domingo, 29 de julio de 2012

¿Qué es lo que te importa?







¿Se puede escribir una novela que sólo contenga preguntas? ¿Qué porcentaje de genialidad le concedo a Padgett Powell, autor de The Interrogative Mood: A Novel?, libro que sólo contiene preguntas, incluso incorpora una pregunta a su título? ¿No acertó de pleno Richard Ford cuando dijo que si Duchamp o Magritte hubieran escrito una novela, ésta se habría parecido a la de Padgett Powell, cuyo libro es de lectura cómoda y agradable, además de ingenioso, sagaz y emocionalmente indispensable en un sentido que no se puede describir pero que tampoco hace falta? ¿Por qué hay que saber describir si uno es narrador? ¿De verdad que es algo imprescindible? ¿Pero acaso no oímos decir hasta la saciedad que una buena ficción plantea siempre preguntas y no suele dar respuestas? ¿Qué problema hay entonces con El sentido interrogativo (Alpha Decay)? ¿Y por qué al libro de Powell le han puesto en su traducción castellana ese incompleto título?

Y de los grandes misterios en general, ¿qué tienes qué decirme? ¿No ha resultado bien enigmático que, mientras leía El sentido interrogativo, la imaginación se me haya ido varias veces a otro lado y me haya hecho preguntas distintas de las que leía? Por ejemplo, ¿por qué mientras me preguntaba con Powell si me apetecería tener, como le apetece a todo el mundo, un temperamento más jovial, me puse a pensar en la poesía del argentino Lamborghini y de pronto tuve que preguntarme a la vez por la irrupción en esa lírica de Lamborghini de términos desconcertantes como “clancas” y “ras ras”? ¿Y por qué, además, me dio por preguntarme obsesivamente qué había querido decir el poeta cuando escribió: “En mi mundo moral mando yo. / Este alegre imperdón es algo que se consigue después de un largo trabajo”?

Suponiendo que sepamos qué es un imperdón, ¿ha de ser éste necesariamente alegre? ¿Y por qué “En mi mundo moral mando yo” parece una autoafirmación tan espléndida? ¿Qué hay en mi pasado que me lleva a buscar que en mi mundo moral mande yo?

¿Y por qué no ha habido grandes titulares para la noticia de que en Nueva York se ha estancado la venta de libros electrónicos? ¿No debería eso animar a los periodistas a proclamarlo a los cuatro vientos, tal como hicieron en su momento con la noticia contraria, cuando parecía que desaparecían los libros impresos? ¿Odian los periodistas los grandes libros de ficción? ¿A ti qué te parece? Y dime, ¿por qué ahora mismo acabo de acordarme de Powell y de cuando le pregunta al lector si sabe por qué le está haciendo tantas y tantas preguntas y, sobre todo, si debería seguir haciéndolas?

¿No es evidente que este libro de Powell pertenece a la familia de Ejercicios de estilo de Queneau y de Me acuerdo, de Joe Brainard? ¿Podríamos considerar que esos libros pertenecen a la tradición oulipiana de las constricciones? ¿Sabrá todo el mundo qué significa el adjetivo “oulipiana”? ¿Es realmente tan grave no saberlo si a fin de cuentas mis amigos más sabios tampoco saben qué significan “clancas” y “ras ras”?

¿Por qué, ras ras, tardas tanto en decirme si tuviste un tío que fue ingeniero de artillería en el curso de alguna guerra? ¿Te interesan los matices de la brillantina? ¿Qué es lo que te importa? ¿Por qué el universo es ligero y se expande elegantemente con una ligereza mortal?

¿Te gusta que la gente te cante Cumpleaños feliz? ¿Crees que un escritor ha de saber aguantar hasta el momento en el que sus enemigos, que han escrito sobre él todo tipo de ruindades y estupideces, hacen el ridículo más mayúsculo? ¿Crees que un artículo como éste aspira en realidad a ser una novela de mil páginas? ¿Te has comido un capullo de magnolia? ¿Te vas ahora? ¿Sí? ¿Te importaría?

¿Es interrogativo el sentido de la vida? ¿Por qué no lees el libro de Powell como quien sale a dar un paseo sin un destino prefijado? ¿A qué esperas? ¿Te gustaría decir algo?

Enrique Vila-Matas, El país.

You think you know yourself





Bed in Summer






In winter I get up at night
And dress by yellow candle-light.
In summer, quite the other way,
I have to go to bed by day.

I have to go to bed and see
The birds still hopping on the tree,
Or hear the grown-up people’s feet
Still going past me in the street.

And does it not seem hard to you,
When all the sky is clear and blue,
And I should like so much to play,
To have to go to bed by day?



Robert Louis Stevenson
A Child’s Garden of Verses and Underwoods. 


viernes, 27 de julio de 2012

La marquesa nunca se resignó a quedarse en casa



"Para Margo Glantz

Una sensación de desastre recorre el mundo. La novela la registra y, al hacerlo, resplandece. Mientras más huele a podrido en Dinamarca —y hoy Dinamarca parece ser buena parte del universo— más indispensable se vuelve la novela. Ultima Thule, reflejo de un indomable impulso de sobrevivencia, de la preservación de la forma frente al caos, del esfuerzo sobre la abulia, del espíritu sobre la materia informe, la novela es todo eso y algunas cosas más. Avivada por tensiones extremas, testigo de desgarraduras violentas, nutrida a veces de caviar y perdices y otras con carroña, reaparece hoy en el escenario internacional con salud envidiable. Florece con una plenitud que envidiarían las rosas. Hela ahí: proteica, generosa, arriesgada, ubicua, escéptica,respondona, indócil. Cada crisis de la sociedad la hace regenerarse. Cambia de piel cuando le es necesario. Se crece ante las adversidades. Hoy vive uno de sus grandes momentos y, por lo mismo, ya habrá entre nosotros quienes comiencen a predecir su próxima extinción. Posiblemente ya le han elegido el ataúd y el lugar del entierro. Esa profecía forma parte de los usos y costumbres de nuestro siglo. Cada vez que la novela se revigoriza alguien vocea su decreto de muerte. La verdad es que con ella no hay quien pueda. 
Esa muerte la anunció Ortega, también Bretón y a ella aludió de paso Paul Valéry con una frase que de inmediato se hizo célebre. André Bretón reproduce un comentario de Valéry referente a su resistencia de iniciar alguna por no poder escribir algo tan banal como "la marquesa salió a las cinco". ¿Será tal vez posible que por buena educación el autor del Cementerio marino hubiera dicho la frase sólo para complacer a Bretón, quien desdeñaba ese género literario, es decir de una manera casual, para mantener la conversación y esquivar el vacío? ¿O pudo haber sido que en ese momento Valéry pensara en algunos de los novelistas de moda en esos días, Paul Morand o André Maurois, por ejemplo, en cuyas páginas siempre era posible ver a una marquesa salir a las cinco de su casa tal vez para llegar con unos cuantos minutos de retraso a tomar el té en el Ritz? ¡Vaya Dios a saberlo!
La verdad es que "la marquesa salió a las cinco" es un incipit ideal para estimular la cursilería de un cierto tipo de lectores a quienes les regocija oír hablar de marquesas, princesas y baronesas, tanto como de las cenicientas que después de conocer todas las desdichas y vejaciones imaginables terminan casándose con marqueses, príncipes o barones. La ausencia del nombre de aquella dama impone de por sí cierta confianza, da por hecho que se trata de la marquesa o una de las marquesas del barrio. Si, por ejemplo, el lector hubiese leído la marquesa de Rochefoucauld, o la de Varennes, eso le habría intimidado un poco, pero una marquesa a secas inspira confianza, en esa escueta sencillez hay algo reconfortante, casi casero, un aroma de chocolate y bollos de canela recién horneados.
Es posible también que Valéry, abstraído por otros afanes, requerido por otros temas y otras épocas, no haya percibido que la novela no era ya lo que era, y que lejos de Morand, de Maurois y de Montherlant, que también tiene lo suyo, nuevos escritores en Francia y, sobre todo, en otras latitudes se empeñaban en transformar el lenguaje narrativo e iniciaban sus novelas de muy distinta manera.
Solemne, el gordo Buck Mulligan avanzó desde la salida de la escalera llevando un cuenco de espuma de jabón, y encima, cruzados, un espejo y una navaja. La suave brisa de la mañana le sostenía levemente en alto, y, detrás de él, la bata amarilla desceñida. Elevó en el aire el cuenco y entonó: Introito ad altare Dei.
Impera en el párrafo una expresa voluntad de vulgaridad. Su lectura no produce el delicioso tremor que anuncia la aparición en la calle de una marquesa. En vez de una dama vestida por Molineux o Schiaparelli, aturdida por acudir puntualmente a una cita, que bien podría cambiar su vida, con el apuesto hijo de un banquero italiano, o de dirigirse al taller de su joyero con el fin de hacerle ajustar la montura a una de sus famosas dormilonas de esmeraldas, o al despacho de un sórdido prestamista para empeñarlas allí mismo, nos encontramos en presencia de un hombre gordo, unos pedestres implementos de barbería y una bata amarilla desceñida que establecen un pronunciado oxímoron, que no deja de ser divertido, con el latín litúrgico: "Introito ad altareDei »
Veamos otro principio de novela:
El —porque no cabía duda sobre su sexo, aunque la moda de la época contribuyera a disfrazarlo — estaba acometiendo con su sable la cabeza de un moro que pendía de las vigas. La cabeza era del color de una vieja bola de fútbol, y más o menos de la misma forma, salvo por las mejillas hundidas y una hebra o dos de pelo seco y ordinario, como el pelo de un coco.
La referencia a la determinación del sexo del protagonista, su acometividad contra la cabeza de un moro colgada de una viga, la semejanza con una vieja pelota de fútbol nos producen de inmediato un ligero desconcierto. ¿En qué mundo hemos penetrado? La brutalidad de golpear una cabeza, fuese la de un moro o la de cualquier otro individuo, se diluye de inmediato, se vuelve irreal por la levedad del tono narrativo. Hay más bien una especie de humor extravagante que se potencia al comparar esa cabeza con un balón de fútbol y su cabello con el pelo seco de un coco. No podemos asegurar que aquella dama exquisita hubiera deseado salir de su casa a las cinco para asistir a espectáculos tan poco habituales. No era pacata, no, nada de eso, pero carecía de humor y por ello ciertas excentricidades la destemplaban en extremo; no sabía cómo comportarse, y eso era lo peor que podía ocurrirle. En vez de salir esa tarde se quedó jugueteando con un par de guantes de cabritilla color verde musgo, esperando una llamada telefónica que nunca llegó. Al final estaba postrada y tan furiosa que hubiera podido desgarrar los guantes a dentelladas.
La primera cita es de 1922. Son las primeras líneas del Ulises de James Joyce; la segunda, de1928, corresponde al inicio del Orlando de Virginia Woolf. Pocos años después, en el corazón de Europa, en Viena para mayor precisión, un joven ingeniero militar iniciaba una novela que llenaría cuatro amplios volúmenes y quedaría inconclusa a la muerte del autor. Una novela que aún hoy mantiene su irradiación sobre la narrativa universal:
Por el Atlántico avanzaba un mínimo barométrico en dirección Este, frente a un máximo estacionado sobre Rusia; de momento no mostraba tendencias a esquivarlo desplazándose hacia el Norte. Los isotermos y los isóteros cumplían su deber. La temperatura del aire estaba en relación con la temperatura media anual, tanto con la del mes más caluroso como con la del mes más frío y con la oscilación mensual aperiódica. La salida y puesta del sol y de la luna, las fases de la luna, Venus, el anillo de Saturno y muchos otros fenómenos importantes se sucedían conforme a los pronósticos de los anuarios astronómicos. El vapor de agua alcanzaba su mayor tensión y la humedad atmosférica era escasa. En pocas palabras, que describen fielmente la realidad, aunque estén algo pasadas de moda: era un hermoso día de agosto del año 1913.
Ya ustedes lo habrán reconocido, se trata del primer párrafo de El hombre sin atributos, deRobert Musil, publicado en 1930. Se ha operado en la escritura una impresionante vuelta de tuerca, un viraje de 180 grados. Parecería el trozo de un ensayo científico, o más bien, un parte meteorológico escrito por un empleado ampliamente especializado. Sin embargo, se trata de una novela. En esas doce líneas cuajadas de isóteros e isotermos, de oscilaciones mensuales aperiódicas y fases de la luna, de Venus y el anillo de Saturno, además de otros fenómenos que al los simples lectores nos resultan incomprensibles, se nos comunica un misterio que, al final, en sólo nueve palabras de lenguaje tranquilo, termina por aclarárselos: todo aquello sólo quería decir que era un hermoso día de agosto del año 1913. A nuestra conocida, la marquesa, esa pompa palabrera y, más aún, su subsecuente aclaración le crispan los nervios. Ha detestado desde que tiene uso de razón esas humoradas tudescas que, a su parecer, no son sino faltas de tacto garrafales; faltas de tacto y de gusto. Ese hermoso día no salió a las cinco ni a ninguna otra hora; ocupó su tiempo en hojear algunas revistas y en escribir varios borradores que estrujó con rabia, hasta poder por fin redactar una carta muy, pero muy seca, donde daba por concluida una vieja relación amorosa. Luego comenzó a reír como una loca, tomó sedantes con champaña, y poco después tuvieron que meterla en cama.
Y al otro lado del Atlántico, un norteamericano, sureño para afinar la ubicación, comenzó una de las más bellas novelas que jamás se hayan escrito de la siguiente manera:
Desde las doce, aproximadamente, hasta la puesta del sol, permanecieron sentados aquella sofocante y pesada tarde de septiembre, en lo que la señorita Colfield seguía llamando "el despacho" por haberlo llamado así su padre: una habitación cálida, oscura, sin ventilación, cuyas ventanas y celosías continuaban cerradas desde hacía cuarenta y tres veranos, porque, allá en su niñez, alguien opinaba que el aire en movimiento y la luz producen calor, mientras que la penumbra resulta siempre fresca. Una guía de glicinas florecía por segunda vez en aquel estío, y trepaba por un enrejado que se divisaba frente a la ventana; los gorriones llegaban y partían en bandadas, sin orden ni concierto, produciendo un rumor seco y polvoriento al levantar el vuelo. Frente a Quentin se hallaba la señorita Colfield, con el sempiterno traje de luto que llevaba desde hacía cuarenta y tres años, aunque nadie sabía si era por su padre, su hermana o por el marido que nunca había existido; erecta y rígida, ocupaba una silla de duro asiento, tan alta para ella que sus piernas, sin llegar al suelo, pendían rectas y verticales como si los huesos de sus tobillos y pantorrillas estuvieran fundidos en hierro, lo que les daba el aire de rabia impotente que tienen los pies infantiles. Hablaba con voz áspera, huraña, asombrada, y, al final, toda atención cesaba, el poder auditivo se confundía a sí mismo y el objeto de su impotente pero indolente fracaso — aunque había muerto años atrás— aparecía evocado por esa indignada requisitoria, sereno, distraído e inofensivo, brotando del polvo paciente, soñador y victorioso.
Son esas las primeras líneas de ¡Absalón, Absalón!, la excepcional novela que William Faulkner  publicó en 1936. Si nuestra amiga —porque imagino que ya a estas alturas podemos permitirnos darle ese tratamiento— hubiera salido ese día a las cinco para participar en la conversación que sostenían Quentin Compson y la señorita Coldfield se habría quedado seguramente en ascuas. Había tratado en los últimos años a varios americanos en extremo distinguidos: los Gereth, los Prest-Coover, la señora Welton y también a Howard Blendy, un joven diplomático de quien estuvo un poco enamorada. Aristocracia de otro tipo, por así decirlo; ricos, sofisticados, ligeros, todo lo contrario a esa pareja sonambúlica del sur que le hacía pensar en un par de cuervos destemplados que mascullaban un idioma demencial. Su educación, aunque bien a bien de eso no es del todo consciente, tiene firmes raíces cartesianas, lo que sumado a otras limitaciones que ya el lector habrá percibido, la hacen rebelarse contra aquel ebrio desvarío verbal. Oír decir que los pies infantiles tienen un aire de rabia impotente y que el polvo estival era paciente, soñador y victorioso, la afecta de tal manera que hubiera podido abofetear a cualquiera que se atreviera a repetir esas palabras frente a ella.

Pasaron los años, casi cuarenta desde que apareció Ulises, hasta que en 1960 Julio Cortázar volvió a retomar el comentario de Paul Valéry para pulverizarlo con alegre desenfado. En la primera frase de Los premios se dice:
"La marquesa salió a las cinco —pensó Carlos López-. ¿Dónde diablos habré leído eso?"
¡Nuestra pobre, vieja, empolvada, querida marquesa! Los años no han pasado en balde para ella. Se había impuesto un largo y severo exilio interior y lo había cumplido con rigor ejemplar. La embestida del escritor argentino la hizo salir de su letargo.
Pasó toda una noche en vigilia, debatiéndose entre dos impulsos enemigos. Por una parte se sentía tentada a enclaustrarse bajo voto perpetuo de silencio. Una soberbia que le venía de casta la inducía a castigar al mundo dándole la espalda y haciendo evidente su desprecio. La música sacra, el olor de la cera y el incienso, la cercanía de los ángeles, los mechones de cabello en el suelo en derredor suyo, el tosco hábito de clausura, sus lágrimas, todo eso, todo, la acercaba aDios. Era posible, pensaba esperanzada, que algún escritor comprendiera la nobleza de su gesto y un día se sintiera tentado a escribir: "La marquesa salió a las cinco. Un sobrio tailleur negro de Patou resaltaba su distinción, salió de casa sola. Un automóvil la llevó al portón del convento que albergaría su cuerpo terrenal por el resto de sus días". Y un instante después recordó los alegato sde Ives-Etienne, el pretendiente de su sobrina, sobrino lejano suyo también él, un muchacho desparpajado e insolente, no privado de cierta gracia, quien, para estupor de toda la familia ,simpatizaba con las llamadas causas populares. La anciana se veía de pronto marchar por las calles, erguida como un estilete de acero, el puño izquierdo en alto. Oía su voz que, de pronto, se había vuelto poderosa, sus exclamaciones de odio al militarismo, su adhesión a la lucha de Argelia. La emocionaba hasta las lágrimas su osada decisión de traicionar a su clase para marchar brazo a brazo con los humillados, con los oprimidos. Su actitud valerosa inspiraría con toda seguridad a algún autor, quien en su momento escribiría: "La marquesa salió a las cinco para hundirse de inmediato en un mar de banderas". Y después describiría con brío el momento en que su brazo se apoyó sobre el brazo de un obrero metalúrgico para continuar la marcha. La música de la Internacional los abrigaba, y ellos se sentían protegidos, seguros de su causa, convencidos de la proximidad de la victoria.
Algunas otras ideas revolotearon por un instante en su mente afiebrada. Se soñó, por ejemplo, protagonista de novelas libertinas, sonrió ambiguamente ante ciertas imágenes bestialmente lascivas, pero esas visiones no prosperaron y la anciana volvió con empecinamiento a la anterior dicotomía. Temblaba a ratos, lloraba, admiraba el valor que le fue necesario para enclaustrarse en la orden más rígida de monjas silenciosas y, de inmediato, más aún la deslumbraba su erguida figura arengando desde una tribuna de la Mutualité a una multitud de obreros y estudiantes, o la  hazaña de encadenarse a la proa de un barco que conducía armas al sudeste asiático. Y así las cosas, aferrada a la posibilidad de volver a pisar con pie firme las páginas de una próxima novela extraordinaria, su corazón se fue debilitando, fue vacilando, hasta que un súbito golpe lo desgajó por completo. 
Al día siguiente la marquesa salió a las cinco. Lo hizo dentro de un modesto ataúd. Hasta ahora, que yo sepa, nadie ha registrado esa salida."

Xalapa, julio de 1994
Sergio Pitol, El arte de la fuga

You think it will never happen to you




“You think it will never happen to you, that it cannot happen to you, that you are the only person in the world to whom none of these things will ever happen, and then, one by one, they all begin to happen to you, in the same way they happen to everyone else. 
Your bare feet on the cold floor as you climb out of bed and walk to the window. You are six years old. Outside, snow is falling, and the branches of the trees in the backyard are turning white.
Speak now before it is too late, and then hope to go on speaking until there is nothing more to be said. Time is running out, after all. Perhaps it is just as well to put aside your stories for now and try to examine what it has felt like to live inside this body from the first day you can remember being alive until this one. A catalogue of sensory data. What one might call a phenomenology of breathing.
You are ten years old, and the midsummer air is warm, oppressively warm, so humid and uncomfortable that even as you sit in the shade of the trees in the backyard, sweat is gathering on your forehead.
It is an incontestable fact that you are no longer young. One month from today, you will be turning sixty-four, and although that is not excessively old, not what anyone would consider to be an advanced old age, you cannot stop yourself from thinking about all the others who never managed to get as far as you have. This is one example of the various things that could never happen, but which, in fact, have happend.”

Paul Auster, Winter Journal.


Samuel Beckett entrevistado por Israel Shenker






"Samuel Beckett es una presencia enjuta e impresionante, con la furibunda mirada de un ápostol cuya misión fuera convertirse en el flagelo de los pecadores del mundo.

Vive en París, en el octavo piso de un bloque de apartamentos de clase media, no más ruinoso que el promedio parisino.

Habla con concisión, como sus personajes, con dolorosa indecisión, temeroso de expresarse con palabras, consciente de que hablar no es más que otro modo de levantar polvo.

—La primera vez que vine a París, en 1927, lo hice como estudiante del Trinity College, tras graduarme en francés e italiano. En 1928 regresé a la Ecole Nórmale Supérieure como profesor invitado dentro de un programa de intercambio...

"Abandoné el centro en 1930. Había sido nombrado ayudante de la cátedra de Francés en Dublín por un periodo de tres años... Renuncié cuatro trimestres más tarde... No me gustaba la enseñanza. No conseguía centrarme en el trabajo... Entonces abandoné Irlanda.

"Estuve en Alemania, en Londres, volví a Dublín. Andaba muy perdido. Guardo una imagen muy confusa de aquella época. Escribí More Pricks than Kicks y Echo's Bones. Y también mi primera novela, Murphy. Eso fue en Londres. Los poemas surgieron aquí y allá, por todas partes.

"Tenía un hermano mayor que yo. Se dedicaba al cálculo de materiales en las construcciones, como mi padre. Es un puesto intermedio entre el arquitecto y el constructor. Mi hermano se hizo cargo del negocio de mi padre cuando éste murió.

"No me gustaba vivir en Irlanda. Ya sabe a lo que me refiero... toda esa teocracia, la censura de libros, ese tipo de cosas. Preferí vivir en el extranjero. Regresé a París y estuve alojado en un hotel durante algún tiempo. Más tarde decidí establecerme y construir aquí mi vida. Eso fue en 1933.

"Mientras vivió mi madre, iba a visitarla una vez al año y pasaba con ella un mes durante el verano. Mi madre murió en 1950.

"Hacía muchas traducciones, daba clases (de inglés), y realizaba algunos trabajos para la UNESCO. Pero me adelanto a los acontecimientos.

"Estaba en la Ecole Nórmale, en 1928 o 1929, cuando probé a traducir al francés con un amigo el pasaje de Anna Livia de Finnegans Wake. Ésa fue la primera traducción. Apareció más tarde, revisada por otros, incluido Joyce. El boceto original lo hicimos entre Alfred Peron y yo. Él también está muerto; le mataron los alemanes.

"No fui nunca secretario de Joyce, pero como todos sus amigos, le ayudaba. Tenía graves problemas con la vista. Hacía trabajos sueltos para él, como marcarle pasajes o leerle, pero nunca escribí ninguna de sus cartas.

"Cuando se desató la guerra en 1939 me encontraba en Irlanda. Regresé a Francia de inmediato. Prefería Francia en guerra a Irlanda en paz. Me marché justo a tiempo. Estuve aquí hasta 1942 y después tuve que marcharme, así que me fui a Vaucluse. Fue por culpa de los alemanes. Porque yo no sabía quedarme callado. Me metí en... ¿Cómo explicarlo? No me gusta hablar de la Resistencia..., se trataba de un grupo francés en el que estaba mi amigo Perón. Nuestra misión era recabar información de todo tipo y enviarla a Londres. Desempeñé toda clase de trabajos... Recibía los fragmentos de información según llegaban, los clasificaba y los pasaba a máquina.

"Escribí mi último libro en inglés durante la guerra: Watt. Después de la guerra, en 1945, volví a Irlanda y luego regresé a Francia con la Cruz Roja irlandesa como intérprete y almacenero. La Cruz Roja irlandesa había ofrecido a Saint Lo un hospital enteramente equipado con alimentos y material médico. Fui con ellos a Saint Lo, pero no permanecí mucho tiempo en la Cruz Roja irlandesa.

"A pesar de haber tenido que salir huyendo en 1942, logré conservar mi apartamento. Volví a él y empecé a escribir de nuevo, esta vez en francés. Simplemente, me apetecía hacerlo. Fue una experiencia distinta a escribir en inglés. Para mí, escribir en francés resultaba... más excitante.

"Escribí todas mis obras muy deprisa, entre 1946 y 1950. Mi trabajo en francés me llevó a un punto en el que me abrumaba la impresión de que estaba diciendo lo mismo una y otra vez. A algunos autores les va resultando más fácil escribir cuanto más escriben. En mi caso se fue haciendo más y más difícil. Para mí las posibilidades eran cada vez más reducidas.

Se ha comparado a Beckett con Kafka, pero él ve más diferencias que similitudes entre ellos.

—Me parece que... Sólo he leído a Kafka en alemán. Me refiero a leerle en serio. Excepto por algunas cosas en francés e inglés. Leí El castillo en alemán. Debo reconocer que me resultó difícil llegar al final. El héroe kafkiano es coherente en sus propósitos. Se siente perdido, pero no es espiritualmente inestable, no se viene abajo hecho pedazos. Mi gente parece desmoronarse. Y hay otra diferencia. Dése cuenta de que, en Kafka, la forma es clásica, avanza como una apisonadora..., es casi serena. Parece amenazada ininterrumpidamente, pero la turbación está en la forma. En mí hay turbación detrás de la forma, no en ella.

"Al final de mi obra no hay más que polvo..., lo innombrable. En El innombrable se produce una desintegración total. No hay 'yo', ni 'tengo', ni 'existencia'. No existe el nominativo, ni el acusativo, ni el verbo. No hay modo de seguir adelante... Textos para nada fue un intento de superar la actitud desintegradora, pero fracasó.

"En el caso de Joyce la diferencia es que él era un soberbio manipulador del material con el que trabajaba, tal vez el más grande. Hacía que las palabras trabajaran al máximo. En su obra no hay ni una sílaba superflua. Por mi parte, yo no soy dueño del material con el que trabajo.

"Cuanto más sabía Joyce más podía hacer. Como artista, tiende hacia la omnisciencia y la omnipotencia. Yo trabajo con la impotencia, con la ignorancia. No creo que la impotencia haya sido explotada en el pasado. Parece existir una especie de axioma estético según el cual la expresión es un logro, debe ser un logro. Mi pequeña exploración se circunscribe a esa parte del ser que siempre ha sido descartada por los artistas como algo inutilizable, como algo, por definición, incompatible con el arte.

"Pienso que, en nuestros días, cualquiera que preste la más mínima atención a su propia experiencia reconoce en ella la experiencia de un no-conocedor, un impotente. El otro tipo de artista, el armonioso y equilibrado, me resulta absolutamente ajeno.

"La expresión abstracta, serena, de Valéry, me parece completamente espúrea... a menos que exista gente cuya experiencia interior sea ésa. Para mí resulta algo inconcebible.

"No me interesa ningún sistema. No soy capaz de percibir el menor rastro de sistema alguno en ninguna parte.

—¿Por qué decidió escribir una obra de teatro después de escribir novelas?

—Yo no decidí hacer una pieza teatral. Simplemente me salió así.

—Los críticos han dicho que la estructura y el mensaje de Esperando a Godot permitía al autor prescindir de la pluma en cualquier momento.

Beckett disentía.

—Una obra en un acto habría sido demasiado poco, y tres actos habrían sido demasiado.

—¿Qué hacer, pues, cuando no queda nada por decir? ¿Limitarse a hacer lo que hacen los demás, seguir intentándolo?

Beckett replicó:

—También hay otros, como Nicolás de Staél, que se tiran por la ventana después de años de lucha."


The New York Times, 6 de mayo de 1956


domingo, 22 de julio de 2012

Hay pocas muertes enteras





"Hay pocas muertes enteras.
Los cementerios están llenos de fraudes. 
Las calles están llenas de fantasmas." 



sábado, 21 de julio de 2012

The Line




The Line from OAKJO on Vimeo.

viernes, 20 de julio de 2012

Here comes




Robert Montgomery

Dilema





"La primera cosa que me contó un amigo al que había perdido de vista desde hacía lustros: habiendo coleccionado venenos desde hacía muchos años no había logrado matarse por no saber cuál de ellos preferir..."

E. M. Cioran, Ese maldito yo.


jueves, 19 de julio de 2012

El vacío por todas las demás partes





"Caminando por la gran Perspectiva de nuestra ciudad, borro mentalmente los elementos que he decidido no tomar en consideración. Paso junto al edificio de un ministerio, cuya fachada está cargada de cariátides, columnas, balaustres, plintos, ménsulas, metopas, y siento la necesidad de reducirla a una lisa superficie vertical, a una lámina de vidrio opaco, a un diafragma que delimite el espacio sin imponerse a la vista. Pero también así simplificado ese edificio sigue pesando sobre mí de manera oprimente: decido abolirlo por completo; en su lugar un cielo lactescente se alza sobre la tierra desnuda. Del mismo modo borro otros cinco ministerios, tres bancos y un par de rascacielos de grandes sociedades. El mundo es tan complicado, enmarañado y sobrecargado que para ver un poco claro en él es necesario podar, podar.
En el tráfago de la Perspectiva encuentro continuamente personas cuya vista me resulta por varias razones desagradable: mis superiores jerárquicos porque me recuerdan mi condición de subalterno, mis subalternos porque detesto sentirme investido de una autoridad que me parece mezquina, como mezquinos son la envidia, el servilismo y el rencor que suscita. Borro a unos y otros, sin vacilar; con el rabillo del ojo los veo adelgazar y desvanecerse en una ligera baba de niebla.
En esta operación debo andarme con ojo para perdonar a los transeúntes, a los extraños, a los desconocidos que nunca me han fastidiado: más aún, las caras de algunos de ellos, al observarlas sin ningún prejuicio, me parecen dignas de sincero interés. Pero si del mundo que me circunda queda sólo una multitud de extraños no tardo en advertir una sensación de soledad y de destierro: más vale pues que los borre también a ellos, así en bloque, y no lo piense más.
En un mundo simplificado tengo más probabilidades de encontrar a las pocas personas que me da gusto encontrar, por ejemplo, a Franziska. Franziska es una amiga que cuando me la encuentro experimento una gran alegría. Nos decimos cosas ingeniosas, reímos, nos contamos hechos insignificantes pero que a lo mejor a otros no les contaríamos y que en cambio al charlar de ellos entre nosotros resultan interesantes para ambos, y antes de despedirnos nos decimos que tenemos decididamente que vernos lo más pronto posible. Después pasan los meses, hasta que nos ocurre que nos encontramos una vez más por casualidad en la calle; aclamaciones festivas, carcajadas, promesas de volver a vernos, pero ni ella ni yo hacemos nunca nada para provocar un encuentro; quizá porque sabemos que ya no sería lo mismo. Ahora, en un mundo simplificado y reducido, en el cual quedase despejado el campo de todas esas situaciones preestablecidas gracias a las cuales el hecho de que Franziska y yo nos viéramos más a menudo implicaría una relación entre nosotros que en cierto modo se definiría, a lo mejor con vistas a un matrimonio o en cualquier caso a considerarnos una pareja, presuponiendo un lazo extensible a las respectivas familias, a las parentelas ascendentes y descendentes y a los hermanos y primos, y un lazo entre ambientes de la vida de relación e implicaciones en la esfera de las rentas y de los bienes patrimoniales, una vez desaparecidos todos estos condicionamientos que se ciernen silenciosamente sobre nuestros diálogos y hacen que no duren sino unos minutos, encontrar a Franziska debería ser aún más hermoso y grato. Es natural pues que yo trate de crear las condiciones más favorables para que coincidan nuestros recorridos, incluida la abolición de todas las jóvenes que llevan un abrigo de pieles claro como el que ella llevaba la última vez de modo que al verla de lejos yo pueda estar seguro de que es ella sin exponerme a equívocos y desilusiones, y la abolición de todos los jovenzuelos que tienen pinta de ser amigos de Franziska y que nada excluye que estén a punto de encontrarla a lo mejor intencionadamente y entretenerla en grata conversación en el momento en que debería ser yo quien la encuentre, por casualidad.
Me he extendido en detalles de orden personal, pero eso no debe hacer creer que en mis borrados esté movido predominantemente por inmediatos intereses individuales míos, cuando en cambio trato de actuar en interés de todo el conjunto (y por tanto también de mí mismo, pero indirectamente). Si para empezar he hecho desaparecer todas las oficinas públicas que se me pusieron a tiro, y no sólo los edificios, con sus escalinatas y las entradas con columnas y los pasillos y las antesalas, y ficheros y circulares y legajos, sino también a los jefes de sección, a los directores generales, los subinspectores, los suplentes, los empleados de plantilla y temporeros, lo he hecho porque creo que su existencia es nociva y superflua para la armonía del conjunto. Es la hora en que la muchedumbre del personal empleado abandona las oficinas recalentadas, se abotona los abrigos con solapas de piel sintética y se apiña en los autobuses. Parpadeo y han desaparecido: sólo raros transeúntes se distinguen en lontananza en las calles despobladas, de las que ya me he preocupado de eliminar los coches y los camiones y los autobuses. Me gusta ver el suelo callejero despejado y liso como la pista de una bolera.
Después me dedico a abolir cuarteles, cuerpos de guardia, comisarías; todas las personas de uniforme se desvanecen como si nunca hubieran existido. Quizá se me ha ido la mano; me doy cuenta de que sufren la misma suerte los bomberos, los carteros, los barrenderos municipales y otras categorías que podían merecidamente aspirar a distinto trato; pero ahora a lo hecho pecho: uno no puede estar siempre hilando tan fino. Para no crear inconvenientes me apresuro a abolir los incendios, las basuras, y también el correo, que en resumidas cuentas no trae más que engorros.
Compruebo que no hayan quedado en pie hospitales, clínicas, hospicios: borrar médicos, enfermeros, enfermos me parece la única salud posible. Después los tribunales llenos de magistrados, abogados, acusados y demandantes; las cárceles con presos y guardianes dentro. Luego borro la universidad con todo el cuerpo académico, la academia de ciencias letras y artes, el museo, la biblioteca, los monumentos con sus correspondientes vigilantes, el teatro, el cine, la televisión, los periódicos. Si creen que me podrán detener con el respeto a la cultura, se equivocan.
Después les toca a las estructuras económicas que desde hace demasiado tiempo siguen imponiendo su desmandada pretensión de determinar nuestras vidas. ¿Qué se creen? Disuelvo una por una las tiendas, empezando por las de artículos de primera necesidad para acabar con los consumos de lujo y superfluos: primero desproveo los escaparates de géneros, después borro los mostradores, los estantes, las dependientas, las cajeras, los gerentes. La multitud de clientes se queda un segundo confusa tendiendo las manos al vacío, viendo volatilizarse los carritos de ruedas; luego también ella es tragada por la nada. Del consumo me remonto a la producción: abolida la industria, ligera y pesada, extinguidas las materias primas y las fuentes de energía. ¿Y la agricultura? ¡Fuera también! Y para que no se diga que tiendo a retroceder a las sociedades primitivas, excluyo también la caza y la pesca.
La naturaleza... Ja, ja, no crean que no he comprendido que también ésta de la naturaleza es una linda impostura: ¡muera! Basta con que quede una capa de corteza terrestre lo bastante sólida bajo los pies, y el vacío por todas las demás partes.
Continúo mi paseo por la Perspectiva, que ahora ya no se distingue de la ilimitada llanura desierta y helada. No hay ya muros en lo que alcanza la vista, ni tampoco montañas o colinas; ni un río, ni un lago, ni un mar: sólo una extensión llana y gris de hielo compacto como el basalto. Renunciar a las cosas es menos difícil de lo que se cree: todo estriba en empezar. Una vez que has logrado prescindir de algo que creías esencial, adviertes que puedes pasarte también sin alguna otra cosa, y luego aún sin otras muchas cosas. Aquí estoy pues recorriendo esta superficie vacía que es el mundo. Hay un viento a ras de tierra que arrastra con ráfagas de cellisca los últimos residuos del mundo desaparecido: un racimo de uvas maduras que parece recién cogido del sarmiento, un zapatito de lana de bebé, una articulación cardán bien aceitada, una página que se diría arrancada de una novela en lengua española con un nombre de mujer: Amaranta. ¿Era hace unos segundos o hace muchos siglos cuando todo ha cesado de existir? He perdido ya el sentido del tiempo."

Italo Calvino, Si una noche de invierno un viajero

lunes, 16 de julio de 2012

Lo insoportable





"En 1963, en Cahiers du Cinema, escribe Godard: "El único verdadero film que podría hacerse sobre (los campos de concentración)- que jamás se rodó y que no se rodará jamás porque sería intolerable- sería filmar un campo desde el punto de vista de los torturadores, con sus problemas cotidianos. ¿Cómo hacer entrar un cuerpo humano de dos metros en un féretro de cincuenta centímetros? ¿Cómo descargar diez toneladas de brazos y piernas en un vagón para sólo tres? ¿Cómo quemar cien mujeres con gasolina para diez? (...) Lo insoportable no sería el horror que destilarían tales escenas sino, muy por el contrario, su aspecto perfectamente normal y humano."

Las palabras





"Las palabras son
horcas donde a trozos
cuelgo la razón." 

Salvador Espriu



I beg your pardon





Meditación, con ciertos ripios, en
torno a la teoría atómica, tal como
se la alude en los periódicos.

Cuando el centro del mundo
no eres exactamente tú
(por más ilusiones que te hagas),
si te despertasen en mitad de la noche,
no quieras preguntarte por qué vives:
distráete royéndote la uña de un dedo.
Cuando el centro del mundo
queda tan lejos
de ti
que honestamente
empiezas a comprender que eres nadie,
detente un momento
y arréales, a las primeras narices, un puñetazo.

Problemas cada vez más esquivos
vienen a turbarte el dulce sueño.
Ya sólo te faltaba, por lo que dices,
descubrir que no eres exactamente el centro del mundo.

Vecino de Badalona o de Estambul,
tanto si eres activo como si eres gandul,
en este nuestro mundo sin mañana
es muy difícil que ganes tu pan.
No te daré el más mínimo consuelo:
un día cualquiera te volarán.
Mas entretanto evita algunos trastornos
abrochándote muy bien los pantalones.

Salvador Espriu


Nostalgia













                              Locvizza, 28 Septiembre 1916

Cuando
la noche está por pasar
un poco antes de empezar la primavera
y la gente
comience a transitar

Un sombrío color
de llanto
se espesa sobre París

En la esquina
del puente
contemplo
el inabarcable silencio
de una pobre niña

Nuestras dos
enfermedades
van juntas

Y si arrastradas a otro lugar
allá estaríamos juntos

Giuseppe Ungaretti


domingo, 15 de julio de 2012

He who has a why






Del más puro menos




Menos que el circo ajado de tus sueños
y que el signo ya roto entre tus manos.
Menos que el lomo absorto de tus libros
y que el libro escondido
de páginas en blanco.
Menos que los amores que tuviste
y que el tizne que alarga los amores.
Menos que el dios que alguna vez fue ausencia
y hoy ni siquiera es ausencia.
Menos que el cielo que no tiene estrellas,
menos que el canto que perdió la música,
menos que el hombre que vendió su hambre,
menos que el ojo seco de los muertos,
menos que el humo que olvidó su aire.

Y ya en la zona del más puro menos
colocar todavía un signo menos
y empezar hacia atrás a unir de nuevo
la primera palabra,
a unir su forma de contacto oscuro,
su forma anterior a sus letras,
la vértebra inicial del verbo oblicuo
donde se funda el tiempo transparente
del firme aprendizaje de la nada.
Y tener buen cuidado
de no errar otra vez el camino
y aprender nuevamente
la farsa de ser algo.

Roberto Juarroz

viernes, 13 de julio de 2012

An iciness, a sinking, a sickening of the heart





"During the whole of a dull, dark, and soundless day in the autumn of the year, when the clouds hung oppressively low in the heavens, I had been passing alone, on horseback, through a singularly dreary tract of country, and at length found myself, as the shades of the evening drew on, within view of the melancholy House of Usher. I know not how it was—but, with the first glimpse of the building, a sense of insufferable gloom pervaded my spirit. I say insufferable; for the feeling was unrelieved by any of that half-pleasurable, because poetic, sentiment with which the mind usually receives even the sternest natural images of the desolate or terrible. I looked upon the scene before me—upon the mere house, and the simple landscape features of the domain—upon the bleak walls—upon the vacant eye-like windows—upon a few rank sedges—and upon a few white trunks of decayed trees—with an utter depression of soul which I can compare to no earthly sensation more properly than to the after-dream of the reveller upon opium—the bitter lapse into every-day life—the hideous dropping off of the veil. There was an iciness, a sinking, a sickening of the heart—an unredeemed dreariness of thought which no goading of the imagination could torture into aught of the sublime."



miércoles, 11 de julio de 2012

Notice






Vita Sackville-West’s Love Letter to Virginia Woolf





"…I am reduced to a thing that wants Virginia. I composed a beautiful letter to you in the sleepless nightmare hours of the night, and it has all gone: I just miss you, in a quite simple desperate human way. You, with all your undumb letters, would never write so elementary a phrase as that; perhaps you wouldn’t even feel it. And yet I believe you’ll be sensible of a little gap. But you’d clothe it in so exquisite a phrase that it should lose a little of its reality. Whereas with me it is quite stark: I miss you even more than I could have believed; and I was prepared to miss you a good deal. So this letter is really just a squeal of pain. It is incredible how essential to me you have become. I suppose you are accustomed to people saying these things. Damn you, spoilt creature; I shan’t make you love me any more by giving myself away like this — But oh my dear, I can’t be clever and stand-offish with you: I love you too much for that. Too truly. You have no idea how stand-offish I can be with people I don’t love. I have brought it to a fine art. But you have broken down my defenses. And I don’t really resent it."

Used Book Simulation




martes, 10 de julio de 2012

The Lover Tells Of The Rose In His Heart






ALL things uncomely and broken, all things worn out and old,
The cry of a child by the roadway, the creak of a lumbering cart,
The heavy steps of the ploughman, splashing the wintry mould,
Are wronging your image that blossoms a rose in the deeps of my heart.

The wrong of unshapely things is a wrong too great to be told;
I hunger to build them anew and sit on a green knoll apart,
With the earth and the sky and the water, re-made, like a casket of gold
For my dreams of your image that blossoms a rose in the deeps of my heart. 

William Butler Yeats


ERROR 0036



The suicide kid






I went to the worst of bars
hoping to get
killed.
but all I could do was to
get drunk
again.
worse, the bar patrons even
ended up
liking me.
there I was trying to get
pushed over the dark
edge
and I ended up with
free drinks
while somewhere else
some poor
son-of-a-bitch was in a hospital
bed,
tubes sticking out all over
him
as he fought like hell
to live.
nobody would help me
die as
the drinks kept
coming,
as the next day
waited for me
with its steel clamps,
its stinking
anonymity,
its incogitant
attitude.
death doesn’t always
come running
when you call
it,
not even if you
call it
from a shining
castle
or from an ocean liner
or from the best bar
on earth (or the
worst).
such impertinence
only makes the gods
hesitate and
delay.
ask me: I’m
72.

Charles Bukowski


Defensa de la metáfora




El revés de la muerte (no la vida)
el que clama por agua (no el sediento)
el sustento vital (no el alimento)
la huella del puñal (nunca la herida)
Muchacha antidesnuda (no vestida)
el pórtico del beso (no el aliento)
el que llega después (jamás el lento)
la vuelta del adiós (no la partida)
La ausencia del recuerdo (no el olvido)
lo que puede ocurrir (jamás la suerte)
la sombra del silencio (nunca el ruido)
Donde acaba el más débil (no el más fuerte)
el que sueña que sueña (no el dormido)
el revés de la vida (no la muerte)

Luis Rogelio Nogueras

Dígame, ¿no quema un poco la vergüenza?





"¡Ah, créame que en modo alguno me complazco en contarle todo esto! Cuando pienso en ese período de mi vida en el que exigía tanto sin dar nada yo mismo, en el que movilizaba a tantos seres para servirme de ellos, en que los ponía, por así decirlo, al hielo para tenerlos un día u otro a mano, de acuerdo con lo que me conviniera, no sé en verdad cómo llamar al curioso sentimiento que me invade. ¿No será vergüenza? Dígame, querido compatriota, ¿no quema un poco la vergüenza? ¿Sí?
Entonces tal vez se trate de ella o de uno de esos ridículos sentimientos ligados al honor. En todo caso me parece que ese sentimiento no hubo ya de abandonarme desde aquella aventura que encontré en el centro de mi memoria y cuyo relato ya no puedo diferir por más tiempo, a pesar de mis digresiones y de los esfuerzos de una inventiva a la que espero haga usted justicia.
¡Vaya, dejó de llover! Tenga usted la bondad de acompañarme hasta mi casa. Estoy cansado, extrañamente cansado. No por haber hablado, sino ante la sola idea de lo que todavía tengo que decir."

Albert Camus, La Caída 


lunes, 9 de julio de 2012

Two things




En una red de líneas que se entrelazan







  "La primera sensación que debería transmitir este libro es lo que experimento cuando oigo el timbre de un teléfono, y digo debería porque dudo de que las palabras escritas puedan dar una idea ni siquiera parcial: no basta con declarar que la mía es una reacción de rechazo, de fuga de esta llamada agresiva y amenazadora, sino también de urgencia, de insostenibilidad, de coerción que me empuja a obedecer a la imposición de ese sonido precipitándome a contestar incluso con la certeza de que sólo se derivará para mi pena y malestar. Ni creo que más que un intento de descripción de este estado de ánimo valdría una metáfora, por ejemplo, la quemazón lacerante de una flecha que penetra en la carne desnuda de mi costado, y no porque no se pueda recurrir a una sensación imaginaria para expresar una sensación conocida, dado que aunque nadie sepa ya lo que se experimenta al ser herido por una flecha todos pensamos que nos lo podemos imaginar fácilmente —la sensación de estar indefenso, sin amparo en presencia de algo que nos alcanza desde espacios ajenos y desconocidos; y esto vale muy bien para el timbre del teléfono—, sino porque la inexorabilidad perentoria, sin modulaciones, de la flecha excluye todas las intenciones, las implicaciones, las vacilaciones que puede tener la voz de alguien que no veo, que ya antes de que diga algo puedo prever si no lo que dirá al menos la reacción que suscitará en mí lo que va a decir. Lo ideal sería que el libro empezase dando la sensación de un espacio ocupado enteramente por mi presencia, porque a mi alrededor no hay sino objetos inertes, teléfono incluido, un espacio que parece no poder contener más que a mí, aislado en mi tiempo interior, y después la interrupción de la continuidad del tiempo, el espacio que no es ya el de antes porque está ocupado por el timbre, y mi presencia que no es ya la de antes, porque está condicionada por la voluntad de este objeto que llama. Sería preciso que el libro empezase expresando todo esto no una sola vez, sino como una diseminación en el espacio y en el tiempo de estos timbrazos que desgarran la continuidad del espacio y del tiempo y de la voluntad.
  Acaso el error sea establecer que al principio estamos yo y un teléfono en un espacio finito como sería mi casa, mientras que lo que debo comunicar es mi situación respecto a muchos teléfonos que suenan, teléfonos que a lo mejor no me llaman a mí, no tienen conmigo ninguna relación, pero basta el hecho de que yo pueda ser llamado a un teléfono para hacer posible o al menos pensable que pueda ser llamado por todos los teléfonos. Por ejemplo, cuando suena el teléfono en una casa vecina a la mía y por un momento me pregunto si suena en mi casa, una duda que al punto resulta infundada, pero de la cual, sin embargo, queda un residuo, ya que podría darse que la llamada en realidad sea para mí, pero que por un error de número o un contacto de los cables haya acabado en el vecino, tanto más cuanto que en aquella casa no hay nadie para contestar y el teléfono sigue timbreando, y entonces con la lógica irracional que el timbre nunca deja de despertar yo pienso: quizá es de veras para mí, quizá el vecino está en casa y no contesta porque lo sabe, quizá también quien llama sabe que llama a un número equivocado, pero lo hace adrede para mantenerme en este estado, sabiendo que no puedo contestar, pero que sé que debería contestar.
  O bien la angustia de cuando apenas he salido de casa y oigo sonar un teléfono que podría ser el mío o bien el de otro apartamento y regreso atropelladamente, llego jadeante por haber subido las escaleras a la carrera y el teléfono calla y nunca sabré si la llamada era para mí.
  O también mientras estoy en la calle, y oigo sonar los teléfonos en casas desconocidas; hasta cuando estoy en ciudades desconocidas, en ciudades donde todos ignoran mi presencia, incluso entonces, oyendo sonar, cada vez mi primera idea durante una fracción de segundo es que ese teléfono me llama a mí, y en la siguiente fracción de segundo se produce el alivio de saberme por ahora excluido de toda llamada, inalcanzable, a salvo, pero es sólo una fracción de segundo lo que dura ese alivio, porque inmediatamente después pienso que no es sólo ese teléfono desconocido el que está sonando, sino que está también a muchos kilómetros, cientos y miles de kilómetros, el teléfono de mi casa que seguramente en ese mismo momento suena sin interrupción en las habitaciones desiertas, y de nuevo me veo desgarrado entre la necesidad y la imposibilidad de contestar.
  Todas las mañanas antes de la hora de mis clases hago una hora de jogging, es decir, me pongo el chandal olímpico y salgo a correr porque siento la necesidad de moverme, porque los médicos me lo han prescrito para combatir la obesidad que me oprime, y también para desahogar un poco los nervios. En este lugar si durante el día no se va al campus, a la biblioteca, o a escuchar los cursos de los colegas o a la cafetería de la universidad no se sabe a dónde ir; por tanto lo único que se puede hacer es ponerse a correr de un lado a otro por la colina, entre arces y sauces, como hacen muchos estudiantes y también muchos colegas. Nos cruzamos por los senderos crujientes de hojas y a veces nos decimos: «Hi!», a veces nada porque debemos ahorrar aliento. También ésta es una ventaja del correr respecto a los demás deportes: cada cual va por su cuenta y no tiene que rendir cuentas a los otros.
  La colina está toda poblada y al correr bordeo casas de madera de dos pisos con jardín, todas distintas y todas parecidas, y de vez en cuando oigo sonar un teléfono. Eso me pone nervioso; involuntariamente aflojo el paso; aguzo la oreja para oír si hay alguien que va a contestar y me impaciento si el timbre continúa. Al continuar la carrera paso ante otra casa donde suena un teléfono, y pienso: «Hay un telefonazo que me está persiguiendo, hay alguien que busca en la guía de calles todos los números de Chestnut Lane y llama a una casa tras otra para ver si me alcanza.»
  A veces las casas están todas silenciosas y desiertas, por los troncos corren las ardillas, las urracas bajan a picar el trigo dejado para ellas en escudillas de madera. Al correr advierto una vaga sensación de alarma, y antes aún de captar el sonido con la oreja la mente registra la posibilidad del timbrazo, casi lo llama, lo ansia desde su propia ausencia, y en ese momento de una casa me llega, primero amortiguado y después cada vez más claro, el repiqueteo de la campanilla, cuyas vibraciones desde hacía tiempo habían sido recogidas ya por una antena en mi interior antes de que las percibiese el oído, y entonces me hundo en una manía absurda, soy prisionero de un círculo en cuyo centro está el teléfono que suena dentro de aquella casa, corro sin alejarme, me demoro sin acortar mis zancadas.
  «Si nadie ha contestado hasta ahora es señal de que no hay nadie en casa... Pero entonces, ¿por qué siguen llamando? ¿Qué esperan? ¿Quizá vive ahí un sordo, y esperan hacerse oír insistiendo? ¿Quizá vive un paralítico, y hay que darle un tiempo larguísimo para que pueda arrastrarse hasta el aparato... Quizá vive un suicida, y mientras siguen llamándolo queda una esperanza de contener el gesto supremo...» Pienso que quizá debería tratar de ser útil, de echar una mano, ayudar al sordo, al paralítico, al suicida... Y al tiempo pienso —con la absurda lógica que trabaja dentro de mí —que al hacer eso podría aclarar si por casualidad me están llamando a mí...
  Sin dejar de correr empujo la cancela, entro en el jardín, doy una vuelta a la casa, exploro el terreno de detrás, tuerzo por detrás del garaje, del cobertizo de las herramientas, de la caseta del perro. Todo parece desierto, vacío. Por una ventana abierta en la trasera se ve una habitación en desorden, el teléfono sobre la mesa que sigue sonando. La persiana bate; el marco de los cristales se engancha en la cortina hecha jirones.
  He dado ya tres vueltas alrededor de la casa; sigo haciendo los movimientos del jogging, alzando los codos y los talones, respirando con el ritmo de la carrera para que esté claro que mi intrusión no es la de un ratero; si me sorprendieran en este momento me resultaría difícil explicar que he entrado porque oía sonar el teléfono. Ladra un perro, no aquí, es el perro de otra casa, que no se ve; pero por un momento la señal «perro que ladra» es en mí más fuerte que la «teléfono que suena» y eso basta para abrir un paso en el círculo que me tenía prisionero: reanudo mi carrera entre los árboles de la calle, dejando el timbre a mis espaldas cada vez más amortiguado.
  Corro hasta donde ya no hay más casas. En un prado me detengo a recobrar el resuello. Hago flexiones, dominaciones, me doy masaje en los músculos de las piernas para que no se enfríen. Miro la hora. Llevo retraso, tengo que volver si no quiero hacer esperar a mis alumnos. Sólo faltaba que se difundiera la voz de que corro por los bosques en la hora en que debería dar clases... Me lanzo por el camino de regreso sin fijarme en nada, aquella casa ni siquiera la reconoceré, la rebasaré sin darme cuenta. Por lo demás, es una casa igual a las otras en todo y por todo, y el único modo de distinguirla sería que el teléfono sonase todavía, cosa imposible...
  Cuantas más vueltas les doy a estos pensamientos en la cabeza, corriendo cuesta abajo, más me parece que vuelvo a oír el timbre, a oírlo cada vez más claro y evidente, ya tengo de nuevo a la vista la casa y el teléfono sigue sonando. Entro en el jardín, tuerzo por detrás de la casa, corro a la ventana. Basta con que alargue la mano para descolgar el receptor. Digo jadeante:
  —Aquí no hay...—y por el receptor una voz, un poco impaciente, pero sólo un poco, porque lo que más impresiona de esa voz es la frialdad, la calma, dice:
  —Escúchame bien. Marjorie está aquí, dentro de poco despertará, pero está atada y no puede escapar. Grábate bien la dirección: 115, Hillside Drive. Si vienes a buscarla, estupendo; si no, en el sótano hay un bidón de queroseno y una carga de plástico conectada a un timer. Dentro de media hora esta casa estará en llamas.
  —Pero yo no...—empiezo a decir.
  Ya han colgado.
  ¿Y ahora qué hago? Podría llamar a la policía, sí, a los bomberos, desde este mismo teléfono, pero cómo me las arreglo para explicar, cómo justifico el que yo, en resumen, ¿cómo puedo meterme en esto yo que nada tengo que ver? Vuelvo a echar a correr, doy otra vez la vuelta a la casa, después reanudo el camino.
  Lo siento por la tal Marjorie pero para haberse metido en semejantes líos vete a saber en qué historias estará implicada, y si aparezco a salvarla nadie querrá creer que no la conozco, se originará todo un escándalo, yo soy un profesor de otra universidad invitado aquí como visiting professor, el prestigio de ambas universidades se resentiría...
  Cierto que cuando está en peligro una vida estas consideraciones deberían pasar a segundo plano... Aflojo la carrera. Podría entrar en una cualquiera de estas casas, pedir que me dejen telefonear a la policía, decir ante todo muy claro que yo a esa Marjorie no la conozco, que no conozco a ninguna Marjorie...
  A decir verdad aquí en la Universidad hay una estudiante que se llama Marjorie, Marjorie Stubbs: me he fijado en seguida en ella entre las chicas que siguen mis cursos. Es una chica que me había gustado mucho, por así decirlo, lástima que aquella vez que la invité a mi casa para prestarle libros se creara una situación embarazosa. Fue un error invitarla: eran los primeros días de clase, todavía no sabían aquí qué tipo era yo, ella podía interpretar mal mis intenciones, surgió aquel equívoco, desagradable equívoco, claro, aún hoy muy difícil de disipar porque ella tiene esa manera irónica de mirarme, a mí que no sé dirigirle la palabra sin balbucear, también las otras chicas me miran con una sonrisa irónica...
  No quisiera ahora que el malestar despertado en mí por el nombre de Marjorie bastase para impedirme una intervención en auxilio de otra Marjorie en peligro de muerte... A menos que el telefonazo estuviera dirigido precisamente a mí... Una poderosísima banda de gangsters me vigila, saben que todas las mañanas hago jogging subiendo por esa calle, quizá tienen un observatorio en la colina con un telescopio para seguir mis pasos, cuando me acerco a esa casa desierta llaman por teléfono, me llaman a mí, porque saben el mal papel que hice con Marjorie aquel día en mi casa y me chantajean...
  Me encuentro casi sin advertirlo en la entrada del campus, siempre corriendo, con chandal y zapatos de goma, no he pasado por casa a cambiarme y a coger los libros, ¿qué hago ahora? Sigo corriendo por el campus, me encuentro con chicas que cruzan el prado en grupitos, son mis alumnas que están yendo ya a mi clase, me miran con esa sonrisa irónica que no puedo sufrir.
  Paro a Lorna Clifford sin dejar de hacer los movimientos de la carrera, le pregunto: 
  —¿Está Stubbs?
  La Clifford parpadea: 
  —¿Marjorie? Hace, dos días que no la veo... ¿Por qué?
  Yo ya he escapado. Salgo del campus. Cojo Grosvenor Avenue, después Cedar Street, después Maple Road. Estoy totalmente sin resuello, corro sólo porque no siento la tierra bajo los pies, ni los pulmones en el pecho. Ahí está Hillside Drive: Once, quince, veintisiete, cincuenta y uno; menos mal que la numeración avanza rápidamente, saltando de diez en diez. Aquí está el 115. La puerta está abierta, subo la escalera, entro en un cuarto en penumbra. Atada sobre un sofá está Marjorie, amordazada. La suelto. Vomita. Me mira con desprecio.
  —Eres un bastardo —me dice."
Italo Calvino, Si una noche de invierno un viajero