cuenta. Luego permanecía sentado, escuchando en silencio, levantando maquinalmente la frente en cuanto parecía interesarle algo y, cuando se ponía a hablar, lo hacía siempre sin afectación y sin subrayar las palabras. Contaba las cosas con naturalidad y sencillez, como cuenta una madre un cuento a su hijo, y con el mismo cariño; era una delicia escucharlo, oír cómo el tema más intrascendente en su boca cobraba plasticidad y significación. Pero en cuanto notaba que se había convertido en el centro de atención de un grupo mayor, se interrumpía y se retiraba de nuevo a su papel de oyente atento y silencioso. Esta quietud se manifestaba en todos sus movimientos, en cada uno de sus gestos; incluso cuando reía, lo hacía en un tono que simplemente insinuaba la risa. La sordina era para él una necesidad y, por ello, nada le molestaba tanto como el ruido y, en la esfera de los sentimientos, la vehemencia.

-Cómo me cansa esa gente que escupe sus sentimientos como si fuera sangre-me dijo en cierta ocasión-. Por eso saboreo a los rusos como un licor que se toma sólo a pequeñas dosis.
Al igual que el comedimiento en la conducta, también el orden, la limpieza y el silencio eran para él verdaderas necesidades físicas; tener que viajar en un tranvía lleno a rebosar o estar  en  un  local  ruidoso  lo  trastornaba  durante  horas.  La  vulgaridad  se  le  antojaba insoportable y, a pesar de vivir con estrecheces, su ropa siempre era el súmmum de la pulcritud, el aseo y el buen gusto. Su indumentaria también era una obra del arte de la discreción, estudiada y meditada, pero siempre provista de una sencilla nota personal, un pequeño accesorio que le complacía en secreto, por ejemplo un pequeño brazalete de plata en la muñeca. Y es que incluso en las cosas más íntimas y personales su sentido estético buscaba la perfección y la simetría. En una ocasión lo estuve observando en su casa mientras hacía las maletas  antes  de  un  viaje  (había  rechazado  mi  ayuda,  y  con  razón,  porque  soy  un incompetente para esas cosas). Era como hacer un mosaico: cada pieza, engastada casi con ternura en un espacio cuidadosamente reservado; me habría parecido un sacrilegio deshacer aquel conjunto floral con mi intervención. Y este elemental sentido de la belleza lo acompañaba hasta en el detalle más insignificante; no sólo escribía sus manuscritos con cuidada caligrafía de redondilla en papel de la mejor calidad y mantenía las líneas paralelas entre sí, como trazadas con regla, sino que también para las cartas menos importantes escogía un papel selecto y su letra caligráfica, regular, pulcra y redonda casi llegaba hasta los márgenes. Nunca, ni siquiera cuando la carta era urgente, jamás se permitió tachar una palabra, sino que, cada vez que una frase o una expresión se le antojaba poco afortunada, con toda su inmensa paciencia, volvía a escribir la carta entera. De las manos de Rilke jamás salió una cosa que no fuera absolutamente perfecta.

Ese carácter a la vez mortecino y retraído cautivaba a todos los que lo conocían íntimamente. Tan imposible era imaginarse a Rilke arrebatado como que otra persona, en su presencia, no perdiera su tono chillón y arrogante a causa de las vibraciones que emanaban del silencio del poeta. Pues su actitud retraída vibraba con una fuerza moral que proseguía misteriosamente su labor educadora. Tras una larga conversación con él, uno era incapaz de cualquier vulgaridad durante horas e incluso días. Por otro lado, es verdad que la temperancia constante de su carácter, ese «no querer entregarse nunca del todo», de entrada ponía límites a una cordialidad más efusiva; creo que pocos pueden jactarse de haber sido «amigos» de Rilke. En los seis volúmenes de cartas suyas que se han publicado casi nunca aparece el tratamiento de amigo y parece que, desde sus años escolares, no concedió a mucha gente el tú íntimo y fraternal. Su extraordinaria sensibilidad no podía soportar que alguien o algo se le acercara demasiado, y sobre todo lo marcadamente masculino le producía un auténtico malestar físico. Le resultaba más fácil entablar una conversación con las mujeres. Les escribía a menudo y de buen grado y se sentía mucho más libre en presencia de ellas. Quizás era la ausencia de sonidos guturales en sus voces lo que le aliviaba, porque sufría de veras con las voces desagradables. Aún lo veo ante mí charlando con un gran aristócrata, completamente recluido en sí mismo, con los hombros hundidos y sin siquiera levantar los ojos para que no delataran hasta qué punto le hacía sufrir físicamente aquel molesto falsete. En cambio, ¡qué agradable era su compañía cuando el trato era amistoso! Entonces, a pesar de su parsimonia, se notaba su bondad interior, que irradiaba calor y consuelo hasta lo más íntimo del alma.

La impresión de timidez y reserva que causaba Rilke era mucho más evidente en París, esa ciudad que ensancha los corazones, quizá porque allí todavía no se conocía su nombre y su obra y se sentía más libre en el anonimato. Allí lo visité dos veces, cada una en una habitación alquilada distinta. Ambas eran sencillas y sin adornos y, sin embargo, no tardaban en adquirir estilo y quietud gracias al sentido estético que prevalecía en el que las ocupaba. Las habitaciones nunca podían hallarse en grandes casas de pisos con vecinos ruidosos; él prefería edificios antiguos, aun cuando fueran más incómodos, donde pudiera encontrarse a sus anchas, y, con su capacidad de organización, en seguida sabía disponer del espacio interior, fuera donde fuera, del modo más práctico y apropiado para su carácter. Siempre tenía pocas cosas a su alrededor, pero nunca podían faltar flores en un jarrón o en una taza, quizá regalo de algunas mujeres, quizá traídas por él mismo a casa: un tierno detalle. Siempre lucían libros en la pared, bellamente encuadernados o cuidadosamente forrados con papel, porque los amaba como a animales mudos. En el escritorio había plumas y lápices colocados en línea recta y hojas de papel en blanco formando un rectángulo perfecto; un icono ruso y un crucifijo católico que, según creo, lo habían acompañado en todos sus viajes, daban al estudio un carácter ligeramente religioso, a pesar de que su religiosidad no estaba vinculada a ningún dogma concreto. Se notaba que había elegido escrupulosamente todos aquellos detalles y que los conservaba con cariño. Cuando le prestaban un libro que no conocía, lo devolvía envuelto en papel de seda, sin una sola arruga y atado con cinta de color como un regalo suntuoso; todavía recuerdo la ocasión en que me trajo a casa, como un espléndido regalo, el manuscrito de Canción de amor y de muerte del corneta Crístóbal Rílke, y conservo aún la cinta con la que iba atado el paquete. Pero lo mejor de todo era pasear con Rilke por París, porque aquello significaba encontrar un sentido en las cosas de menor apariencia y contemplarlas, se diría, con ojos iluminados; reparaba en cualquier pequeñez y hasta le gustaba pronunciar en voz alta los rótulos, cuando le parecía que tenían un sonido rítmico; conocer la ciudad única de París, con todos sus rincones y recovecos, era su pasión, la única que le conocí. En una ocasión en que nos encontramos en casa de unos amigos comunes, le conté que el día anterior me había acercado por casualidad a la vieja Barriere, donde, en el cementerio de Picpus, estaban enterradas las últimas víctimas de la guillotina, entre ellas André Chenier; le describí aquel pequeño prado conmovedor, con sus tumbas desperdigadas, que rara vez acoge a visitantes extranjeros y cómo, de regreso, vi en una calle, a través de una puerta abierta, un convento con una especie de beguinas que en silencio, sin decir palabra, con el rosario en la mano, caminaban en círculo, como en un sueño piadoso. Fue una de las pocas veces en que vi casi impaciente a ese hombre tan sosegado y tan dueño de sí mismo; era imperioso que viera la tumba de André Chenier y el convento. Me pidió que lo condujera al lugar. Fuimos al día siguiente. Permaneció en una especie de silencio extático ante el cementerio solitario y afirmó que era «el más lírico de París». Pero, a la vuelta, resultó que la puerta del convento estaba cerrada. Así pude ver puesta a prueba su paciencia serena, que dominaba su vida tanto como su obra.

-Esperemos el azar-dijo.
Y, con la cabeza ligeramente agachada, se situó de modo que pudiera ver a través de la puerta, si ésta se abría. Esperamos unos veinte minutos. Luego, una religiosa que venía por la calle se acercó e hizo sonar la campanilla.
-Ahora-susurró Rilke, en voz muy baja y con agitación.
Pero la monja, que se había dado cuenta de su acecho silencioso (he dicho antes que se notaba de lejos la atmósfera que creaba a su alrededor), se le acercó y le preguntó si esperaba a alguien. Él le sonrió de esa manera tierna que en seguida creaba confianza y le dijo con toda franqueza que le gustaría mucho ver el claustro. La monja le devolvió la sonrisa y le contestó que lo lamentaba, pero que no podía dejarle entrar. De todos modos, le aconsejó que fuera a la casita del jardinero, al lado, donde podría contemplar, desde la ventana del piso superior, una vista magnífica. Y así, también aquello le fue dado, como tantas otras cosas.

Nuestros caminos se cruzaron todavía varias veces, pero siempre que pienso en Rilke lo veo en París, en esa ciudad cuya hora más triste él se libró de vivir."

Stefan Zweig, El mundo de ayer

Ötzi






"Normalmente, poca es la gente que se detiene en los pequeños museos arqueológicos de las ciudades de provincias retiradas de las vías principales, pero el museo de Bolzano recibe auténticas avalanchas de visitantes durante todo el año y su tienda de regalos no para de vender recueros de Ötzi. Los visitantes hacen cola para verlo a través de una ventanilla. Y allí yace, desnudo y tendido bocarriba sobre una mesa de cristal. Su piel marrón refulge con la humedad que continuamente se rocía sobre él para conservarlo en óptimo estado. De hecho,  no hay nada en Ötzi que lo distinga  de forma innata. Es un ser humano normal y corriente, aunque excepcionalmente antiguo y bien conservado. Lo que resulta extraordinario son sus múltiples posesiones. Es un material equivalente a un viaje en el tiempo.
Ötzi tenía muchas cosas con él: zapatos, ropa, dos cestas hechas con corteza de abedul, una funda, un hacha, arco carcaj y flechas, varias herramientas pequeñas, unas cuantas bayas, un pedazo de carne de íbice y dos hongos esféricos del abedul, cada uno de ellos del tamaño de una nuez grande y cuidadosamente envueltos en tendones. Una de las cesas había contenido en algún momento brasas envueltas en hojas de arce, para encender hogueras. Un conjunto de efectos personales de este calibre era un hallazgo único. Algunos de los objetos eran realmente únicos en el sentido de que nunca habían sido imaginados y mucho menos se habían visto. El hongo del abedul era en particular un misterio, pues quedaba patente que era un producto valorado por su poseedor aunque se desconoce que el hongo del abedul sirva para alguna cosa.
Sus utensilios emplean dieciocho tipos distintos de madera,  un surtido destacable. La herramienta más sorprendente era el hacha. La hoja era de cobre del estilo que se conoce como hacha Remedello, en honor al yacimiento italiano donde se habían descubierto por vez primera este tipo de hachas. Pero el hacha de Ötzi era cientos de años más antigua que el hacha de Remedello más antigua. "Era -según palabras de un observador- como si en la tumba de un guerrero medieval se hubiera encontrado un rifle moderno." El hacha alteró en no menos de mil años el marco temporal de la Edad de Cobre en Europa.
Pero lo más emocionante y la auténtica revelación fueron las prendas. Antes de Ötzi nadie tenía ni idea -o, para ser más preciso, no había otra cosa que ideas- de cómo se vestía el hombre en la Edad de Piedra. Estos materiales, en el caso de haber sobrevivido, lo habían hecho solo como fragmentos. Pero Ötzi llevaba una vestimenta completa, y repleta de sorpresas. Sus prendas estaban hechas a partir de pieles y pelo de una variedad impresionante de animales: ciervo común, oso, gamuza, cabra y vaca. Llevaba además un rectángulo de hierba tejida de casi un metro de longitud. Podía haber sido una capa para protegerse de la lluvia, pero de la misma manera podía haber hecho las veces de alfombrilla sobre la que dormir. Nada de todo aquello, repito, se había imaginado jamás.
Ötzi llevaba unas polainas de piel sujetas con tiras de cuero unidas a una correa a modo de cinturón que, de forma curiosa y casi cómicamente, recuerdan las medias de nilón y las ligas que llevaban las pin-ups en la época de la Segunda Guerra Mundial. Nadie podía haber previsto ni de lejos un modelito como aquel. Llevaba un taparrabos de piel de cabra y un gorro de pelo de oso pardo (seguramente algún tipo de trofeo de caza), una prenda que debía de ser caliente y codiciosamente elegante. El resto de su atuendo estaba realizado básicamente con piel y pelo de ciervo común. Apenas nada procedía de animales domésticos, lo contrario de lo que cabría esperar.
Las botas fueron la sorpresa más espectacular. Recordaban a un par de nidos de pájaro sobre unas suelas de rígida piel de oso y parecían desesperadamente mal diseñadas y endebles. Intrigado, un especialista checo en calzado y pies llamado Vaclav Patek fabricó con todo detalle una réplica del par, utilizando con con exactitud el mismo diseño e idénticos materiales, y se las puso para ir a caminar por la montaña. Eran, informó asombrado, "más cómodas y aptas" que cualquier par de botas modernas que hubiera calzado nunca. Su agarre en las rocas resbaladizas era mejor que el que proporciona el caucho moderno y era casi imposible que provocaran ampollas. Eran, sobre todo, tremendamente efectivas contra el frío."

Bill BrysonEn casa: Una breve historia de la vida privada

The strange politics of disgust



jueves, 27 de diciembre de 2012

Let's be honest




No poder cerrar la puerta




"La mayor desgracia en la cárcel -pensó- es no poder cerrar la puerta."

Stendhal, Rojo y negro.

Por el este




Amanece en azul

Un azul presidiario
con botones
para coserlo a los ojos

Un azul para refugiar bajo la cama

Afuera, la ciudad
y sus trece ventanas amplias
sin vidrios ni cortinas

Las banderas se enarbolan
como ingratas vestiduras del aire

La niebla se detiene
aspirando durante un segundo

El humor del sol resulta ligero

Es la ciudad     
con su día

versus Ella

Ah,
sí,

Hay también una mujer

Marianna Salvioli



miércoles, 19 de diciembre de 2012

La previsión del tiempo para esta semana




Bajo aquel furioso chaparrón, el infeliz permanecía totalmente inmóvil en su banco.





"Tengo la seguridad de que ni usted ni nadie que tuviese la mirada alerta de una persona sensible habría logrado resistir aquella angustiosa curiosidad. No es posible suponer un aspecto más siniestro que el presentado por aquel joven que contaba escasamente unos veinticinco años y que, fatigado como un anciano, tambaleándose cual borracho, con el cuerpo destrozado, pesadamente se arrastraba escaleras abajo hacia la terraza exterior del Casino. Una vez allí, se dejó caer en un banco, como si tuviera el cuerpo de plomo. Al observar aquella actitud, de nuevo presentí con espanto, que el joven se hallaba al final de la vida. En aquella forma no suele desplomarse sino un muerto o un hombre al cual ninguno de los músculos obedece ya a la fuerza vital. La cabeza, vuelta hacia un lado, apoyábase en el respaldo del banco, y los brazos colgaban inertes. A la mortecina luz de los turbios faroles un transeúnte lo habría confundido con un cadáver. No puedo explicar cómo se me presentó esta visión, pero es lo cierto que súbitamente se proyectó allí enfrente, palpable, evidente, horrible y terriblemente verdadera; así, cual un cadáver, lo vi ante mí en aquel instante, convencida de que cargaba un revólver en el bolsillo y de que, a la siguiente mañana, le hallarían tendido en aquel banco o en otro cualquiera, inanimado y empapado en sangre. Su manera de desplomarse fue exactamente como la de una piedra arrojada al abismo, y que hasta haber llegado al fondo no se detiene. Jamás había visto yo una expresión de abatimiento y desesperación expresada con un gesto tan humano y desgarrador.
Ahora imagínese mi situación. Me hallaba a diez o veinte pasos del banco sobre el cual aquel hombre yacía inmóvil y destrozado y sin saber qué decidir; por un lado, movida por el  deseo de prestar auxilio; y, por otro, por el afán de huir, producto de la ingénita timidez y de la educación recibida, que me vedaba dirigir la palabra a un desconocido en medio de la calle. Los faroles brillaban débilmente bajo el
cielo nublado. Sólo de vez en cuando, y con prisa, pasaba algún transeúnte, pues ya era medianoche. Casi me encontraba sola en el parque con aquel desventurado que quería suicidarse. Cinco, diez veces concentré mis fuerzas disponiéndome a acercarme a él; pero siempre me hizo retroceder cierta vergüenza o, quizá, el instintivo presentimiento de que siempre los desesperados arrastran consigo a quienes tratan de socorrerlos. En tales dudas y vacilaciones, me di cuenta cabal de lo insensata y ridícula que era mi situación. Porque yo no podía ni hablar, ni alejarme, ni abandonarlo. No sabía qué hacer.
Espero que me creerá usted si declaro que, quizás, por espacio de una hora, interminable hora, durante la cual millares y millares de pequeñas ondas de mar invisible cortaban el tiempo, estuve paseándome vacilante por la terraza, constantemente obsesionada por el espectáculo de total aniquilamiento de aquel hombre.
Decididamente, no poseía coraje suficiente para hablar o para obrar. Quizá hubiera pasado toda la noche aguardando aún o me hubiera decidido finalmente, movida por un prudente egoísmo, a regresar a mi casa. Sí, creo que, incluso, a punto estuve de abandonar a aquel desdichado en manos de su propia debilidad... Mas una fuerza superior salió al paso de mi indecisión. Comenzó a llover. Durante toda la noche, el viento había acumulado sobre el mar gruesos nubarrones primaverales preñados de agua. Por los pulmones, por el corazón podía uno comprobar que la atmósfera se cargaba por momentos. De pronto cayeron gruesas gotas sonoras a las que siguió una copiosa lluvia que caía en densas madejas agitadas por el viento. Inmediatamente me guarecí bajo la marquesina de un quiosco. Pese a que abrí el paraguas, las impetuosas ráfagas del viento salpicaron de lluvia mi traje. En el rostro y en las manos sentí el polvo líquido y frío que levantaban las gotas al chocar contra el suelo.
Bajo aquel furioso chaparrón, el infeliz permanecía totalmente inmóvil en su banco. El recuerdo de aquella escena angustiosa me oprime, aún hoy, la garganta. De todas las canaletas el agua caía a borbotones. De la ciudad llegaba el ruido sordo de los coches. Por la derecha, por la izquierda, los transeúntes envueltos en sus abrigos cruzaban corriendo. Todo cuanto tenía dentro de sí algo de vida huía del chubasco, en busca de un lugar dónde refugiarse. Por doquiera, tanto entre los hombres como entre los animales, manifestábase la angustia ante la explosión de los elementos. Únicamente aquella piltrafa humana estaba derrumbada, inmóvil en el banco. Ya le dije que aquel hombre tenía el mágico poder de exteriorizar plásticamente, con movimientos y gestos, todos sus estados interiores. Nada, sin embargo, absolutamente nada sobre la tierra podría expresar de manera tan conmovedora la desesperación, el abandono absoluto de sí mismo y la apariencia de la muerte con aquella inmovilidad, con aquel estado inerte, inanimado, bajo la terrible lluvia, con aquella fatiga demasiado extrema para permitirle levantarse y dar los pocos pasos que le separaban de un techo protector, con aquella definitiva indiferencia hacia la propia vida. Ningún escultor, ni pintor, ni Miguel Angel ni Dante, habíame hecho sentir jamás con semejante angustia el gesto de la máxima desesperación, de la miseria definitiva de este mundo, como aquel hombre que estaba vivo aún, y se dejaba azotar por los elementos por hallarse demasiado abatido y destrozado para intentar un solo movimiento que le permitiera guarecerse de ellos.
Estas consideraciones bastaron para decidirme. ¡No podía más! Veloz atravesé la líquida cortina de la lluvia y en cuanto llegué al banco, sacudí aquel húmedo fardo humano.
-¡Venga! -le dije, tomándole por un brazo.
El brazo se mantenía inerte, penosamente levantado. Pareció como si cierto movimiento fuese a iniciarse en él; pero desde luego, el desgraciado no me entendía.
-¡Venga! -repetí, sacudiéndole el brazo, esta vez casi iracunda.
Entonces se levantó lentamente, bamboleándose, sin voluntad.
-¿Qué hace usted? -preguntóme. No supe qué contestarle, pues yo misma ignoraba dónde ir con él. Solo lejos de allí, lejos del terrible y frío chubasco, lejos de aquella postración insensata y suicida, lejos de aquel estado de extrema desesperación. Sin dejarle del brazo lo arrastré hacía el quiosco, suponiendo que allí, bajo la estrecha marquesina, se guarecería al menos de la lluvia que azotaba el viento. No sabía nada más, no deseaba tampoco nada más. Sólo me interesaba poner a aquel hombre al abrigo de la lluvia: por el momento no pensaba otra cosa.
Y así, nos encontramos los dos, uno junto al otro, en el reducido espacio que permanecía seco. Detrás de nosotros la puerta cerrada del quiosco; encima, el techo demasiado pequeño para protegernos por completo de !a pérfida, implacable y terrible lluvia, que, azotada por furiosas rachas de viento, lanzaba torbellinos de frío contra nuestros rostros y empapaba nuestros vestidos. La situación tornábase insoportable. No podía permanecer por más tiempo junto a aquel desconocido chorreando agua, y por otra parte, no me resignaba a abandonarlo sin una explicación, después de haberlo arrastrado allí. Tenía que hacer algo. Me esforcé en meditar sobre la situación, y calculé que lo mejor sería acompañarlo en un coche hasta su casa. A la mañana siguiente, ya lo socorrería. Pensando así, pregunté a la persona que inmóvil, mirando fijamente la negra noche, estaba junto a mí:
-¿Dónde vive usted?
-No tengo casa... Esta misma noche llegué a Niza. No podemos ir a mi casa. Al punto no comprendí la última frase. Sólo me di cuenta más tarde de que aquel hombre me había confundido con... una "cocotte". Creyó ver en mí una de tantas que, por la noche, rondan por el Casino, esperando sacar todavía algún dinero a los jugadores afortunados o borrachos. Después de todo, no podía suponer otra cosa. Ahora que se lo relato a usted comprendo cuánto de inverosímil y de fantástica tenía mi situación. No podía pensar de otra manera, ya que la forma de sacarle del banco y de forzarle á venir conmigo no era propia de una señora. Empero, la idea no se me ocurrió entonces. Sólo más tarde, demasiado tarde ya, comprobé el terrible error en que había incurrido respecto de mi persona. De lo contrario, no habría proferido las palabras que siguieron y que lo afianzaron más en su equivocación. Dije:
-Puede buscarse un cuarto en un hotel. Aquí no debe permanecer. Tiene que ir a cualquier parte.
Entonces fue cuando repentinamente me di cuenta de su lamentable error, pues
él, sin mirarme y con expresión irónica, se resistió, diciéndome:
-No necesito habitación; no quiero nada. No pierdas el tiempo, porque nada sacarás de mí. Estás equivocada; no tengo ni un céntimo.
Las frases fueron pronunciadas en un tono tan extraño, con tan lacerante indiferencia, y su manera de permanecer de pie, apoyándose abrumado contra la pared, mojado de pies a cabeza, interiormente aniquilado, me impresionó en forma tal que no tuve siquiera tiempo para sentirme tontamente ofendida. Lo que desde el primer momento experimenté, en cuanto le vi salir de la sala, tambaleándose, y !o que sentía constantemente en aquella hora inverosímil, fue que un hombre joven y vigoroso, que alentaba aún, marchaba hacia la muerte y que yo debía salvarlo.
Me aproximé a él y le dije:
-No se preocupe por el dinero. ¡Venga! No debe permanecer aquí ni un momento más; yo le encontraré un refugio... No se preocupe por nada. ¡Venga! ¡Sígame!"

Stefan Zweig, Veinticuatro horas en la vida de una mujer

La eternidad




“Nosotros nos representamos siempre la eternidad como una idea que no podemos comprender, ¡inmensa, inmensa! Pero, ¿por qué ha de ser así necesariamente? Pues en lugar de eso, imagínese una habitación pequeña, como quien dice un cuarto de baño, ennegrecido por el humo, con telarañas por todos los rincones, y he ahí toda la eternidad. Mire usted, yo me la imagino así algunas veces.”

Fiódor Dostoyevski, Crimen y castigo.

Bankrupt is the new owesome




Comprenda usted, querido amigo, la gravedad de su equivocación





"Cuando terminó su relato del sitio de Kehl, le dijo el príncipe a Julián:
"Tiene usted cara de trapense; exagera usted el principio de la gravedad que le recomendé en Londres. Su aspecto triste no resulta de buen tono; lo que hay que adoptar es un aire aburrido. Si está usted triste, es porque le falta algo, porque algo le ha salido mal. Es como mostrarse inferior. En cambio, si está usted aburrido, lo que es inferior es aquello que ha tratado inútilmente de complacerle. Comprenda usted, querido amigo, la gravedad de su equivocación."

Stendhal, Rojo y negro.

I don't know if I would. Perhaps I might do it also.






"En aquel hombre mortalmente herido observábase un esfuerzo para reprimirse, un esfuerzo de sobrehumana tensión ante todos los que lo rodeaban y se empujaban para poder contemplarlo y que luego, de súbito, sintiéndose atemorizados, avergonzados, turbados, fueron alejándose. Conservó todavía fuerzas suficientes para pasar tambaleándose por delante de nosotros, sin mirar a nadie, y luego apagar la luz del salón de lectura; después se oyó su voluminoso cuerpo desplomarse pesadamente en un sillón; escuchándose un sollozo salvaje, brutal, única forma en que puede llorar un hombre que no ha llorado nunca. Esa congoja, ese dolor elemental ejercía sobre nosotros, aún sobre los más superficiales, un aturdidor efecto. Ninguno de los camareros, ninguno de los huéspedes a quienes acuciara la curiosidad, arriesgaba la menor sonrisa o, al contrario, una palabra de consuelo. Silenciosos, avergonzados por aquella brutal expresión de sentimiento, todos, uno después del otro, nos retirarnos a nuestras habitaciones, mientras allá, en el oscuro salón, continuaba gimiendo y agitándose convulso y completamente solo aquel hombre dolorido. El hotel mientras tanto, fue apagando sus luces, entre ruidos, murmullos, cuchicheos. . . hasta que quedó todo sumido en el silencio.
Se comprenderá que un suceso tan fulminante y deplorable, desarrollado ante nuestros ojos, era como para conmover violentamente la sensibilidad de personas acostumbradas a una existencia ociosa, exenta de preocupaciones. Pero la disputa que después estalló tan vehemente en nuestra mesa llegando a los límites de la violencia, si bien tenía como punto de partida el extraño incidente, en el fondo era una divergencia de principios, una lucha enconada entre formas muy opuestas de sentir y concebir la vida. Por indiscreción de una de las camareras que había leído la carta -quizá el desesperado marido, ciego de cólera, después de estrujarla entre sus manos, la arrojó al suelo, sin reparar en lo que hacía circuló con rapidez la noticia de que madame Henriette no se había marchado sola, sino en compañía del joven francés, lo que hizo que la simpatía por éste desapareciese rápidamente entre la mayor parte de los huéspedes. Al punto quedó en evidencia que aquella madame Bovary de tercer orden había cambiado su cachaciento marido provinciano por el apuesto y elegante Adonis. Pero lo que en la pensión sorprendía sobremanera era que ni el fabricante, ni sus hijas, ni la misma madame Henriette, hubieran hasta entonces visto a ese Lovelace, y que por consiguiente, las dos horas de conversación en la terraza y la hora que tomaron café en el jardín fueron suficientes para decidir a una mujer de unos treinta y tres años, de todos respetada a abandonar al esposo y a sus hijas para seguir a un desconocido. Este hecho, en apariencia evidente, era generalmente rechazado en nuestra mesa, considerándolo como una estratagema cual un pérfido engaño de los amantes; no cabía duda de que madame Henriette hacía tiempo que sostenía relaciones secretas con el joven, el cual había venido sólo para ultimar los detalles de la huída; porque era, según ellos, absolutamente imposible que una mujer decente, tras un efímero galanteo de dos horas, se fugase tan descaradamente, a la primera indicación. Pero a mí me resultaba divertido sostener una opinión opuesta y, por consiguiente, enérgicamente, la posibilidad y hasta la verosimilitud de que una señora, luego de varios años de matrimonio, decepcionada, hastiada, se sintiese íntimamente predispuesta a correr una aventura de tal género. Debido a mi oposición inesperada, se generalizó la discusión rápidamente subiendo de tono, en particular porque los dos matrimonios, el alemán y el italiano, consideraban un desatino creer en el " flechazo", y lo rechazaban con menosprecio ofensivo, como una fantasía de novela de pésimo gusto.
No hay para qué insistir aquí con todos los detalles del curso borrascoso de una disputa desarrollada desde la sopa al postre: sólo los profesionales de la mesa del hotel suelen mostrarse ingeniosos, y los argumentos expuestos en el calor de una conversación de mesa son en su mayoría superficiales, por lo mismo que surgen sin reflexión y a la ligera. También resulta bastante difícil averiguar por qué motivo nuestra discusión rápidamente adquirió aquella agresividad; la irritación, creo yo, debióse a que los dos maridos, sin propósito deliberado, pretendían que sus respectivas esposas escapaban a la posibilidad de llegar a tales caídas y peligros. Desgraciadamente, para defender este punto de vista, no encontraron nada mejor para objetarme que declarar que sólo hablaba así quien juzgase la psicología femenina según las conquistas fortuitas y fáciles del soltero. Esto me irritó bastante; pero cuando la señora alemana salió diciendo que de un lado estaban las mujeres honestas y del otro las de temperamento de cocotte, entre las cuales, según ella, había que incluir a madame Henriette, perdí la paciencia y me demostré, a mi vez, agresivo. Esta resistencia a conocer la evidencia de que una mujer, en determinada hora de su vida, malgrado su voluntad y la conciencia de su deber, se halla indefensa frente a fuerzas misteriosas, revelaba miedo del propio instinto, temor del demoníaco fondo de nuestra naturaleza. Y parece que muchas personas experimentan no poca satisfacción al sentirse más fuertes, morales y puras, que las que resultan "fáciles de seducir". Personalmente yo encuentro más digno que una mujer ceda al instinto, en forma libre y apasionadamente, a que, como por lo general ocurre, engañe al esposo en sus propios brazos y a ojos cerrados. Esto dije yo, poco más o menos. Cuándo los demás, en el fragor de la disputa, arreciaban en sus ataques contra la indefensa madame Henriette, con más apasionamiento hacía yo su defensa, llegando, en verdad, mucho más allá de mis íntimas convicciones. Esta exaltación fue una especie de estocada a fondo para ambos matrimonios, los cuales, enfurecidos, formando un cuarteto muy poco armonioso, lanzáronse sobre mí en forma tal, que el anciano danés, jovial e indiferente por lo común, con el reloj en la mano, como si actuara de árbitro en un partido de futbol, fue amonestando a unos y otros hasta que se vio en el trance de descargar un puñetazo sobre la mesa, exclamando: "Gentleman, please!".
Pero esto no surtía sino un efecto momentáneo. Por tres veces uno de mis adversarios estuvo a punto de levantarse airado con el rostro enrojecido, y sólo a duras penas logró calmarlo su esposa. En resumen, unos minutos más y nuestra discusión hubiera terminado a golpes si, de pronto, la señora de C., con la eficacia del aceite suavizador, no hubiese calmado las encrespadas olas de la conversación.
La señora C., la anciana dama inglesa, de blancos cabellos, y gran distinción, era, tácitamente, la presidenta de honor de nuestra mesa. Sentada en su lugar, erguido el cuerpo, siempre amable y cordial con todos, por lo regular silenciosa a la vez que dispuesta a escuchar con deferencia e interés, tenía un aspecto físico sumamente agradable. Una maravillosa calma, un notable recogimiento reflejábase en su exterior aristocráticamente reservado. Manteníase apartada de cada uno de nosotros hasta un límite discreto, bien que mostraba, con tacto exquisito, a todos, su personal estima y consideración: por lo regular se sentaba en el jardín con sus libros, tocaba a menudo el piano, raramente se la veía en sociedad o en animada conversación. Muy raramente se notaba su presencia y, sin embargo, sobre todos nosotros ejercía un influjo especial. En cuanto ella hubo intervenido en nuestra discusión, nos percatamos de que nos habíamos expresado con exceso de acritud y destemplanza.
La señora C. aprovechó el molesto silencio que se produjo al levantarse bruscamente el señor alemán y trató de restablecer la paz entre nosotros. Levantó de improviso sus ojos grises y claros, me miró un instante irresoluta, para plantear después, con objetiva claridad, el problema desde un punto de vista particular.
-¿Usted cree, pues, si he entendido bien, que madame Henriette, que una mujer, cualquiera que sea, sin habérselo propuesto, puede lanzarse inconscientemente a una aventura repentina? ¿Cree que hay acciones que una mujer una hora antes de cometerlas juzgaría imposibles y de las cuales no llegaría a ser responsable?
-Yo lo creo en absoluto, señora.
-Así, en ese caso, todo juicio moral carecería por completo de sentido, y toda transgresión a las buenas costumbres quedaría justificada. Si, en realidad, usted cree que el crimen pasional, como dicen los franceses, no es un crimen, ¿para qué existen los tribunales? No se precisa mucha buena voluntad (y usted la posee hasta un grado asombroso, añadió sonriendo levemente) para descubrir en cada crimen una pasión, y en cada pasión la causa para disculparlo.
El tono claro y casi jovial de sus palabras fue para mí como un sedante, y adoptando a pesar mío, su aire objetivo, repuse medio en serio:
-La justicia sobre esas cosas seguramente procede con mayor severidad que yo; está en el deber de vigilar despiadadamente las costumbres ya establecidas y las convenciones legales; tiene la obligación de juzgar y no de disculpar. Yo, no obstante, como persona privada, no veo por qué motivo he de adoptar la actitud del juez; prefiero más bien actuar de defensor. Personalmente, me produce mayor satisfacción comprender a los hombres y no condenarlos.
La señora C. me miró fijamente con sus ojos grises y claros, y, al cabo, vaciló. Temí que no hubiera entendido, y me disponía a repetirle en inglés lo dicho; pero, con singular seriedad, como si estuviésemos en un examen, siguió preguntándome:
-¿No encuentra, pues, odioso y despreciable que una mujer abandone a su marido y a sus hijas para marcharse tras un hombre cualquiera, de quien no sabe nada, ni si es digno de su amor? ¿Puede, realmente, excusar conducta tan atolondrada y liviana en una mujer que, por otra parte, ya no es una jovencita y que, al menos, por amor a sus hijitas, debió preocuparse de su propia dignidad?
-Repito, señora -insistí-, que, en este caso, no quiero ni juzgar ni condenar. Puedo reconocer ante usted que he estado un tanto exagerado: esa pobre madame Henriette no es, por cierto, ninguna heroína, ni siquiera un espíritu aventurero, menos todavía una "grande amoureuse''. Sólo la tengo por una mujer corriente, débil, la cual me merece cierto respeto por haber tenido valor para obrar de acuerdo con su voluntad; pero que me inspira aún mayor lástima porque indudablemente mañana mismo, si no hoy, se sentirá profundamente desgraciada.
Quizá ha obrado estúpida, locamente; pero nunca de una manera ruin y vulgar. Lo mismo ahora que antes discutiré con cualquiera el derecho a menospreciar a esa pobre desgraciada.
-¿Siente todavía por ella idéntico respeto y la misma consideración? ¿No establece diferencia alguna entre la dama respetable con la cual conversaba usted anteayer, y esa otra que huyó ayer con un desconocido?
-Absolutamente ninguna diferencia; ni siquiera la más insignificante.
-Is that so?
Involuntariamente, la señora C. se expresó en inglés parecía que la conversación le interesaba singularmente. Tras un breve momento, en el cual permaneció pensativa, fijó en mí sus claros ojos para interrogarme:
-Si usted encontrase mañana en Niza, a madame Henriette, por ejemplo, del brazo de ese joven, ¿la saludaría?
 -Naturalmente.
-¿Hablaría con ella?
 -Naturalmente.
-Y si estuviera... si estuviera usted casado, ¿se atrevería a presentar a su esposa una mujer así, como si nada hubiese ocurrido?
-Naturalmente.
-Would you really? -inquirió de nuevo, en inglés, con una expresión escéptica y estupor evidente.
-Surely I would -contesté también, sin darme cuenta, en inglés.
La señora C. calló. Parecía esforzarse en fijar su pensamiento; de pronto mirándome, casi asombrada de su propio coraje, exclamó:
-I don't know if I would. Perhaps I might do it also.
Y, poniendo fin a la conversación en forma definitiva aunque sin grosería ni brusquedad, con ese aplomo tan difícil de describir y que sólo es característico de los ingleses, se levantó y me ofreció con amabilidad la mano. Gracias a su influencia volvió a imperar la paz; todos lo agradecimos interiormente. Sintiéndonos aún enemigos, pudimos saludarnos con una relativa cortesía, y la atmósfera, cargada peligrosamente, se despejó otra vez, gracias a unas cuantas vulgares ocurrencias. Pese a qué la discusión parecía haber concluido de una manera cortés, desde entonces subsistió entre mis adversarios y yo una levísima hostilidad. El matrimonio alemán se mantuvo bastante reservado; el italiano, en cambio, complacíase en interrogarme los días siguientes, con mordaz insistencia, si había tenido noticia dela "cara signora Henrietta". Pese a lo correcto de nuestro trato diario, algo de la cordialidad amable y leal que presidiera antes nuestras comidas había desaparecido definitivamente.

Stefan Zweig, Veinticuatro horas en la vida de una mujer

sábado, 15 de diciembre de 2012

Spite




I once knew a man who learned such a thing 
Cut off his hand to spite his ring 
He poisoned the well to spite the frogs 
Put down his son to spite the dog 
He cut out his sleep to spite his dreams 
Picked all the flowers to spite the bees 
He burned his bible to spite the Lord 
Took a day off to lick his wounds I heard him swear, 
"Life is such a wretched affair 
I'm gonna hold my breath to spite the air" 

He drained the canal to spite the fish 
Flooded the land to spite the bridge 
He dug up the hills to spite the sky 
Tore out his tongue to spite the lies 
He cut down the trees to spite the shade 
Laid her to rest to spite the life they'd made 
He burned his his bible to spite the Lord 
Took a day off to lick his wounds I heard him swear, 
"Life is such a cursed affair 
I'm gonna hold my breath 
No, I'm gonna stop breathing 
To spite the air"


La pérdida de valores.





"Aunque no consultemos ni un libro de historia, podemos averiguar el momento en que los seres humanos empezaron a usar la ropa para vestirse. Basta con constatar que los piojos del cuerpo (Pediculus Humanus humanus) viven exclusivamente en la ropa, y que evolucionaron a partir de los piojos de la cabeza (P. humanus capitis), hace unos 70.000 años, según un estudio de Mark Stoneking y sus colegas del Max Planck Institute de Antropología Evolutiva de Leipzig, Alemania. Sea o no acertada esta hipótesis, también sabemos que las agujas más antiguas tienen alrededor de 40.000 años.

En cualquier caso, hemos de suponer que muy poco después de la invención de la ropa (quizá unas horas), la gente ya no solo empezó a vestirse para combatir el frío sino para marcar estilo. Esta idea, por supuesto, resulta de todo punto contraintuitiva: hace 70.000 años no existía ni Nike ni El Corte Inglés. Pero el pasado no es tan diferente de como creemos.

A pesar de ello, es frecuente encontrarse con entusiastas defensas de lo pretérito que contrastan enormemente con los pesimistas análisis del presente. Sin embargo, si tiramos de hemeroteca, e incluso de los libros de historia, descubriremos que el análisis del presente siempre ha sido no solo pesimista sino prácticamente calcado, generación tras generación: hace 2.800 años, ya Sócrates advertía sobre la pérdida de valores de la juventud: «Los hijos son ahora tiranos… ya no se ponen de pie cuando entra un anciano a la habitación. Contradicen a sus padres, charlan ante las visitas, engullen golosinas en la mesa, cruzan las piernas y tiranizan a sus maestros».

Su discípulo, Platón, abundaba en ello: «¿Qué está ocurriendo con nuestros jóvenes? Faltan al respeto a sus mayores, desobedecen a sus padres. Desdeñan la ley. Se rebelan en las calles inflamados de ideas descabelladas. Su moral está decayendo. ¿Qué va a ser de ellos?». Estas declaraciones podrían aparecer en cualquier medio de comunicación contemporáneo y la mayoría de nosotros las encontraríamos razonables. Incluso podemos ir 4800 años atrás en el tiempo y leer las siguientes inscripciones de una tablilla asiria: «En estos últimos tiempos, nuestra tierra está degenerando. Hay señales de que el mundo está llegado rápidamente a su fin. El cohecho y la corrupción son comunes».

En definitiva, tenemos una visión un tanto cándida y halagüeña del pasado, y tendemos a creer que es ahora cuando el ser humano se ha convertido en una criatura abyecta y llena de vicios. En otras palabras, el mito del buen salvaje, a pesar de haberse refrendado como tal, como mito, sigue incrustado en las mentes del acervo popular (y hasta de determinados acervos académicos): el pasado era mejor, los que viven en el campo son mejores, los pueblos más conectados con la naturaleza son mejores, etc.

En esta línea, se considera que, a medida que transcurren los años, cada vez somos más materialistas, más consumistas y más despilfarradores; que nos gusta tener de todo, que somos unos caprichosos acomodados en el Primer Mundo, unos avariciosos y unos envidiosos contumaces, que queremos que liberen los horarios comerciales para dar rienda suelta al shopalcoholic que llevamos dentro. Y, por supuesto, que la culpa de todo ello reside en el maléfico capitalismo, en la publicidad, en las marcas, en (no me resisto a repetir el mantra) la pérdida de valores." (...)"


martes, 11 de diciembre de 2012

Investigación básica



Todavía no creíamos en la guerra







"Yo estaba sentado en un café con unos amigos belgas, un joven pintor y el escritor Crommelynck. Habíamos pasado la tarde en casa de James Ensor, el pintor contemporáneo más importante de Bélgica, un hombre muy especial, solitario y reservado, más satisfecho de los pequeños y pésimos valses y polcas que componía para las bandas militares que de sus cuadros fantásticos, pintados con relucientes colores. Nos había mostrado sus obras, a decir verdad de bastante mala gana, porque le parecía grotesca la idea de que alguien pudiera comprarle alguna. Su sueño, como contó riendo a los amigos, era venderlas caras, pero a la vez poder conservarlas todas, porque con la misma avidez se apegaba al dinero que a cada uno de aquellos cuadros. Cada vez que se desprendía de uno, pasaba varios días desesperado. Aquel genial Harpagón nos había puesto de buen humor con sus extravagantes manías y, cuando pasó por delante de nosotros una tropa de soldados con una ametralladora tirada por perros, uno de nosotros se puso de pie y acarició a uno de los animales, cosa que enfureció al oficial al  mando  del  pelotón,  temeroso  de  que  aquellos  mimos  a  un  objeto  bélico  pudieran menoscabar la dignidad de una institución militar.

-¿A qué vienen todos estos estúpidos desfiles?-gruñó alguien a nuestro alrededor. Y otro le contestó irritado:
-¿Acaso no hay que tomar precauciones? Se dice que, en caso de guerra, los alemanes pasarán por nuestro país.
-¡Imposible!-dije yo, sinceramente convencido, porque en aquel viejo mundo todavía creíamos  que  los  tratados  eran  sagrados-.  Si  algo  ocurriera  y  Francia  y  Alemania  se aniquilaran mutuamente hasta el último hombre, vosotros los belgas permaneceríais tranquilamente a cubierto.

Pero nuestro pesimista no se daba por vencido. Tenía que haber alguna razón, dijo, para que se tomaran semejantes medidas en Bélgica. Desde hacía algunos años corrían rumores acerca de un plan secreto del estado mayor alemán para invadir Bélgica en caso de tener que atacar a Francia a pesar de todos los tratados firmados. Pero yo tampoco me di por vencido. Me parecía de lo más absurdo que, mientras miles y miles de alemanes disfrutaban, indolentes y felices, de la hospitalidad de aquel pequeño país que no tenía arte ni parte en la reyerta, hubiera un ejército en la frontera a punto de invadirlo.

-¡Qué disparate!-dije-. ¡Colgadme de esta farola, si los alemanes entran en Bélgica! Todavía ahora doy las gracias a mis amigos por no haberme tomado la palabra.

Pero luego vinieron los últimos días críticos de julio y, de hora en hora, cada nueva noticia contradecía la anterior; los telegramas del emperador Guillermo al zar y del zar al emperador Guillermo, la declaración de guerra a Serbia por parte de Austria, el asesinato de Jaurés. Daba la sensación de que iba en serio. De repente se levantó un frío viento de miedo en la playa, que la barrió hasta dejarla completamente vacía. La gente, a miles, dejó los hoteles y tomó los trenes por asalto; incluso las personas de más buena fe se apresuraron a hacer las maletas. Yo también; tan pronto como oí la noticia de la declaración de guerra por parte de los austríacos, me aseguré un billete, y la verdad es que llegué justo a tiempo, porque el expreso de Ostende fue el último tren que cubrió el trayecto entre Bélgica y Alemania. Viajamos de pie en los pasillos, nerviosos e impacientes, hablando unos con otros. Nadie logró leer o permanecer sentado y quieto, en cada estación nos precipitábamos fuera del tren para recoger más noticias, con la secreta esperanza de que alguna mano decidida contuviera la fatalidad que se había desencadenado. Todavía no creíamos en la guerra y, menos aún, en una invasión de Bélgica. El tren se acercaba lentamente a la frontera. Pasamos por Verviers, la estación fronteriza belga. Subieron al tren revisores alemanes: en diez minutos estaríamos en territorio alemán.

Pero, a medio camino de Herbestahl, la primera estación alemana, el tren se detuvo de repente en campo abierto. Nos apretujamos contra las ventanas de los pasillos. ¿Qué había ocurrido? A oscuras vi pasar un tren de carga tras otro en dirección contraria: vagones abiertos o cubiertos con lonas, bajo las cuales me pareció ver vagamente la amenazadora silueta de unos cañones. Me dio un vuelco el corazón. Debía de ser la ofensiva del ejército alemán. Pero quizá, me dije para consolarme, sólo era una medida defensiva, sólo una amenaza de movilización y no la movilización propiamente dicha. Y es que en momentos de peligro la voluntad de seguir teniendo esperanza siempre se hace mayor. Finalmente apareció la señal de«vía libre», el tren reanudó la marcha y entró en la estación de Herbestahl. Bajé los escalones de un salto para ir a buscar un periódico y pedir información. Pero la estación estaba ocupada por el ejército. Cuando quise entrar en la sala de espera, un funcionario barbiblanco y severo apostado ante la puerta cerrada me lo impidió: prohibido el paso a las dependencias de la estación. Pero yo ya había oído a través de los cristales de la puerta, cuidadosamente tapados, el chirrido de los sables y los golpes secos de las culatas en el suelo. No cabía duda, se había puesto en movimiento lo que nos parecía monstruoso: la invasión alemana de Bélgica en contra de todos los estatutos del derecho internacional. Con un escalofrío de horror volví al tren y proseguí mi viaje de regreso a Austria. No había la menor duda: iba derecho a la guerra."

Stefan Zweig, El mundo de ayer

lunes, 10 de diciembre de 2012

Yo soy independiente





"Yo soy independiente -le decía a un señor que ostentaba tres medallas y del que aparentemente se burlaba-. ¿Por qué  pretenden que tenga hoy la misma opinión que hace seis semanas? Sí así fuera, mi opinión sería mi tirano."

StendhalRojo y negro.

This



Self-congratulatory nonsense as the
famous gather to applaud their seeming
greatness
you
wonder where
the real ones are
what
giant cave
hides them
as
the deathly talentless
bow to
accolades
as the fools are
fooled
again
you
wonder where
the real ones are
if there are
real ones.
this
self-congratulatory nonsense
has lasted
decades
and
with some exceptions
centuries.
this
is so dreary
is so absolutely pitiless
it churns the gut to
powder
shackles hope
it
makes little things
like
pulling up a shade
or
putting on your shoes
or
walking out on the street
more difficult
near
damnable
as
the famous gather to
applaud their
seeming
greatness
as
the fools are
fooled
again
humanity
you sick
motherfucker.

Charles Bukowski


Y el cine marcha. Una historia del cine al servicio de los Derechos Humanos





"El cine es el arte por excelencia del Siglo XX. En sus casi 115 años de existencia ha visto como se conquistaban derechos que ni siquiera se consideraban perdidos cuando nació en 1895. 

El cine fue desde el principio un espejo de la realidad y un motor de las reivindicaciones que debían impulsar los avances en los derechos humanos. 

Desde su fundación, Amnistía Internacional ha sido consciente de la importancia del cine como instrumento para la reivindicación y la denuncia de las violaciones de los derechos humanos. 

Este documental parte de la historia del cine para ver cómo ha ido abriéndose a las nuevas y sucesivas reivindicaciones, al mismo tiempo que tomaba bajo su responsabilidad el denunciar las continuas violaciones de esos derechos que han sido desde su origen la razón de ser de Amnistía Internacional." Amnesty.org



Y el cine marcha (2008) por manuelhuerga

lunes, 3 de diciembre de 2012

En cierto modo, te respeto




"-Me asombras. -El joven miró detenidamente al atuendo de Ignatius-. Pensar que te dejan andar suelto por ahí. En cierto modo, te respeto.
-Muchísimas gracias. -El tono de Ignatius era suave, complacido-. La mayoría de los necios no entienden mi visión del mundo en absoluto.
-Me lo imagino, me lo imagino.
-Sospecho que bajo tu fachada ofensiva y vulgarmente afeminada puede haber una especie de alma. ¿Has leído suficientemente a Boecio?
-¿A quién? Oh, Dios mío, no. Yo no leo siquiera los periódicos.
-Entonces debes iniciar inmediatamente un programa de lecturas, para que puedas llegar a comprender las crisis de nuestra época -dijo solemnemente Ignatius-. Empezaremos con los últimos romanos, incluido Boecio, claro. Luego, profundizaremos extensamente en la Alta Edad Media. Podrás dejar a un lado el Renacimiento y la Ilustración. Todo eso es más que nada propaganda peligrosa. Ahora que lo pienso, será mejor que te saltes también a los románticos y a los victorianos. En cuanto al período contemporáneo, deberías estudiar algunos cómics seleccionados.
-Eres fantástico.
-Te recomiendo especialmente a Batman, porque tiende a trascender la sociedad abismal en que se encuentra. Su moral es bastante rigurosa, además. Le respeto muchísimo."

John Kennedy Toole, La conjura de los necios.

That occurs to me all the time




"Why are you in love with Ron?" "What?" "You're obviously in love with him, so what I want to know is, why? What's so great about him?" "Oskar, did it ever occur to you that things might be more complicated than they seem?" "That occurs to me all the time"

Jonathan Safran Foer, Extremely loud & incredibly close.

miércoles, 28 de noviembre de 2012

Matilde era voluble







"Sus largas conversaciones con Julián versaban siempre sobre los proyectos más utópicos y peligrosos. Los carceleros, bien pagados, la dejaban moverse a su antojo en la prisión. Las ideas de Matilde no se limitaban al sacrificio de su reputación; poco le importaba que la sociedad entera supiese su estado. Una de las menores quimeras que forjaba aquella imaginación exaltada y valerosa consistía en echarse de rodillas ante la carroza del rey cuando éste pasara al galope, llamar la atención del príncipe, aun a riesgo de ser pisoteada mil veces, para solicitar el indulto de Julián. Merced al apoyo de sus amigos empleados en la corte del rey, estaba segura de ser admitida en las zonas reservadas del parque Saint-Cloud.
Julián se consideraba poco digno de tanta abnegación; a decir verdad, estaba cansado de aquel heroísmo. Hubiera sido sensible a una ternura sencilla, ingenua y casi tímida, pero el alma altiva de Matilde necesitaba siempre de un público, del aplauso de los demás.
En medio de todas sus angustias, de todos sus temores por la vida de aquel amante, al que no quería sobrevivir, sentía una secreta necesidad de asombrar al público con el exceso de su amor y la sublimidad de sus actos.
Julián se irritaba contra sí mismo al ver que no le conmovía todo aquel heroísmo. ¿Qué habría pensado si hubiera sabido todas las locuras con que Matilde abrumaba el espíritu abnegado, pero eminentemente razonable y limitado, del bueno de Fouqué?
Y no es que censurase la abnegación de Matilde, pues él también hubiera sacrificado toda su fortuna y expuesto su vida a los mayores avatares por salvar la de Julián. Pero lo cierto es que estaba estupefacto al ver la cantidad de oro que derrochaba Matilde. Durante los primeros días, las sumas dispendiadas impresionaron mucho a Fouqué, que  sentía por el dinero toda la veneración de un provinciano.
Acabó por descubrir que los proyectos de Mlle. de la Mole variaban a menudo, y, con gran satisfacción por su  parte, encontró la palabra adecuada para censurar aquel carácter que le resultaba tan fatigoso: Matilde era voluble. De aquel epíteto al de saco de grillos o al de cabeza de llena de pájaros, que son los mayores anatemas que se pueden aplicar en provincias, no hay más que un paso."

Stendhal, Rojo y negro.

Am I a monster?




“Who has not asked himself at some time or other: am I a monster or is this what it means to be a person?”

Clarice Lispector, The Hour of the Star

Argument Clinic



El instante





¿Dónde estarán los siglos, dónde el sueño 
de espadas que los tártaros soñaron, 
dónde los fuertes muros que allanaron, 
dónde el Árbol de Adán y el otro Leño? 

El presente está solo. La memoria 
erige el tiempo. Sucesión y engaño 
es la rutina del reloj. El año 
no es menos vano que la vana historia. 

Entre el alba y la noche hay un abismo 
de agonías, de luces, de cuidados; 
el rostro que se mira en los gastados 

espejos de la noche no es el mismo. 
El hoy fugaz es tenue y es eterno; 
otro Cielo no esperes, ni otro Infierno. 

Jorge Luis Borges 


Vida de Pi






"He oído casi tantas tonterías acerca de los zoológicos como acerca de Dios y de la religión. Hay gente bienintencionada pero mal informada que piensa que los animales en libertad son “felices” porque son “libres”. Esas personas suelen tener en mente un predador grande y majestuoso, un león o un guepardo (rara vez se exalta la vida de los ñúes o de los osos hormigueros). Se imaginan a un animal salvaje deambulando por la sabana, tomándose paseos digestivos tras comerse una presa que ha aceptado su suerte sin rechistar, haciendo calistenia para mantenerse en forma tras algún exceso. Se imaginan a un animal supervisando a sus crías con orgullo y ternura, a la familia entera mirando a la puesta de sol desde las ramas de un árbol y suspirando de placer. La vida del animal salvaje es sencilla, noble y trascendental, se imaginan. De repente, aparecen unos hombres malvados para cazarlo y encerrarlo en una jaula. Le trunca la “felicidad”. Anhela volver a la “libertad” y hace todo lo posible por escapar. Privado de su “libertad”, el animal se vuelve una sombra de lo que era, con el espíritu quebrantado. Al menos es lo que algunos se imaginan. 
Pero no es así. 
Los animales en libertad llevan una vida de compulsión y necesidad dentro de una jerarquía social implacable en un medio en el que abunda la provisión de miedo y escasea la provisión de comida, en el que hay que defender constantemente el territorio y aguantar los parásitos durante toda la vida. ¿Qué sentido tiene la vida en semejante contexto? Los animales en libertad, a efectos prácticos, no tienen libertad ni en el espacio ni en el tiempo ni en sus relaciones personales. En teoría, es decir, como simple posibilidad física, un animal podría recoger sus cosas y marcharse, desdeñando todas las convenciones sociales y los límites propios de su especie. Pero es menos probable que ocurra un acontecimiento como éste a que un miembro de nuestra propia especie, digamos, un comerciante con todos los vínculos habituales (la familia, los amigos, la sociedad), lo deje todo y se aleje de su vida provisto únicamente del cambio suelto que lleva en los bolsillos y con lo puesto. Si un hombre, el más valiente e inteligente de las criaturas, no se ve capaz de deambular de lugar en lugar, un extraño para todos, sin deber nada a nadie, ¿por qué lo iba a hacer un animal, que tiene un temperamento mucho más conservador? Pues así son los animales: conservadores, incluso reaccionarios. El cambio más insignificante puede disgustarlos. Quieren que las cosas estén justamente como ellos quieren, día tras día, mes tras mes. Las sorpresas les resultan muy desagradables. Es algo que se observa en sus relaciones espaciales. Un animal habita su espacio, sea en un zoológico o en su hábitat natural, del mismo modo que las piezas del ajedrez: de forma significativa. No hay más casualidad, ni "libertad" en el paradero de un lagarto, un oso o un ciervo que en la posición de un caballo en un tablero de ajedrez. Ambas cosas indican un proceder y una función. En su hábitat natural, los animales recorren los mismos caminos por las mismas razones apremiantes, estación tras estación. En un zoológico, si un animal no está en su lugar habitual y en la misma postura a la hora de siempre, algo querrá decir. Quizá sólo refleje un pequeño cambio en su entorno. Puede ser que se haya sentido amenazado por una manguera enrollada que un cuidador se ha olvidado de guardar; que se haya formado un charco que molesta al animal; la sombra de una escalera abierta. Pero podría querer decir algo más. En el peor de los casos, podría ser aquello que más aterra a un director de zoológico: un síntoma, un presagio de los problemas por venir, un motivo para inspeccionar la boñiga, interrogar severamente al cuidador, llamar al veterinario. ¡Y todo porque una cigüeña no está en su lugar habitual!"

Yann Martel, Vida de Pi

Caballero, su dirección; le desprecio







"Para ser un neófito que, por altivez, jamás preguntaba a nadie, Julián no incurrió en excesivas torpezas. Un día, obligado por un repentino chaparrón a guarecerse en un café de la calle Saint-Honoré, un hombre corpulento vestido de con un abrigo de castor, extrañado de su semblante sombrío, se le quedó mirando exactamente de la misma forma en que un día lo hiciera en Besaçon el amante de Amanda.
Julián se había reprochado demasiadas veces el haber dejado pasar aquel primer insulto, para soportar ahora sin inmutarse esta mirada. Pidió explicaciones. El hombre del abrigo le dirigió entonces las injurias más soeces. Todos los que estaban en el café hicieron círculo alrededor de ellos, y hasta los transeúntes se detenían en la puerta. Por una precaución de provinciano, Julián llevaba siempre consigo un par de pistolas. En aquel momento su mano las empuñaba dentro del bolsillo con movimiento convulsivo. Sin embargo, tuvo serenidad y se limitó a repetir una y otra vez a su oponente: Caballero, su dirección; le desprecio.
La insistencia con que pronunciaba aquellas cinco palabras acabó por llamar la atención de los curiosos.
-¡Caramba!, ése que despotrica no tiene más remedio que darle su nombre.
El hombre del abrigo, al oír reiteradamente aquel comentario, arrojó a la cara de Julián cinco o seis tarjetas. Afortunadamente no le alcanzó ninguna; Julián se había propuesto no hacer uso de las pistolas más que en caso de que el otro le tocara. El hombre se marchó, no sin volverse de vez en cuando para amenazarle con el puño y para seguir con su retahíla de insultos.
Julián se sintió bañado en sudor.
"¿De modo que el hombre más despreciable tiene el poder de alterar mi serenidad hasta tal punto? - se decía con rabia-. ¿Cómo matar en mí tan humillante sensibilidad?"

Stendhal, Rojo y negro.

viernes, 23 de noviembre de 2012

Ignatius J. Reilly








“Una gorra de cazador verde apretaba la cima de una cabeza que era como un globo carnoso. Las orejeras verdes, llenas de unas grandes orejas y pelo sin cortar y de las finas cerdas que brotaban de las mismas orejas, sobresalían a ambos lados como señales de giro que indicasen dos direcciones a la vez. Los labios, gordos y bembones, brotaban protuberantes bajo el tupido bigote negro y se hundían en sus comisuras, en plieguecitos llenos de reproche y de restos de patatas fritas. En la sombra, bajo la visera verde de la gorra, los altaneros ojos azules y amarillos de Ignatius J. Reilly miraban a las demás personas que esperaban bajo el reloj junto a los grandes almacenes D. H. Holmes, estudiando la multitud en busca de signos de mal gusto en el vestir. Ignatius percibió que algunos atuendos eran lo bastante nuevos y lo bastante caros como para ser considerados sin duda ofensas al buen gusto y la decencia. La posesión de algo nuevo o caro sólo reflejaba la falta de teología y de geometría de una persona. Podía proyectar incluso dudas sobre el alma misma del sujeto.
Ignatius vestía, por su parte, de un modo cómodo y razonable. La gorra de cazador le protegía contra los enfriamientos de cabeza. Los voluminosos pantalones de tweed eran muy duraderos y permitían una locomoción inusitadamente libre. Sus pliegues y rincones contenían pequeñas bolsas de aire rancio y cálido que a él le complacían muchísimo. La sencilla camisa de franela hacía innecesaria la chaqueta, mientras que la bufanda protegía la piel que quedaba expuesta al aire entre las orejeras y el cuello. Era un atuendo aceptable, según todas las normas teológicas y geométricas, aunque resultase algo abstruso, y sugería una rica vida interior."

John Kennedy Toole, La conjura de los necios. 

martes, 20 de noviembre de 2012

The Maker



lunes, 19 de noviembre de 2012

El mal del cerebro




El mal del cerebro. Parte uno: Cerebros reparados from Lainformacioncom on Vimeo.

El mal del cerebro. Parte dos: En busca de la memoria from Lainformacioncom on Vimeo.

El mal del cerebro. Parte 3: Trastornos de la mente from Lainformacioncom on Vimeo.

Rare pleasures




La agonía de la paz




El sol de Roma se ha puesto. 
Nuestro día murió.
Nubes, rocío y peligros se acercan; 
hemos cumplido nuestra labor. 
Shakespeare, Julio César


"Así como en su  momento Sorrento no significó un exilio para Gorki, tampoco lo fue  Inglaterra para mí durante los primeros meses. Austria siguió existiendo después de aquella -así llamada-«revolución» y de la tentativa inmediatamente posterior de los nacionalsocialistas de apoderarse del país mediante un golpe de mano y el asesinato de Dollfuss.  La agonía de mi patria habría de durar todavía cuatro años. Podía  volver a mi casa en aquel momento, no estaba desterrado, aún no era un proscrito. Nadie había tocado mis libros de la casa de Salzburgo, todavía tenía el pasaporte austriaco, la patria seguía siendo mi patria y yo, ciudadano suyo con todos los derechos. No había empezado aún esa espantosa condición de apátrida, imposible de explicar a quien no la haya padecido en carne propia, esa enervante sensación de tambalearse suspendido en el vacío con los ojos abiertos y de saber que dondequiera que  uno eche raíces puede ser rechazado en cualquier momento. Me encontraba tan sólo al comienzo del  periplo y, sin embargo, todo fue muy diferente cuando, a finales de febrero de 1934, bajé del  tren en Victoria Station; se ve diferente una  ciudad si uno ha decidido quedarse en ella o si sólo la visita como turista. No sabía cuánto tiempo viviría en Londres. Me importaba una sola cosa: poder volver a mi trabajo, defender mi libertad interior y exterior. No me compré ninguna casa, porque toda propiedad  significa una atadura, sino que alquilé un pisito, lo bastante grande como para colocar una mesa escritorio y guardar en dos armarios empotrados los pocos libros de los que no estaba dispuesto a desprenderme. En realidad, con eso tenía todo lo que un trabajador intelectual necesita. No había espacio para la vida social, es cierto, pero yo prefería vivir en un marco limitado y, a cambio de ello,  poder viajar libremente de vez en cuando; sin saberlo, mi vida ya había enfilado el camino de la provisionalidad y abandonado la permanencia en un mismo lugar.

La primera tarde -ya anochecía y los contornos de las paredes se desdibujaban en el crepúsculo- entré  en la pequeña vivienda, ya por fin preparada, y me asusté, porque en  aquel momento tuve la impresión de entrar en aquel otro pequeño alojamiento que había preparado en Viena, con las mismas pequeñas habitaciones, los mismos libro; que me saludaban desde la pared y los alucinados ojos del  Rey  Juan de Blake, que me acompañaba a todas partes. Necesité de veras un  rato para reponerme, pues durante años no  había vuelto a recordar aquel domicilio. ¿Era  un  símbolo de que mi vida -tan dilatada ya- se retraía hacia el  pasado y yo  me  convertía en  una sombra de mí mismo? Cuando, veinte años atrás, escogí aquel piso de Viena, también era un comienzo. No había escrito nada todavía o, al menos, nada importante; mis libros, mi nombre, todavía no existían en  mi país. Ahora, por una curiosa similitud, mis libros habían vuelto a desaparecer de la lengua en que  habían sido escritos y todo lo nuevo que  escribía era desconocido para Alemania. Los amigos estaban lejos, el viejo círculo se había roto, la casa había desaparecido junto con sus colecciones y cuadros; exactamente igual que  antaño, me  volvía  a encontrar rodeado de extraños. Todo lo que había intentado, hecho, aprendido y vivido entretanto parecía como  si se lo  hubiera llevado el viento; a los cincuenta años y pico me encontraba otra vez al principio, volvía a ser un estudiante que se sentaba ante su escritorio y por la mañana trotaba hacia  la biblioteca, bien  que  ya no tan crédulo, no tan entusiasta, con un reflejo gris en el pelo y un atisbo  de desánimo en el alma cansada.

Me cuesta decidirme a contar muchas cosas de aquellos años  de 1934 a 1940 pasados en  Inglaterra, porque me  estoy acercando a la época actual  y todos  la hemos  vivido  casi  de la misma forma,  con  el mismo desasosiego avivado por la radio y los periódicos, con las mismas esperanzas y angustias.  Hoy todos recordamos con  poco orgullo la ceguera política de aquellos años y vemos con horror hasta  dónde nos ha conducido; quien quisiera explicarlo, tendría que acusar, ¡y quién de nosotros tendría derecho a hacerlo! Además, mi vida en Inglaterra fue muy reservada. Aun sabiéndome lo bastante necio como para no poder superar un obstáculo tan superfluo, viví todos aquellos años de semiexilio y exilio desconectado de toda vida social franca y abierta, llevado por el error de considerar  que en  un  país extranjero no me estaba permitido participar en debates sobre la época. Si en  Austria no había podido hacer nada  contra la insensatez de los círculos dirigentes, ¿qué podía intentar allí,  donde me  sentía huésped de aquella buena isla, sabiendo (gracias a un mejor  y más  exacto conocimiento que  ya teníamos de ella) que si señalaba los peligros con  los que Hitler amenazaba al mundo se lo tomarían como una opinión personal interesada? Era francamente difícil a veces morderse la lengua ante errores notorios. Era doloroso ver cómo una propaganda magistralmente escenificada  abusaba precisamente de la suprema virtud de Inglaterra, la lealtad, la sincera voluntad de dar crédito a cualquiera desde el principio y sin pedirle pruebas. Una y otra vez se pretendía hacer creer que Hitler sólo quería atraer a los alemanes de los territorios fronterizos, que luego se daría por  satisfecho y, en  agradecimiento, exterminaría al  bolchevismo; este anzuelo funcionó a la perfección. A Hitler le bastaba mencionar la palabra «paz» en un discurso para que los periódicos olvidaran con júbilo y pasión todas las infamias  cometidas y dejaran de preguntar por qué Alemania  se  estaba armando con  tanto  frenesí. Los turistas  que  regresaban de Berlín, donde, con  toda  previsión, se  les  había  guiado y halagado, elogiaban el orden que allí reinaba y a su nuevo amo;  poco a poco fueron surgiendo voces en Inglaterra que empezaban a justificar en parte sus «reivindicaciones» de una Gran Alemania;  nadie comprendía que  Austria era la piedra angular del edificio y que, tan pronto como la hicieran saltar, Europa se derrumbaría. Pero yo percibía la ingenuidad y la noble buena fe con las que los ingleses y sus dirigentes se dejaban seducir; me daba cuenta de ello con los ojos ardientes de  quien  en su país  había visto  de cerca las  caras de las tropas de asalto  y les  había  oído  cantar: «Hoy Alemania  es nuestra, mañana lo será el mundo entero.» Cuanto más se acentuaba la tensión política, más me apartaba de las conversaciones en torno a ella y de cualquier actividad pública. Inglaterra es: el único país del viejo  mundo donde no he publicado ningún artículo relacionado con temas contemporáneos, donde nunca he hablado por la radio ni he participado en debates públicos; he vivido allí, en mi pequeño domicilio, en  mayor anonimato que treinta años antes  cuando era estudiante en Viena. Por lo tanto, no soy un testigo válido con derecho a hablar de Inglaterra y menos aún si, como tuve que confesar más tarde, antes de la guerra no había llegado a descubrir la fuerza profunda de Inglaterra, retenida en sí misma, que se revela sólo en los momentos de extremo peligro.

Tampoco vi a muchos escritores. Precisamente a los dos con los que acabé trabando amistad, John   Drinwater y Hugh Walpole, se los llevó una muerte prematura, y no trataba mucho con los más   jóvenes porque, a causa de la sensación de inseguridad del foreigner, que me agobiaba funestamente, evitaba clubes, cenas y actos públicos. Sin embargo, en una ocasión tuve el placer especial y  realmente inolvidable de ver a los dos cerebros más  agudos, Bernard Shaw y H. G. Wells, en una discusión, muy cargada por debajo, pero caballerosa y brillante por  fuera. Fue durante un lunch con pocas personas en casa de Shaw  y yo me  hallaba en  la situación -en  parte atractiva  y  en parte desagradable- de no estar al tanto  de lo que provocaba la tensión subterránea que se percibía como una corriente eléctrica entre los dos patriarcas, ya desde el momento en que se saludaron con una familiaridad ligeramente impregnada de ironía. Debía existir entre ellos una  divergencia de opinión en cuestiones de principios que se había dirimido poco antes o se había de dirimir durante aquel almuerzo. Estas dos grandes figuras, cada una de ellas una gloria de Inglaterra, habían luchado codo a codo, hacía medio siglo y en el círculo de la Sociedad Fabiana, a favor  del  socialismo,  por  aquella época un  movimiento también joven  todavía. Desde entonces esas dos personalidades tan definidas habían evolucionado por caminos cada vez más divergentes: Wells, perseverando en su idealismo activo y trabajando incansablemente en   su  visión del futuro de la  humanidad; Shaw, en cambio, observando tanto el  futuro como el presente cada vez con más ironía y escepticismo, para así  poner a prueba su  juego mental, hecho de reflexión  y divertimiento. También físicamente se habían  convertido con los años en  dos figuras completamente opuestas. Shaw, el increíblemente vigoroso octogenario que en las comidas sólo mordisqueaba nueces y fruta, alto, delgado, siempre tenso, siempre con una estrepitosa carcajada en sus  labios fácilmente comunicativos y más enamorado que nunca de los fuegos artificiales de sus paradojas; Wells, el septuagenario con más gusto por  la vida y con una vida  más holgada que nunca, bajo  de estatura, mofletudo e implacablemente serio tras su ocasional hilaridad. Shaw, brillante en  su agresividad, rápido y ligero a la hora de cambiar los puntos de ataque; Wells, con una defensa tácticamente fuerte,  imperturbable  como siempre en su fe y sus convicciones. En seguida tuve la impresión de que Wells no había acudido a una simple sobremesa para conversar con amigos, sino a una especie de exposición de  principios. Y precisamente porque yo no estaba informado de los motivos ocultos de aquel conflicto de ideas, percibí con  más  intensidad la atmósfera que se respiraba. En cada gesto, cada mirada y cada palabra de ambos llameaban unas ganas de pelear a menudo traviesas, pero en  el  fondo también serias;  era como si dos esgrimidores, antes de atacarse de  veras, ensayaran su agilidad con pequeñas estocadas exploratorias. Shaw poseía un intelecto más  rápido. Bajo sus  espesas cejas sus ojos centelleaban cada vez que daba una  respuesta o atajaba otra; su gusto por las agudezas, sus juegos de palabras, que  había perfeccionado durante sesenta años hasta convertirlos en un virtuosismo sin igual, los superó hasta llegar a una especie de petulancia. A ratos, la blanca y espesa barba le temblaba de espontáneas risas llenas de furia contenida, y la  cabeza,  un poco ladeada, parecía seguir con la mirada la trayectoria de las saetas que disparaba para ver si daban en el blanco. Wells, con sus mofletes colorados y sus  ojos tranquilos y tapados, era más mordaz y directo; también su inteligencia trabajaba con una rapidez extraordinaria, pero sin tantos malabarismos, ya que él prefería las estocadas directas, lanzadas con desenvoltura y naturalidad. Era un  relampagueo tan intenso y rápido -parada y estocada, estocada y parada, siempre con apariencia de jocosidad- que el espectador no se cansaba de  admirar el juego  de  floretes, el centelleo y las fintas. Pero  tras aquel diálogo rápido, mantenido constantemente en un nivel de lo más alto, aparecía una especie de enfurecimiento intelectual que se disciplinaba con nobleza, a la manera inglesa, adoptando las formas  dialécticas más corteses. Había -y eso hacía tanto más interesante la discusión- formalidad en el juego y juego en la formalidad, era una brava  confrontación entre dos caracteres diametralmente opuestos, que sólo en apariencia se inflamaba por razones objetivas, pero que en realidad se basaba en causas y motivos ocultos  que yo desconocía. Sea como fuere, vi a los dos mejores hombres de Inglaterra en uno de sus mejores momentos, y la continuación de esa polémica,  publicada en las  semanas siguientes en la Nation, no me proporcionó ni la centésima parte del placer que experimenté durante aquel fogoso diálogo, porque tras los argumentos, convertidos ya en  abstractos, ya no se revelaba lo bastante el hombre vivo ni la. esencia propiamente dicha del debate. Pocas veces he disfrutado tanto con la fosforescencia producida por  la fricción de dos espíritus ni he visto el arte del diálogo ejercido con tanto virtuosismo en una comedia teatral, ni antes ni después, como en aquella ocasión en la que alcanzó la perfección en sus formas más nobles, sin proponérselo y sin teatralidad

Viví aquellos años en Inglaterra sólo físicamente, no con toda el alma. Y fue precisamente la inquietud por Europa, esa dolorosa inquietud que  nos destrozaba los nervios, lo que,  en los años entre la toma del poder por Hitler y el estallido de la Segunda Guerra Mundial, me movió a viajar a menudo e incluso  a cruzar el océano por dos veces. Quizá me empujaba a ello el presentimiento de que era necesario almacenar, para  tiempos más tenebrosos, todas las impresiones y experiencias que el corazón pudiera contener, mientras el mundo permaneciera abierto y los barcos pudieran recorrer en paz su ruta a través de los mares; quizá también me empujaba el afán de saber que, mientras la desconfianza y la discordia destruían nuestro mundo, en alguna parte se estaba construyendo otro; quizá también una intuición,  muy  vaga  todavía,  me decía que  nuestro futuro, y también el mío, se encontraba lejos de Europa. Un ciclo de conferencias a lo largo y ancho de los Estados Unidos me ofreció la  grata oportunidad de ver este inmenso país en toda su diversidad y, a la vez, unidad, de este a oeste y de norte a sur. Pero quizá fue todavía más fuerte la impresión que  me causo América del Sur, adonde acepté viajar de buen grado a raíz de una invitación al congreso del PEN Club Internacional; nada me pareció tan importante en  aquel momento como reforzar la idea de la solidaridad espiritual por  encima de países y lenguas. Las últimas horas pasadas en Europa antes del aquel viaje me exhortaron a ponerme en camino  con  un nuevo y serio aviso. En aquel verano de 1936 había estallado la guerra civil española, la cual, vista superficialmente, sólo era una disensión interna en el seno de ese bello y trágico país, pero que, en realidad, era ya una maniobra preparada por las dos potencias ideológicas con vistas a su futuro choque. Había salido yo de Southampton en un barco inglés con la idea de que el vapor evitaría la primera escala, en Vigo, para  eludir la zona en  conflicto. Sin embargo, y para mi sorpresa, entramos en ese  puerto e incluso se nos permitió a los pasajeros bajar  a tierra  durante unas horas. Vigo se encontraba entonces en poder de los franquistas y lejos del escenario de  la guerra propiamente dicha. No obstante, en aquellas pocas horas pude ver cosas que me dieron motivos justificados para reflexiones abrumadoras. Delante del ayuntamiento, donde ondeaba la bandera de Franco, estaban de pie y formados en fila unos jóvenes, en su mayoría guiados por curas  y vestidos con sus  ropas campesinas, traídos seguramente de los pueblos vecinos. De momento no comprendí para qué los querían. ¿Eran obreros reclutados para  un servicio de urgencia? ¿Eran parados a los que  allí daban de  comer? Pero  al cabo de un cuarto de hora, los vi salir del ayuntamiento completamente transformados. Llevaban uniformes nuevos y relucientes, fusiles y bayonetas; bajo la vigilancia de unos oficiales fueron  cargados en  automóviles igualmente nuevos  y relucientes y salieron como  un rayo de la ciudad. Me estremecí. ¿Dónde  lo había  visto  antes? ¡Primero en  Italia y luego en Alemania!  Tanto en  un lugar  como  en  otro  habían aparecido de  repente estos uniformes: nuevos e inmaculados, los flamantes automóviles y las ametralladoras. Y una vez más me pregunté: ¿quién proporciona y paga esos uniformes nuevos? ¿Quién organiza a esos pobres jóvenes  anémicos? ¿Quién  los  empuja a  luchar  contra  el  poder establecido, contra el parlamento elegido, contra  los representantes legítimos de su propio pueblo? Yo sabía que  el tesoro público estaba en manos del gobierno  legítimo, como también  los depósitos de armas. Por consiguiente, esas armas y esos automóviles teníanque haber sido suministrados desde el extranjero y sin duda habían cruzado la frontera desde la vecina Portugal. Pero,  ¿quién  los  había  suministrado? ¿Quién los había pagado? Era un poder nuevo que quería el dominio, el mismo poder que  actuaba aquí  y allá,  un poder que  amaba la violencia, que  necesitaba la violencia y que consideraba debilidades anticuadas todas las ideas que  nosotros profesábamos y por las cuales vivíamos: paz, humanidad, entendimiento mutuo. Eran grupos secretos, escondidos en sus despachos y consorcios, que cínicamente se aprovechaban del idealismo ingenuo de los jóvenes para sus   ambiciones de poder y  sus negocios. Era una voluntad de imponer la fuerza que, con una técnica nueva y más sutil, quería extender por nuestra infausta Europa  la vieja  barbarie de la guerra. Una sola  impresión óptica,  sensorial, siempre causa más impacto en el alma  que mil  opúsculos  y artículos  de   periódico. Y en el momento en que vi cómoninstigadores ocultos proveían de armas a aquellos muchachos jóvenes e inocentes y los lanzaban contra  muchachos también jóvenes e inocentes de su propia patria, tuve el presentimiento de  lo que  nos  esperaba, de lo que amenazaba a Europa. Cuando, al cabo de unas horas de parada, el barco desatracó de nuevo, corrí a mi camarote. Me resultaba demasiado doloroso seguir viendo ese hermoso país  que había caído víctima de una horrible desolación  por  culpa de otros;  Europa me parecía condenada a muerte por su propia locura, Europa, nuestra santa  patria, cuna y Partenón de nuestra civilización occidental.

Tanto más plácida se ofreció después Argentina a la mirada. Volvía a ser España, su vieja cultura, protegida y preservada en una nueva  tierra, más vasta, todavía no abonada con sangre, todavía no  emponzoñada con odio. Había abundancia e incluso exceso de alimentos, de riqueza, había espacio infinito y, con él, comida para  el futuro. Se apoderó de  mí una inmensa alegría y una especie de nueva  confianza. ¿No habían emigrado las culturas de un país a otro desde hacía miles de  años? ¿No se salvaban siempre las semillas, aunque el árbol cayera bajo el hacha, y con ellas también las nuevas  flores y los frutos? Lo que las generaciones anteriores y contemporáneas habían logrado nunca  se perdería del todo. Sólo hacía falta aprender a pensar a partir de dimensiones más grandes, a contar con  lapsos de  tiempo más amplios. Deberíamos empezar a  pensar, me decía a mí mismo,  ya no sólo  a la europea, sino mirando más allá de Europa; no deberíamos enterrarnos en un pasado moribundo, sino  participar en su renacimiento. Y es que,  por  la cordialidad con  la que toda la población de esta nueva  ciudad de millones de habitantes ha participado en  nuestro congreso, he visto que allí no éramos unos extraños, que todavía estaba viva, vigente y eficaz la fe en la unidad espiritual, a la cual hemos dedicado los mejores años de nuestra vida, y que en la época de las nuevas velocidades, ya ni el océano nos separaba. Una nueva  misión sustituía a la vieja: construir la comunidad que soñábamos en unas dimensiones más grandes y en uniones más osadas. Si, después de la última mirada a la inminente guerra, había dado a Europa por perdida, ahora, allí, bajo la Cruz del Sur, de nuevo empezaba a creer y a tener esperanza.

Una impresión no menos imponente, una promesa no menor, supuso para mí Brasil, este país  generosamente dotado por  la naturaleza de la ciudad más bella del mundo, este país con un espacio  inmenso que ni los ferrocarriles ni las carreteras, ni siquiera los aviones, podían recorrer todavía de cabo a rabo. Aquí el pasado se ha conservado con más esmero que en la misma Europa; aquí, el embrutecimiento que trajo consigo la Primera Guerra Mundial no ha penetrado todavía en las costumbres, en el espíritu de las naciones; aquí los hombres viven más pacífica  y educadamente que  entre nosotros, menos  hostil que entre nosotros es el  trato  entre las  diferentes razas;  aquí  el  hombre no ha sido separado del hombre por absurdas teorías de sangre, raza y origen; se tenía el singular presentimiento de que aquí todavía  se podía vivir en paz; aquí el espacio, por cuya mínima partícula luchaban los estados de Europa y lloriqueaban los políticos, estaba preparado, en una abundancia inconmensurable, para  recibir el  futuro; aquí la tierra esperaba todavía  al hombre para que la utilizara  y la llenara con su presencia; aquí se podía continuar y desarrollar en nuevas y grandiosas formas la civilización que Europa había creado. Con ojos felices ante las mil formas de la belleza de aquella nueva naturaleza, vi el futuro.

Pero viajar e irme lejos, hasta otros mundos y otras estrellas, no quería decir huir de Europa ni de la aflicción por Europa. Casi parece una malévola venganza de la naturaleza contra el hombre el que  todas las conquistas de la técnica gracias a las cuales le ha arrancado las fuerzas más secretas-le destruyan el alma. La peor maldición que nos ha acarreado la técnica es la de impedirnos huir, ni que sea por un momento, de la actualidad. Las generaciones anteriores, en momentos de calamidad, podían refugiarse en la soledad y el aislamiento; a nosotros, en cambio, nos  ha sido reservada la obligación de saber y compartir en el mismo instante lo malo que  ocurre en cualquier lugar del globo. Por más que me alejara de Europa, su destino me acompañaba. Desembarcando de noche en Pernambuco, con  la Cruz  del  Sur sobre mi cabeza y rodeado de gentes de  piel oscura en la calle, vi en un periódico la noticia  del bombardeo de Barcelona y del fusilamiento de un amigo español en cuya compañía  había pasado unas agradables horas no hacía muchos meses.  

Cuando me dirigía a Tejas a toda velocidad en un vagón pulman, entre Houston y otra  ciudad petrolera oí de repente a alguien que gritaba furioso en alemán: un compañero de viaje había sintonizado casualmente  una emisora alemana  en  la  radio  del  tren y tuve que escuchar, a través  de la llanura de Tejas, un exaltado discurso de Hitler. No había modo  de  escaparse, ni de día ni de noche; siempre debía pensar, con dolorosa ansiedad, en Europa y, dentro de Europa, en Austria. Puede parecer patriotismo mezquino el que, ante la inmensidad del ¡peligro que amenazaba desde China hasta más  allá  del Ebro  y el  Manzanares, yo me preocupara especialmente por  el destino de Austria. Pero  sabía que el destino de toda Europa estaba ligado a este pequeño país que, casualmente, era mi patria. Cuando uno intenta  trazar retrospectivamente los errores de la  política después de la Primera Guerra Mundial, se da cuenta de que el mayor de todos fue que tanto los políticos europeos como los norteamericanos no llevaron a la práctica el claro y simple plan de Wilson, sino que lo mutilaron. La  idea  del mismo era  conceder  libertad e independencia a las  pequeñas naciones, pero él  había  visto  con  acierto que  tal libertad e independencia sólo podían mantenerse dentro de una unidad de  todos los estados, pequeños y grandes, en  una  organización de  orden superior. Al no crear esa organización -la auténtica y total Liga de las Naciones- y al aplicar sólo la otra parte de su programa, la independencia de los estados pequeños, en vez de paz y tranquilidad se creó una tensión crispante. Pues nada es más peligroso que el delirio de  grandeza de los pequeños y lo primero que  hicieron los estados pequeños, tan  pronto como se formaron, fue intrigar los unos contra losbotros y disputarse territorios  minúsculos:  Polonia  contra Chequia, Hungría contra Rumania, Bulgaria contra  Serbia, y el más: débil de todos en esas rivalidades era  la diminuta Austria frente a la prepotente Alemania. Este troceado y mutilado  país, cuyos soberanos en otro tiempo habían mandado en Europa a sus anchas, era tengo que repetirlo-la piedra angular del edificio. Yo sabía lo que no podían ver los millones de habitantes de la capital  inglesa que me rodeaban: que con Austria caería Checoslovaquia y que,  después, Hitler tendría el  camino despejado para apoderarse de los  Balcanes;  sabía que  el  nacionalsocialismo, con Viena  en  su poder y gracias a la peculiar estructura de la ciudad, tenía en su inflexible mano la palanca capaz  de  zarandear Europa  y sacarla de sus  goznes. Sólo los  austriacos sabíamos con  qué  avidez,  estimulada por el resentimiento, Hitler  ambicionaba Viena, la ciudad que lo había visto en la miseria más extrema y en la que  quería entrar como triunfador. Por eso, cada vez que  yo hacía una escapada a Austria  y luego volvía  a cruzar  la frontera, respiraba con  alivio: «Esta vez, todavía no.» Y miraba hacia atrás  como si fuera la última. Veía acercarse la catástrofe, inevitablemente; cien veces durante  aquellos años,  mientras  los  demás  leían confiados los  periódicos, yo temía en lo más íntimo de mi ser ver  en  ellos  los titulares: Finis Austriae. ¡Ah, cómo me había engañado a mí mismo con la ilusión de creer que  desde hacía tiempo me había desligado de su destino! Desde lejos compartía todos los días  el sufrimiento de su lenta  y febril agonía: infinitamente más que mis amigos que vivían en ella, que a su vez se engañaban con muestras de patriotismo y se repetían los unos a los otros, día tras día: «Francia e Inglaterra. Y sobre todo Mussolini no lo permitirá.» Creían en la Liga de las Naciones y en los tratados de paz como los enfermos en las medicinas con hermosas etiquetas. Vivían tranquilos y despreocupados, mientras que a mí, que lo veía todo más claro, se me partía el corazón de angustia.

Tampoco mi último viaje  a Austria estuvo motivado por  otra  cosa  que  por  un estallido espontáneo de miedo ante  la catástrofe cada vez  más inminente. Había estado en  Viena en  el otoño de 1937 para  visitar  a mi anciana madre y durante un tiempo  no tuve nada  más que  hacer allí; como nada  urgente me retenía, regresé a Londres. Al cabo  de  pocas semanas (sería a finales  de  noviembre), una tarde me dirigía a casa  por Regent  Street y compré el Evening Standard. Era el día en  que lord Halifax volaba  hacia Berlín para intentar por primera vez negociar personalmente con Hitler. En aquella edición del  periódico se  especificaban todavía lo veo, el texto a la derecha y en negrita -los puntos sobre los que  Halifax quería llegar a un acuerdo con Hitler. Y entre líneas leí, o creí leer: el sacrificio de Austria, pues ¿qué otra cosa podía significar una entrevista con Hitler? Y es que los austríacos sabíamos que Hitler  no cedería nunca en este punto. Curiosamente la enumeración programática de  los temas de debate sólo se incluyó en  la edición del  mediodía del Evening Standard y desapareció completamente de  las  demás ediciones del mismo periódico a partir de la tarde. (Luego corrió el rumor de que esa información la había proporcionado al periódico la legación italiana, porque lo que más temía Italia  en 1937 era un acuerdo entre Alemania e Inglaterra a sus espaldas.)  No podría decir  hasta qué   punto era objetiva y cierta la noticia (inadvertida seguramente para la gran mayoría) tal como se publicó en  aquella edición del Evening Standard. Sólo sé que me estremecí horrorizado ante la idea de que Hitler e Inglaterra negociaran ya  respecto a Austria; no me avergüenza decir que el periódico me temblaba en las manos. Falsa o verdadera, la noticia me conmocionó como ninguna otra desde hacía años,  pues  sabía que, aun cuando se confirmara sólo una pequeña parte de la misma, sería el principio del fin, caería la piedra angular del edificio y, con ella, el  edificio entero. Di marcha atrás en el acto, subí  al primer autobús en dirección a Victoria Station y me dirigí a Imperial Airways para preguntar si quedaba algún  asiento libre  en el avión  de  la mañana siguiente. Quería volver a ver a mi madre, la familia, la patria. Por casualidad pude hacerme todavía con un billete; metí cuatro cosas en una maleta y volé  hacia Viena.

Los amigos se sorprendieron ante mi regreso tan rápido y repentino. Y ¡cómo se rieron a costa mía cuando les insinué mis inquietudes! «El mismo Jeremías de siempre», dijeron con soma. ¿Acaso no sabía que la población entera de Austria apoyaba ahora a Schuschnigg al cien por cien? Elogiaron con profusión de detalles las grandiosas manifestaciones del «Frente Patriótico», mientras yo, por el contrario, había  observado en Salzburgo que la mayoría de los participantes sólo llevaba el distintivo reglamentario de la coalición pegado en la solapa por miedo a perder  sus   puestos de  trabajo, pero  a  la vez desde hacía tiempo estaban inscritos-por precaución en Munich -en las filas de los nacionalsocialistas: había estudiado demasiada historia, y escrito sobre ella, como para  no saber que la gran masa  siempre se inclina  hacia  el  lado  donde se halla  el centro de  gravedad en cada momento. Sabía que las mismas voces que  hoy gritaban «¡Heil Schuschnigg!» mañana  rugirían «¡Heil Hitler!». Sin embargo, todos  aquellos con los que hablé en Viena  mostraban una sincera despreocupación. Se invitaban mutuamente a actos sociales con esmoquin y frac (sin sospechar que  pronto llevarían el uniforme de prisioneros en campos de concentración); desbordaban los comercios con compras de  Navidad para sus hermosas casas (sin sospechar que en unos meses otros se las quitarían y las saquearían). Y esa  eterna despreocupación de la vieja Viena,  que  tanto me había  gustado antes  y con la que  he soñado toda la vida,  esa despreocupación que el poeta nacional vienés Anzengruber resumió una vez en el axioma «Nada te puede pasan,  por  primera  vez  me dolió. Aunque quizás,  en última  instancia, eran más  sabios que yo todos aquellos amigos de Viena,  pues sufrían sólo cuando pasaba algo,  mientras que yo me imaginaba las desgracias, las padecía antes de  tiempo y  volvía a  padecerlas  cuando ocurrían de veras. Sin embargo ya no comprendía a mis amigos, ni  podía  hacerme comprender por ellos.  Después del  segundo día ya no previne a nadie más. ¿Para qué inquietar a alguien que no quiere ser  inquietado?

Que el lector no lo tome como un adorno añadido, sino como la pura verdad, si digo que en los últimos  días  que  pasé en  Viena  contemplé cada una de las familiares casas,  cada iglesia, cada jardín y cada  uno de los viejos  rincones de la ciudad en la que había nacido con un «¡Nunca más!» mudo y desesperado. Había abrazado a mi madre con  un secreto «¡Es la última vez!». Me despedí de  toda  la ciudad y de todo el país con un sentimiento de «Nunca más», pues tenía conciencia de que era  una despedida, un adiós para siempre. Pasé de largo por Salzburgo, la ciudad donde tenía  la casa en la  que  había trabajado durante veinte años, sin siquiera bajar del tren en la estación. Por supuesto que  desde la ventanilla habría podido ver la casa de la colina,  con todos sus recuerdos de los años vividos.  Pero no volví los ojos hacia ella. ¿Para qué, mirándolo bien, si no volvería a vivir allí?, y en  el  instante en  que  el tren cruzó la frontera, supe, como el patriarca Lot de la Biblia,  que  detrás de mí todo era polvo  y ceniza,  un  pasado petrificado en  sal amarga.

Creía haber presentido todos los horrores que podían ocurrir cuando el sueño de odio  de  Hitler  se hiciera realidad y él mismo ocupara victorioso Viena, la ciudad que lo rechazó cuando era  un joven pobre y fracasado. Pero, ¡qué tímida, pequeña y lastimosa resultó mi fantasía, como toda fantasía  humana, ante la inhumanidad que se desató aquel 3 de marzo de 1938,  el día en que Austria, y con ella  Europa,  sucumbió a la fuerza bruta!! Finalmente cayó la  máscara. Como los demás estados ya habían manifestado abiertamente su miedo, la brutalidad ya no tenía que imponerse trabas morales, así  que  no se sirvió- ¿conservaban todavía algún peso Inglaterra, Francia, el mundo? -de ningún pretexto hipócrita para excluir,  por  ejemplo, a los «marxistas» de, la vida política. Ya no simplemente se robaba y saqueaba, sino que se daba rienda suelta a cualquier ansia de venganza personal. Catedráticos de universidad eran obligados a fregar las calles con las manos, judíos creyentes de barba blanca eran arrastrados al templo y obligados por mozalbetes vocingleros a arrodillarse y gritar a coro «¡Heil Hitler!». Por las calles se cazaba a gente inocente como a conejos y se los llevaba a empujones a los cuarteles de  las SA para que limpiaran las letrinas; todo lo que  la enfermiza y sórdida  fantasía del odio había ideado  durante muchas noches de orgía se desataba a la luz del día. Hechos  tales  como irrumpir en las casas y arrancar los pendientes a temblorosas mujeres pudieron haber ocurrido también siglos  atrás, en  las guerras medievales, durante el saqueo de las ciudades, pero el impúdico placer de la tortura en público, el tormento psíquico y la humillación refinada eran algo nuevo. Todo esto está  registrado no por  una sola persona, sino por  las miles que lo han  sufrido, y llegará un día en que una época más  tranquila, no moral mente cansada como ya lo está  la nuestra, leerá estremecida sobre los crímenes que cometió un solo hombre, rabioso de odio, en el siglo XX, en aquella ciudad de la cultura. Porque ése  fue el diabólico triunfo de Hitler en  medio de sus victorias militares y políticas: este  hombre solo logró con sus constantes excesos embotar todo concepto de justicia. Antes de su «nuevo  orden», el  asesinato de una  sola persona sin sentencia judicial ni causa notoria estremecía aún al mundo, la tortura era inconcebible en el siglo XX y se llamaba a las expropiaciones lisa y llanamente rapiña y robo. Ahora, en cambio, tras la nueva  versión de las sucesivas Noches  de San  Bartolomé, después de las  torturas hasta la muerte en las celdas de las SA y detrás de los alambres de espino, ¡qué importaba una  injusticia aislada y el sufrimiento en este valle de lágrimas! En 1938, después de Austria, nuestro mundo ya  estaba más acostumbrado a la inhumanidad, la injusticia y la brutalidad que cuanto lo  había estado durante siglos. Lo que había ocurrido en aquella infausta ciudad de Viena antes habría bastado para provocar un boicot internacional, pero en  el año 1938  la conciencia mundial claudicaba o sólo  se quejaba un poco antes de olvidar y perdonarlo todo.

Aquellos días en que resonaban los  gritos de auxilio lanzados diariamente desde la patria, en que  sabía que  amigos próximos eran secuestrados, torturados y humillados, en que, impotente, temblaba de miedo por  aquellos a los que amaba, aquellos días fueron unos de los más terribles de mi vida. No  me  avergüenza decir -he aquí hasta qué punto la época nos ha pervertido el corazón- que no me estremecí ni lloré cuando me  llegó la noticia de la muerte de mi madre, a la que había dejado en Viena, sino que, al contrario, sentí algo parecido a un alivio, pues ahora la sabía a salvo de todos los sufrimientos y peligros. A los ochenta y cuatro años, casi sorda del  todo, vivía en nuestra casa familiar y, por  lo tanto,  de momento no  podía ser desahuciada ni  siquiera de acuerdo con  las nuevas «leyes arias» y teníamos la esperanza de llevarla al extranjero de un  modo u otro  al cabo de un tiempo. Uno de los primeros decretos de Viena la había afectado seriamente. A su edad tenía las piernas débiles y estaba acostumbrada, durante sus  paseos diarios, a descansar en un banco del Ring o del  parque después de cada cinco o diez minutos de  penoso andar. No hacía siquiera ocho  días que Hitler se había convertido en amo y señor de la ciudad, cuando proclamó la orden que prohibía a los judíos sentarse en los bancos: era una de aquellas prohibiciones ideadas, obviamente, con  el único y sádico propósito de martirizar con  malicia. Y es que robar a los judíos tenía, al fin y al cabo, una cierta lógica y un sentido, pues con  el producto del  robo de las fábricas, del  mobiliario de las casas y villas y de los pues tos de trabajo vacantes, se podía alimentar a los partidarios y recompensar a los antiguos satélites; en definitiva la galería de arte de Goering debe su esplendor principalmente a esa práctica aplicada al por mayor. Ahora  bien, impedir a una anciana o a un  hombre mayor cansado sentarse unos minutos en  un  banco para recuperar el  aliento, eso estaba reservado al siglo y al hombre que  millones de personas adoraban como al más grande de la época.

Por fortuna a mi madre le fue ahorrado el tomar parte por  mucho tiempo en tales groserías y humillaciones. Murió pocos meses después de la ocupación de Viena y no puedo menos que mencionar un episodio relacionado con  su  muerte, pues creo importante dejar constancia de esta clase de detalles con vistas a  un futuro que los tendrá por  imposibles. Una  mañana, aquella mujer de ochenta y cuatro años sufrió un desmayo. El médico que la atendió pronosticó en  seguida que  difícilmente pasaría de aquella noche y mandó buscar a una  enfermera, una mujer de cuarenta años, para que la velará junto a su cama. Ni mi hermano ni yo, sus dos únicos hijos, estábamos en Viena y, naturalmente, no podíamos acudir, pues para los representantes de la cultura alemana regresar a Austria para visitar a una madre en su lecho de muerte también constituía un delito. De modo que un primo nuestro aceptó pasar la noche en la casa para que  al menos alguien de la familia  estuviera presente en el momento de la muerte. Aquel primo era  entonces un hombre de sesenta años que tampoco gozaba de buena salud y que de hecho también murió al cabo de un año.  Cuando había empezado a prepararse la cama en la habitación contigua para pasar allí la noche, apareció la enfermera hay que decir en su honor que bastante avergonzada para comunicar que, lamentándolo mucho, según las nuevas leyes nacionalsocialistas, le resultaba imposible pasar la noche al lado de la moribunda. Dijo que mi primo  era judío y, puesto que ella era una mujer de menos de cincuenta años, no podía pasar la noche bajo el mismo techo al mismo tiempo que él, ni siquiera para velar a una moribunda, pues, conforme a la mentalidad de  Streicher, lo primero que se le ocurriría a un judío sería  practicar con ella un acto de deshonra racial. Por supuesto,  añadió, lamentaba mucho aquella orden, pero debía cumplir la ley. Y así mi primo de sesenta años, para  que la enfermera pudiera quedarse junto a la moribunda, se vio obligado a salir de la casa al anochecer. Quizás ahora se comprenda que yo considerara afortunada a mi madre por no tener que seguir viviendo entre esa clase  de gente.

La caída de Austria produjo en mi vida privada un cambio que en un principio consideré del todo insignificante y puramente formal: perdí mi pasaporte austriaco y tuve que pedir a las autoridades  británicas un documento sustitutivo, un pasaporte de apátrida. En mis sueños cosmopolitas me había  imaginado a menudo en mi fuero interno cuán espléndido y conforme a mis sentimientos sería vivir sin estado, no estar obligado a ningún  país: y, por lo tanto, pertenecer a todos sin distinción. Pero  una  vez  más tuve que reconocer cuán imperfecta es  la fantasía humana y hasta qué punto no comprendemos las  sensaciones más  importantes hasta que no las hemos vivido nosotros mismos. Diez años antes,  en una ocasión en que encontré a Dmitri Merezhkovski en París y le oí lamentarse de que sus libros estaban prohibidos en Rusia, yo, inexperto, intenté consolarlo maquinalmente diciéndole que aquello significaba muy poco teniendo en cuenta la difusión universal que  habían tenido. Pero  luego, cuando mis libros desaparecieron de la lengua alemana, ¡con qué claridad comprendí su queja de no poder publicar la palabra creada más que en traducciones, un medio diluido, cambiado! Asimismo, no fue hasta el instante en que fui admitido en un despacho oficial inglés, después de una larga espera en una antesala sentado en  el  banco de los solicitantes, cuando comprendí qué  significaba el cambio de  mi pasaporte por  un papel para extranjeros. Máxime cuando hasta entonces había  tenido derecho a un pasaporte austriaco. Cualquier funcionario austriaco del  consulado o de la policía tenía la obligación de extendérmelo como a ciudadano de pleno derecho. En cambio, el documento de extranjero que  me  dieron los  ingleses tuve que pedirlo. Era  un favor, pero un favor que me podían retirar en cualquier momento. De la noche a la mañana había descendido un peldaño más. Ayer todavía era un huésped extranjero y, en cierto modo, un gentleman que gastaba allí sus ingresos internacionales y pagaba sus impuestos, y hoy me había convertido en  un emigrado, un «refugiado». Me rebajaron a una categoría inferior, aunque no deshonrosa. Además, de ahora en adelante debía solicitar cualquier visado extranjero en aquella hoja de papel, porque en todos los países desconfiaban de esa «clase» de hombres de los cuales, de repente, yo formaba parte: hombres privados de derechos y sin  patria, a los  que, en caso de necesidad, se los  podía expulsar y devolver a su país como a los demás, si se convertían en  una carga o permanecían allí  demasiado tiempo. Y tuve que recordar las  palabras que  un exiliado ruso me había dicho años atrás: «Antes el  hombre sólo tenía cuerpo y alma. Ahora, además, necesita un pasaporte, de lo contrario no se lo trata como a un hombre.»

En efecto: tal vez nada demuestra de modo más palpable la terrible caída que sufrió el  mundo a  partir de la Primera Guerra Mundial como la limitación de la libertad de movimientos del hombre y la reducción de su derecho a la libertad. Antes de 1914 la Tierra era de todos. Todo el  mundo iba adonde  quería y permanecía allí el  tiempo que quería.bNo existían permisos ni autorizaciones; me divierte la sorpresa de los jóvenes cada vez que les cuento que antes de 1914 viajé a la India  y América sin pasaporte y que  en realidad jamás en  mi vida  había visto uno. La gente subía y  bajaba de los trenes y de los  barcos sin preguntar ni ser preguntada, no tenía que rellenar ni uno del centenar de papeles que se exigen hoy en día. No existían salvoconductos ni visados ni ninguno de estos fastidios; las mismas fronteras que hoy aduaneros, policías y gendarmes han  convertido en una alambrada, a  causa de la desconfianza. patológica de todos hacia todos, no representaban  más que líneas simbólicas que se cruzaban con la misma despreocupación que el  meridiano de Greenwich. Fue después de la  guerra cuando el nacionalsocialismo comenzó a trastornar el mundo, y el primer fenómeno visible de esta epidemia fue  la xenofobia: el odio o, por  lo menos, el temor al extraño. En todas partes la gente se defendía de los extranjeros, en todas partes los excluía. Todas las humillaciones que se habían inventado antaño sólo para los criminales, ahora se infligían a todos los viajeros, antes y durante el viaje. Uno tenía que hacerse retratar de la derecha y la  izquierda, de cara y de perfil, cortarse el pelo de modo que se le vieran las orejas, dejar las  huellas dactilares, primero las del  pulgar, luego las de todos los demás dedos; además, era necesario presentar certificados de toda clase: de salud, vacunación y buena conducta, cartas de recomendación, invitaciones y  direcciones de  parientes, garantías morales y económicas, rellenar formularios y firmar tres o cuatro copias, y con que faltara uno solo de ese montón de papeles, uno estaba perdido."