jueves, 31 de mayo de 2012

Moving Square Illusion



La aventura de un fotógrafo



 




 "Con la primavera, cientos de miles de ciudadanos salen  el domingo con el estuche en bandolera. Y se  fotografían. Vuelven contentos como cazadores con el morral repleto, pasan los días esperando con dulce ansiedad las fotos reveladas (ansiedad a la que algunos  añaden el sutil placer de las manipulaciones alquímicas  en la cámara oscura, vedada a las intrusiones de los familiares y acre de ácidos al olfato), y sólo cuando tienen las fotos delante de los ojos parecen tomar posesión tangible del día transcurrido, sólo entonces el torrente alpino, el gesto del nene con el cubo, el reflejo del sol en la pierna de la esposa adquieren la irrevocabilidad de lo que ha sido y ya no puede ser puesto en duda. Lo demás puede ahogarse decididamente en la sombra insegura del recuerdo. 
 En la frecuentación de los amigos y colegas, Antonino Paraggi, no-fotógrafo, advertía un creciente  aislamiento. Cada semana descubría que en las  conversaciones de los que magnifican la sensibilidad de 
un diafragma o discurren sobre el número de dinas se unía la voz de alguien a quien hasta ayer había confiado, seguro de compartirlos, sus sarcasmos hacia una actividad para él tan poco excitante y tan pobre en imprevistos. 
 Como profesión, Antonino Paraggi desempeñaba funciones ejecutivas en los  servicios de distribución de una empresa productiva, pero su verdadera pasión era comentar con los amigos los acontecimientos pequeños y grandes, desentrañando de los  embrollos particulares el hilo de las razones generales; era, en suma, por actitud mental, un filósofo y ponía todo su amor propio en  conseguir explicarse incluso los hechos más alejados de su experiencia. Ahora bien, sentía que algo en la esencia del hombre fotográfico se le escapaba, el secreto llamamiento en respuesta al  cual nuevos adeptos 
seguían enrolándose bajo la bandera de los aficionados al objetivo, elogiando algunos los progresos de sus habilidades técnicas y artísticas, otros por el contrario atribuyendo todo el mérito a la calidad del aparato que habían comprado capaz (según ellos) de producir obras maestras aunque fuera confiado a manos ineptas (como calificaban las  propias, porque  cuando el orgullo se ponía en exaltar las virtudes de los artefactos  mecánicos, el talento subjetivo estaba dispuesto a humillarse en  la misma proporción). 
Antonino Paraggi entendía que lo decisivo no era ni un motivo de satisfacción ni el otro: el secreto residía en otra cosa. 
 Es preciso decir que este buscar en la fotografía las razones de su descontento —como el de quien se siente excluido de algo—  era en parte también una artimaña de Antonino consigo mismo para no tener que tomar en cuenta otro proceso más evidente  que iba separándolo de los amigos. Lo que estaba ocurriendo era que sus coetáneos iban casándose uno tras otro, fundaban una familia, mientras Antonino seguía soltero. Pero entre los dos fenómenos existía un lazo innegable, ya que a menudo la pasión del objetivo nace de manera natural y casi fisiológica como efecto  secundario de la paternidad. Uno de los primeros instintos de los progenitores, después de haber traído un hijo al mundo, es el de fotografiarlo; y dada la rapidez del crecimiento, resulta necesario fotografiarlo a menudo, porque nada es más lábil e irrecordable que un niño de seis meses, borrado en seguida y sustituido por el de ocho meses y después por el de un año; y toda la perfección que a los ojos de los progenitores puede haber alcanzado un hijo de tres años no basta para impedir que se insinúe, para destruirla, la  nueva perfección de los cuatro, quedando sólo el álbum fotográfico como lugar donde todas esas fugaces perfecciones pueden salvarse y yuxtaponerse, aspirando cada una a un absoluto  propio, incomparable. En el frenesí de los progenitores  recientes por encuadrar la prole en el visor para reducirla a la inmovilidad del blanco y negro o de la diapositiva en color, Antonino, no-fotógrafo y no-procreador, veía sobre todo una fase de la carrera hacia la locura que se incubaba en aquel negro  instrumento. Pero sus reflexiones sobre el  nexo iconoteca-familia-locura eran expeditivas y reticentes: de lo contrario hubiera comprendido que en realidad el que corría el mayor peligro era él, el soltero. 
 En el círculo de amigos de Antonino era habitual pasar juntos los fines de semana en las afueras, siguiendo una costumbre que para muchos de ellos venía de los años estudiantiles y que se  había extendido a las novias y después a las esposas y a la prole, además de las niñeras y gobernantas, y en algunos casos a los nuevos parientes y conocidos de ambos sexos. Pero como la continuidad de las frecuentaciones y de los hábitos  nunca había disminuido, Antonino podía hacer como si nada hubiese cambiado con el paso de los años y como si aquélla fuese todavía la panda de muchachos y de chicas de antes, y no un conglomerado de familias en el que él seguía siendo el único soltero sobreviviente. 
 Era cada vez más frecuente que en esas excursiones al mar o a la montaña, en el momento de la foto de grupo familiar o  interfamiliar, se pidiera la intervención de un operador extraño, a veces un transeúnte, que se prestara a apretar el disparador del  aparato ya enfocado y apuntando en la dirección deseada. En esos  casos Antonino no podía negar sus servicios: tomaba la máquina de  las manos de un progenitor o de una progenitura que corría a ubicarse en segunda fila, estirando el cuello entre dos cabezas o acuclillándose entre los más pequeños; y concentrando todas sus fuerzas en el dedo destinado a tal uso, apretaba el disparador. Las primeras veces una involuntaria rigidez de los brazos desviaba la mira y  captaba arboladuras de embarcaciones o agujas de campanarios, o decapitaba a tíos y abuelos. Fue acusado de hacerlo a propósito, criticado por gastar ese tipo de broma pesada. No era cierto: su intención era prestar el dedo como dócil instrumento de la  voluntad colectiva, pero al mismo tiempo servirse de la momentánea posición de privilegio para exhortar a fotógrafos y  fotografiados sobre el significado de sus actos. Apenas la yema del dedo alcanzó la deseada separación de su persona e individualidad, fue libre de comunicar sus teorías con razonados argumentos, encuadrando entretanto logradas escenas de conjunto. (Algunos éxitos casuales habían bastado para darle desenvoltura y  confianza con los visores y los fotómetros.) 
 —Porque una vez que has empezado —predicaba—, no hay razón alguna para detenerse. El paso entre la realidad que ha de ser fotografiada porque nos parece bella y la realidad que nos parece bella porque ha sido fotografiada, es brevísimo. Si fotografías a Pierluca mientras levanta un castillo de arena, no hay razón para no  fotografiarlo mientras llora porque el castillo se ha  desmoronado, y después mientras la niñera lo consuela mostrándole una concha en medio de la arena. Basta empezar a decir de algo: «¡Ah, qué bonito, habría que fotografiarlo!» y ya estás en el terreno de quien piensa que todo lo que no se fotografía se pierde, es como si no hubiera existido, y por lo tanto para vivir verdaderamente hay que fotografiar todo lo que se pueda, y para fotografiarlo todo es preciso: o bien vivir de la manera más fotografiable posible, o bien considerar fotografiable cada momento de la propia vida. La primera vía lleva a la estupidez, la segunda a la locura. 

Sin temor al viento y al vértigo










"Habrá sido eso, o habrá sido que en el desbarajuste general la juventud se reconoce a sí misma y disfruta: el caso es que al cruzar el Puente de Hierro entre la multitud esa mañana me sentía contento y ligero, en armonía con los otros, conmigo mismo y con el mundo, como no me sucedía hacía tiempo. (No quisiera haber usado una palabra equivocada; diré mejor: me sentía en armonía con la desarmonía de los otros y de mí mismo y del mundo.) Ya estaba al final del puente, donde un tramo de escalones llega a la orilla y la corriente del gentío aflojaba el paso y se atascaba obligando a contraempujones hacia atrás para no ser empujados encima de los que bajaban más lentamente —mutilados sin piernas que se apuntalan primero sobre una muleta y después sobre la otra, caballos retenidos por el bocado y guiados en diagonal para que el hierro de los cascos no resbale en el borde de los escalones de hierro, motocicletas con sidecar que hay que levantar en vilo (habrían hecho mejor cogiendo el Puente de los Carros, éstos, como no dejaban de renegar contra ellos los de a pie, pero eso significaba alargar el camino una buena milla) —, cuando me fijé en la mujer que bajaba a mi lado.
Llevaba un abrigo con vueltas de piel en el ruedo y en los puños, un sombrero de campana con un velo y una rosa: elegante, en suma, amén de joven y agradable, como comprobé inmediatamente después. Mientras estaba mirándola de perfil, la vi abrir mucho los ojos, llevarse la mano enguantada a la boca desencajada en un grito de terror y dejarse ir hacia atrás. Habría caído, con seguridad, pisoteada por aquella multitud que avanzaba como un rebaño de elefantes, de no haberme apresurado a agarrarla por un brazo.
¿Se siente mal? —le digo—. Apóyese en mí. Ya verá como no es nada.
Estaba rígida, no conseguía dar un solo paso.
El vacío, el vacío, allá abajo —decía—, socorro, el vértigo...
Nada de lo que se veía parecía justificar un vértigo, pero la mujer sentía verdadero pánico.
No mire hacia abajo y sujétese a mi brazo; siga a los demás; estamos ya al final del puente—le digo, esperando que éstos sean los argumentos correctos para tranquilizarla.
Y ella:—Siento todos estos pasos desprenderse de un escalón y avanzar en el vacío, precipitarse, una multitud que se precipita... —dice, siempre resistiéndose.
Miro a través de los intervalos entre los escalones de hierro la corriente incolora del río allá al fondo que transporta fragmentos de hielo como nubes blancas. Con una turbación que dura un instante, me parece estar sintiendo lo que siente ella: que cada vacío continúa en el vacío, cada cantil por mínimo que sea da sobre otro cantil, cada vorágine desemboca en el abismo infinito. Le ciño con el brazo los hombros; trato de resistir los empujones de los que quieren bajar y nos insultan: —¡En, dejad paso! i Id a abrazaros a otra parte, desvergonzados! —pero el único modo de sustraernos al desprendimiento humano que nos arrolla sería alargar nuestros pasos en el aire, volar... Ya está, también yo me siento colgado como sobre un precipicio... Quizá es este relato lo que es un puente sobre el vacío, y avanza lanzando noticias y sensaciones y emociones para crear un fondo de alteraciones tanto colectivas como individuales en medio del cual uno se pueda abrir camino aun quedándose a oscuras sobre muchas circunstancias tanto históricas como geográficas. Me abro paso en la profusión de detalles que tapan el vacío que no quiero advertir y avanzo con ímpetu, mientras que en cambio el personaje femenino se bloquea en el borde de un escalón entre la multitud que empuja, hasta que logro transportarla casi en vilo, escalón a escalón, a apoyar los pies en el empedrado de la calle a orillas del río.
Se serena; alza ante sí una mirada altanera; reanuda el camino sin detenerse; su paso no vacila; se dirige hacia la Calle de los Molinos; casi me cuesta trabajo seguirla.
También el relato debe esforzarse por seguirnos, por referir un diálogo construido sobre el vacío, réplica a réplica. Para el relato el puente no ha terminado: bajo cada palabra está la nada. —¿Se le pasó? —le pregunto.
—No es nada. El vértigo me da cuando menos me lo espero, aunque no haya ningún peligro a la vista... Lo alto y lo bajo no importan... Si miro al cielo, de noche, y pienso en la distancia de las estrellas... O también de día... Si me tumbase aquí, por ejemplo, con los ojos hacia arriba, me daría un vahído...—y señala las nubes que pasan veloces empujadas por el viento. Habla del vahído como de una tentación que en cierto modo la atrae."

Italo Calvino, Si una noche de invierno un viajero.


¿Y qué importa después de todo?




"¿Y qué importa después de todo? ¿Es que, en última instancia, las mentiras no nos ponen en el camino de la verdad? Y mis historias, verdaderas o falsas, ¿no tienden todas al mismo fin, no tienen todas el mismo sentido? ¿Qué importa entonces que sean verdaderas o falsas si, en ambos casos, significan lo que fui y lo que soy? A veces vemos con mayor claridad en aquel que miente que en el que dice la verdad. La verdad, lo mismo que la luz, encandila. La mentira, en cambio, es un hermoso crepúsculo que nos hace valorar todos los objetos. ¡Vaya, tómelo como guste! Pero lo cierto es que me nombraron Papa en un campo de prisioneros."  

Albert Camus, La Caída 


miércoles, 30 de mayo de 2012

The Laughter






It’s All So Clearly Simple








‎"What they wanted
 I didn’t have and what 
I had they didn’t want." 

 Charles Bukowski


Los domingos son culpables de la soledad de las veredas






"En la calle llueve y usted está parado en la puerta de su casa esperando a que el cigarrillo termine de consumirse entre sus labios. Está pensando adónde irá precisamente. Hoy es domingo, y los domingos son culpables de la soledad de las veredas. Usted tiene un paraguas en una de sus manos, es un paraguas negro que, plegado, tiene algo de pájaro siniestro. Usted abre el paraguas sin preocuparse de sacudirlo varias veces antes de hacerlo. Y entonces es usted responsable de todos los recuerdos que caen sobre su cabeza. Usted empieza a caminar bajo el paraguas y siente que es demasiado grande. La misma sensación de arquitecturas abandonadas sobreviene al contemplar el asiento vacío del auto, o al mirar la mitad de la cama desierta, inútilmente grande. Esa soledad de las camas donde crecen con tanta fertilidad los hongos del olvido. Más allá del paraguas cae la lluvia y, bajo el paraguas, llueven también húmedas reminiscencias de otros días que le hacen a uno sentirse culpable por no haber tomado las precauciones necesarias. Usted sigue caminando bajo el paraguas. Lo cambia de mano, realiza todos los trucos inútiles del hombre solo al comienzo de un domingo, trata de convencerse de que lo ocupa todo, de que nada ni nadie falta bajo la tela negra. Pero sus tretas sólo aumentan su soledad de caminante dominguero. Usted siente entonces el eco de sus pasos. Ese timbal urdidor de rumbos forzados, látigo de galeote o de redoble de tamborcitos de hojalata que conducen al guiñol hasta la guillotina. Usted siente entonces unas ganas irrefrenables de llorar, y naturalmente puede hacerlo. Bastará con que baje el paraguas hasta que la perspectiva reluciente de la calle se borre en el presente de tela negra que bloqueará sus ojos y no vea nada más que el juego de varillas, esas costillas plateadas de murciélago matinal, y, si piensa que alguien puede verlo, bastará con que cierre discretamente el paraguas con su cabeza metida entre las varillas, como si estuviera comprobando la perfección del mecanismo mientras la lluvia cae sobre sus hombros, que a ratos se estremecen, y sus lágrimas se confunden con la humedad de la tela."

Luis Sepúlveda,  Domingo de lluvia.


Midway Project




"On Midway Atoll, a remote cluster of islands more than 2000 miles from the nearest continent, the detritus of our mass consumption surfaces in an astonishing place: inside the stomachs of thousands of dead baby albatrosses. The nesting chicks are fed lethal quantities of plastic by their parents, who mistake the floating trash for food as they forage over the vast polluted Pacific Ocean. 
For me, kneeling over their carcasses is like looking into a macabre mirror. These birds reflect back an appallingly emblematic result of the collective trance of our consumerism and runaway industrial growth. Like the albatross, we first-world humans find ourselves lacking the ability to discern anymore what is nourishing from what is toxic to our lives and our spirits. Choked to death on our waste, the mythical albatross calls upon us to recognize that our greatest challenge lies not out there, but in here." 



martes, 29 de mayo de 2012

Give us the strength to weaken




“Give us the strength to weaken, the courage to chicken out, and the conviction to remain forever unconvinced. Let us fall by the wayside, let us doubt, let us throw up our hands in abject surrender. Give us this day, O Lord, and we swear to God we’ll do nothing with it. ” 



jueves, 24 de mayo de 2012

Si una noche de invierno un viajero








"La novela comienza en una estación de ferrocarril, resopla una locomotora, un vaivén de pistones cubre la apertura del capítulo, una nube de humo esconde parte del primer párrafo. Entre el olor a estación pasa una ráfaga de olor a cantina de la estación. Hay alguien que está mirando a través de los vidrios empañados, abre la puerta encristalada del bar, todo es neblinoso, incluso dentro, como visto por ojos de miope, o bien por ojos irritados por granitos de carbón. Son las páginas del libro las que están empañadas como los cristales de un viejo tren, sobre las frases se posa la nube de humo. Es una noche lluviosa; el hombre entra en el bar; se desabrocha la gabardina húmeda; una nube de vapor lo envuelve; un silbido parte a lo largo de los rieles brillantes de lluvia hasta perderse de vista. Un silbido como de locomotora y un chorro de vapor se alzan de la máquina del café que el viejo barman pone a presión como si lanzase una señal, o al menos eso parece por la sucesión de las frases del segundo párrafo, en el cual los jugadores de las mesas cierran el abanico de las cartas contra el pecho y se vuelven hacia el recién llegado con una triple torsión del cuello, de los hombros y de las sillas, mientras los clientes de la barra levantan las tacitas y soplan en la superficie del café con labios y ojos entornados, o sorben el reborde de las jarras de cerveza con una atención exagerada para que no se derramen. El gato arquea el lomo, la cajera cierra el registrador de la caja que hace tlín. Todos estos signos convergen para informar que se trata de una pequeña estación de provincias, donde quien llega es al punto notado.
Las estaciones se parecen todas; poco importa que las luces no logren iluminar más allá de su halo deslavazado, total éste es un ambiente que tú conoces de memoria, con el olor a tren que perdura incluso después de que todos los trenes han partido, el olor especial de las estaciones después de haber partido el último tren. Las luces de la estación y las frases que estás leyendo parecen tener la tarea de disolver más que de indicar las cosas que afloran de un velo de oscuridad y niebla. Yo he bajado en esta estación esta noche por primera vez en mi vida. Ya me parece haber pasado en ella toda una vida, entrando y saliendo de este bar, pasando del olor de la marquesina al olor a serrín mojado de los retretes, todo mezclado en un único olor que es el de la espera, el olor de las cabinas telefónicas cuando sólo queda recuperar las fichas, porque el número llamado no da señales de vida.
Yo soy el hombre que va y viene entre el bar y la cabina telefónica. O sea: ese hombre se llama «yo» y no sabes más de él, al igual que esta estación se llama solamente «estación» y al margen de ella no existe sino la señal sin respuesta de un teléfono que suena en una habitación oscura de una ciudad lejana. Cuelgo el auricular, espero la lluvia de chatarra garganta metálica abajo, vuelvo a empujar la puerta de cristales, a dirigirme hacia las tazas amontonadas a secar entre una nube de vapor.
Las máquinas-exprés en los cafés de las estaciones ostentan un parentesco con las locomotoras, las máquinas exprés de ayer y de hoy con las locomotrices y locomotoras de ayer y de hoy. Por mucho que vaya y venga, que vague y dé vueltas, estoy cogido en la trampa, en esa trampa intemporal que las estaciones tienden infaliblemente. Un polvillo de carbón aletea aún en el aire de las estaciones, aunque haga muchos años que han electrificado todas las líneas, y una novela que habla de trenes y estaciones no puede dejar de transmitir este olor a humo. Hace ya un par de páginas que estás avanzando en la lectura y sería hora de que se te dijera claramente si ésta en la que he bajado de un tren con retraso es una estación de antaño o una estación de ahora; y en cambio las frases siguen moviéndose en lo indeterminado, en lo gris, en una especie de tierra de nadie de la experiencia reducida al mínimo común denominador. Ten cuidado: con seguridad se trata de un sistema para implicarte poco a poco, para capturarte en la peripecia sin que te des cuenta: una trampa. O acaso el autor está aún indeciso, como por lo demás tampoco tú lector estás muy seguro de qué te gustaría más leer: si la llegada a una vieja estación que te dé la sensación de una vuelta atrás, de una reocupación de los tiempos y de los lugares perdidos, o bien un relampagueo de luces y sonidos que te dé la sensación de estar vivo hoy, del modo en el cual hoy se cree que da gusto estar vivo. Este bar (o «cantina de la estación» como también se le llama) podrían ser mis ojos, miopes o irritados, los que lo ven desenfocado y neblinoso mientras que nada impide en cambio que esté saturado de luz irradiada por tubos de color relámpago y reflejada por espejos de forma que colme todos los pasillos e intersticios, y que el espacio sin sombras desborde de música a todo volumen que estalla desde un vibrante aparato mata-silencios, y que los futbolines y los otros juegos eléctricos que simulan carreras hípicas y cacerías humanas estén todos en acción, y que sombras coloreadas naden en la transparencia de un televisor y en la de un acuario de peces tropicales alegrados por una corriente vertical de burbujitas de aire. Y que mi brazo no sostenga una bolsa de fuelle, henchida y un poco desgastada, sino que empuje una maleta cuadrada de material plástico rígido provista de pequeñas ruedas, manejable con un bastón metálico cromado y plegable. 
Tú, lector, creías que allí bajo la marquesina mi mirada se había clavado en las manecillas caladas como alabardas de un redondo reloj de vieja estación, con el vano esfuerzo de hacerlo girar hacia atrás, de recorrer a la inversa el cementerio de las horas pasadas tendidas exánimes en su panteón circular. Pero ¿quién te dice que los números del reloj no asoman por portillos rectangulares y que yo no veo cada minuto caerme encima de golpe como la hoja de una guillotina? En cualquier caso, ei resultado no cambiaría mucho: incluso avanzando por un mundo pulido y asequible mi mano contraída sobre el leve timón de la maleta de ruedas expresaría siempre un rechazo interior, como si aquel desenvuelto equipaje constituyese para mí un peso ingrato y extenuante.
Algo me debe de haber salido torcido: un extravío, un retraso, un transbordo perdido; quizás al llegar habría debido encontrar un contacto, probablemente en relación con esta maleta que parece preocuparme tanto, no está claro si por temor a perderla o porque no veo la hora de deshacerme de ella. Lo que parece seguro es que no es un equipaje cualquiera, como para poderlo entregar en consigna o fingir olvidarlo en la sala de espera. Es inútil que mire el reloj; si alguien había venido a esperarme ya se habrá ido hace rato; es inútil que rabie con la manía de hacer girar hacia atrás los relojes y los calendarios esperando retornar al momento precedente a aquel en el cual ha ocurrido algo que no debía ocurrir. Si en esta estación debía encontrar a alguien, que a lo mejor nada tenía que ver con esta estación sino que sólo debía bajar de un tren y volver a marcharse en otro tren, como hubiera debido hacer yo, y uno de los dos debía entregar algo al otro, por ejemplo, yo debía confiar al otro esta maleta con ruedas que en cambio se ha quedado conmigo y me quema las manos, entonces lo único que cabe hacer es intentar restablecer el contacto perdido.
Ya un par de veces he cruzado el café y me he asomado a la puerta que da a la plaza invisible y cada vez el muro de oscuridad me ha rechazado hacia atrás a este especie de limbo iluminado suspendido entre las dos oscuridades del haz de rieles y de la ciudad neblinosa. ¿Salir para ir a dónde? La ciudad allá fuera no tiene aún un nombre, no sabemos si se quedará al margen de la novela o si la contendrá por entero en su negro de tinta. Sé sólo que este primer capítulo tarda en apartarse de la estación y del bar: no es prudente que me aleje de aquí donde aún podrían venir a buscarme, ni que me deje ver por otras personas con esta maleta embarazosa. Por eso sigo atiborrando de fichas el teléfono público que me las escupe cada vez: muchas fichas, como para una conferencia: quién sabe dónde se encuentran, ahora, aquellos de quienes debo recibir instrucciones, digamos incluso acatar órdenes, está claro que dependo de otros, no tengo la pinta de alguien que viaja por una cuestión personal o que dirige asuntos propios: se diría más bien que soy un ejecutor, una pieza de una partida muy complicada, una pequeña rueda de un gran engranaje, tan pequeña que ni siquiera debería verse: en realidad, estaba establecido que pasase por aquí sin dejar rastro; y en cambio cada minuto que paso aquí dejo rastro: dejo rastro si no hablo con nadie pues me califico como uno que no quiere abrir la boca; dejo rastro si hablo pues toda palabra dicha es una palabra que queda y puede volver a aparecer a continuación, con comillas o sin comillas. Quizá por esto el autor acumula suposición tras suposición en largos párrafos sin diálogos, un espesor de plomo denso y opaco en el cual yo pueda pasar inadvertido, desaparecer.
Soy una persona que no llama nada la atención, una presencia anónima sobre un fondo aún más anónimo, y si tú, lector, no has podido dejar de distinguirme entre la gente que bajaba del tren y de continuar siguiéndome en mis idas y venidas entre el bar y el teléfono es sólo porque me llamo «yo» y ésta es la única cosa que tú sabes de mí, pero ya basta para que te sientas impulsado a invertir una parte de ti mismo en este yo desconocido. Al igual que el autor, incluso sin tener la menor intención de hablar de sí mismo, y habiendo decidido llamar «yo» al personaje como para substraerlo a la vista, para no tenerlo que nombrar o describir, porque cualquiera otra denominación o atributo lo hubiera definido más que este desnudo pronombre, sin embargo por el solo hecho de escribir «yo» se siente impulsado a poner en este «yo» un poco de sí mismo, de lo que él siente o imagina sentir. Nada más fácil que identificarse conmigo, por ahora mi comportamiento externo es el de un viajero que ha perdido un transbordo, situación que forma parte de la experiencia de todos; pero una situación que se produce al comienzo de una novela remite siempre a alguna otra cosa que ha sucedido o está a punto de suceder, y es esta otra cosa lo que vuelve arriesgado el identificarse conmigo, para ti lector y para él autor; y cuanto más gris, común, indeterminado y corriente sea el inicio de esta novela, tanto más tú y el autor sentís una sombra de peligro crecer sobre aquella fracción de «yo» que habéis invertido desconsideradamente en el «yo» de un personaje que no sabéis qué historia lleva a las espaldas, como esa maleta de la que le gustaría tanto conseguir deshacerse.
El deshacerme de la maleta debía ser la primera condición para restablecer la situación de antes: de antes de que sucediese todo lo que sucedió a continuación. Me refiero a eso cuando digo que quisiera remontar el curso del tiempo: querría cancelar las consecuencias de ciertos acontecimientos y restaurar una condición inicial. Pero cada momento de mi vida lleva aparejada una acumulación de hechos nuevos y cada uno de estos hechos nuevos lleva aparejadas sus consecuencias, de modo que cuanto más trato de volver al momento cero del que he partido, más me alejo de él: aun cuando todos mis actos tiendan a cancelar consecuencias de actos precedentes y consiga incluso obtener resultados apreciables en esta cancelación, capaces de abrir mi corazón a esperanzas de alivio inmediato, debo tener empero en cuenta que cada uno de mis movimientos para cancelar sucesos precedentes provoca una lluvia de nuevos sucesos que complican la situación peor que antes y que deberé tratar de cancelar a su vez. Debo pues calcular bien cada movimiento para obtener el máximo de cancelación con el mínimo de recomplicación.
Un hombre a quien no conozco debía encontrarme en cuanto bajara yo del tren, si todo no hubiera salido torcido. Un hombre con una maleta de ruedas igual que la mía, vacía. Las dos maletas habrían chocado como accidentalmente en el ir y venir de los viajeros por el andén, entre un tren y otro. Un hecho que puede ocurrir por casualidad, indistinguible de lo que sucede por casualidad; pero habría habido una contraseña que aquel hombre me hubiera dicho, un comentario al título del periódico que sobresale de mi bolsillo, sobre la llegada de las carreras de caballos. «¡Ah, ha ganado Zenón de Elea!», y mientras tanto habríamos desencallado nuestras maletas trajinando con los bastones metálicos, a lo mejor intercambiando alguna frase sobre los caballos, los pronósticos, las apuestas, y nos habríamos alejado hacia trenes divergentes deslizando cada uno su maleta en su dirección. Nadie lo habría advertido, pero yo me hubiera quedado con la maleta del otro y la mía se la hubiera llevado él.
Un plan perfecto, tan perfecto que había bastado una complicación insignificante para mandarlo a paseo. Ahora estoy aquí sin saber qué hacer, último viajero a la espera en esta estación donde no sale ni llega ya ningún tren antes de mañana por la mañana. Es la hora en que la pequeña ciudad de provincias se encierra en su concha. En el bar de la estación han quedado sólo personas del lugar que se conocen todas entre sí, personas que no tienen nada que ver con la estación, pero que se acercan hasta aquí a través de la plaza oscura quizá porque no hay otro local abierto en los alrededores, o quizá por la atracción que las estaciones siguen ejerciendo en las ciudades de provincias, esa pizca de novedad que se puede esperar de las estaciones, o quizá sólo el recuerdo de los tiempos en que la estación era el único punto de contacto con el resto del mundo.
De nada vale que me diga que no existen ya ciudades de provincias y que acaso nunca han existido: todos los lugares comunican con todos los lugares instantáneamente, la sensación de aislamiento se experimenta sólo durante el trayecto de un lugar a otro, o sea cuando no se está en ningún lugar. Yo justamente me encuentro aquí sin un aquí ni un allá, reconocible como extraño por los no extraños, tanto al menos como los no extraños son por mí reconocidos y envidiados. Sí, envidiados. Estoy mirando desde fuera la vida de una noche cualquiera en una pequeña ciudad cualquiera, y me doy cuenta de que estoy al margen de las noches cualesquiera por quién sabe cuánto tiempo, y pienso en miles de ciudades como ésta, en cientos de miles de locales iluminados donde a esta hora la gente deja que descienda la oscuridad de la noche, y no tiene en la cabeza ninguno de los pensamientos que tengo yo, a lo mejor tendrá otros que no serán nada envidiables, pero en este momento estaría dispuesto a cambiarme por cualquiera de ellos. Por ejemplo, uno de esos jovenzuelos que están recorriendo los comercios para recoger firmas para una petición al Ayuntamiento, respecto al impuesto sobre los anuncios luminosos, y ahora se la están leyendo al barman.
La novela recoge aquí fragmentos de conversación que parecen no tener otra función que representar la vida cotidiana de una ciudad de provincia.
 —Y tú, Armida, ¿has firmado ya? —preguntan a una mujer a la que veo sólo de espaldas, un cinturón que cuelga de un abrigo largo con el borde de piel y la solapa levantada, un hilo de humo que sube desde los dedos en torno al pie de una copa.
 —¿Y quién os ha dicho que quiera poner neón en mi tienda? —responde—. Si el Ayuntamiento se cree que va a ahorrar farolas, ¡no seré yo, desde luego, la que ilumine las calles a mi costa! Total, todos saben dónde está la peletería Armida. Y cuando he echado el cierre la calle se queda a oscuras, y se acabó lo que se daba.
Por eso mismo deberías firmar tú también —le dicen. La tutean; todos se tutean; hablan medio en dialecto; es gente habituada a verse todos los días desde hace quién sabe cuántos años; cada conversación que tienen es la continuación de viejas conversaciones. Se gastan bromas, incluso pesadas: 
—Di la verdad, ¡la oscuridad te sirve para que nadie vea quién va a verte! ¿A quién recibes en la trastienda cuando echas el cierre?
Estas réplicas forman un zumbido de voces indistintas del cual podría aflorar incluso una palabra o una frase decisiva para lo que viene después. Para leer bien tú debes registrar tanto el efecto zumbido cuanto el efecto intención oculta, que aún no estás en condiciones (y yo tampoco) de captar. Al leer debes pues mantenerte a un tiempo distraído y atentísimo, como yo que estoy absorto aguzando la oreja con un codo en la barra del bar y la mejilla sobre el puño. Y si ahora la novela comienza a salir de su imprecisión brumosa para dar algún detalle sobre el aspecto de las personas, la sensación que te quiere transmitir es la de caras vistas por primera vez, pero que parece haber visto miles de veces. Estamos en una ciudad por cuyas calles se encuentran siempre las mismas personas; las caras llevan sobre sí un peso de costumbre que se comunica también a quien como yo, aun sin haber estado jamás aquí antes, comprende que éstas son las caras de siempre, rasgos que el espejo del bar ha visto espesarse o aflojarse, expresiones que noche tras noche se han ajado o hinchado. Esta mujer quizá ha sido la guapa de la ciudad; aún ahora para mí que la veo por vez primera puede decirse una mujer atractiva; pero si me imagino que la miro con los ojos de los otros clientes del bar hete aquí que sobre ella se deposita una especie de cansancio, quizá sólo la sombra del cansancio de ellos (o de mi cansancio, o del tuyo). Ellos la conocen desde que era niña, saben su vida y milagros, alguno de ellos a lo mejor habrá tenido con ella un asunto, agua pasada, olvidada, en suma, hay un velo de otras imágenes que se deposita sobre su imagen y la desenfoca, un peso de recuerdos que me impiden verla como una persona vista por primera vez, recuerdos ajenos que permanecen suspendidos como el humo bajo las lámparas.
El gran pasatiempo de estos clientes del bar son al parecer las apuestas: apuestas sobre sucesos mínimos de la vida cotidiana. Por ejemplo, uno dice:
 —Apostemos a quién llega primero hoy al bar: el doctor Marne o el comisario Gorin—.
 Y otro: 
—Y el doctor Marne, cuando esté aquí, ¿qué hará para no tropezar con su ex mujer: se pondrá a jugar al billar o a llenar la quiniela?
En una existencia como la mía no se podrían hacer previsiones: nunca sé qué puede ocurrir en la próxima media hora, no sé imaginarme una vida totalmente hecha de mínimas alternativas bien circunscritas, sobre las cuales se pueden hacer apuesta: o esto o lo otro.
—No sé —digo en voz baja.
—No sé, ¿qué? —pregunta ella.
Es un pensamiento que me parece que puedo hasta decirlo y no sólo guardármelo como hago con todos mis pensamientos, decírselo a la mujer que está aquí junto a la barra del bar, la de la peletería, con la que desde hace un rato tengo ganas de pegar la hebra.
 —¿Es así, entre ustedes?
—No, no es cierto —me responde, y yo sabía que me respondería así. Sostiene que no se puede prever nada, aquí como en otras partes: cierto que todas las noches a esta hora el doctor Marne cierra el ambulatorio y el comisario Gorin termina su horario de servicio en la comisaría de policía, y pasan siempre por aquí, primero el uno o primero el otro, pero ¿qué significa eso?
—En cualquier caso, nadie parece dudar del hecho de que el doctor tratará de evitar a la ex señora Marne —le digo.
—La ex señora Marne soy yo —responde—. No haga caso de las historias que cuentan.
Tu atención de lector está ahora toda orientada a la mujer, hace ya unas páginas que giras a su alrededor, que yo, no, que el autor gira en torno a esta presencia femenina, hace ya unas páginas que tú te esperas que este fantasma femenino tome forma del modo en que toman forma los fantasmas femeninos en la página escrita, y es tu espera de lector la que empuja al autor hacia ella, y también yo, que tengo otras ideas en la cabeza, me dejo arrastrar a hablar con ella, a iniciar una conversación que deberé truncar lo más pronto posible, para alejarme, desaparecer. Tú seguramente querrías saber más sobre cómo es ella, pero en cambio sólo unos pocos elementos afloran en la página escrita, su rostro queda escondido entre el humo y el pelo, habría que comprender por encima del pliegue amargo de la boca qué hay que no sea pliegue amargo.
—¿Qué historias cuentan? —pregunto—.Yo no sé nada. Sé que usted tiene una tienda, sin anuncio luminoso. Pero ni siquiera sé dónde está.
Me lo explica. Es una tienda de pieles, maletas y artículos de viaje. No está en la plaza de la estación sino en una calle lateral, cerca del paso a nivel del apartadero.
—Pero ¿por qué le interesa?
—Quisiera haber llegado aquí antes. Pasaría por la calle oscura, vería su tienda iluminada, entraría, le diría: si quiere, le ayudo a echar el cierre.
Me dice que el cierre lo ha echado ya, pero que tiene que volver a la tienda para el inventario, y se quedará hasta tarde.
La gente del bar intercambia burlas y palmadas en los hombros. Una apuesta ha concluido ya: el doctor está entrando en el local.
El comisario trae retraso, esta noche, vete tú a saber.
El doctor entra y hace un saludo circular; su mirada no se detiene en su mujer, pero con seguridad ha registrado que hay un hombre que habla con ella. Avanza hasta el fondo del local, dando la espalda al bar; mete una moneda en el billar eléctrico. Hete aquí que yo que debía pasar inadvertido he sido escrutado, fotografiado por ojos a los que no puedo hacerme la ilusión de haber escapado, ojos que no olvidan nada y nadie que se refiera al objeto de los celos y del dolor. Bastan esos ojos un poco pesados y un poco acuosos para darme a entender que el drama que ha habido entre ellos no ha acabado aún: él sigue viniendo todas las noches a este café para verla, para dejarse abrir de nuevo la vieja herida, y quizá para saber quién es el que la acompaña a casa esta noche; y ella viene todas las noches a este café quizá aposta para hacerlo sufrir, o quizá esperando que el hábito de sufrir se vuelva para él un hábito como cualquier otro, adquiera el sabor de la nada que le empasta la boca y la vida desde hace años.
—Lo que más me gustaría en el mundo —le digo, porque ahora da igual que siga hablándole—, es hacer girar hacia atrás los relojes.
La mujer da una respuesta cualquiera, como: —Basta con mover las agujas —y yo: —No, con el pensamiento, concentrándome hasta hacer retroceder el tiempo —digo, o sea: no está claro si lo digo realmente o si quisiera decirlo o si el autor interpreta así las medias frases que estoy farfullando:
—Cuando llegué aquí mi primera idea fue: quizá he hecho tal esfuerzo con el pensamiento que el tiempo ha dado un giro completo: aquí estoy en la estación de la que me marché la primera vez, que ha permanecido igual que entonces, sin ningún cambio. Todas las vidas que podría haber tenido comienzan aquí: está la chica que habría podido ser mi chica y no lo fue, con los mismos ojos, el mismo pelo...
Ella mira a su alrededor, con pinta de tomarme a broma; yo hago una señal con el mentón hacia ella; ella alza las comisuras de la boca como para sonreír, luego se detiene: porque ha cambiado de idea, o porque sonríe sólo así.
 —No sé si es un cumplido, pero lo tomo por un cumplido. ¿Y luego?
—Y luego estoy aquí, soy el yo de ahora, con esta maleta.
Es la primera vez que nombro la maleta, aunque nunca dejo de pensar en ella.
Y ella:
 —Esta es la noche de las maletas cuadradas con ruedas.
Me quedo tranquilo, impasible. Pregunto: —¿Qué quiere decir?
—He vendido una hoy, una de ésas.
—¿A quién?
—A alguien de fuera. Como usted. Iba a la estación, se marchaba. Con la maleta vacía, recién comprada. Igualita que la suya.
—¿Qué tiene de raro? ¿No vende usted maletas?
—De éstas, desde que las tengo en la tienda, aquí nadie las compra. No gustan. O no sirven. O no las conocen. Y eso que deben de ser cómodas.
—Para mí, no. Por ejemplo, si se me ocurre pensar que esta noche podría ser para mí una noche bellísima, me acuerdo de que debo llevar conmigo esta maleta, y no consigo pensar en nada más.
—¿Y por qué no la deja en alguna parte?
—A lo mejor en una tienda de maletas —le digo.
—También. Una más, una menos.
Se levanta del taburete, se ajusta ante el espejo las solapas del abrigo, el cinturón.
—Si más tarde paso por allí y llamo al cierre metálico, ¿me oirá?
—Pruebe.
No se despide de nadie. Está ya fuera en la plaza.
El doctor Marne deja el billar y se adelanta hacia el bar. Quiere mirarme a la cara, quizá captar alguna alusión de los otros, o sólo alguna risa burlona. Pero ellos hablan de las apuestas, de las apuestas sobre él, sin fijarse en si escucha. Hay una agitación de alegría y confianza, de palmadas en los hombros, que circunda al doctor Marne, una historia de viejas bromas y tomaduras de pelo, pero en el centro de ese jolgorio hay una zona de respeto que jamás es franqueada, no sólo porque Marne sea el médico, funcionario de sanidad o algo parecido, sino porque es un amigo, o quizá porque es desgraciado y lleva encima sus desgracias sin dejar de ser un amigo.
—El comisario Gorin llega hoy más tarde que todos los pronósticos —dice alguien, porque en ese momento el comisario entra en el bar.
Entra. 
—¡Buenas noches a todos!—. Viene a mi lado, baja la mirada sobre la maleta, sobre el periódico, susurra entre dientes: "Zenón de Elea", después va a la máquina de cigarrillos.
¿Me han entregado a la policía? ¿Es un polizonte que trabaja para nuestra organización? Me acerco a la máquina, como para sacar cigarrillos también yo. Dice:
 —Han matado a Jan. Lárgate.
—¿Y la maleta? —pregunto.
—Llévatela. No quiero saber nada, ahora. Coge el rápido de las once.
—Pero no para aquí...
—Parará. Vete al andén seis. A la altura del apartadero. Tienes tres minutos.
—Pero...
—Esfúmate, o tendré que arrestarte.
La organización es poderosa. Manda en la policía, en los ferrocarriles. Hago deslizarse la maleta por los pasos a través de las vías, hasta el andén número seis. Camino a lo largo del andén. El apartadero está allá al fondo, con el paso a nivel que da a la niebla y a la oscuridad. El comisario está en la puerta del bar de la estación, sin quitarme ojo. El rápido llega a toda velocidad. Afloja la marcha, se para, me borra de la vista del comisario, vuelve a partir."

Italo Calvino, Si una noche de invierno un viajero


miércoles, 23 de mayo de 2012

Mercado






Fui al mercado de pájaros
y compre pájaros
para ti mi amor
fui al mercado de flores
y compre flores
para ti mi amor
fui al mercado de chatarra
y compre cadenas
pesadas cadenas
para ti mi amor
Después fui al mercado de esclavos
y te busqué
pero no te encontré
mi amor.

Jacques Prévert


I went to the market, where they sell birds
 and I bought some birds 
for you 
my love 
I went to the market, where they sell flowers 
and I bought some flowers 
for you 
my love 
I went to the market, where they sell chains 
and I bought some chains heavy chains
 for you 
my love 
And then I went to the slave market 
and I looked for you 
but I did not find you there 
my love 


domingo, 20 de mayo de 2012

Communication and Conflict in Couples and Families












More: www.academicearth.org/courses/psychology-of-families-and-couples


Social Psychology course with Matthew Lieberman









El dolor



"El dolor se dice callando"

Eduardo Galeano


jueves, 17 de mayo de 2012

Ésta es mi casa




No cabe duda. Ésta es mi casa
aquí sucedo, aquí
me engaño inmensamente.
Ésta es mi casa detenida en el tiempo.

Llega el otoño y me defiende,
la primavera y me condena.
Tengo millones de huéspedes
que ríen y comen,
copulan y duermen,
juegan y piensan,
millones de huéspedes que se aburren
y tienen pesadillas y ataques de nervios.

No cabe duda. Ésta es mi casa.
Todos los perros y campanarios
pasan frente a ella.
Pero a mi casa la azotan los rayos
y un día se va a partir en dos.

Y yo no sabré dónde guarecerme
porque todas las puertas dan afuera del mundo

Mario Benedetti



You are







Jamás en el mismo día



 Cuando es invierno en el mar del Norte,
es verano en Valparaíso. Los barcos hacen sonar sus sirenas al entrar en el
puerto de Bremen con jirones de niebla y de hielo
en sus cabos,
mientras los balandros soleados arrastran por la superficie del Pacífico Sur
bellas bañistas.

Eso sucede en el mismo tiempo,
pero jamás en el mismo día.

Porque cuando es de día en el mar del Norte
—brumas y sombras absorbiendo restos
de sucia luz—
es de noche en Valparaíso
-rutilantes estrellas lanzando agudos dardos
a las olas dormidas-.

Cómo dudar que nos quisimos,
que me seguía tu pensamiento
y mi voz te buscaba -detrás,
muy cerca, iba mi boca-.
Nos quisimos, es cierto, y yo sé cuánto:
primaveras, veranos, soles, lunas.

Pero jamás en el mismo día.

Ángel González


By invisible hands




Un juego llamado sociedad








"En este juego se convence a una persona, el inocente del grupo, para que abandone la habitación al tiempo que se le informa se que otro de los miembros del grupo relatará algún sueño que haya tenido recientemente. Éste deberá contar su sueño a todos los que se queden en la habitación, de modo que cuando vuelva aquel a quien le tocó salir empiece a hacer preguntas, la identidad del que tuvo el sueño quedará oculta entre el coro de los que responden. El cometido del que salió es hacer preguntas, a las que los demás sólo pueden responder sí o no, a fin de adivinar la trama del sueño con el mayor detalle posible y, una vez hecho esto, deberá psicoanalizar al que soñó para poder adivinar su identidad.
Una vez que uno de los asistentes ha abandonado la habitación, el huésped explica al resto del grupo que nadie debe contar un sueño, sino que deberán responder a las preguntas de acuerdo con las siguientes reglas: si la última palabra de la pregunta está en la primera mitad del alfabeto, tendrán que responder sí, y tendran que responder no en los demás casos; solo hay una condición: se aplicauna regla especial para evitar contradicciones que invalida a las anteriores, de acuerdo con la cual debe responderse a preguntas posteriores de forma que no contradigan las respuestas anteriores. Por ejemplo:

P: ¿Trata de un sueño de una chica?
R: Sí.

Pero si más adelante se formula una pregunta como:

P: ¿Aparecen personajes femeninos?
R: Sí (a pesar de la s final, en aplicación de la regla que prohibe las contradicciones).

Cuando el inocente vuelve a la habitación y empieza a hacer preguntas, recibe como respuesta una serie de síes y noes ordenados al azar,, o en todo caso distribuídos arbitrariamente. Casi siempre el resultado es muy entretenido. A veces el juego termina de repente y de forma bastante absurda, como ocurriría si la primera pregunta fuera “¿es el sueño idéntico palabra por palabra a el quijote?
O también “¿aparecen seres animados?”. Aunque lo más normal es que, para regocijo de los participantes, se vaya construyendo una historia estrafalaria y a menudo obscena, plagada de ridículos percances. Cundo finalmente quien hace las preguntas decide que el que tuvo el sueño, debe ser alguien muy enfermo y lleno de conplejos, el animado grupo se apresura a informarle de que el autor del “sueño” no es otro más que el mismo. Evidentemente, esto no es del todo cierto. De alguna manera, el inocente sí que es el autor del sueño en virtud de las preguntas que decidió hacer. (Sólo a él se le ocurrió poner a los tres gorilas en el bote de remos con la monja.) Pero en otro sentido, el sueño simplemente carece de autor, y eso es precisamente lo importante. Estamos ante un proceso de producción narrativa, de acumulación de detalles, sin plan alguno ni intención de ser autor: una ilusión sin ilusionista.
La estructura de este juego tiene un sorprendente parecido con la estructura de una familia de modelos bien conocidos de sistemas perceptivos. Es un hecho comúnmente aceptado qye la visión humana, por ejemplo, no puede ser explicada como un proceso únicamente “dirigido por los datos” o “de abajo arriba”, sino que es necesariosuponer la existencia, en los niveles superiores, de ciertos procesos “dirigidos por expectativas” para la verificación de las hipotesis (o algo parecido a la verificación de hipótesis). Otro miembro de esta familia de modelos es el modelo perceptivo de “análisis por síntesis” que también supone que las percepciones se contruyen en una proceso que combian exxpectativas generadas centralmente, por un lado, y confiemaciones (y desmentidos) por otro. La idea general que subyace a estad teorias es que una vez se ha producido una determinada cantidad se “procesamiento” en los estratos iniciales o perífericos de sistema perceptivo, las tareas perceptivas se completan- los objetos son identificados, reconocidos categorizados- con una serie de ciclos de generación y verificación. En cada uno de esos ciclos, las expectativas e intereses del momento nos sirven para elaborar hipótesis que nuestros sistemas percetivos deben confirmar o refutar; una rápida secuencia de generaciones y confirmaciones de hipotesis da lugar al producto final, el “modelo presente” puesto al día, del mundo del sujeto perceptor. La base sobre la que se fundamentan dichas explicaciones de la percepción respojnde a consideraciones de diversa indole, tanto biologicas como epistemologicas. No podemos decir que ecistan pruebas irrefutables en favor de tales modelos, si bien es cierto que los experimentos que se han llevado a caboinspirados por este enfoque hantenido un éxito notable. Algunos teoricos han sido tan osados como para afirmar que la percepción debe tener esta estructura fundamental.
Sea cual sea el veredicto final en cuando a la veracidad de las teorias se la percepcion basadas en la generacion y verificación de hipotesis, observamos que nos permiten dar una explicación simple y bastante solida del fenómeno de las alucinaciones. Lo único que es preciso suponer para que un sistema perceptivo normal entre en estado de alucinación es que, mientras la parte de generación de hipotesis de ciclo (es decir, la que está dirigida por expectativas) funciona con normalidad, la parte dirigida por los datos (es decir, la encargada de verificar) entra en proceso aleatorio o arbitrario de confirmacion y refutación, exactamente igual que en nuestro juego de sociedad. En otras palabras, si el ruido del canal de datos se ve arbitrariamente amplificado en forma de “confirmaciones” y “refutaciones” (las respuestas arbitrarias en forma de sí o no en el juego) , las expectativas, inquietudes, obasesiones y preocupaciones que pueda tener la víctima en ese mometo harán que se planteen preguntas o hipótesis cuyo contenido reflejará, con toda seguridad, esos intereses. De este modo, en el sistemma perceptivo se irá desplegando una historia sin autor. No es necesario suponer que la historia estaba escrita de antemano, ni tampoco que la información se almacena y se conbina en la parte ilusionista del cerebro. Lo único que hace falta asumir es que el ilusionista entra en estado arbitrario de verificación y que la víctima proporciona el contenido al plantear sus preguntas.
Esta explicación es la que nos permite establecer un vínculo más directo entre el estado emocional de alucinado y el contenido de las alucinaciones que se producen. Por lo general, el contenido de las alucinaciones está relacionado con las inquietudes que asaltan al alucinado en un determinado momento, y el modelo que acabamos de exponer incorpora este factor sin necesidad de recurrir a al intervención de un narrador interno dotado de una grado información inverosímil y poseedor de una teoría o un modelo de la psicología de la víctima. Por ejemplo, ¿por qué un cazador, el último día antes de la veda, ve un ciervo, con sus hastas y su blanca cola, cuando lo que está mirando es un vaca negra o a otro cazador con una chaqueta naranja? Por que su interrogador interno está preguntando obsesivamente “¿es eso un ciervo?” y reciviendo un NO como respuesta, hasta que finalmente un poco de ruido en el sistema se ve amplificado por error como un SÍ, con las consavidas consecuencias catastroficas.
Existe un cierto numero de descubrimientos que avalan esta concepción de las alucinaciones. Por ejemplo, es bien sabido que las alucinaciones son el resultado normal de lasgos períodos de privación sensorial. Una posible explicación de este hacho sería que durante la privación sensorial, la parte dirigida por datos del sistema de generación y verificación de hipótesis haga descender la posición de su humbral para el ruido, el cual se ve asía amplificado en forma de patrones arbitrarios de señales de confirmación y refutación, que terminan por convertirse en detalladas alucinaciones, cuyo contenido no es sino el producto de ansiosas expectativas y confirmaciones aleatorias. Además, como demuestra la mayoría de testimonios, las alucinaciones se van produciendo de forma gradual (en condiciones de privación sensorial o bajo el efecto de drogas). Primero son debiles- por ejemplo, geometricas-, para ir haciendose más fuertes (“objetivas” o “narrativas”); efecto, éste, que forma parte de las predicciones de nuestro modelo.
Finalmente, el mero hecho de que, por difusión en el sistema nervioso, una droga sea capaz de producir efetos tan complejos y ricos en contenido tambien necesita una explicación; es evidene que la droga por sí misma no puede “contener la historia”, por mucho que algunos incautos se empeñen en que es así. Es muy poco probable que una droga, actuando de forma difusa, pueda crear o incluso convertirse en un complejo sistema de ilusionismo, mientras que es fácil ver que una droga podría actuar de manera que el humbralde verificación de un sistema de generación de hipótesis se viera rebajado, elevado o simplemente alterado de manera arbitraria.
Es evidente que el modelo de generación de alucinaciones inspirado en el juego de sociedad puede dar cuenta tambien de la composición de los sueños. Desde los trabajos de Freud, han quedado pocas dudas sobre el hecho de que el contenido temático de los sueños es claramente sintomatico de los más profundos impulsos, ansiedades y preocupaciones del que sueña, aunque los indicios que nos proporcionan los sueños siempre quedan bien ocultos por un barniz de simbolismo y de pistas falsas. ¿Qué otro proceso podría producir historias que con tanta efectividad hablan sin cesar de las más profundas inquietudes del que sueñay a al vez ocultarlo todo bajo el velo de la metafora y la sustitución? El freudiano suele responder a esta pregunta con la extrabagante hipótesis de que existe un dramaturgo interno especializado en componer sueños terapeuticos en beneficio del ego y en enviar astutamente las intervenciones de un censor interno disfrazando su auténtico significado. (El modelo freudiano podría denominarse también modelo de Hamlet, ya que recuerda la estrategia de Hamlet de ofrecer un representación de la “ratonera” sólo para Claudio; se necesita un genio realmente listo para imaginar una estratagema como ésta, pero si debemos creer en Freud, todos albergamos a un virtuoso de la narración de este tipo.) Como veremos más adelante, no todas aquellas teorias que proponen la existencia de homunculos (hombrecillos en el cerebro) merecen ser rechazadas; sin embargo, siempre que uno deba aperlar a los homúnculos para que corran en su ayuda, sería conveniente que éstos se parecieran más a una brigada de funcionarios estúpidos que a los brillantes dramaturgos de Freud, encargados de organizarnos una representación onírica para cada noche. El modelo que hemos propuesto elimina la necesidad de dramaturgo por completo y cuenta con la “audiencia” (por analogía con aquel que “los es” en el juego de sociedad) para que se encargue de aportar el contenido. Está claro que la audiencia no es un simple figurante, pero por lo menos no tiene por qué disponer de una teoría sobre sus propias ansiedades; sólo debe dejarse llevar por ellas en el momento de hacer las preguntas. (...)"

Daniel Dennett, La conciencia explicada.





Transcript

"Question: What is consciousness?

Daniel Dennett: Most people think consciousness, whatever it is, is just supercalifragilisticexpialidocious.  It’s something so wonderful, wonderful, wonderful, wonderful, that we have to sort of divide the universe in two to make room for it.  All in one side, all by itself and I understand why they think that and I think it’s just wrong.  It is wonderful.  It’s astonishingly wonderful but it is not a miracle and it isn’t magic.  It’s a bunch of tricks and really is I’d like the comparison with magic because stage magic of course is not magic, magic.  Its bunch of tricks and consciousness is a bunch of tricks in the brain and we’re learning what those tricks are and how they fit together and why it seems to be so much more than that bunch of tricks.  Now, for a lot people the very suggestion that, that might be so is offensive or repugnant.  They really don’t like that idea and they view it as in a sort of an assault on their dignity or their specialness and I think that’s a prime mistake.  It’s a mistake because it means if you think that way, you’re going to systematically ignore the pads of the pads of exploration of research that, that might tend to confirm that and you’re going to hold out from mystery, you’re going to hold out for more specialness and it’s really there and some people just can’t help themselves.  They can’t take seriously.  They won’t take seriously.  The idea, the consciousness is an amazing collection of sort of Monday and tricks in the brain.  And they say, “I just can’t imagine it” and I say, “No you won’t imagine it.  You can imagine it.  You’re just not trying.”

Question: What scares people about this idea?
Daniel Dennett:     I think, I think the hidden agenda and not so hidden very often for all of this is a concern about freewill.  I think at the bottom of the barrel, what people are really worried about is that if we have an entirely naturalistic and ultimately in a certain sense mechanistic at the nano level at the protein level?  If we have a mechanistic theory of consciousness this will show that oh, my gosh we don’t have free will and then life has no meaning and I can’t be responsible for my best or worst deeds and that doesn’t follow but fear that it would follow, rattles people and deflects them from taking this idea seriously because they really don’t want them to be true.  My approach to that is to challenge that desire and say no.  Everything you want or should want in the way of freewill, you can have on this picture.  There are some traditional motions of freewill that turn out to be impossible on this view, tough but why do you want them? They are not important.  They are simply ill founded desires, the varieties of freewill worth wanting, you can have and so take a deep breath relax and let’s figure out how it is done. 
Question: Why is this "the only freedom that really matters?"
Daniel Dennett:    For billions of years on this planet, there was a life but no freewill.  Physics hasn’t change but now we have free will.  The difference is not in physics has nothing to do with determinism and what are the indeterminism it has to do with ultimately with biology, thickly evolutionary biology.  What has happen over those billions of years is that greater and greater competences have been designed and have evolved and the competence of a dolphin or of a chimpanzee.  The cognitive competence. the sort of mental competence is hugely superior to the competence of you know, a lobster, or a starfish but ours dwarfs the competence of a dolphin or a chimpanzee perhaps even greater extent and there’s an entirely naturalistic story to say to tell about how we came to have that competence or those competences and it’s that can do.  It’s that power that we have which is natural but it’s that power which sets us aside from every other species and the key to it is that we don’t just act for reasons, we represent our reasons to ourselves and to others.  The business of asking somebody why do, why did you do that?  And the person being able to answer is a very simple and very, it’s an everyday phenomenon but it is a key and it is the key to responsibility and in fact the word responsibility sorts of wear its meaning on its sleeve.  We are responsible because we can respond to challenges to our reasons.  Why? Because we don’t just act for reasons, we act for reasons that we consciously represent to ourselves and this is what gives us the power and the obligation to think ahead, to anticipate, to see the consequences of our action.  To be able to evaluate those consequences in the life of what other people tell us.  To share our wisdom with each other, no other species can do anything like it and it’s because we can share our wisdom.  That we have a special responsibility it’s as the old Thai habits, noblesse oblige.  We have the power and that’s what gives us the obligation and that’s what make us free in a way that no bird is free for instance."