sábado, 30 de junio de 2012

Sobre la angustia de hablar en público







"Llega un día en la vida de muchas personas en el que se ven obligados a hablar en público por primera vez. Lo normal entonces es que les tiemblen las piernas y les invada un sudor frío y sean víctimas del pánico escénico. yo recuerdo haber debutado en lo de hablar en público en uno de aquellos bobos y entrañables cine-foros de los años sesenta. Recuerdo haber levantado la mano en un coloquio sobre El proceso de Orson Welles y haberlo hecho prácticamente obligado por la cantidad de estupideces que estaba oyendo. En cuanto se me concedió la palabra, ocurrió algo terrible: todas las miradas de la sala confluyeron en mí. En el fondo, casi todos tenemos fobia a llamar la atención. "Yo pienso que...", dije, y no supe cómo continuar, me sentí al borde del desmayo, estaba rojo de vergüenza. Pero como generalmente los tímidos se crecen en el escenario, completé la frase de una manera que no tenía nada prevista pero que me permitiría salir rápidamente del trance. Y dije: "Yo pienso que ya es hora de que termine este coloquio".
Cuando comencé a escribir y publicar libros no se me ocurrió en ningún momento pensar que acabaría siendo invitado a participar en mesas redondas e incluso a dar conferencias. No veo por qué escribir tiene que traer aparejado el hablar en público. Más bien son actividades contrarias, se escribe en soledad y en muchos casos para huir del mundo. Yo di mi primera conferencia en Castelldefels, a las cinco de la tarde de un día de invierno ante un público de señoras que se reunían a tomar el té. Decidí centrar mi conferencia en el tema del suicidio y les pedí que, cuando llegara la hora del coloquio, no me preguntaran si pensaba suicidarme porque ya les advertía de antemano que la muerte por mano propia no entraba en mis planes. Llegué al coloquio con la misma taquicardia que me había acompañado a lo largo de toda la charla. La primera pregunta -o más bien observación- me la hizo una anciana de la última fila: "Usted ha dicho que no pensaba suicidarse, pero francamente lo veo fumar mucho".
Para futuras charlas me compré Aprender a hablar en público, un manual del doctor Vallejo-Nájera que no sólo no me ayudó en nada sino que, para colmo,  potenció mi angustia y pánico escénico. En Milán, una famosa escritora  española me sugirió que tomara con ella un ansiolítico muy estimado por los conferenciantes de todo el mundo. A la hora del coloquio, ella y yo estábamos bajo los efectos del calmante, y algo se debía de notar porque un señor del público nos dijo: "A ustedes, escritores españoles, se les nota mucho más tranquilos desde la muerte de Franco".
Fui adquiriendo experiencia de hablar en público gracias a la ayuda inestimable del calmante que, charla tras charla, fue dándome una gran seguridad en mí mismo hasta el punto de que en Munich, ante un público que normalmente me hubiera tumbado de miedo, me atreví a empezar mi conferencia con una nota de humor latino; la empecé tal como años atrás había comenzado Miguel Mihura una charla en el Colegio Mayor Cisneros de Madrid: "Señoras y señores, y para terminar diré... Es que pienso hablar veinte minutos, y he notado que ése es el tiempo que todavía tardan los oradores cuando dicen que ya van a terminar".
Ése día en Munich descubrí que el humor podía ser una ayuda aún más valiosa que el ansiolítico, y desde entonces, siempre que voy a hablar en público, como un torero que reza siempre antes de salir a la plaza, repaso, momentos antes de enfrentarme a la temida audiencia, anécdotas humorísticas, situaciones que han hecho reír de pura angustia a otros colegas. El caso de Ignacio Martínez de Pisón, por ejemplo, que en Campo de Criptana observó con estupor que sólo tenía dos personas de público: dos gemelas. O el caso que me contó mi profesor de literatura en el colegio. Este buen hombre dio una conferencia en Granollers a la que asistieron sólo tres personas: el organizador (que se fue a los cinco minutos), un señor (que se durmió en cuanto él empezó a hablar) y una señora que, al concluir la charla, se le acercó para pedirle que le resumiera al oído la conferencia, ya que no se había enterado de nada pues estaba completamente sorda.
Junto al calmante y el humor, pensar que no hay público es la tercera solución para evitar, a trancas y barrancas, el pánico escénico. Pero en el fondo, esta tercera solución es un arma de doble filo que esconde una terrorífica y muy posible verdad: la de que en realidad nadie está para escucharnos."

Enrique Vila-Matas, El viento ligero en Parma.


jueves, 28 de junio de 2012

The art of wearable communication




Ese gran simulacro




Cada vez que nos dan clases de amnesia
como si nunca hubieran existido
los combustibles ojos del alma
o los labios de la pena huérfana
cada vez que nos dan clases de amnesia
y nos conminan a borrar
la ebriedad del sufrimiento
me convenzo de que mi región
no es la farándula de otros

en mi región hay calvarios de ausencia
muñones de porvenir/arrabales de duelo
pero también candores de mosqueta
pianos que arrancan lágrimas
cadáveres que miran aún desde sus huertos
nostalgias inmóviles en un pozo de otoño
sentimientos insoportablemente actuales
que se niegan a morir allá en lo oscuro

el olvido está tan lleno de memoria
que a veces no caben las remembranzas
y hay que tirar rencores por la borda

en el fondo el olvido es un gran simulacro
nadie sabe ni puede/ aunque quiera/ olvidar
un gran simulacro repleto de fantasmas
esos romeros que peregrinaran por el olvido
como si fuese El Camino de Santiago

el día o la noche en que el olvido estalle
salte en pedazos o crepite/
los recuerdos atroces y los de maravilla
quebrará los barrotes de fuego
arrastrarán por fin la verdad por el mundo
y esa verdad será que no hay olvido.

 Mario Benedetti




You are tired















You are tired,
(I think)
Of the always puzzle of living and doing;
And so am I.

Come with me, then,
And we'll leave it far and far away—
(Only you and I, understand!)

You have played,
(I think)
And broke the toys you were fondest of,
And are a little tired now;
Tired of things that break, and—
Just tired.
So am I.

But I come with a dream in my eyes tonight,
And knock with a rose at the hopeless gate of your heart—
Open to me!
For I will show you the places Nobody knows,
And, if you like,
The perfect places of Sleep.

Ah, come with me!
I'll blow you that wonderful bubble, the moon,
That floats forever and a day;
I'll sing you the jacinth song
Of the probable stars;
I will attempt the unstartled steppes of dream,
Until I find the Only Flower,
Which shall keep (I think) your little heart
While the moon comes out of the sea.


E.E. Cummings


You must be




Inverted Love Song





I could scream down 90 mountains
to less than dust
if only one living human had eyes in the head
and heart in the body,
but there is no chance
my god,
no chance.
rat with rat dog with dog hog with hog,
play the piano drunk
listen to the drunk piano,
realize the myth of mercy
stand still
as even a child’s voice snarls
and we have not been fooled,
it was only that we wanted to believe.

Bukowski

El paraíso





"El paraíso era un lugar donde todo se sabía pero nada se explicaba. El universo anterior al pecado, anterior al comentario."

E. M. Cioran

The look







It is the invisible
Dark matter we are not made of
That I am afraid of.
Most of the universe consist of this.

I put a single normal ice cube
In my drink.
It weighs one hundred million tons.
It is a sample form the densest star.

I read my way across
The awe I wrote
That you are reading now.
I can’t believe that you are there

Except you are. I wonder what
Cosmologists don’t know
That could be everything
There is.

The someone looking at the page
Could be the everything there is,
Material that shines,
Or shined.

Dark matter is another
Matter. Cosmologists don’t know.
The physicists do not.
The stars are not.

Another thing beside
The row of things is
Standing there. It is invisible,
And reads without a sound.

It doesn’t matter
That it doesn’t really.
I need to take its hand
To cross the street.

Frederick Seidel 


                                                                             

miércoles, 27 de junio de 2012

I used to care, but things have changed





A worried man with a worried mind
No one in front of me and nothing behind
There’s a woman on my lap and she’s drinking champagne
Got white skin, got assassin’s eyes
I’m looking up into the sapphire-tinted skies
I’m well dressed, waiting on the last train

Standing on the gallows with my head in a noose
Any minute now I’m expecting all hell to break loose

People are crazy and times are strange
I’m locked in tight, I’m out of range
I used to care, but things have changed

This place ain’t doing me any good
I’m in the wrong town, I should be in Hollywood
Just for a second there I thought I saw something move
Gonna take dancing lessons, do the jitterbug rag
Ain’t no shortcuts, gonna dress in drag
Only a fool in here would think he’s got anything to prove

Lot of water under the bridge, lot of other stuff too
Don’t get up gentlemen, I’m only passing through

People are crazy and times are strange
I’m locked in tight, I’m out of range
I used to care, but things have changed

I’ve been walking forty miles of bad road
If the Bible is right, the world will explode
I’ve been trying to get as far away from myself as I can
Some things are too hot to touch
The human mind can only stand so much
You can’t win with a losing hand

Feel like falling in love with the first woman I meet
Putting her in a wheelbarrow and wheeling her down the street

People are crazy and times are strange
I’m locked in tight, I’m out of range
I used to care, but things have changed

I hurt easy, I just don’t show it
You can hurt someone and not even know it
The next sixty seconds could be like an eternity
Gonna get low down, gonna fly high
All the truth in the world adds up to one big lie
I’m in love with a woman who don’t even appeal to me

Mr. Jinx and Miss Lucy, they jumped in the lake
I’m not that eager to make a mistake


lunes, 25 de junio de 2012

Café con Shandy




We the unwilling





A rare, authentic collection of 282 Vietnam era Zippo lighters


viernes, 22 de junio de 2012

Los únicos lugares en que me siento inocente





"Por cierto que a veces yo simulaba tomar la vida en serio. Pero bien pronto se me manifestaba la frivolidad de la seriedad misma, y entonces continuaba solamente desempeñando mi papel lo mejor que podía. Representaba el papel de ser eficaz, inteligente, virtuoso, cívico, el papel de estar indignado, de ser indulgente, solidario, edificante. Basta, aquí me quedo. Ya habrá usted comprendido que yo eracomo mis holandeses, quienes están presentes sin estarlo: yo estaba ausente el momento en que estaba más presente. Sólo fui verdaderamente sincero y entusiasta en la época en que practicaba deportes y también en el regimiento, cuando intervenía en las representaciones que nos dábamos para nuestro entretenimiento. En los dos casos había una regla del juego, regla que no era seria, y que uno se divertía en tomar por tal. Aún ahora, el estadio lleno de gente hasta reventar de los partidos de los domingos, y el teatro, que siempre amé con una pasión sin igual, son los únicos lugares en que me siento inocente."

Albert Camus, La caída.


Una historia de misterio o el estilo de Dashiell Hammett


















Cada vez que salgo de mi habitación de hotel
                aquí en Tokio
hago las mismas cuatro cosas:
                me aseguro de llevar mi pasaporte
                mi cuaderno
                un bolígrafo
                y mi diccionario
                inglés-japonés.


El resto de la vida es un completo misterio


Tokio
26 de Mayo de 1976

Anotaciones




"Thackeray tuvo que pagar para publicar La feria de las vanidades. Sterne tuvo que pagar para publicar Tristram Shandy. Defoe tuvo que pagar para publicar Moll Flanders.

Murphy, de Beckett, fue rechazada por cuarenta y dos editores.

Prácticamente uno de cada dos libros en todas las bibliotecas del mundo se está deteriorando sin retorno a causa de la fragilidad y el grado de acidez del papel."



miércoles, 20 de junio de 2012

Tangent








Eugène GuillevicGeometries

No con quien naces, sino con quien paces







"-No entiendo eso -replico Sancho-; sólo entiendo que, en tanto que duermo, ni tengo temor, ni esperanza, ni trabajo ni gloria; y bien haya el que inventó el sueño, capa que cubre todos los humanos pensamientos, manjar que quita la hambre, agua que ahuyenta la sed, fuego que calienta el frío, frío que templa el ardor, y, finalmente, moneda general con que todas las cosas se compran, balanza y peso que iguala al pastor con el rey y al simple con el discreto. Sola una cosa tiene mala el sueño, según he oído decir, y es que se parece a la muerte, pues de un dormido a un muerto hay muy poca diferencia.
-Nunca te he oído hablar, Sancho -dijo don Quijote-, tan elegantemente como ahora, por donde vengo a conocer ser verdad el refrán que tú algunas veces sueles decir: «No con quien naces, sino con quien paces»."



domingo, 17 de junio de 2012

Nothing






"Nothing is 'mere'" 

Richard P. Feynman


Humanity is OK, but 99% of people are boring idiots







"Slavoj Žižek doesn't know the door number of his own apartment in Ljubljana. "Doesn't matter," he tells the photographer, who wants to pop outside. "Come back in through the main door, and then just think in terms of politically radical right; you turn from left to right, then at the end, right again." But what's the number, in case he gets lost? "I think it's 20," Žižek suggests. "But who knows? Let's double check." So off he pads down the hallway, opens his door and has a look.

Waving the photographer off, he points in the distance across the Slovenian capital. "Over there, that's a kind of counter-culture establishment – they hate me, I hate them. This is the type of leftists that I hate. Radical leftists whose fathers are all very rich." Most of the other buildings, he adds, are government ministries. "I hate it." Now he's back in the living room, a clinically tidy little sliver of functional space lacking any discernible aesthetic, the only concessions being a poster for the video game Call Of Duty: Black Ops, and a print of Joseph Stalin. Žižek pours Coke Zero into plastic McDonald's cups decorated in Disney merchandising, but when he opens a kitchen cupboard I see that it's full of clothes.

"I live as a madman!" he exclaims, and leads me on a tour of the apartment to demonstrate why his kitchen cabinets contain only clothing. "You see, there's no room anywhere else!" And indeed, every other room is lined, floor to ceiling, with DVDs and books; volumes of his own 75 works, translated into innumerable languages, fill one room alone.

If you have read all of Žižek's work, you are doing better than me. Born in 1949, the Slovenian philosopher and cultural critic grew up under Tito in the former Yugoslavia, where suspicions of dissidence consigned him to academic backwaters. He came to western attention in 1989 with his first book written in English, The Sublime Object of Ideology, a re-reading of Žižek's great hero Hegel through the perspective of another hero, the psychoanalyst Jacques Lacan. Since then there have been titles such as Living in the End Times, along with films – The Pervert's Guide To Cinema – and more articles than I can count.

By the standards of cultural theory, Žižek sits at the more accessible end of the spectrum – but to give you an idea of where that still leaves him, here's a typical quote from a book called Žižek: A Guide for the Perplexed, intended to render him more comprehensible: "Žižek finds the place for Lacan in Hegel by seeing the Real as the correlate of the self-division and self-doubling within phenomena."

At the risk of upsetting Žižek's fanatical global following, I would say that a lot of his work is impenetrable. But he writes with exhilarating ambition and his central thesis offers a perspective even his critics would have to concede is thought-provoking. In essence, he argues that nothing is ever what it appears, and contradiction is encoded in almost everything. Most of what we think of as radical or subversive – or even simply ethical – doesn't actually change anything.

"Like when you buy an organic apple, you're doing it for ideological reasons, it makes you feel good: 'I'm doing something for Mother Earth,' and so on. But in what sense are we engaged? It's a false engagement. Paradoxically, we do these things to avoid really doing things. It makes you feel good. You recycle, you send £5 a month to some Somali orphan, and you did your duty." But really, we've been tricked into operating safety valves that allow the status quo to survive unchallenged? "Yes, exactly." The obsession of western liberals with identity politics only distracts from class struggle, and while Žižek doesn't defend any version of communism ever seen in practice, he remains what he calls a "complicated Marxist" with revolutionary ideals.

To his critics, as one memorably put it, he is the Borat of philosophy, churning out ever more outrageous statements for scandalous effect. "The problem with Hitler was that he was not violent enough," for example, or "I am not human. I am a monster." Some dismiss him as a silly controversialist; others fear him as an agitator for neo-Marxist totalitarianism. But since the financial crisis he has been elevated to the status of a global-recession celebrity, drawing crowds of adoring followers who revere him as an intellectual genius. His popularity is just the sort of paradox Žižek delights in because if it were down to him, he says, he would rather not talk to anyone.

You wouldn't guess so from the energetic flurry of good manners with which he welcomes us, but he's quick to clarify that his attentiveness is just camouflage for misanthropy. "For me, the idea of hell is the American type of parties. Or, when they ask me to give a talk, and they say something like, 'After the talk there will just be a small reception' – I know this is hell. This means all the frustrated idiots, who are not able to ask you a question at the end of the talk, come to you and, usually, they start: 'Professor Žižek, I know you must be tired, but …' Well, fuck you. If you know that I am tired, why are you asking me? I'm really more and more becoming Stalinist. Liberals always say about totalitarians that they like humanity, as such, but they have no empathy for concrete people, no? OK, that fits me perfectly. Humanity? Yes, it's OK – some great talks, some great arts. Concrete people? No, 99% are boring idiots."

Most of all, he can't stand students. "Absolutely. I was shocked, for example, once, a student approached me in the US, when I was still teaching a class – which I will never do again – and he told me: 'You know, professor, it interested me what you were saying yesterday, and I thought, I don't know what my paper should be about. Could you please give me some more thoughts and then maybe some idea will pop up.' Fuck him! Who I am to do that?"

Žižek has had to quit most of his teaching posts in Europe and America, to get away from these intolerable students. "I especially hate when they come to me with personal problems. My standard line is: 'Look at me, look at my tics, don't you see that I'm mad? How can you even think about asking a mad man like me to help you in personal problems, no?'" You can see what he means, for Žižek cuts a fairly startling physical figure – like a grizzly bear, pawing wildly at his face, sniffing and snuffling and gesticulating between every syllable. "But it doesn't work! They still trust me. And I hate this because – this is what I don't like about American society – I don't like this openness, like when you meet a guy for the first time, and he's starting to tell you about his sex life. I hate this, I hate this!"

I have to laugh at this, because Žižek brings up his sex life within moments of our first meeting. On the way up in the lift he volunteers that a former girlfriend used to ask him for what he called "consensual rape". I had imagined he would want to discuss his new book about Hegel, but what he really seems keen to talk about is sex.

"Yeah, because I'm extremely romantic here. You know what is my fear? This postmodern, permissive, pragmatic etiquette towards sex. It's horrible. They claim sex is healthy; it's good for the heart, for blood circulation, it relaxes you. They even go into how kissing is also good because it develops the muscles here – this is horrible, my God!" He's appalled by the promise of dating agencies to "outsource" the risk of romance. "It's no longer that absolute passion. I like this idea of sex as part of love, you know: 'I'm ready to sell my mother into slavery just to fuck you for ever.' There is something nice, transcendent, about it. I remain incurably romantic."

I keep thinking I should try to intervene with a question, but he's off again. "I have strange limits. I am very – OK, another detail, fuck it. I was never able to do – even if a woman wanted it – annal sex." Annal sex? "Ah, anal sex. You know why not? Because I couldn't convince myself that she really likes it. I always had this suspicion, what if she only pretends, to make herself more attractive to me? It's the same thing for fellatio; I was never able to finish into the woman's mouth, because again, my idea is, this is not exactly the most tasteful fluid. What if she's only pretending?"

He can count the number of women he has slept with on his hands, because he finds the whole business so nerve-racking. "I cannot have one-night stands. I envy people who can do it; it would be wonderful. I feel nice, let's go, bang-bang – yes! But for me, it's something so ridiculously intimate – like, my God, it's horrible to be naked in front of another person, you know? If the other one is evil with a remark – 'Ha ha, your stomach,' or whatever – everything can be ruined, you know?" Besides, he can't sleep with anyone unless he believes they might stay together for ever. "All my relationships – this is why they are very few – were damned from the perspective of eternity. What I mean with this clumsy term is, maybe they will last."

But Žižek has been divorced three times. How has he coped with that? "Ah, now I will tell you. You know the young Marx – I don't idealise Marx, he was a nasty guy, personally – but he has a wonderful logic. He says: 'You don't simply dissolve marriage; divorce means that you retroactively establish that the love was not the true love.' When love goes away, you retroactively establish that it wasn't even true love." Is that what he did? "Yes! I erase it totally. I don't only believe that I'm no longer in love. I believe I never was."

As if to illustrate this, he glances at his watch; his 12-year-old son, who lives nearby, will be arriving shortly. How is this going to work when he gets here? Don't worry, Žižek says, he's bound to be late – on account of the tardiness of his mother: "The bitch who claims to have been my wife." But weren't they married? "Unfortunately, yes."

Žižek has two sons – the other is in his 30s – but never wanted to be a parent. "I will tell you the formula why I love my two sons. This is my liberal, compassionate side. I cannot resist it, when I see someone hurt, vulnerable and so on. So precisely when the son was not fully wanted, this made me want to love him even more."

By now I can see we're not going to get anywhere near Žižek's new book about Hegel, Less Than Nothing: Hegel and the Shadow of Dialectical Materialism. Instead, he tells me about the holidays he takes with his young son. The last one was to the Burj Al Arab hotel, a grotesque temple to tacky ostentation in Dubai. "Why not? Why not? I like to do crazy things. But I did my Marxist duty. I got friendly with the Pakistani taxi driver who showed to me and my son reality. The whole structure of how the workers there live was explained, how it was controlled. My son was horrified." This summer they are off to Singapore, to an artificial island with swimming pools built on top of 50-storey skyscrapers. "So we can swim there and look down on the city: 'Ha ha, fuck you.' That's what I like to do – totally crazy things." It wasn't so much fun when his son was younger. "But now, we have a certain rhythm established. We sleep 'til one, then we go to breakfast, then we go to the city – no culture, just consumerism or some stupid things like this – then we go back for dinner, then we go to a movie theatre, then we play games 'til three in the morning."

I wonder what all Žižek's earnest young followers will make of this, and worry they will be cross with me for not getting anything more serious out of him. But to Žižek, Dubai tells us just as much about the world as a debate about the deficit, say, ever can. When his sweet-looking, polite young son arrives, I try to steer Žižek on to the financial crisis, and to the role his admirers hope he will play in formulating a radical response.

"I always emphasise: don't expect this from me. I don't think that the task of a guy like me is to propose complete solutions. When people ask me what to do with the economy, what the hell do I know? I think the task of people like me is not to provide answers but to ask the right questions." He's not against democracy, per se, he just thinks our democratic institutions are no longer capable of controlling global capitalism. "Nice consensual incremental reforms may work, possibly, at a local level." But localism belongs in the same category as organic apples, and recycling. "It's done to make you feel good. But the big question today is how to organise to act globally, at an immense international level, without regressing to some authoritarian rule."

How will that happen? "I'm a pessimist in the sense that we are approaching dangerous times. But I'm an optimist for exactly the same reason. Pessimism means things are getting messy. Optimism means these are precisely the times when change is possible." And what are the chances that things won't change? "Ah, if this happens then we are slowly approaching a new apartheid authoritarian society. It will not be – I must underline this – the old stupid authoritarianism. This will be a new form, still consumerist." The whole world will look like Dubai? "Yes, and in Dubai, you know, the other side are literally slaves."

There is something inexplicably touching about all Žižek's mischievous bombast. I hadn't expected him to be so likable, but he really is hilariously good company. I had hoped to find out if he was a genius or a lunatic – but I fear I leave none the wiser. I ask him how seriously he would recommend we take him, and he says he would rather be feared than taken for a clown. "Most people think I'm making jokes, exaggerating – but no, I'm not. It's not that. First I tell jokes, then I'm serious. No, the art is to bring the serious message into the forum of jokes."

Two years ago his front teeth came out. "My son knows I have a good friend; none of us is gay, just good friends. So when he saw me without teeth, he said: 'I know why.' My son! He was 10! You know what he told me? Think, associate, in the dirtiest way." I think I can guess. "Yes! Sucking! He said my friend complained that my teeth were in the way." Žižek roars with laughter, great gales of paternal pride.

"And you know what was tragicomic? After he told me this, he said: 'Father, did I tell this joke well?'"

You make your own luck, Gig





"You make your own luck, Gig. You know what makes a good loser? Practice." 

Ernest Hemingway, Speaking to his son Gregory as quoted in Papa, a Personal Memoir


jueves, 14 de junio de 2012

El instante decisivo






"El instante decisivo de la evolución humana es perpetuo".
Franz Kafka


Ese absurdo vacío que era el destino del hombre








"El destartalado Ford se detuvo ante una granja desierta y de él salieron tres hombres. Tranquilamente y sin razón aparente, el hombre de pelo oscuro agarró la nariz del hombre calvo con la mano derecha y lentamente se la retorció trazando un amplio círculo en sentido contrario a las agujas del reloj: un horrendo chirrido quebró el silencio de las Grandes Llanuras. 'Sufrimos', dijo el hombre de pelo oscuro. '¡Ay, la azaroza violencia de la existencia humana!' Entretanto, Larry, el tercer hombre, había entrado en la casa y, no se sabe cómo, había conseguido acabar con la cabeza atrapada en un jarrón de loza. Andaba a tientas por la habitación y para él todo se había vuelto aterrador y negro. Se preguntaba si existía un dios o si la vida tenía sentido o si el universo obedecía a algún plan cuando súbitamente irrumpió el hombre de pelo oscuro y, tras encontrar un gran mazo de polo, empezó a golpear el jarrón para liberar la cabeza de su compañero. Con una rabia acumulada que ocultaba años de angustia por ese absurdo vacío que era el destino del hombre, el tal Moe destrozó la loza. 'Al menos tenemos la libertad de elegir', dijo Ricitos, el calvo, entre sollozos. 'Estamos condenados a muerte pero poseemos libertad de elección', repuso Moe, y dicho esto le metió los dedos en los ojos. ?Ay, ay, ay', gimió Ricitos, 'no hay justicia en el cosmos.' Cogió un plátano sin pelar y lo hundió entero en la boca de Moe."

 Woody Allen, Pura anarquía

Your Storytelling Brain






"Some people, for instance, love the metaphors that come out of, say, literature and the arts and think that you want to leave those whole and untouched by an analysis as to why we may like those metaphors or why those metaphors seem to help our thinking or any of a number of questions. And there’s a sense that if someone goes in and assesses that situation and gives a biologic dimension to why we do like those things that somehow it’s all diminished by that. And that’s just not true.

In my early part of my career - and it continues - I studied patients who had their two brains disconnected. What we were responsible for was working out the functions of each hemisphere. You could work with them independent of the other influencing it, so you kind of got to study it alone. And over many, many years the basic finding is, of course, that one brain didn’t know what the other one was doing in such people that the information doesn’t transfer between the brains. We found out that in the left brain there’s a special system that seems to always want to explain actions and moods that we have after they occurred, so we would put a question to the right nonspeaking hemisphere and it, in effect, would direct the left hand to do something. And so the patient would do that. And then we would simply say to the patient, “Well, why did you do that?” The patient would make up a story that would explain why their hand had done one thing and why the other hand had done another thing and wove a tale that made coherent, as it were, the behaviors that are coming from all these separate brain areas.

The behavior comes out and then there is this little narrator up there that turns it into a story that makes us feel coherent and unified. Turns out it’s a thing in the left hemisphere that does this. And we called it The Interpreter, and it’s a very powerful force in the human condition and it’s always trying to figure out and seek explanations for our behavior. That’s what it does.

I think the human as a storytelling animal, as some people put it, is because this system is continually trying to keep the story coherent and, even though these actions may be coming from processors going on outside of, initially, of conscious awareness, an action is produced and then you might want to explain that action as to be part of your coherence and your story, your narrative.

Why does the human always seem to like fiction? What is that? Could it be, as some people have suggested, could it be that that prepares us for unexpected things that happen in our life because we’ve already thought about them in our fantasy world or read about them in a fictitious setting and saw how those characters acted and so then when we’re confronted with it we’re ready? We’ve sort of lived through that movie, as it were.

So why do we like that stuff? Well, maybe that is a reason why we like it. And to think of all of those things seems to me just to make it all richer, a richer experience."
Michael Gazzaniga


miércoles, 13 de junio de 2012

El sentido de la espera




martes, 12 de junio de 2012

Mujer con alcuza














¿Adónde va esa mujer,
arrastrándose por la acera,
ahora que ya es casi de noche,
con la alcuza en la mano?

Acercaos: no nos ve.
Yo no sé qué es más gris,
si el acero frío de sus ojos,
si el gris desvaído de ese chal
con el que se envuelve el cuello y la cabeza,
o si el paisaje desolado de su alma.

Va despacio, arrastrando los pies,
desgastando suela, desgastando losa,
pero llevada
por un terror
oscuro,
por una voluntad
de esquivar algo horrible.

Sí, estamos equivocados.
Esta mujer no avanza por la acera
de esta ciudad,
esta mujer va por un campo yerto, entre zanjas abiertas, zanjas antiguas, zanjas recientes,
y tristes caballones,
de humana dimensión, de tierra removida,
de tierra
que ya no cabe en el hoyo de donde se sacó,
entre abismales pozos sombríos,
y turbias simas súbitas,
llenas de barro y agua fangosa y sudarios harapientos del color de la desesperanza.

Oh sí, la conozco.
Esta mujer yo la conozco: ha venido en un tren,
en un tren muy largo;
ha viajado durante muchos días
y durante muchas noches:
unas veces nevaba y hacía mucho frío,
otras veces lucía el sol y sacudía el viento
arbustos juveniles
en los campos en donde incesantemente estallan extrañas flores encendidas.

Y ella ha viajado y ha viajado,
mareada por el ruido de la conversación,
por el traqueteo de las ruedas
y por el humo, por el olor a nicotina rancia.
¡Oh!:
noches y días,
días y noches,
noches y días,
días y noches,
y muchos, muchos días,
y muchas, muchas noches.

Pero el horrible tren ha ido parando
en tantas estaciones diferentes,
que ella no sabe con exactitud ni cómo se llamaban,
ni los sitios,
ni las épocas.

Ella
recuerda sólo
que en todas hacía frío,
que en todas estaba oscuro,
y que al partir, al arrancar el tren
ha comprendido siempre
cuán bestial es el topetazo de la injusticia absoluta,
ha sentido siempre
una tristeza que era como un ciempiés monstruoso que le colgara de la mejilla,
como si con el arrancar del tren le arrancaran el alma,
como si con el arrancar del tren le arrancaran innumerables margaritas, blancas cual su alegría infantil en la fiesta del pueblo,
como si le arrancaran los días azules, el gozo de amar a Dios y esa voluntad de minutos en sucesión que llamamos vivir.
Pero las lúgubres estaciones se alejaban,
y ella se asomaba frenética a las ventanillas,
gritando y retorciéndose,
solo
para ver alejarse en la infinita llanura
eso, una solitaria estación,
un lugar
señalado en las tres dimensiones del gran espacio cósmico
por una cruz
bajo las estrellas.

Y por fin se ha dormido,
sí, ha dormitado en la sombra,
arrullada por un fondo de lejanas conversaciones,
por gritos ahogados y empañadas risas,
como de gentes que hablaran a través de mantas bien espesas,
sólo rasgadas de improviso
por lloros de niños que se despiertan mojados a la media noche,
o por cortantes chillidos de mozas a las que en los túneles les pellizcan las nalgas,
...aún mareada por el humo del tabaco.
Y ha viajado noches y días,
sí, muchos días,
y muchas noches.
Siempre parando en estaciones diferentes,
siempre con una ansia turbia, de bajar ella también, de quedarse ella también,
ay,
para siempre partir de nuevo con el alma desgarrada,
para siempre dormitar de nuevo en trayectos inacabables.

...No ha sabido cómo.
Su sueño era cada vez más profundo,
iban cesando,
casi habían cesado por fin los ruidos a su alrededor:
sólo alguna vez una risa como un puñal que brilla un instante en las sombras,
algún cuchillo como un limón agrio que pone amarilla un momento la noche.
Y luego nada.
Solo la velocidad,
solo el traqueteo de maderas y hierro
del tren,
solo el ruido del tren.

Y esta mujer se ha despertado en la noche,
y estaba sola,
y ha mirado a su alrededor,
y estaba sola,
y ha comenzado a correr por los pasillos del tren,
de un vagón a otro,
y estaba sola,
y ha buscado al revisor, a los mozos del tren,
a algún empleado,
a algún mendigo que viajara oculto bajo un asiento,
y estaba sola,
y ha gritado en la oscuridad,
y estaba sola,
y ha preguntado en la oscuridad,
y estaba sola,
y ha preguntado
quién conducía,
quién movía aquel horrible tren.
Y no le ha contestado nadie,
porque estaba sola,
porque estaba sola.
Y ha seguido días y días,
loca, frenética,
en el enorme tren vacío,
donde no va nadie,
que no conduce nadie.

...Y esa es la terrible,
la estúpida fuerza sin pupilas,
que aún hace que esa mujer
avance y avance por la acera,
desgastando la suela de sus viejos zapatones,
desgastando las losas,
entre zanjas abiertas a un lado y otro,
entre caballones de tierra,
de dos metros de longitud,
con ese tamaño preciso
de nuestra ternura de cuerpos humanos.
Ah, por eso esa mujer avanza (en la mano, como el atributo de una semidiosa, su alcuza),
abriendo con amor el aire, abriéndolo con delicadeza exquisita,
como si caminara surcando un trigal en granazón,
sí, como si fuera surcando un mar de cruces, o un bosque de cruces, o una nebulosa de cruces,
de cercanas cruces,
de cruces lejanas.

Ella,
en este crepúsculo que cada vez se ensombrece más,
se inclina,
va curvada como un signo de interrogación,
con la espina dorsal arqueada
sobre el suelo.
¿Es que se asoma por el marco de su propio cuerpo de madera,
como si se asomara por la ventanilla
de un tren,
al ver alejarse la estación anónima
en que se debía haber quedado?
¿Es que le pesan, es que le cuelgan del cerebro
sus recuerdos de tierra en putrefacción,
y se le tensan tirantes cables invisibles
desde sus tumbas diseminadas?
¿O es que como esos almendros
que en el verano estuvieron cargados de demasiada fruta,
conserva aún en el invierno el tierno vicio,
guarda aún el dulce álabe
de la cargazón y de la compañía,
en sus tristes ramas desnudas, donde ya ni se posan los pájaros?

 Dámaso Alonso


Porque todo es igual y tú lo sabes




Porque todo es igual y tú lo sabes,
has llegado a tu casa, y has cerrado la puerta
con ese mismo gesto con que se tira un día,
con que se quita la hoja atrasada del calendario
cuando todo es igual y tú lo sabes.
Has llegado a tu casa,
y, al entrar,
has sentido la extrañeza de tus pasos
que estaban ya sonando en el pasillo antes de que llegaras,
y encendiste la luz para volver a comprobar
que todas las cosas están exactamente colocadas como estarán dentro de un año,
y después,
te has bañado, respetuosa y tristemente, lo mismo que un suicida,
y has mirado tus libros como miran los árboles sus hojas,
y te has sentido solo,
humanamente solo,
definitivamente solo porque todo es igual y tú lo sabes.

Luis Rosales


Chan Chan




“Yo no compuse Chan Chan; la soñé. Sueño con la música. A veces me despierto con una melodía en la cabeza, oigo los instrumentos, todo muy clarito. Me asomo al balcón y no veo a nadie, pero la escucho como si estuvieran tocando en la calle. No sé lo que será. Un día me levanté escuchando esas cuatro noticas sensibles, les puse una letra inspirándome en un cuento infantil de cuando yo era niño, Juanica y Chan Chan, y ya ves, ahora se canta en todo el mundo”. 
Compay Segundo


Yo, Tristam Shandy




"El quinto día de noviembre de 1718, que según la fecha ya establecida se aproximó a los nueve meses de calendario tanto como cualquier marido podría haber razonablemente esperado, yo, Tristam Shandy, Caballero, fui traído a este ruin y desastroso mundo nuestro. Ojalá hubiera nacido en la Luna o en cualquiera de los planetas (a excepción de Júpiter y Saturno, pues nunca pude soportar los climas fríos), ya que no me podría haber ido peor en ninguno de ellos (si bien no respondo de Venus) de lo que me ha ido en este vil, sucio planeta nuestroel cual, dicho sea con todo respeto, para mí que lo compusieron con pedazos y retales sueltos de los demás;no es que el planeta no esté bastante bien siempre y cuando uno nazca heredero de un gran título o de grandes propiedades; o pueda ingeniársrelas de alguna manera para ser llamado a ocupar cargos públicos y funciones llenas de dignidad y poder; pero ese no es mi caso ;y en consecuencia cada uno hablará de la feria según le haya ido a su mercancía; ̣y por esta razón afirmo de nuevo que este es uno de los mundos más viles que jamás se hicieron;pues en verdad puedo decir que desde el mismo instante en que empecé a respirar en él, y hasta ahora, en que apenas si puedo hacerlo debido a un asma que cogí patinando en Flandes con el viento de cara, he sido el continuo juguete de lo que el mundo llama fortuna; y aunque no la difamaré diciendo que en más de una ocasión me ha hecho sentir el peso de algún mal grande o considerable, afirmo sin embargo, con la mayor ecuanimidad del mundo, que en todas las etapas de mi vida y a cada vuelta o esquina en que podía haberse portado bien conmigo, la descortés Duquesa me ha obsequiado con una andanada de lances tan infaustos y desgracias tan dignas de conmiseración como las que HÉROE alguno, por pequeño que fuera, haya sufrido jamás."


  Lawrence Sterne, Tristam Shandy.


lunes, 11 de junio de 2012

This is all practice







Un artista del hambre





En los últimos decenios, el interés por los ayunadores ha disminuido muchísimo. Antes era un buen negocio organizar grandes exhibiciones de este género como espectáculo independiente, cosa que hoy, en cambio, es imposible del todo. Eran otros los tiempos. Entonces, toda la ciudad se ocupaba del ayunador; aumentaba su interés a cada día de ayuno; todos querían verlo siquiera una vez al día; en los últimos del ayuno no faltaba quien se estuviera días enteros sentado ante la pequeña jaula del ayunador; había, además, exhibiciones nocturnas, cuyo efecto era realzado por medio de antorchas; en los días buenos, se sacaba la jaula al aire libre, y era entonces cuando les mostraban el ayunador a los niños. Para los adultos aquello solía no ser más que una broma, en la que tomaban parte medio por moda; pero los niños, cogidos de las manos por prudencia, miraban asombrados y boquiabiertos a aquel hombre pálido, con camiseta oscura, de costillas salientes, que, desdeñando un asiento, permanecía tendido en la paja esparcida por el suelo, y saludaba, a veces, cortésmente o respondía con forzada sonrisa a las preguntas que se le dirigían o sacaba, quizá, un brazo por entre los hierros para hacer notar su delgadez, y volvía después a sumirse en su propio interior, sin preocuparse de nadie ni de nada, ni siquiera de la marcha del reloj, para él tan importante, única pieza de mobiliario que se veía en su jaula. Entonces se quedaba mirando al vacío, delante de sí, con ojos semicerrados, y sólo de cuando en cuando bebía en un diminuto vaso un sorbito de agua para humedecerse los labios.

 Aparte de los espectadores que sin cesar se renovaban, había allí vigilantes permanentes, designados por el público (los cuales, y no deja de ser curioso, solían ser carniceros); siempre debían estar tres al mismo tiempo, y tenían la misión de observar día y noche al ayunador para evitar que, por cualquier recóndito método, pudiera tomar alimento. Pero esto era sólo una formalidad introducida para tranquilidad de las masas, pues los iniciados sabían muy bien que el ayunador, durante el tiempo del ayuno, en ninguna circunstancia, ni aun a la fuerza, tomaría la más mínima porción de alimento; el honor de su profesión se lo prohibía.

A la verdad, no todos los vigilantes eran capaces de comprender tal cosa; muchas veces había grupos de vigilantes nocturnos que ejercían su vigilancia muy débilmente, se juntaban adrede en cualquier rincón y allí se sumían en los lances de un juego de cartas con la manifiesta intención de otorgar al ayunador un pequeño respiro, durante el cual, a su modo de ver, podría sacar secretas provisiones, no se sabía de dónde. Nada atormentaba tanto al ayunador como tales vigilantes; lo atribulaban; le hacían espantosamente difícil su ayuno. A veces, sobreponíase a su debilidad y cantaba durante todo el tiempo que duraba aquella guardia, mientras le quedase aliento, para mostrar a aquellas gentes la injusticia de sus sospechas. Pero de poco le servía, porque entonces se admiraban de su habilidad que hasta le permitía comer mientras cantaba.

Muy preferibles eran, para él, los vigilantes que se pegaban a las rejas, y que, no contentándose con la turbia iluminación nocturna de la sala, le lanzaban a cada momento el rayo de las lámparas eléctricas de bolsillo que ponía a su disposición el empresario. La luz cruda no lo molestaba; en general no llegaba a dormir, pero quedar traspuesto un poco podía hacerlo con cualquier luz, a cualquier hora y hasta con la sala llena de una estrepitosa muchedumbre. Estaba siempre dispuesto a pasar toda la noche en vela con tales vigilantes; estaba dispuesto a bromear con ellos, a contarles historias de su vida vagabunda y a oír, en cambio, las suyas, sólo para mantenerse despierto, para poder mostrarles de nuevo que no tenía en la jaula nada comestible y que soportaba el hambre como no podría hacerlo ninguno de ellos. Pero cuando se sentía más dichoso era al llegar la mañana, y por su cuenta les era servido a los vigilantes un abundante desayuno, sobre el cual se arrojaban con el apetito de hombres robustos que han pasado una noche de trabajosa vigilia. Cierto que no faltaban gentes que quisieran ver en este desayuno un grosero soborno de los vigilantes, pero la cosa seguía haciéndose, y si se les preguntaba si querían tomar a su cargo, sin desayuno, la guardia nocturna, no renunciaban a él, pero conservaban siempre sus sospechas.

Pero éstas pertenecían ya a las sospechas inherentes a la profesión del ayunador. Nadie estaba en situación de poder pasar, ininterrumpidamente, días y noches como vigilante junto al ayunador; nadie, por tanto, podía saber por experiencia propia si realmente había ayunado sin interrupción y sin falta; sólo el ayunador podía saberlo, ya que él era, al mismo tiempo, un espectador de su hambre completamente satisfecho. Aunque, por otro motivo, tampoco lo estaba nunca. Acaso no era el ayuno la causa de su enflaquecimiento, tan atroz que muchos, con gran pena suya, tenían que abstenerse de frecuentar las exhibiciones por no poder sufrir su vista; tal vez su esquelética delgadez procedía de su descontento consigo mismo. Sólo él sabía -sólo él y ninguno de sus adeptos- qué fácil cosa era el suyo. Era la cosa más fácil del mundo. Verdad que no lo ocultaba, pero no le creían; en el caso más favorable, lo tomaban por modesto, pero, en general, lo juzgaban un reclamista, o un vil farsante para quien el ayuno era cosa fácil porque sabía la manera de hacerlo fácil y que tenía, además, el cinismo de dejarlo entrever. Había de aguantar todo esto, y, en el curso de los años, ya se había acostumbrado a ello; pero, en su interior, siempre le recomía este descontento y ni una sola vez, al fin de su ayuno -esta justicia había que hacérsela-, había abandonado su jaula voluntariamente. El empresario había fijado cuarenta días como el plazo máximo de ayuno, más allá del cual no le permitía ayunar ni siquiera en las capitales de primer orden. Y no dejaba de tener sus buenas razones para ello. Según le había enseñado su experiencia, durante cuarenta días, valiéndose de toda suerte de anuncios que fueran concentrando el interés, podía quizá aguijonearse progresivamente la curiosidad de un pueblo; mas pasado este plazo, el público se negaba a visitarle, disminuía el crédito de que gozaba el artista del hambre. Claro que en este punto podían observarse pequeñas diferencias según las ciudades y las naciones; pero, por regla general, los cuarenta días eran el período de ayuno más dilatado posible. Por esta razón, a los cuarenta días era abierta la puerta de la jaula, ornada con una guirnalda de flores; un público entusiasmado llenaba el anfiteatro; sonaban los acordes de una banda militar, dos médicos entraban en la jaula para medir al ayunador, según normas científicas, y el resultado de la medición se anunciaba a la sala por medio de un altavoz; por último, dos señoritas, felices de haber sido elegidas para desempeñar aquel papel mediante sorteo, llegaban a la jaula y pretendían sacar de ella al ayunador y hacerle bajar un par de peldaños para conducirle ante una mesilla en la que estaba servida una comidita de enfermo cuidadosamente escogida. Y en este momento, el ayunador siempre se resistía.

Cierto que colocaba voluntariamente sus huesudos brazos en las manos que las dos damas, inclinadas sobre él, le tendían dispuestas a auxiliarle, pero no quería levantarse. ¿Por qué suspender el ayuno precisamente entonces, a los cuarenta días? Podía resistir aún mucho tiempo más, un tiempo ilimitado; ¿por qué cesar entonces, cuando estaba en lo mejor del ayuno? ¿Por qué arrebatarle la gloria de seguir ayunando, y no sólo la de llegar a ser el mayor ayunador de todos los tiempos, cosa que probablemente ya lo era, sino también la de sobrepujarse a sí mismo hasta lo inconcebible, pues no sentía límite alguno a su capacidad de ayunar? ¿Por qué aquella gente que fingía admirarlo tenía tan poca paciencia con él? Si aún podía seguir ayunando, ¿por qué no querían permitírselo? Además, estaba cansado, se hallaba muy a gusto tendido en la paja, y ahora tenía que ponerse en pie cuan largo era, y acercarse a una comida, cuando con sólo pensar en ella sentía náuseas que contenía difícilmente por respeto a las damas. Y alzaba la vista para mirar los ojos de las señoritas, en apariencia tan amables, en realidad tan crueles, y movía después negativamente, sobre su débil cuello, la cabeza, que le pesaba como si fuese de plomo. Pero entonces ocurría lo de siempre; ocurría que se acercaba el empresario silenciosamente -con la música no se podía hablar-, alzaba los brazos sobre el ayunador, como si invitara al cielo a contemplar el estado en que se encontraba, sobre el montón de paja, aquel mártir digno de compasión, cosa que el pobre hombre, aunque en otro sentido, lo era; agarraba al ayunador por la sutil cintura, tomando al hacerlo exageradas precauciones, como si quisiera hacer creer que tenía entre las manos algo tan quebradizo como el vidrio; y, no sin darle una disimulada sacudida, en forma que al ayunador, sin poderlo remediar, se le iban a un lado y otro las piernas y el tronco, se lo entregaba a las damas, que se habían puesto entretanto mortalmente pálidas.

Entonces el ayunador sufría todos sus males: la cabeza le caía sobre el pecho, como si le diera vueltas, y, sin saber cómo, hubiera quedado en aquella postura; el cuerpo estaba como vacío; las piernas, en su afán de mantenerse en pie, apretaban sus rodillas una contra otra; los pies rascaban el suelo como si no fuera el verdadero y buscaran a éste bajo aquél; y todo el peso del cuerpo, por lo demás muy leve, caía sobre una de las damas, la cual, buscando auxilio, con cortado aliento -jamás se hubiera imaginado de este modo aquella misión honorífica-, alargaba todo lo posible su cuello para librar siquiera su rostro del contacto con el ayunador. Pero después, como no lo lograba, y su compañera, más feliz que ella, no venía en su ayuda, sino que se limitaba a llevar entre las suyas, temblorosas, el pequeño haz de huesos de la mano del ayunador, la portadora, en medio de las divertidas carcajadas de toda la sala, rompía a llorar y tenía que ser librada de su carga por un criado, de largo tiempo atrás preparado para ello. Después venía la comida, en la cual el empresario, en el semisueño del desenjaulado, más parecido a un desmayo que a un sueño, le hacía tragar alguna cosa, en medio de una divertida charla con que apartaba la atención de los espectadores del estado en que se hallaba el ayunador. Después venía un brindis dirigido al público, que el empresario fingía dictado por el ayunador; la orquesta recalcaba todo con un gran trompeteo, marchábase el público y nadie quedaba descontento de lo que había visto, nadie, salvo el ayunador, el artista del hambre; nadie, excepto él.

Vivió así muchos años, cortados por periódicos descansos, respetado por el mundo, en una situación de aparente esplendor; mas, no obstante, casi siempre estaba de un humor melancólico, que se acentuaba cada vez más, ya que no había nadie que supiera tomarlo en serio. ¿ Con qué, además, podrían consolarle? ¿Qué más podía apetecer? Y si alguna vez surgía alguien, de piadoso ánimo, que lo compadecía y quería hacerle comprender que, probablemente, su tristeza procedía del hambre, bien podía ocurrir, sobre todo si estaba ya muy avanzado el ayuno, que el ayunador le respondiera con una explosión de furia, y, con espanto de todos, comenzaba a sacudir como una fiera los hierros de la jaula. Mas para tales cosas tenía el empresario un castigo que le gustaba emplear. Disculpaba al ayunador ante el congregado público; añadía que sólo la irritabilidad provocada por el hambre, irritabilidad incomprensible en hombres bien alimentados, podía hacer disculpable la conducta del ayunador. Después, tratando de este tema, para explicarlo pasaba a rebatir la afirmación del ayunador de que le era posible ayunar mucho más tiempo del que ayunaba; alababa la noble ambición, la buena voluntad, el gran olvido de sí mismo, que claramente se revelaban en esta afirmación; pero en seguida procuraba echarla abajo sólo con mostrar unas fotografías, que eran vendidas al mismo tiempo, pues en el retrato se veía al ayunador en la cama, casi muerto de inanición, a los cuarenta días de su ayuno. Todo esto lo sabía muy bien el ayunador, pero era cada vez más intolerable para él aquella enervante deformación de la verdad. ¡Presentábase allí como causa lo que sólo era consecuencia de la precoz terminación del ayuno! Era imposible luchar contra aquella incomprensión, contra aquel universo de estulticia. Lleno de buena fe, escuchaba ansiosamente desde su reja las palabras del empresario; pero al aparecer las fotografías, soltábase siempre de la reja, y, sollozando, volvía a dejarse caer en la paja. El ya calmado público podía acercarse otra vez a la jaula y examinarlo a su sabor.

Unos años más tarde, si los testigos de tales escenas volvían a acordarse de ellas, notaban que se habían hecho incomprensibles hasta para ellos mismos. Es que mientras tanto se había operado el famoso cambio; sobrevino casi de repente; debía haber razones profundas para ello; pero ¿quién es capaz de hallarlas?

El caso es que cierto día, el tan mimado artista del hambre se vio abandonado por la muchedumbre ansiosa de diversiones, que prefería otros espectáculos. El empresario recorrió otra vez con él media Europa, para ver si en algún sitio hallarían aún el antiguo interés. Todo en vano: como por obra de un pacto, había nacido al mismo tiempo, en todas partes, una repulsión hacia el espectáculo del hambre. Claro que, en realidad, este fenómeno no podía haberse dado así, de repente, y, meditabundos y compungidos, recordaban ahora muchas cosas que en el tiempo de la embriaguez del triunfo no habían considerado suficientemente, presagios no atendidos como merecían serlo. Pero ahora era demasiado tarde para intentar algo en contra. Cierto que era indudable que alguna vez volvería a presentarse la época de los ayunadores; pero para los ahora vivientes, eso no era consuelo. ¿Qué debía hacer, pues, el ayunador? Aquel que había sido aclamado por las multitudes, no podía mostrarse en barracas por las ferias rurales; y para adoptar otro oficio, no sólo era el ayunador demasiado viejo, sino que estaba fanáticamente enamorado del hambre. Por tanto, se despidió del empresario, compañero de una carrera incomparable, y se hizo contratar en un gran circo, sin examinar siquiera las condiciones del contrato.

Un gran circo, con su infinidad de hombres, animales y aparatos que sin cesar se sustituyen y se complementan unos a otros, puede, en cualquier momento, utilizar a cualquier artista, aunque sea a un ayunador, si sus pretensiones son modestas, naturalmente. Además, en este caso especial, no era sólo el mismo ayunador quien era contratado, sino su antiguo y famoso nombre; y ni siquiera se podía decir, dada la singularidad de su arte, que, como al crecer la edad mengua la capacidad, un artista veterano, que ya no está en la cumbre de su poder, trata de refugiarse en un tranquilo puesto de circo; al contrario, el ayunador aseguraba, y era plenamente creíble, que lo mismo podía ayunar entonces que antes, y hasta aseguraba que si lo dejaban hacer su voluntad, cosa que al momento le prometieron, sería aquella la vez en que había de llenar al mundo de justa admiración; afirmación que provocaba una sonrisa en las gentes del oficio, que conocían el espíritu de los tiempos, del cual, en su entusiasmo, habíase olvidado el ayunador.

Mas, allá en su fondo, el ayunador no dejó de hacerse cargo de las circunstancias, y aceptó sin dificultad que no fuera colocada su jaula en el centro de la pista, como número sobresaliente, sino que se la dejara fuera, cerca de las cuadras, sitio, por lo demás, bastante concurrido. Grandes carteles, de colores chillones, rodeaban la jaula y anunciaban lo que había que admirar en ella. En los intermedios del espectáculo, cuando el público se dirigía hacia las cuadras para ver los animales, era casi inevitable que pasaran por delante del ayunador y se detuvieran allí un momento; acaso habrían permanecido más tiempo junto a él si no hicieran imposible una contemplación más larga y tranquila los empujones de los que venían detrás por el estrecho corredor, y que no comprendían que se hiciera aquella parada en el camino de las interesantes cuadras.

Por este motivo, el ayunador temía aquella hora de visitas, que, por otra parte, anhelaba como el objeto de su vida. En los primeros tiempos apenas había tenido paciencia para esperar el momento del intermedio; había contemplado, con entusiasmo, la muchedumbre que se extendía y venia hacia él, hasta que muy pronto -ni la más obstinada y casi consciente voluntad de engañarse a sí mismo se salvaba de aquella experiencia- tuvo que convencerse de que la mayor parte de aquella gente, sin excepción, no traía otro propósito que el de visitar las cuadras. Y siempre era lo mejor el ver aquella masa, así, desde lejos. Porque cuando llegaban junto a su jaula, en seguida lo aturdían los gritos e insultos de los dos partidos que inmediatamente se formaban: el de los que querían verlo cómodamente (y bien pronto llegó a ser este bando el que más apenaba al ayunador, porque se paraban, no porque les interesara lo que tenían ante los ojos, sino por llevar la contraria y fastidiar a los otros) y el de los que sólo apetecían llegar lo antes posible a las cuadras. Una vez que había pasado el gran tropel, venían los rezagados, y también éstos, en vez de quedarse mirándolo cuanto tiempo les apeteciera, pues ya era cosa no impedida por nadie, pasaban de prisa, a paso largo, apenas concediéndole una mirada de reojo, para llegar con tiempo de ver los animales. Y era caso insólito el que viniera un padre de familia con sus hijos, mostrando con el dedo al ayunador y explicando extensamente de qué se trataba, y hablara de tiempos pasados, cuando había estado él en una exhibición análoga, pero incomparablemente más lucida que aquélla; y entonces los niños, que, a causa de su insuficiente preparación escolar y general -¿qué sabían ellos lo que era ayunar?-, seguían sin comprender lo que contemplaban, tenían un brillo en sus inquisidores ojos, en que se traslucían futuros tiempos más piadosos. Quizá estarían un poco mejor las cosas -decíase a veces el ayunador- si el lugar de la exhibición no se hallase tan cerca de las cuadras. Entonces les habría sido más fácil a las gentes elegir lo que prefirieran; aparte de que le molestaban mucho y acababan por deprimir sus fuerzas las emanaciones de las cuadras, la nocturna inquietud de los animales, el paso por delante de su jaula de los sangrientos trozos de carne con que alimentaban a los animales de presa, y los rugidos y gritos de éstos durante su comida. Pero no se atrevía a decirlo a la Dirección, pues, si bien lo pensaba, siempre tenía que agradecer a los animales la muchedumbre de visitantes que pasaban ante él, entre los cuales, de cuando en cuando, bien se podía encontrar alguno que viniera especialmente a verle. Quién sabe en qué rincón lo meterían, si al decir algo les recordaba que aún vivía y les hacía ver, en resumidas cuentas, que no venía a ser más que un estorbo en el camino de las cuadras.

Un pequeño estorbo en todo caso, un estorbo que cada vez se hacía más diminuto. Las gentes se iban acostumbrando a la rara manía de pretender llamar la atención como ayunador en los tiempos actuales, y adquirido este hábito, quedó ya pronunciada la sentencia de muerte del ayunador. Podía ayunar cuanto quisiera, y así lo hacía. Pero nada podía ya salvarle; la gente pasaba por su lado sin verle. ¿Y si intentara explicarle a alguien el arte del ayuno? A quien no lo siente, no es posible hacérselo comprender.

Los más hermosos rótulos llegaron a ponerse sucios e ilegibles, fueron arrancados, y a nadie se le ocurrió renovarlos. La tablilla con el número de los días transcurridos desde que había comenzado el ayuno, que en los primeros tiempos era cuidadosamente mudada todos los días, hacía ya mucho tiempo que era la misma, pues al cabo de algunas semanas este pequeño trabajo habíase hecho desagradable para el personal; y de este modo, cierto que el ayunador continuó ayunando, como siempre había anhelado, y que lo hacía sin molestia, tal como en otro tiempo lo había anunciado; pero nadie contaba ya el tiempo que pasaba; nadie, ni siquiera el mismo ayunador, sabía qué número de días de ayuno llevaba alcanzados, y su corazón sé llenaba de melancolía. Y así, cierta vez, durante aquel tiempo, en que un ocioso se detuvo ante su jaula y se rió del viejo número de días consignado en la tablilla, pareciéndole imposible, y habló de engañifa y de estafa, fue ésta la más estúpida mentira que pudieron inventar la indiferencia y la malicia innata, pues no era el ayunador quien engañaba: él trabajaba honradamente, pero era el mundo quien se engañaba en cuanto a sus merecimientos.


Volvieron a pasar muchos días, pero llegó uno en que también aquello tuvo su fin. Cierta vez, un inspector se fijó en la jaula y preguntó a los criados por qué dejaban sin aprovechar aquella jaula tan utilizable que sólo contenía un podrido montón de paja. Todos lo ignoraban, hasta que, por fin, uno, al ver la tablilla del número de días, se acordó del ayunador. Removieron con horcas la paja, y en medio de ella hallaron al ayunador.

-¿Ayunas todavía? -preguntole el inspector-. ¿Cuándo vas a cesar de una vez? -Perdónenme todos -musitó el ayunador, pero sólo lo comprendió el inspector, que tenía el oído pegado a la reja. -Sin duda -dijo el inspector, poniéndose el índice en la sien para indicar con ello al personal el estado mental del ayunador-, todos te perdonamos. -Había deseado toda la vida que admiraran mi resistencia al hambre -dijo el ayunador. -Y la admiramos -repúsole el inspector. -Pero no deberían admirarla -dijo el ayunador. -Bueno, pues entonces no la admiraremos -dijo el inspector-; pero ¿por qué no debemos admirarte? -Porque me es forzoso ayunar, no puedo evitarlo -dijo el ayunador. -Eso ya se ve -dijo el inspector-; pero ¿ por qué no puedes evitarlo? -Porque -dijo el artista del hambre levantando un poco la cabeza y hablando en la misma oreja del inspector para que no se perdieran sus palabras, con labios alargados como si fuera a dar un beso-, porque no pude encontrar comida que me gustara. Si la hubiera encontrado, puedes creerlo, no habría hecho ningún cumplido y me habría hartado como tú y como todos.

Estas fueron sus últimas palabras, pero todavía, en sus ojos quebrados, mostrábase la firme convicción, aunque ya no orgullosa, de que seguiría ayunando.

-¡Limpien aquí! -ordenó el inspector, y enterraron al ayunador junto con la paja. Mas en la jaula pusieron una pantera joven. Era un gran placer, hasta para el más obtuso de sentidos, ver en aquella jaula, tanto tiempo vacía, la hermosa fiera que se revolcaba y daba saltos. Nada le faltaba. La comida que le gustaba traíansela sin largas cavilaciones sus guardianes. Ni siquiera parecía añorar la libertad. Aquel noble cuerpo, provisto de todo lo necesario para desgarrar lo que se le pusiera por delante, parecía llevar consigo la propia libertad; parecía estar escondida en cualquier rincón de su dentadura. Y la alegría de vivir brotaba con tan fuerte ardor de sus fauces, que no les era fácil a los espectadores poder hacerle frente. Pero se sobreponían a su temor, se apretaban contra la jaula y en modo alguno querían apartarse de allí.