martes, 30 de octubre de 2012

Cien mil olas nos envuelven



Educados en el silencio, la tranquilidad y la austeridad,
de repente se nos arroja al mundo;
cien mil olas nos envuelven,
todo nos seduce, muchas cosas nos atraen,
otras muchas nos enojan,
y de hora en hora
titubea un ligero sentimiento de inquietud;
sentimos y lo que sentimos lo enjuaga la abigarrada
confusión del mundo.

Goethe

I got tired, I told him




"I got tired, I told him. Not worn out, but worn through. Like one of those wives who wakes up one morning and says I can't bake any more bread. You never bake bread, he wrote, and we were still joking. Then it's like I woke up and baked bread, I said, and we were joking even then. I wondered will there come a time when we won't be joking? And what would it look like? And how would that feel? When I was a girl, my life was music that was always getting louder. Everything moved me. A dog following a stranger. That made me feel so much. A calender that showed the wrong month. I could have cried over it. I did. Where the smoke from the chimney ended. How an overturned bottle rested at the edge of a table. I spent my life learning to feel less. Every day I felt less. Is that growing old? Or is it something worse? You cannot protect yourself from sadness without protecting yourself from happiness.” 


Jonathan Safran Foer, Extremely Loud & Incredibly Close

You might be a WASN'T




Las ratas




"Las ratas, además, son inteligentes, y a menudo trabajan en cooperación. En el antiguo mercado de aves de corral de Gansvevoot, en Greenwich Village, Nueva York, las autoridades responsables del control de plagas no comprendían cómo hacían las ratas para robar huevos sin romperlos, por lo que decidieron que un exterminador montara guardia durante la noche para observar. Lo que vio fue una rata que abarcaba el huevo con sus cuatro patas para cogerlo y se tumbaba de espaldas. A continuación, una segunda rata tiraba de la primera rata por la cola y la arrastraba hacia la madriguera, donde compartian tranquilamente su premio. De un modo similar, los trabajadores de una planta de procesados cárnicos veían cómo, noche tras noche, las piezas de carne colgadas de los ganchos caían al suelo y eran devoradas. Un exterminador llamado Irving Billing montó guardia y descubrió finalmente que las ratas se acercaban en manada y formaban una pirámide justo debajo de la pieza de carne elegida y, a continuación, otra rata escalaba hasta la cima de aquella pequeña montaña y saltaba sobre la carne desde allí. Después trepaba hasta lo alto de la pieza de carne e iba mordisqueando por las proximidades del gancho hasta que la carne caía al suelo, momento en cual centenares de ratas hambrientas se abalanzaban con fervor sobre ella."

Bill Bryson, En casa

Dear Children of Troy





If you want to find out






“I’ve always said 
if you want to find out who your friends are
go to a madhouse or
jail. And if you want to find out where love is not
be a perpetual
loser.”

Charles Bukowski, Now.

Retorno a Austria






"Desde el punto de vista de la lógica, lo más insensato que podía yo hacer tras la derrota de las armas alemanas y austríacas era volver a Austria, aquella Austria que ya sólo brillaba con luz crepuscular en el mapa de Europa, como una sombra difusa, gris y exánime de la antigua monarquía imperial. Los checos, los polacos, los italianos y los eslovenos le habían arrebatado las tierras; lo que quedaba era un tronco mutilado que sangraba por todas las arterias. De los seis o siete millones de hombres obligados a llamarse «austríacos alemanes», sólo en la ciudad ya se apiñaban dos, muertos de hambre y de frío; las fábricas que habían enriquecido al país se hallaban ahora en territorio extranjero y los ferrocarriles se habían convertido en lastimeros muñones; se había robado el oro del Banco Nacional y a éste se le había cargado el gigantesco peso de los préstamos de guerra. Las fronteras estaban todavía sin definir, porque la Conferencia de Paz justo acababa de empezar y aún no se habían fijado los compromisos; no había harina ni pan ni carbón ni petróleo; una revolución parecía inevitable o, si no, sólo se vislumbraba una solución catastrófica. Según todas las previsiones humanas, aquel país creado artificialmente por los Estados vencedores no podía existir como país independiente ni (todos los partidos, el socialista, el clerical y el nacional, lo pregonaban a coro) tampoco quería serlo. Que yo sepa, por primera vez en la historia se dio el caso paradójico de que un país se viera obligado a aceptar una independencia que rechazaba con encono. Austria quería volver a unirse a los Estados vecinos de antes o a Alemania, con la que tenía vínculos de sangre, pero por nada del mundo deseaba llevar una vida de pordiosero con el cuerpo mutilado. Los Estados vecinos, en cambio, no querían una alianza económica con aquella Austria, en parte porque la consideraban demasiado pobre y, en parte también, porque temían que volviesen los Habsburgos; por otro lado, los aliados habían prohibido su anexión a Alemania para no fortalecer a la Alemania vencida. Se decretó, pues, que debía existir la República Austroalemana. A un país que no quería existir se le ordenaba (caso único en la historia): «¡Tienes que existir!»

Ni yo mismo puedo explicarme ahora qué fue lo que me impulsó a volver voluntariamente a un país que pasaba por la peor época de su historia. Pero los hombres de la preguerra nos habíamos criado, a pesar de todo y de todos, con un sentido del deber muy fuerte; creíamos que más que nunca formábamos parte de una patria y una familia que sufrían momentos de extrema necesidad. Me parecía una cobardía rehuir cómodamente la tragedia que se estaba preparando allí y—precisamente como autor de Jeremías—sentía la responsabilidad de ayudar con la palabra a superar la derrota. Inútil durante la guerra, ahora, tras la derrota, me parecía que había encontrado el lugar que me correspondía, tanto más cuanto que, con mi oposición a la prolongación de la guerra, había adquirido un cierto ascendente moral, sobre todo entre los jóvenes. Y aun cuando nada pudiera hacer, por lo menos me quedaba la satisfacción de compartir el sufrimiento general que se preveía.

En aquellos momentos un viaje a Austria requería preparativos como si de una expedición al Ártico se tratara. Era preciso equiparse con vestidos gruesos y ropa interior de lana, porque se sabía que al otro lado de la frontera no había carbón y el invierno estaba a las puertas. La gente se hacía poner suelas en los zapatos, porque allí sólo las había de madera. Llevaba consigo provisiones y chocolate, tanto como Suiza permitía, para no pasar hambre hasta que le concedieran la primera tarjeta de racionamiento. Aseguraba el equipaje al precio más alto, porque la mayoría de furgones eran saqueados y cada zapato, cada prenda de vestido era insustituible; sólo cuando, diez años más tarde, viajé a Rusia, tuve que hacer unos preparativos semejantes. Por unos instantes permanecí todavía indeciso en la estación fronteriza de Buchs, a la que había llegado tan feliz hacía menos de un año, y me preguntaba si no debía volverme atrás en el último minuto. Me daba cuenta de que era la decisión de mi vida, pero finalmente tomé el camino más duro y difícil: volví a subir al tren.

A mi llegada hacía un año a la estación fronteriza de Buchs, había vivido un momento emocionante. Ahora, a la vuelta, me aguardaba otro no menos inolvidable en la estación austríaca  de  Feldkirch.  Ya  en  el  mismo  instante  de  apearme  del  tren  noté  una  extraña agitación entre los aduaneros y los policías. No nos prestaron demasiada atención y despacharon la revisión de equipajes de un modo absolutamente indolente: estaba muy claro que esperaban algo más importante. A la postre sonó la campana anunciando la llegada de un tren procedente del lado austríaco. Los policías formaron, los aduaneros salieron en tropel de las casetas y sus mujeres, seguramente informadas de antemano, se congregaron en el andén; entre los presentes me llamó especialmente la atención una señora mayor, vestida de negro, con sus dos hijitas, probablemente una aristócrata, a juzgar por su porte y su ropa. Visiblemente emocionada, no cesaba de enjugarse los ojos con un pañuelo.

Lenta, casi diría majestuosamente, el tren entró en la estación; un tren especial: no eran los habituales vagones de pasajeros, viejos, deslustrados y descoloridos por la lluvia, sino unos vagones negros y anchos, un tren salón. La locomotora se detuvo. Una agitación perceptible recorrió las filas de los que esperaban, y yo todavía no sabía el porqué. Entonces reconocí, de pie tras el cristal de la ventana, al emperador Carlos, el último emperador de Austria,  y  a  su  esposa,  la  emperatriz  Zita,  vestida  de  negro.  Me  estremecí:  ¡el  último emperador de Austria, el heredero de la dinastía de los Habsburgos  que había gobernado el país durante setecientos años abandonaba su imperio! Pese a haberse negado a abdicar, la República le había consentido (o, mejor dicho, le había impuesto) una salida con todos los honores. Ahora aquel hombre alto y serio miraba por la ventana y contemplaba por última vez las montañas, las casas y las gentes de su país. Viví un momento histórico, momento, además, doblemente conmovedor para alguien que se había criado en la tradición del imperio, que la primera canción que había aprendido en la escuela era la «Canción del emperador» y que después, en el servicio militar, había jurado «obediencia en tierra, mar y aire» a aquel hombre vestido de paisano y con ademán grave y pensativo. Innumerables veces había visto al viejo emperador en la magnificencia de las grandes solemnidades, ahora ya legendaria; lo había visto en la escalinata de Schönbrunn, rodeado de su familia y de los flamantes uniformes de los generales, recibiendo el homenaje de los ochenta mil escolares de Viena que, formados en la espaciosa explanada verde del palacio, cantaban a coro con sus enternecedoras vocecitas el «Dios guarde al emperador» de Haydn. Lo había visto en el baile de palacio, en las representaciones del Théâtre Paré, con su lustroso uniforme, y también en Ischl, saliendo de cacería con el verde sombrero estirio; lo había visto, con la cabeza devotamente agachada, dirigiéndose a la iglesia de San Esteban en la procesión del Corpus, y lo había visto aquel día nublado y lluvioso de invierno junto al túmulo cuando, en plena guerra, enterraron al anciano en la cripta de los Capuchinos. «El emperador»: esta palabra había sido para nosotros la quintaesencia del poder y de la riqueza, el símbolo de la perpetuidad de Austria, y habíamos aprendido de pequeños a pronunciar estas cuatro sílabas con respeto. Y ahora veía a su heredero, el último emperador de Austria, expulsado de su país. La gloriosa sucesión de Habsburgos que, siglo tras siglo, se había pasado de mano en mano la corona y el globo imperiales, tocaba a su fin en aquel momento. Todos los que nos rodeaban percibían historia, historia universal, en aquella trágica escena. Los gendarmes, los policías y los soldados parecían perplejos y, un poco avergonzados, desviaban la mirada, porque no sabían si todavía les estaba permitido rendirle los honores de costumbre; las mujeres no se atrevían a levantar la vista; nadie hablaba y así, de repente, se pudieron oír los últimos sollozos de la anciana vestida de luto que había venido, quién sabe de dónde, para ver una vez más a «su» emperador. Finalmente el revisor dio la señal. Todos nos sobresaltamos sin querer. Fue un segundo inapelable. La locomotora arrancó con un fuerte tirón, como si también ella tuviera que esforzarse, y el tren se alejó lentamente. Los aduaneros lo siguieron con una mirada llena de respeto. Luego volvieron a sus oficinas con una cierta perplejidad, como la que se observa en los entierros. En aquel instante llegaba realmente a su fin una monarquía casi milenaria.

Yo sabía que regresaba a otra Austria, a otro mundo.
Tan pronto como el tren hubo desaparecido en la lejanía, nos mandaron bajar de los relucientes y limpios vagones suizos y subir a los austríacos. Y sólo bastaba con poner el pie en ellos para adivinar lo que le había ocurrido a este país. Los revisores que señalaban los asientos a los pasajeros se arrastraban de un lado para otro, delgados, hambrientos y desharrapados; los uniformes, rotos y gastados, colgaban holgados de sus hundidos hombros. Las correas para subir y bajar las ventanillas habían sido cortadas, porque cualquier trozo de cuero  tenía  un  gran  valor.  Bayonetas  y  cuchillos  depredadores  habían  causado  estragos también en los asientos; trozos enteros del acolchado habían sido salvajemente arrancados por algún desaprensivo que querría remendarse los zapatos y sacaba el cuero de donde lo encontraba. Asimismo, alguien había robado los ceniceros para aprovechar el poquito de níquel y cobre que contenían. El viento de finales de otoño empujaba dentro de los vagones, por las ventanas destrozadas, el humo y el hollín del miserable lignito con que funcionaban las locomotoras; ennegrecían el suelo y las paredes, pero al menos su mal olor mitigaba el penetrante hedor de yodoformo que recordaba al gran número de enfermos y heridos que aquellos esqueléticos vagones habían transportado durante la guerra. Sin embargo, el hecho de que el tren avanzara ya era un milagro, aunque fuera largo y lento; cada vez que las ruedas, mal engrasadas, chirriaban con menor estridencia, temíamos que a la locomotora, agotada por el trabajo, le faltara el aliento. Para un trayecto que normalmente se cubría en una hora, hacían falta cuatro o cinco y, al anochecer, la oscuridad en el interior del tren era absoluta. Las bombillas estaban rotas o habían sido robadas; si alguien buscaba algo, tenía que andar a tientas con cerillas, y si no pasábamos frío era porque, desde el principio, nos habíamos sentado siete u ocho bien juntos y apretados. Pero ya en la primera estación subió más gente y se metió en los vagones como pudo, cansada de tantas horas de espera. Los pasillos estaban abarrotados, incluso en los estribos se acurrucaban algunas personas, expuestas al frío de la noche casi invernal y, además, todo el mundo apretaba contra su cuerpo el equipaje y un paquete de víveres; nadie se atrevía a soltar nada de la mano en medio de la oscuridad, ni siquiera por un minuto. Me daba cuenta de que había salido de un mundo de paz para volver a los horrores de la guerra que ya creía acabados.

Antes de llegar a Innsbruck la locomotora de repente empezó a jadear y, a pesar de todos los resoplidos y silbidos, no pudo superar una pequeña cuesta. Nerviosos, los empleados del ferrocarril corrían de un lado para otro con sus humeantes linternas en medio de las tinieblas. Pasó una hora antes de que llegara resollando una máquina de repuesto y luego necesitamos diecisiete horas, en lugar de siete, para llegar a Salzburgo. No había un solo mozo de cuerda en toda la estación; finalmente, unos cuantos soldados desharrapados se ofrecieron bondadosamente a llevarnos el equipaje hasta un coche, pero el caballo era tan viejo y estaba tan mal alimentado, que más bien parecía estar sostenido por la lanza que enganchado a ella para tirar del carruaje. No me sentí con ánimos de exigir más esfuerzos a aquella fantasmal bestia cargando el equipaje en el coche, de modo que lo dejé en la consigna de la estación, no sin cierto temor, me excuso decir, de no volverlo a ver jamás.

Durante la guerra me había comprado una casa en Salzburgo, porque el distanciamiento de mis amigos de antes, a causa de nuestras opiniones encontradas respecto a la guerra, había despertado en mí el deseo de no volver a vivir en grandes ciudades y en medio de mucha gente; más adelante, también mi trabajo se benefició en todos los aspectos de aquella vida retirada. Salzburgo me parecía la más ideal de todas las pequeñas ciudades de Austria, no sólo por sus paisajes, sino también por su situación geográfica, ya que, situada en el límite de Austria, a dos horas y media en tren de Munich, a cinco de Viena, diez de Zúrich y Venecia y veinte de París, era un verdadero punto de partida hacia Europa. Es verdad que todavía no era la ciudad de encuentro de los «prominentes» (de lo contrario no la hubiera escogido como lugar de trabajo) ni famosa por sus festivales (y que en verano adoptaba un aire esnob), sino una pequeña ciudad antigua, amodorrada y romántica, situada en la última falda de los Alpes, los cuales, con sus montes y colinas, pasaban en suave transición a la llanura alemana. La pequeña colina poblada de bosques donde yo vivía era como la última oleada de esa impresionante cordillera que allí se detenía; inaccesible a los automóviles y alcanzable sólo por un vía crucis de trescientos años y más de cien escalones, ofrecía desde la terraza, como compensación para tal esfuerzo, una vista magnífica de los tejados y frontispicios de la ciudad de las mil torres. Al fondo, el panorama se ensanchaba por encima de la gloriosa cadena de los Alpes (también, huelga decirlo, hasta el Salzberg, en el municipio de Berchtesgaden, donde pronto iba a vivir, justo frente a mi casa, un hombre entonces completamente desconocido, llamado Adolf Hitler). La casa resultó tan romántica como incómoda. Pabellón de caza de un arzobispo del siglo XVII y adosada al sólido muro de la fortaleza, había sido ampliada a finales del siglo XVIII con una habitación a la derecha y otra a la izquierda; un espléndido papel pintado y un bolo de color con el que había jugado el emperador Francisco en el largo corredor de la casa durante una visita a Salzburgo, además de algunos viejos pergaminos que contenían distintos derechos feudales, eran los vestigios visibles de su, a pesar de todo, espléndido pasado.

El hecho de que aquel pabellón (su larga fachada le daba un aire fastuoso, aunque sólo tenía nueve habitaciones, porque le faltaba profundidad) fuera una curiosidad antigua, más adelante habría de cautivar a nuestros invitados; pero en aquel momento su origen histórico resultó una fatalidad: encontramos nuestro hogar en un estado casi inhabitable. La lluvia entraba alegremente en las habitaciones, tras cada nevada los pasillos quedaban inundados y era imposible reparar el tejado como era debido, pues los carpinteros no tenían madera para los cabríos ni los hojalateros plomo para las tuberías; a duras penas tapamos las goteras más grandes con cartón alquitranado, pero cuando volvía a nevar no había más remedio que subirse al tejado y quitar la nieve a golpe de pala antes de que fuera demasiado tarde. El teléfono se rebelaba, porque el hilo conductor era de hierro y no de cobre; como nadie suministraba nada, teníamos que cargar nosotros mismos colina arriba hasta la bagatela más insignificante. Pero lo peor de todo era el frío, porque no había carbón en muchas leguas a la redonda y la leña del jardín, que era demasiado verde, silbaba como una serpiente en vez de calentar y crepitaba y chisporroteaba en vez de arder. Para salir del paso utilizábamos turba que, cuando menos, daba una apariencia de calor, pero durante tres meses escribí casi todos mis trabajos metido en la cama y con unos dedos entumecidos por el frío que volvía a meter debajo de la colcha después de terminar cada página. Pero fue preciso defender incluso a aquel inhóspito caserón, porque a la escasez general de alimentos y calefacción se añadió en aquel año catastrófico la falta de viviendas. Durante cuatro años en Austria no se había construido nada, muchas casas se caían y ahora, de golpe y porrazo, volvía como un torrente la infinita multitud de soldados licenciados y de prisioneros de guerra, todos sin casa, de modo que, forzosamente, en cada habitación disponible se debía alojar a una familia. Vinieron comisiones cuatro veces, pero hacía tiempo que habíamos cedido ya dos habitaciones, y el frío  y  el  ambiente  inhóspito  de  nuestra  casa,  que  al  principio  habíamos  encontrado  tan hostiles, ahora resultaron útiles: nadie quería subir los cien escalones para después morirse de frío.

Cada visita a la ciudad era una experiencia angustiosa; por primera vez vi los amarillentos y peligrosos ojos del hambre. El pan negro se desmigajaba y sabía a resina y cola, el café era un extracto de cebada tostada; la cerveza, agua amarilla; el chocolate, arena teñida y las patatas estaban heladas; la mayoría de la gente criaba conejos para no olvidar del todo el sabor de la carne; en nuestro jardín un muchacho cazaba ardillas con escopeta para las comidas de los domingos, y los perros y gatos bien alimentados pocas veces regresaban de sus paseos. Los tejidos que se ponían a la venta eran en realidad papel preparado, sucedáneo de otro sucedáneo; los hombres iban vestidos casi exclusivamente con uniformes viejos, incluso rusos, sacados de un almacén o un hospital y dentro de los cuales ya habían muerto unas cuantas personas; no eran raros los pantalones hechos de sacos viejos. Se le encogía a uno el corazón al andar por la calle, donde los escaparates parecían saqueados, la argamasa se caía desmigajada como tiña de las casas en ruinas y la gente, visiblemente desnutrida, se arrastraba a duras penas hacia su lugar de trabajo. La alimentación era mejor en la llanura; con el bajón general de la moral, ningún campesino pensaba en vender la mantequilla, los huevos y la leche a los «precios máximos» fijados por la ley. Guardaban escondido en el granero todo cuanto podían y esperaban la visita de compradores con mejores ofertas. Pronto apareció una nueva profesión: la de los «acaparadores». Hombres sin trabajo cogían una o dos mochilas e iban de un campesino a otro, iban incluso en tren a lugares especialmente productivos, para conseguir víveres ilegales y venderlos luego en la ciudad a un precio cuatro o cinco veces más elevado. Al principio los campesinos estaban la mar de contentos con la gran cantidad de billetes de banco que les llovían en casa a cambio de los huevos y la mantequilla que ellos, a su vez, también «acaparaban». Pero, en cuanto iban a la ciudad con sus carteras repletas para comprar mercancías, descubrían con irritación que, mientras ellos sólo habían pedido cinco veces más por sus víveres, el precio de la guadaña, el martillo y la olla que querían comprar se había multiplicado por veinte o cincuenta. A partir de aquel momento aceptaban sólo objetos industriales, intercambiaban mercancía por mercancía, valor real por valor real; después de que, con sus trincheras, la humanidad hubo retrocedido felizmente a la edad de las cavernas, también perdió la milenaria convención del dinero y volvió al primitivo trueque. Un grotesco comercio se extendió por todo el país. Los habitantes de las ciudades acarreaban hasta las casas de campo todo aquello de que podían privarse: jarrones de porcelana china y alfombras, sables y escopetas, aparatos fotográficos y libros, lámparas y adornos; y así, por ejemplo, si alguien entraba en una casa de campo de Salzburgo, podía encontrar allí, con gran sorpresa, un  buda  indio  que  lo  miraba  fijamente  o  una  librería  rococó  con  libros  franceses encuadernados en cuero, de los que los nuevos propietarios presumían con mucho orgullo.

«¡Piel auténtica! ¡Francia!», afirmaban ufanos. Cosas de valor, nada de dinero: he aquí la consigna. Muchos tuvieron que desprenderse del anillo de boda y de la correa que les sujetaba los pantalones alrededor del cuerpo sólo para poder alimentar a ese cuerpo.
Finalmente tuvieron que intervenir las autoridades para acabar con aquel tráfico ilícito que, en la práctica, beneficiaba sólo a los acaudalados; se dispusieron cordones de policías de una provincia a otra para confiscar las mercancías a los «acaparadores» que iban en bicicleta o en tren y repartirlas entre los departamentos municipales de abastos. Los acaparadores respondieron  organizando  transportes  nocturnos  a  la  manera  del  Oeste  americano  o sobornando a los inspectores, que también tenían en casa a hijos hambrientos; a veces se producían verdaderas batallas con los revólveres y cuchillos que aquellos chicos, tras cuatro años en el frente, sabían manejar perfectamente, como también sabían esconderse en las huidas de acuerdo con las reglas de la estrategia militar. De semana en semana el caos iba creciendo y la población estaba cada vez más irritada, porque de día en día se volvía más palpable la depreciación de la moneda. Los Estados vecinos habían sustituido los viejos billetes de banco austrohúngaros por los suyos y más o menos habían pasado a la minúscula Austria la carga principal del cambio con su vieja «corona». La primera señal de desconfianza por parte de los ciudadanos fue la desaparición de las monedas, porque una pieza de cobre o de níquel representaba en el fondo un «capital efectivo» frente al simple papel impreso. El Estado, ciertamente, impulsó el máximo rendimiento de la Casa de la Moneda a fin de producir el máximo posible de dinero artificial según la receta de Mefistófeles, pero ya no pudo dar alcance a la inflación; y así, cada ciudad, pueblo o villa empezó a imprimir su propia «moneda provisional», que era rechazada ya en el pueblo vecino y que, más adelante, cuando se tuvo conocimiento real de su falta de valor, la mayoría de la gente simplemente tiró a la basura. Tengo la impresión de que a un economista que quisiera describir plásticamente todas estas fases, la inflación primero en Austria y después en Alemania, no le costaría mucho superar el suspense y el interés de cualquier novela, pues el caos adquiría formas cada vez más fantásticas. Pronto ya nadie sabía cuánto costaba algo. Los precios se disparaban caprichosamente; una caja de cerillas costaba en la tienda que había subido los precios a tiempo veinte veces más que en otra, cuyo honrado dueño vendía ingenuamente sus artículos todavía al precio del día anterior; en recompensa a su probidad veía la tienda vaciada en menos de una hora, porque uno se lo decía a otro y todo el mundo corría a comprar lo que estaba a la venta, tanto si lo necesitaba como si no. Incluso un pez de colores o un telescopio viejo eran «capital efectivo» y todo el mundo quería un valor real en lugar de papel. El caso más grotesco se dio en la desproporción de los alquileres, pues el gobierno, para proteger a los inquilinos (que eran la gran mayoría de la población) y en perjuicio de los propietarios, había prohibido su subida; en definitiva, pues, toda Austria tuvo casa más o menos gratuita durante cinco o diez años (porque luego también se prohibió la rescisión de los contratos). Con semejante caos, la situación se hacía de semana en semana cada vez más absurda e inmoral. Aquel que había ahorrado durante cuarenta años y además había invertido patrióticamente el dinero en préstamos de guerra, se convertía en pordiosero. Quien tenía deudas, se veía libre de ellas. Quien se atenía correctamente a la distribución de víveres, moría de hambre; sólo quien la infringía con toda la cara comía hasta la saciedad. Quien sabía sobornar se abría paso; quien especulaba sacaba provecho. Quien vendía de acuerdo con el precio de compra salía perjudicado; quien calculaba con prudencia era estafado. No había medida ni valor en aquel desbarajuste de un dinero que se fundía y evaporaba; no había otra virtud que la de ser hábil y flexible, no tener escrúpulos y saltar encima del caballo al galope en vez de dejarse pisar por él.

A todo ello se añadió el hecho de que, mientras los austríacos, en medio de la caída de los valores, perdían el sentido de la medida, muchos extranjeros se habían dado cuenta de que en Austria se podía pescar en río revuelto. Durante la inflación (que duró tres años y a un ritmo cada vez más acelerado) lo único que conservó un valor estable dentro del país fue la moneda extranjera. Como las coronas austríacas se fundían entre los dedos como gelatina, todo el mundo quería francos suizos o dólares norteamericanos y una multitud de extranjeros aprovechó la coyuntura para pegar un mordisco al cadáver todavía palpitante de la corona austríaca.  «Descubrieron»  Austria,  y  el  país  vivió  una  fatal  temporada  de  «turismo» extranjero. Los hoteles de Viena estaban llenos a rebosar de esos buitres; lo compraban todo, desde cepillos de dientes hasta fincas rústicas, vaciaban las colecciones de particulares y las tiendas  de  anticuarios  antes  de  que  sus  propietarios,  acosados  por  el  aprieto  en  que  se hallaban, se dieran cuenta de que los estafaban y les robaban. Insignificantes porteros de hotel suizos y estenotipistas holandeses vivían en los principescos apartamentos de los hoteles del Ring. Por increíble que parezca, puedo confirmar como testigo que el famoso hotel de lujo «L'Europe» de Salzburgo fue alquilado durante mucho tiempo por obreros ingleses sin trabajo que, gracias al sustancioso subsidio de paro inglés, llevaban una vida más barata aquí que en los barrios bajos de su país. Todo lo que no estaba clavado o remachado desaparecía; la noticia de que en Austria se podía vivir y comprar barato no tardó en propagarse y no cesaban de llegar nuevos clientes de Suecia y Francia; en las calles del centro de Viena se oía hablar más italiano, francés, turco y rumano que alemán. Incluso Alemania, donde al principio la inflación siguió un ritmo mucho más lento (aunque después superó la nuestra un millón de veces), aprovechó su marco en contra de la corona que se derretía poco a poco. Salzburgo, como ciudad fronteriza, me brindó una ocasión óptima para observar aquellas incursiones diarias. A centenares y miles llegaban los bávaros de los pueblos y ciudades vecinos e inundaban la pequeña ciudad austríaca. Aquí se hacían tallar los vestidos y reparar los automóviles, iban a la farmacia y al médico; grandes empresas de Munich enviaban cartas y telegramas al extranjero desde Austria para beneficiarse de las diferencias de franqueo. A la larga, por iniciativa del gobierno alemán, se estableció una vigilancia de fronteras para evitar que se compraran los artículos de primera necesidad en Salzburgo, más barata, en lugar de hacerlo en los comercios locales, ya que, después de todo, un marco costaba setenta coronas, y en la aduana se confiscaban sin miramientos los artículos procedentes de Austria. Pero había un producto que no se podía confiscar: la cerveza que cada uno llevaba en el cuerpo. Los bávaros, grandes bebedores de cerveza, consultaban cada día la lista de las cotizaciones y calculaban si, debido a la depreciación de la corona, podían beber en Salzburgo cinco, seis o diez litros de cerveza por el mismo precio que debían pagar por uno en casa. Era imposible imaginar una tentación más espléndida y así, de las vecinas poblaciones de Freilassing y Reichenhall partían grupos de hombres con mujeres e hijos para permitirse el lujo de ingerir tanta cerveza como su barriga pudiera contener. Cada noche la estación ofrecía un pandemónium de grupos de gente bebida que berreaba, eructaba y vomitaba; los que iban demasiado bebidos—y eran muchos—tenían que ser transportados a los vagones en las carretillas que normalmente se utilizaban para el equipaje, antes de que el tren, desbordante de gritos y cantos báquicos, los devolviera a su país. Naturalmente los alegres bávaros no sospechaban que les esperaba una terrible revancha, pues cuando la corona se estabilizó y, en cambio, el marco cayó en picado hasta alcanzar una inflación de proporciones astronómicas, fueron los austríacos los que, desde la misma estación, pasaron al otro lado para emborracharse a bajo precio, y se repitió el mismo espectáculo, pero en dirección contraria. Aquella guerra de la cerveza en medio de las dos inflaciones forma parte de mis recuerdos más singulares, puesto que muestra en miniatura y de un modo plástico, grotesco, aunque quizá también de la forma más meridiana posible, el carácter demencial de aquellos años.

Lo más curioso de todo es que hoy no recuerdo, por más que lo intente, cómo administrábamos la casa durante aquellos días ni de dónde sacaba la gente, en Austria, los miles y miles de coronas, y después en Alemania los millones de marcos, que hacían falta diariamente sólo para vivir. Y sin embargo, lo misterioso del caso es que la gente los tenía. La gente se acostumbró, se adaptó al caos. Lógicamente, un forastero que no hubiera vivido aquella época—cuando en Austria un huevo costaba tanto como antes un automóvil de lujo o después, en Alemania, cuatro mil millones de marcos (tanto como, más o menos, antes el precio de todas las casas del Gran Berlín)—se habría imaginado que las mujeres iban desgreñadas como locas por la calle, que las tiendas estaban desiertas porque nadie podía ya comprar nada y que, sobre todo, los teatros y los locales de diversión estaban completamente vacíos. Lo asombroso del caso, sin embargo, es que era todo lo contrario. La voluntad de seguir viviendo resultó más fuerte que la inestabilidad del dinero. En medio del caos financiero la vida diaria seguía su curso casi inalterado. En el ámbito personal sí se produjeron cambios: los ricos se volvieron pobres, porque el dinero se les derretía en los bancos o en los fondos públicos, y los especuladores se hicieron ricos. Pero la rueda continuaba girando al mismo ritmo, indiferente al destino de los individuos; nada se detenía: el panadero cocía el pan, el zapatero remendaba zapatos, el escritor escribía libros, el campesino cultivaba la tierra, los trenes circulaban con regularidad, el periódico estaba todos los días a la misma hora delante de la puerta y precisamente los locales de diversión, los bares y los teatros estaban llenos a rebosar. Y todo porque, gracias al inesperado hecho de que la cosa antaño más estable, el dinero, perdiera valor cada día, la gente empezó a apreciar cada vez más los auténticos valores de la vida: el trabajo, el amor, la amistad, el arte y la naturaleza, y porque todo el pueblo vivía con más intensidad e interés que nunca en medio de la calamidad; chicos y chicas salían de excursión a la montaña y regresaban bronceados, en las salas de baile había música hasta muy avanzada la noche, por doquier se abrían nuevas fábricas y negocios; ni yo mismo creo haber vivido y trabajado nunca más intensamente que durante aquellos años. Lo que antes nos parecía importante, ahora lo era todavía más; nunca en Austria habíamos amado tanto el arte como en aquellos años de caos, porque, traicionados por el dinero, nos dábamos cuenta de que sólo lo eterno que llevamos dentro es lo realmente estable.

Por ejemplo, nunca olvidaré una función de ópera de aquellos días de extrema miseria. Uno andaba a tientas por la calle medio oscura, porque el alumbrado había sido restringido por falta de carbón, pagaba su entrada de gallinero con un fajo de billetes que antes habrían bastado para el abono anual de un palco de lujo, se sentaba en su localidad con el abrigo puesto porque en la sala no había calefacción y se apretujaba contra sus vecinos para entrar en calor. ¡Y cuán triste y gris era aquella sala que antaño había resplandecido con uniformes y preciosos vestidos de noche! Nadie sabía si la semana siguiente volvería a haber ópera si el dinero seguía devaluándose y los envíos de carbón fallaban aunque fuera una sola semana; todo parecía doblemente desesperado en aquella casa de lujo y exuberancia imperial. Los músicos convertidos también en grises sombras, estaban sentado ante sus atriles con sus viejos y gastados fracs, extenuados y consumidos por tantas privaciones, y también nosotros parecíamos fantasmas en aquella casa que se había vuelto fantasmagórica. Pero entonces el director levantó la batuta, se alzó el telón y todo fue espléndido como nunca. Todos los cantantes, todos los músicos, dieron lo mejor de sí mismos, porque sabían que podía ser la última vez que actuaban en aquella sala tan querida. Y nosotros escuchábamos atentos y receptivos como nunca, porque podía ser la última vez. Así vivimos todos, miles, centenares de miles; todo el mundo hizo un esfuerzo supremo en aquellas semanas, meses y años, a un paso de la ruina. Nunca había sentido en un pueblo y en mí mismo una voluntad tan firme de vivir  como  entonces,  cuando  estaba  en  juego  lo  más  importante:  la  existencia,  la supervivencia.

Sin embargo, y a pesar de todo, me vería en un compromiso si tuviera que explicar a alguien cómo subsistió aquella Austria saqueada, pobre e infausta. A su izquierda, en Baviera, se había instaurado la República Comunista de los Sóviets y, a su derecha, Hungría se había convertido en bolchevique con Béla Kun; ni siquiera hoy alcanzo a comprender cómo fue que la Revolución no se extendió a Austria. En verdad, no fue por falta de detonantes. Por las calles vagaban los soldados licenciados, famélicos y andrajosos, contemplando indignados el insolente lujo de los que se habían beneficiado de la guerra y la inflación; en los cuarteles, un batallón de la «guardia roja» se encontraba en estado de alerta, listo para disparar, y no existía ninguna otra fuerza organizada. Doscientos hombres decididos habrían podido apoderarse de Viena y de toda Austria. Pero no ocurrió nada serio. Tan sólo una vez un grupo indisciplinado intentó dar un golpe de Estado, el cual fue aplastado sin esfuerzo por cuatro o cinco docenas de policías armados. Y así el milagro se hizo realidad: aquel país aislado de sus fuentes de energía, de sus fábricas, minas de carbón y campos petrolíferos, aquel país saqueado, con una moneda depreciada que se precipitaba pendiente abajo como un alud, se mantuvo en pie firme, gracias quizás a su flaqueza (porque la gente estaba demasiado débil, demasiado hambrienta para seguir luchando por algo), pero quizá también gracias a su fuerza más oculta, típicamente austríaca: su innato talante conciliador. Y es que los dos partidos mayoritarios, el socialdemócrata y el cristianosocial, a pesar de sus profundas diferencias, se unieron en aquella hora dificilísima para formar un gobierno de coalición. Se hicieron concesiones mutuas para evitar una catástrofe que habría arrastrado a toda Europa. Poco a poco la situación comenzó a normalizarse y consolidarse y, con gran sorpresa por nuestra parte, ocurrió algo increíble: aquel Estado mutilado subsistió y más tarde incluso estuvo dispuesto a defender su independencia cuando Hitler fue a quitarle el alma a aquel pueblo sacrificado, fiel y valiente en la hora de las privaciones.

Pero la revuelta radical se evitó sólo externamente y en sentido político; internamente, en los primeros años de la posguerra se produjo una revolución colosal. Había sido destruido algo más que los ejércitos: la fe en la infalibilidad de las autoridades en que, con gran humildad, se había educado nuestra juventud. Ahora bien, los alemanes ¿deberían haber continuado admirando a su emperador, que había jurado luchar «hasta el último aliento de hombres y caballos» y acabó huyendo allende la frontera de noche y en medio de la niebla, o acaso debían admirar a sus generales, a sus políticos y a los poetas que no cesaban de hacer rimar guerra con victoria y muerte con miseria? Ahora, cuando se desvanecía el humo de la pólvora sobre el país, se tornaba espantosamente visible la desolación que había causado la guerra.
¿Cómo  se  podía  tener  aún  por  sagrada  una  moral  que,  durante  cuatro  años,  permite  el asesinato y el latrocinio bajo el nombre de heroísmo y requisa? ¿Cómo podía creer un pueblo en las promesas de un Estado que anula todas sus responsabilidades con el ciudadano porque le resultan incómodas? Y he aquí que los mismos hombres, la misma camarilla de ancianos, los llamados hombres con experiencia, habían superado la estulticia de la guerra con la chapucería de la paz que habían concertado. Hoy todo el mundo sabe—y unos pocos lo sabíamos ya entonces—que aquella paz había sido una posibilidad moral, quizá la mayor de la historia. Wilson la había reconocido. Con una gran visión, había trazado un plan para un entendimiento mundial auténtico y duradero. Pero los viejos generales, los viejos hombres de Estado y los viejos intereses destruyeron la gran idea, convirtiéndola en pedazos de papel sin valor. La gran promesa, la sagrada promesa hecha a millones de personas de que aquella guerra sería la última, lo único todavía capaz de arrancar las últimas fuerzas a soldados ya casi del todo desengañados, fue cínicamente sacrificada a los intereses de los fabricantes de municiones y a la pasión por el juego de los políticos que, triunfantes, supieron salvar su vieja y nefasta táctica de tratados secretos y negociaciones a puerta cerrada frente al sabio y humano reto de Wilson. Todos los que tenían los ojos abiertos y vigilantes vieron que los habían engañado. Habían engañado a las madres que habían sacrificado a sus hijos, a los soldados que regresaban convertidos en pordioseros, a todos aquellos que por patriotismo habían suscrito préstamos de guerra, a aquellos que habían hecho caso de una promesa del Estado, a todos los que habíamos soñado con un mundo nuevo y mejor y ahora veíamos que los jugadores de siempre, y otros nuevos, habían reiniciado el viejo juego en que las apuestas eran nuestra existencia, nuestra felicidad, nuestro tiempo y nuestros bienes. ¿Era de extrañar que toda una generación joven mirara con rencor y desprecio a sus padres, los cuales se habían dejado arrebatar primero la guerra y luego la paz, que lo habían hecho todo mal, que no habían previsto nada y se habían equivocado en todo? ¿No era comprensible que hubiera desaparecido en la nueva generación cualquier tipo de respeto? Toda una generación de jóvenes había dejado de creer en los padres, en los políticos y los maestros; leía con desconfianza cualquier decreto, cualquier proclama del Estado. La generación de la posguerra se emancipó de golpe, brutalmente, de todo cuanto había estado en vigor hasta entonces y volvió la espalda a cualquier tradición, decidida a tomar en sus manos su propio destino, a alejarse de todos los pasados y marchar con ímpetu hacia el futuro. Con ella había de empezar un mundo completamente nuevo, un orden completamente diferente en todos los ámbitos de la vida. Y, naturalmente, los comienzos fueron impetuosos, exagerados y hasta brutales. Todos y todo lo que no era de la misma edad era considerado como caduco. En vez de viajar con los padres, como antes, rapazuelos de once y doce años, en grupos organizados y sexualmente bien instruidos, cruzaban el país como «aves de paso» en dirección a Italia o al mar del Norte. En las escuelas, siguiendo el modelo ruso, se creaban sóviets escolares que controlaban a los maestros e invalidaban los planes de estudio porque los niños debían y querían aprender sólo aquello que les venía en gana. Por el simple gusto de rebelarse se rebelaban contra toda norma vigente, incluso contra los designios de la naturaleza, como la eterna polaridad de los sexos. Las muchachas se hacían cortar el pelo hasta el punto de que, con sus peinados a lo garçon, no se distinguían de los chicos; y los chicos, a su vez, se afeitaban la barba para parecer más femeninos; la homosexualidad y el lesbianismo se convirtieron en una gran moda no por instinto natural, sino como protesta contra las formas tradicionales de amor, legales y normales. 
Todas las formas de expresión de la existencia pugnaban por farolear de radicales y revolucionarias y, desde luego, también el arte. La nueva pintura dio por liquidada toda la obra de Rembrandt, Holbein y Velázquez e inició los experimentos cubistas y surrealistas más extravagantes. En todo se proscribió el elemento inteligible: la melodía en la música, el parecido en el retrato, la comprensibilidad en la lengua. Se suprimieron los artículos determinados, se invirtió la sintaxis, se escribía en el estilo cortado y desenvuelto de los telegramas, con interjecciones vehementes; además, se tiraba a la basura toda literatura que no fuera activista, es decir, que no contuviera teoría política. La música buscaba con tesón nuevas tonalidades y dividía los compases; la arquitectura volvía las casas del revés como un calcetín, de dentro a afuera; en el baile el vals desapareció en favor de figuras cubanas y negroides; la moda no cesaba de inventar nuevos absurdos y acentuaba el desnudo con insistencia; en el teatro se interpretaba Hamlet con frac y se ensayaba  una  dramaturgia  explosiva.  En  todos  los  campos  se  inició  una  época  de experimentos de lo más delirantes que quería dejar atrás, de un solo y arrojado salto, todo lo que se había hecho y producido antes; cuanto más joven era uno y menos había aprendido, más bienvenido era por su desvinculación de las tradiciones; por fin la gran venganza de la juventud se desahogaba triunfante contra el mundo de nuestros padres. Pero en medio de este caótico carnaval, ningún espectáculo me pareció tan tragicómico como el de muchos intelectuales de la generación anterior que, presas del pánico de quedar atrasados y ser considerados «inactuales», con desesperada rapidez se maquillaron de fogosidad artificial e intentaron, también ellos, seguir con paso renqueante y torpe los extravíos más notorios. Honrados y formales académicos de barba blanca repintaban sus «naturalezas muertas» de antes, ahora invendibles, con dados y cubos simbólicos, porque los directores jóvenes (en todas partes los buscaban jóvenes ahora, y cuanto más jóvenes mejor) retiraban todos los demás cuadros de las galerías por demasiado «clasicistas» y los llevaban al depósito. Escritores que durante décadas habían escrito en un alemán claro y cuidado ahora troceaban obedientemente las frases y se excedían en el «activismo»; flemáticos consejeros privados de Prusia daban lecciones sobre Karl Marx; antiguas bailarinas de la corte interpretaban, casi completamente desnudas y con «fingidas» contorsiones, la Appassionata de Beethoven y la Noche transfigurada de Schonberg. Por doquier la vejez corría azorada en pos de la última moda; de repente no había otra ambición que la de ser joven e inventar rápidamente una tendencia más actual que la de ayer, todavía actual, más radical todavía y nunca vista.

¡Qué época tan alocada, anárquica e inverosímil la de aquellos años en que, con la mengua del valor del dinero, todos los demás valores anduvieron de capa caída en Austria y en Alemania! Una época de delirante éxtasis y libertino fraude, una mezcla única de impaciencia y fanatismo. Todo lo extravagante e incontrolable vivió entonces una edad de oro: la teosofía, el ocultismo, el espiritismo, el sonambulismo, la antroposofía, la quiromancia, la grafología, las enseñanzas del yoga indio y el misticismo de Paracelso. Se vendía fácilmente  todo  lo  que  prometía  emociones  extremas  más  allá  de  las  conocidas  hasta entonces: toda forma de estupefacientes, la morfina, la cocaína y la heroína; los únicos temas aceptados en las obras de teatro eran el incesto y el parricidio y, en política, el comunismo y el fascismo; en cambio, estaba absolutamente proscrita cualquier forma de normalidad y moderación. Con todo, no quisiera haberme visto privado de esa época caótica, ni en mi vida ni en la evolución del arte. Avanzando orgiásticamente con el primer impulso, al igual que toda revolución espiritual, limpió el aire enrarecido y sofocante de lo tradicional, descargó las tensiones acumuladas a lo largo de muchos años y, a pesar de todo, sus osados experimentos dejaron iniciativas muy valiosas. Aun cuando sus exageraciones nos sorprendían, no nos creíamos autorizados para censurarlas y rechazarlas con arrogancia, porque en el fondo esa nueva juventud intentaba enmendar (aunque con demasiado ardor e impaciencia) lo que nuestra generación había descuidado por prudencia y distanciamiento. El instinto les decía que la posguerra tenía que ser diferente de la preguerra y, en el fondo, tenían razón. Todo eso de los nuevos tiempos, de un mundo mejor, ¿no lo habíamos querido también nosotros, los mayores, antes y durante la guerra? Y también después de la guerra, los mayores volvimos a demostrar nuestra ineptitud para oponer a tiempo una organización supranacional a la nueva y peligrosa politización del mundo. Es cierto que, todavía durante las negociaciones de paz, Henri Barbusse, cuya novela El fuego le valió un reconocimiento mundial, había intentado promover un acuerdo de todos los intelectuales europeos a favor de la reconciliación. Clarté debía llamarse ese grupo (de la gente de ideas claras) y debía reunir a los escritores y artistas de todas las naciones en el compromiso de oponerse en adelante a cualquier tipo de instigación de los pueblos. Barbusse nos había confiado, a mí y a René Schickele, la dirección del grupo alemán y, con ella, la parte más difícil de la misión, porque en Alemania aún ardía la indignación por el tratado de paz de Versalles. No eran muchas las esperanzas de ganar a alemanes de relieve para la causa de un supranacionalismo espiritual mientras la Renania, el Sarre y la cabeza de puente de Maguncia siguieran ocupadas por tropas extranjeras. Sin embargo, se habría podido crear una organización como la que más adelante Galsworthy hizo realidad con el PEN Club, si Barbusse no nos hubiese dejado en la estacada. Un viaje a Rusia y  el  inflamado  entusiasmo  con  que  lo  recibieron  las  grandes  masas  lo  convencieron fatalmente de que los Estados y las democracias burguesas eran incapaces de lograr una verdadera fraternidad entre los pueblos y de que tan sólo en el comunismo era posible la hermandad universal. Trató con disimulo de convertir Clarté en un instrumento de la lucha de clases, pero nosotros rechazamos una radicalización que por fuerza habría debilitado nuestras filas. Y así, aquel proyecto, en sí importante, también se malogró prematuramente. Habíamos vuelto a fracasar en la lucha por la libertad a causa de un exceso de amor por la libertad y la independencia propias.

Por lo tanto, sólo quedaba una posibilidad: que cada cual siguiera su propio camino en silencio y en solitario. Para los expresionistas y—si se me permite llamarlos así—los excesivistas, a mis treinta y seis años yo ya formaba parte de la generación de los mayores, porque me negaba a adaptarme a ellos de modo simiesco. Mis trabajos anteriores ya tampoco me gustaban a mí, no mandé reeditar ninguno de los libros de mi época «estética». Eso significaba volver a empezar y esperar a que retrocediera la impaciente oleada de tantos «ismos», y me ayudó muchísimo a resignarme a ello mi falta de ambición personal. Empecé la gran serie de los Constructores del mundo precisamente porque estaba convencido de que me ocuparía unos cuantos años; escribí narraciones cortas como Amok y Carta de una desconocida  con  absoluta  calma  y  tranquilidad.  El  país  y  el  mundo  que  me  rodeaban volvieron poco a poco a la normalidad, de modo que tampoco yo podía tardar demasiado; habían pasado los tiempos en que me podía engañar a mí mismo diciéndome que todo cuanto emprendía sólo era provisional. Había alcanzado la mitad de la vida, la edad de las meras promesas se había acabado; ahora se trataba de ratificarlas y responder de mí mismo o desistir definitivamente."

Stefan Zweig, El mundo de ayer.

miércoles, 24 de octubre de 2012

Dimitir no es un nombre ruso




martes, 23 de octubre de 2012

La hazaña del polo sur



CAPITÁN SCOTT. -90° DE LATITUD. 16 DE ENERO DE 1912


LA CONQUISTA DE LA TIERRA

"...Nos hallamos en el siglo XX y ante un mundo que ya no tiene secretos, en el que no quedan tierras por descubrir ni mares por surcar. Países cuyos nombres, en la anterior generación, eran apenas conocidos, se encuentran hoy sojuzgados por Europa, sirviendo a sus necesidades. Los barcos se remontan, actualmente, hasta las fuentes del Nilo, que durante infinidad de tiempo se buscaron en vano. Las cataratas Victoria, que un europeo contempló por primera vez hace medio siglo; producen ahora energía eléctrica. Incluso el baluarte de la naturaleza virgen, las selvas del Amazonas, ha sido explorado ya. El muro que aislaba el último país inviolado, el Tíbet, ha sido derrumbado también. Nuestro siglo conoce perfectamente su destino, pero su inquietud investigadora no se detiene aquí y, en busca de nuevos rumbos, desciende a los océanos para arrancar los secretos de las faunas abisales, o se remonta al cielo para conquistar el espacio, donde están ahora los derroteros inexplorados. Cual golondrinas de acero surcan el aire los aeroplanos, disputándose los modernísimos campeonatos de altura y de distancia. Pero en los albores de nuestro siglo existen dos lugares que esconden con rubor sus misterios ante la mirada inquisitiva del hombre; la Tierra conservó intactos esos dos puntos inaccesibles llamados Polo Norte y Polo Sur; esos puntos extremos de la columna vertebral de su cuerpo, alrededor de los cuales gira desde incontables milenios. Inmensas murallas de hielo se levantan ante su secreto, defendido por el eterno invierno. Fríos atroces y asoladoras tempestades se interponen en el camino de los más osados descubridores, que, atacados por imponderables peligros, víctimas de los elementos desencadenados, han de renunciar a seguir adelante. El mismo sol envía unos oblicuos y tímidos rayos a las cerradas esferas que permanecen fuera del alcance de la mirada humana. Tiempos atrás se realizaron varias expediciones, que vieron frustrado su intento. En un desconocido lugar de aquellas inmensidades reposa en su cristalina tumba de hielo el cuerpo de un tal Andrée, el cual, hace treinta y tres años, pretendió llegar al Polo en globo y no regresó. Todos los asaltos se estrellaban ante aquellos gélidos muros, ante aquel frío lacerante y aterrador. Durante miles y miles de años, la Tierra ha conservado allí su propia fisonomía, resistiéndose victoriosamente a la pasión de sus criaturas. Pero ha sonado la hora del siglo XX, el cual tendió sus manos con impaciencia, provisto de nuevas armas creadas en su laboratorio, que suponen nuevos escudos contra los mil peligros, acuciado precisamente por la resistencia que se opone a su paso. Arde en deseos de conocer la verdad, de conseguir desde sus primeros años lo que no lograron los siglos que le precedieron. Al valor individual se une la competencia de las naciones. No se lucha sólo por descubrir el Polo, sino por cuál habrá de ser la bandera que ondeará sobre la tierra virgen. Y empieza una especie de cruzada de razas y pueblos por la conquista de aquellos parajes, circundados de la mística aureola que crea sobre ellos el anhelo de su descubrimiento. Acuden a renovar los intentos desde todas las partes del mundo. La Humanidad espera ansiosa, pues sabe que se trata del último secreto que queda por descubrir. Peray y Cook, desde Norteamérica, se dirigen al Polo Norte, y dos buques zarpan hacia el Antártico, uno a las órdenes del noruego Amundsen y el otro bajo el mando del inglés Scott.
  Scott es uno de tantos capitanes de la marina británica. Su biografía puede resumirse en estas breves palabras: habla ido ascendiendo por riguroso escalafón. Sirvió a satisfacción de sus jefes y tomó parte en la expedición de Shackleton. Nada hay que permita descubrir en él al héroe. Su aspecto físico, como revela su fotografía, es el común entre los ingleses: un rostro frío, enérgico, flemático; su envaramiento es puramente exterior. Sus ojos son grises, y la boca, inexpresiva... Ni un rasgo romántico, ni se advierte ninguna alegría en aquel semblante, que expresa sólo voluntad y sentido práctico. Su caligrafía es vulgar, de una típica letra inglesa, sin rasgos particulares. Su estilo es simplemente claro, diáfano, correcto, realista y sin fantasías. Escribe el inglés como Tácito el latín: sin retórica rebuscada. Se adivina en él al fanático de la objetividad, ejemplar puro de la raza británica, cuya genialidad en todo caso permanece encauzada por el cumplimiento del deber. El apellido Scott aparece repetidamente en la historia de Inglaterra: pudo llamarse así el conquistador de la India y de tantas islas del Pacífico, el colonizadorde África, el que libró batallas contra el mundo. Y siempre lo hizo con la misma inmutable energía e idéntica conciencia colectiva, con el mismo rostro frío e impenetrable. Pero Scott tiene una voluntad de acero, puesta a prueba antes ya de realizar su hazaña: dar término a la obra iniciada por Shackleton. Para ello intenta organizar una expedición, y aunque los medios propios no le bastan, no se desanima y contrae deudas, seguro como está de su triunfo. Su joven esposa le da un hijo, pero tampoco este hecho influye en su determinación de llevar a cabo el intento, y, cual otro Héctor, abandona a su Andrómaca. Ninguna consideración humana detendrá su voluntad. Reúne algunos compañeros para su obra... Al buque que debe llevarlos hasta los límites del mar Glacial le da el nombre de Terra Nova. Un extraño buque, mitad arca de Noé llena de animales, mitad laboratorio, por la profusión de instrumentos y la abundancia de libros. De todo hay que llevar a aquellos inhóspitos lugares: de lo que el hombre necesita para su cuerpo y de lo que precisa para el espíritu; pieles y animales, como los hombres primitivos, y, junto a esto, lo más moderno, lo más refinado, lo más avanzado de los tiempos presentes. Si fantástica es la embarcación, también lo es la empresa, que ofrece un doble aspecto: el de la aventura, pero calculada con la frialdad de un negocio. Es la audacia, con todas las previsiones de la prudencia. Con absoluta fe en sí mismo, no teme enfrentarse con los infinitos peligros que encierra aquella expedición. Salen de Inglaterra el 1.° de junio de 1910. Los campos ingleses están en todo su esplendor; la primavera florece, los prados se extienden verdes y jugosos y el sol brilla en un claro y límpido cielo. Los expedicionarios ven emocionados como la costa se va desdibujando hasta desaparecer de suvista. Todos saben que se despiden del sol y del calor por más de un año, y algunos quizá para siempre. Pero la bandera inglesa ondea en lo alto del mástil en la proa del buque, y se consuelan pensando que llevan consigo aquel símbolo de la patria, acompañándolos hasta el último ámbito de la tierra no conquistada todavía.

UNIVERSIDAD ANTÁRTICA

En el mes de enero, después de un corto descanso, desembarcan en Nueva Zelanda, en las proximidades del cabo Evans, en la región de los hielos eternos, donde montan una vivienda para pasar el invierno. Diciembre y enero se consideran allí meses de verano, porque es el único período del año en que el sol luce unas pocas horas en lo alto de un blanco y metálico cielo. Las paredes del refugio son, como en anteriores expediciones, de madera, pero con detalles reveladores del progreso de los tiempos. Mientras los que les han precedido habían de conformarse con la mortecina y maloliente lámpara de aceite, viviendo en medio de una deprimente penumbra y hastiados de la monotonía de tantos días sin sol, estos hombres del siglo XX reúnen a su alrededor todos los adelantos de la época. Disponen de la blanca luz de las lámparas de acetileno; el cinematógrafo les ofrece visiones de las tierras lejanas, escenas tropicales, parajes templados; un gramófono los alegra con música y canto, además del esparcimiento que les procura la lectura de los libros que han traído consigo. En una de las habitaciones teclea la máquina de escribir; otra sirve de cámara oscura, y en ella son reveladas las películas y las fotografías en colores. El geólogo estudia la radiactividad de las piedras; el zoólogo descubre nuevos parásitos en los pingüinos que capturan; las observaciones meteorológicas se alternan con los experimentos físicos. Durante aquellos largos meses de oscuridad, cada uno tiene asignada una labor, convirtiéndose la investigación particular en instrucción común. Aquellos veinte hombres tienen, todas las noches, conferencias y clases universitarias; en noble hermandad, cada cual transmite a su compañero la ciencia que adquiere, y las mutuas conversaciones van ampliando su idea del mundo y de la vida. En un ambiente primitivo y elemental como aquél, aislados, fuera de la marcha del tiempo, los veinte hombres cambian entre silos últimos conocimientos del siglo XX, espiando no sólo la hora, sino el segundo, en el reloj del universo. Resulta conmovedor leer cómo celebran ingenuamente la fiesta de Navidad, sin que falte el tradicional árbol de Noël, y cómo gozan con las inocentes bromas del South Polar Times, periódico humorístico que ellos mismos redactan. Cualquier suceso insignificante —la aparición de una ballena o la caída de un caballo— adquiere para ellos caracteres de acontecimiento, mientras las cosas realmente grandioses —la aurora boreal, el insoportable frío o la espantosa soledad— las consideran, habituados ya a ellas en su vivir cotidiano, como algo normal y sin importancia. Entre tanto se preparan, probando los trineos automóviles, aprendiendo a esquiar, adiestrando a los perros, abasteciendo un depósito de campaña para el gran viaje que les espera. El tiempo transcurre lentamente, hasta que en diciembre, con el verano, un vapor arriba con noticias de su patria. Para hacer prácticas, realizan excursiones desafiando aquel frío glacial y, deseosos de asegurar su obra, prueban la resistencia de las telas de sus tiendas. No triunfan siempre, pero precisamente esas mismas dificultades son nuevos acicates para continuar. Cuando regresan de sus expediciones, helados y rendidos, encuentran caras alegres y un brillante fuego que los reanima, y aquel rústico refugio, a 77° de latitud, les parece la más confortable y señorial residencia del mundo. Pero un día, una expedición que había salido en dirección oeste trae una noticia un tanto desalentadora: habían descubierto el campamento de Amundsen. Y Scott se da cuenta de que, además del hielo y de los muchos peligros que han de vencer, había alguien que les disputaba la gloria de ser los primeros en arrebatar el secreto a la región que tan celosamente lo ha guardado hasta entonces. El noruego Amundsen se encuentra allí. Al consultar los mapas comprueba que el campamento de Amundsen está ciento diez kilómetros más cerca del Polo que el suyo, pero supera el desánimo y escribe en su diario: «Adelante, por el honor de mi patria.» Sólo esta vez aparece el nombre de Amundsen en las páginas de ese diario, pero indudablemente todos sienten cierta angustia desde aquel momento. Y no pasa día sin que tal nombre turbe el sueño de todos.

¡HACIA EL POLO!


En la cumbre de una colina utilizada como observatorio y situada a dos kilómetros de distancia de la cabaña hay un puesto de guardia permanente. En aquella solitaria altura se ha instalado un aparato que parece un cañón dirigido contra un enemigo invisible y que tiene la misión de medir las calorías del sol, que se va aproximando. Día tras día se consultan con impaciencia los resultados. En el cielo matinal aparecen ya los primeros y maravillosos fulgores del sol, pero el dorado disco no se decide a remontarse todavía sobre el horizonte, aunque el cielo está lleno de la mágica luz que satura de alegría a aquellos impacientes expedicionarios. Por fin ha llegado el momento. Un aviso telefónico desde el observatorio les comunica la aparición del sol. ¡El sol, el sol ha levantado su disco después de meses interminables de noche invernal! Su brillo es pálido y débil, como sin ánimos para infundir vida a aquella helada soledad. Apenas si lo registra el aparato, pero sólo el vislumbrarlo hace que se desborde el entusiasmo. Se realizan febrilmente los últimos preparativos, a fin de aprovechar el corto período de luz en que allí se resumen primavera, verano y otoño, y que nosotros consideraríamos desagradable invierno. Marchan en cabeza los trineos automóviles, siguiéndolos después los que son arrastrados por mulos y perros siberianos. La ruta está dividida cuidadosamente en varias etapas; cada dos días de camino se instala un campamento-depósito, que tendrá por objeto suministrar, al regreso, ropas, alimentos, petróleo y lo más indispensable que pueda proporcionar calor en aquellos hielos perpetuos. Todo aquel ejército de hombres osados y heroicos emprende la marcha, regresando luego por grupos, formando el último grupo el de los elegidos, el de los conquistadores del Polo, que tendrá que llevar la máxima carga y dispondrá de los animales más resistentes y de los mejores trineos. El plan es magistral; ha sido concebido previendo los menores detalles o acontecimientos adversos. Las dificultades no tardan en presentarse. A los dos días de viaje se averían los trineos automóviles, que han de ser abandonados como carga inútil; tampoco los mulos dan el resultado que se esperaba...; pero una vez más triunfa la materia viva sobre la fría mecánica, pues las acémilas que ha habido que matar sirven de alimento a los perros, cosa que les proporciona nuevas calorías y renovadas fuerzas. El 1. ° de noviembre se distribuyen en varios grupos. En las fotografías puede verse una caravana, formada por veinte hombres al principio, y después diez, y luego cinco hombres, que van caminando por el blanco desierto de aquel mundo inhóspito, carente del menor hálito de vida. Delante va siempre un expedicionario, envuelto en pieles, un ser de aspecto salvaje, que sólo deja ver los ojos y la barba. Su enguantada mano conduce del
ronzal a un mulo que arrastra un cargado trineo; detrás de él va otro con igual indumentaria; luego otro, y así sucesivamente hasta veinte; puntos negros en línea oscilante, destacándose en la inmensa y deslumbradora llanura. Al llegar la noche se agazapan en las tiendas, al abrigo de los muros de nieve levantados contra la dirección del viento para proteger a los animales, y a la mañana siguiente reemprenden la marcha monótona, silenciosamente, a través del viento glacial, de aquel aire virgen que después de incontables milenios es respirado por primera vez por los pulmones del hombre. Aumentan las preocupaciones. El tiempo se hace por momentos más desagradable y, en lugar de los cuarenta kilómetros que pretendían recorrer por jornada, sólo avanzan treinta, a pesar de que cada día es un tesoro, ya que saben que desde otro punto invisible de aquella soledad alguien se dirige hacia el mismo objetivo. El incidente más pequeño supone un gran peligro. Un perro que se escapa, un mulo que se desvía, resultan sobrados motivos para angustiarse en aquellos desolados lugares. Allí todo ser vivo tiene un valor que no se puede medir, pues no puede ser sustituido. De la herradura de un mulo depende tal vez la inmortalidad. Una tempestad puede hacer fracasar una gesta que sería, de poder realizarse, eternamente gloriosa. La salud de los expedicionarios empieza a resentirse; unos sufren deslumbramientos con la nieve; a otros se les hielan los miembros... Los mulos dan muestras de agotamiento, a pesar de lo cual hay que reducirles la ración, y por fin, en las proximidades del glaciar de Beardmore, todos los pobres animales sucumben. Se han de enfrentar con el penoso deber de tener que matar a las valientes bestias que en aquellas soledades han sido, durante dos años, entrañables amigos; todas ellas eran conocidas por sus nombres, ¡y en cuántas ocasiones las han colmado de caricias...! A aquel campamento trágico le dieron el nombre de «El Matadero». Una parte de la expedición se separa en aquel lugar sangriento y retrocede hasta la base, mientras la otra se dispone a llevar a cabo el último esfuerzo, a través del glaciar, de aquella invencible muralla de hielo que rodea el Polo y que sólo la firme e inconmovible voluntad de un hombre puede romper. Cada vez recorren menos distancia. La nieve se adhiere a los trineos, que ya no se deslizan, sino que tienen que ser arrastrados a viva fuerza. El hielo corta como cristal y les hiere los pies, pero no retroceden. El día 30 de diciembre llegan al grado 87 de latitud, punto alcanzado por Shackleton. Allí ha de retroceder el último grupo; sólo cuatro elegidos deben acompañar a Scott al Polo. Scott hace la selección. Los que son descartados no se atreven a protestar, pero sienten de veras tener que dejar en otras manos la gloria de ser los primeros en llegar hasta el fin. Pero la suerte está echada. El último apretón de manos, un esfuerzo varonil para disimular la emoción y los grupos se separan. Dos reducidas caravanas emprenden la marcha en dirección opuesta: la una hacia el Sur, hacia lo desconocido; la otra hacia el Norte, hacia la patria. Continuamente vuelven la vista unos a otros, para despedirse con la mirada de los entrañables camaradas. Las últimas siluetas van desdibujándose en la distancia hasta desaparecer... El grupo escogido continúa hacia lo ignoto. Sus nombres son: Scott, Bowers, Oates, Wilson y Evans.

EL POLO SUR

Las anotaciones de aquellos últimos días descubren una gran inquietud a medida que se acercan al Polo. El diario continúa diciendo: «Nuestras sombras emplean una gran cantidad de tiempo para ir de nuestra derecha a nuestro frente y luego seguir hasta colocarse a la izquierda.» Pero la esperanza es cada vez mayor. Scott va anotando las distancias ya recorridas: « Sólo faltan ciento cincuenta kilómetros hasta el Polo, pero de seguir así, no podremos resistirlo.» Y dos días más tarde dice: «Sólo faltan ciento treinta y siete kilómetros hasta el Polo, pero serán muy amargos.» De repente, las anotaciones adquieren un tono más optimista: «¡Sólo a noventa y cuatro kilómetros del Polo! Si no conseguimos llegar hasta él habremos llegado muy cerca.» El 14 de enero, la esperanza se convierte en seguridad: «¡ Sólo a setenta kilómetros! ¡Tenemos el final ante nosotros! » Y al día siguiente, las notas del diario respiran franca alegría: «Sólo nos quedan cincuenta miserables kilómetros. ¡Tenemos que llegar hasta allí, cueste lo que cueste! » De estos rápidos renglones dedúcese a las claras cómo latiría de emoción el corazón de los intrépidos exploradores con el anhelo de lograr su propósito, cómo se estremecerían sus nervios de impaciencia y esperanza. Tienen la presa cerca. Los brazos se tienden ya para apoderarse del último serceto de la Tierra. Falta un postrer esfuerzo para lograr el objetivo propuesto.

EL 16 DE ENERO

«Buen humor», consigna Scott en el diario. Por la mañana salen más temprano que ningún día, pues la impaciencia les impulsa a salir de sus sacos de dormir, para contemplar cuanto antes el maravilloso y terrible secreto. Recorren catorce kilómetros hasta la tarde; marchan serenos a través del blanco desierto sin vida; no cabe dudar de que la meta será alcanzada. La trascendental hazaña está casi realizada. De pronto, Bowers se muestra intranquilo. Su mirada se clava anhelosamente en un diminuto punto oscuro que se destaca en aquella inmensa sábana de nieve. No se atreve a participar su sospecha, pero en el cerebro de todos se agita la misma y terrible idea; la idea de que otro hombre hubiera podido plantar allí su señal. Procura tranquilizarse, aunque sin tenerlas todas consigo. Y así como Robinsón se empeña en vano en persuadirse de que la huella que ha descubierto en la isla es la de su propio pie, así también dicense ellos que puede ser una grieta de hielo, tal vez un simple reflejo. Tratan de engañarse unos a otros, pero todos saben ya la verdad sin la menor duda posible: los noruegos, Amundsen, les han tomado la delantera. Pronto se desvanece la última incertidumbre ante el hecho auténtico de una bandera negra atada a un trineo abandonado allí con los restos de un campamento. Varios trineos y huellas de perros. Era indudable: Amundsen había acampado allí. Lo que el ser humano ha considerado grandioso, lo incomprensible, ha sucedido ya: el Polo de la Tierra que durante miles y miles de siglos había permanecido inexplorado, acaba de ser conquistado por dos veces en el transcurso de poquísimo tiempo, con la sola diferencia de quince días. Y ellos son los segundos —retrasados un mes entre millones de meses—, son los segundos, pero, ante el concepto miserable del hombre, lo primero es el todo y lo segundo ya nada significa. Inútiles han sido todos los esfuerzos, inútiles las privaciones y locas las esperanzas concebidas durante semanas, meses y años. Scott escribe en su diario: «Todas las penalidades, todos los sacrificios, todos los sufrimientos, ¿de qué han servido? Sólo han sido sueños que acaban de desvanecerse.» Las lágrimas acuden a sus ojos y, a pesar de su enorme agotamiento, no consigue aquella noche conciliar el sueño. De mal humor, perdida toda esperanza, emprenden, como condenados, la última etapa hacia el Polo, que ansían pisar a pesar de todo. No tratan de consolarse mutuamente y marchan silenciosos. El 18 de enero, el capitán Scott llega al Polo con sus cuatro compañeros, y como la hazaña de haber sido los primeros ya no puede apasionarlos, contemplan tristemente aquellos desolados parajes. La única descripción que consta en su diario es ésta: «Nada puede verse aquí que se distinga de la terrible monotonía de los últimos días.» La única particularidad que descubren allí no es obra de la Naturaleza, sino de una mano rival: la tienda de Amundsen con la bandera noruega, que ondea insolente y victoriosa sobre la vencida fortaleza. Una carta del conquistador Amundsen espera allí al segundo que consiguiese llegar después que él a aquel lugar, rogándole que la haga llegar al rey Haakon de Noruega. Scott está dispuesto a cumplir aquel deber fielmente. El penoso deber de atestiguar ante el mundo que ha sido realizada la hazaña que él también había pretendido llevar a cabo con todo entusiasmo. Izan contristados la bandera inglesa, la «Unión Jack», junto al victorioso emblema de Amundsen. Luego abandonan aquel paraje «infiel a su ambición», azotados por un viento glacial. Con profética amargura escribe Scott en su diario: «Me asusta el regreso.»


EL DESASTRE FINAL

A la vuelta se multiplican los peligros. A la ida se guiaban por la brújula. Ahora tienen que procurar no perder las propias huellas. Mirar de no extraviarse durante varias semanas, para no desviarse de los depósitos de los campamentos, donde les esperan alimentos, ropa y el calor concentrado de las reservas de petróleo. Por eso a cada paso sienten una profunda inquietud, pues se ven obligados a cerrar los ojos para defenderlos de las ráfagas de nieve que trae el viento. Saben que cualquier desviación los conduciría a la muerte. Sus cuerpos carecen ahora de las reservas que poseían al dejar Inglaterra para emprender la expedición. Entonces disponían de las calorías proporcionadas por una alimentación abundante y normal. Y además les faltaba el resorte de acero de la voluntad, que los mantenía a la ida.  En sus primeras marchas hacia la meta los impulsaba la propia esperanza, la curiosidad de toda la Humanidad, la conciencia de una hazaña inmortal. Ahora luchan sólo por su existencia, en un regreso sin gloria, que más bien temen que anhelan. La lectura de las notas escritas aquellos días produce una tremenda impresión. El viento sopla constantemente. El invierno llegó antes de tiempo, y la nieve blanda se endurece, destroza el calzado, aprisiona los pies y dificulta la marcha enormemente. El frío les resta fuerzas. Brota un poco de alegría cada vez que, después de una penosa marcha, consiguen llegar a un depósito. Entonces las palabras palpitan con cierta esperanza. Nada revela de un modo más elocuente el heroísmo espiritual de aquellos hombres como el hecho de que Wilson, el naturalista, pese a las tremendas circunstancias, continúe sus investigaciones científicas y, arrastrando su propio trineo con la carga natural, aumente ésta con dieciséis kilos de piedras raras encontradas por el camino. Pero la Naturaleza, despiadada en aquellos parajes, puede más que el esfuerzo humano, por heroico que sea, conjurándose el frío, el hielo y el viento contra los cinco expedicionarios. Desde hace días tienen los pies llenos de llagas y se hallan con insuficientes calorías, pues sólo pueden hacer una comida caliente diaria. Debilitados por raciones disminuidas, sus fuerzas empiezan a fallar. Con horror se dan cuenta de que Evans, el más fuerte de todos ellos, se conduce extrañamente: se regaza por el camino, se queja sin cesar de sufrimientos reales o imaginarios, tiembla, sostiene monólogos absurdos. Debido a las espantosas penalidades, se ha vuelto loco. ¿Qué deben hacer con él? ¿Abandonarlo en aquel desierto de hielo? A toda costa deben llegar al depósito más próximo, si no... Scott no se atreve a escribir la palabra... A la una de la madrugada del 17 de febrero muere el desdichado oficial, a una jornada escasa del campamento de «El Matadero», donde por vez primera les espera comida más nutritiva, suministrada por la carne de los animales que unos meses antes se vieron obligados a sacrificar allí. Ya son sólo cuatro los que emprenden la marcha, pero, ¡ oh fatalidad!, el depósito que han encontrado les depara una nueva y amarga decepción. Hay poco petróleo, lo que significa que tienen que limitar el combustible a lo más imprescindible, tienen que ahorrar calor, la única defensa de que disponen contra aquel tremendo frío. ¡Oh, qué noche polar tan terrible, helada y tormentosa y qué despertar más doloroso! Apenas tienen fuerzas para calzarse. Pero deciden continuar la marcha. Uno de ellos, Oates, ha de avanzar arrastrándose. Se le han helado los pies. El viento arrecia más que nunca, y al llegar al segundo depósito, el 2 de marzo, se repite otra vez la decepción cruel: el combustible es también insuficiente. Sus palabras son angustiosas y no pueden disimular la congoja interior que los invade. Se comprende el esfuerzo de Scott para dominar sus temores. Pero a cada momento se adivina el desgarrado grito de la desesperación detrás de las palabras contenidas: «¡Esto no puede continuar! » O bien: « ¡Dios mío, no nos abandones; nuestras fuerzas no resisten estas dificultades! » O: « Nuestro drama va convirtiéndose en tragedia.» Y, por último, la espantosa sentencia: « ¡Que Dios nos proteja! Nada podemos esperar de los hombres.» Pero continúan la marcha, sin esperanza, abatidos. Oates apenas puede seguir; representa una carga más para sus compañeros. Tienen que retrasarse por su causa, a una temperatura de 420 bajo cero al mediodía. El desgraciado reconoce que en su estado resulta un estorbo para sus camaradas. Todos están dispuestos para el fin. Piden a Wilson, el naturalista, las diez tabletas de morfina de que van provistos para acelerar la muerte en caso de absoluta necesidad. Pero hacen una jornada más, cargados con el enfermo. Este mismo les pide que le dejen en su saco de dormir, abandonado a su suerte. Enérgicamente rechazan semejante proposición, aunque estén convencidos de que sería para ellos un alivio. El enfermo puede andar todavía unos pocos kilómetros sobre sus helados y vacilantes pies, y de esta manera pueden llegar al campamento más próximo, donde duermen. Al despertar a la mañana siguiente y salir al exterior, el huracán ha arreciado. De repente, Oates se levanta: «Voy a salir afuera —dice a sus amigos—. Tardaré un poco.» Sus compañeros se estremecen. Todos saben lo que significa aquella salida. Pero ninguno de ellos se atreve a detenerle, ninguno le tiende la mano como última despedida. Todos saben que el capitán de caballería Lawrence J. E. Oates, de los dragones de Inniskilling, va como un héroe al encuentro de la muerte. Tres hombres de la expedición se arrastran sin fuerzas por aquel infinito desierto de hielo. Exhaustos, sin esperanza, sólo el instinto de conservación los impulsa a continuar la marcha. El tiempo es cada vez más despiadado. Cada depósito supone para ellos una nueva decepción. Continúa la escasez de petróleo y la consiguiente falta de calor. El 21 de marzo se hallan a una distancia de veinte kilómetros de uno de los depósitos, pero el viento sopla con tal furia que no pueden salir de la tienda. Cada noche esperan que a la mañana siguiente podrán alcanzar la meta, y, entre tanto, vanconsumiéndose las provisiones, y con ellas desaparece la postrera esperanza. Ya no les queda combustible y el termómetro marca 40° bajo cero. Han de morir de hambre o de frío. Durante tres días, aquellos hombres cobijados en la tienda luchan contra la fatalidad en el seno de aquel gélido e inhóspito mundo. El 29 de marzo saben ya que ni un milagro puede salvarlos. Entonces deciden no dar un paso más y aceptar la muerte dignamente, con la entereza con que soportaron todas las demás penalidades. Se meten en sus sacos de dormir, y de sus últimos sufrimientos no ha trascendido el menor detalle.

LAS CARTAS PÓSTUMAS DE UN MORIBUNDO

En aquellos terribles momentos en que se encuentra solo, frente a frente con la muerte, mientras sopla con furia el huracán, arremetiendo rabiosamente contra las frágiles paredes de la tienda, piensa el capitán Scott en todas aquellas personas a las cuales está ligado con distintos lazos. En medio de aquel helado silencio se despiertan sus sentimientos de fraternidad para con su propia nación, para la Humanidad entera. La íntima Fata Morgana de su espíritu va evocando en el lejano y blanco desierto las imágenes de aquellos seres queridos a quienes debe amor, fidelidad y amistad. A todos les dirige la palabra. Con los dedos entorpecidos por el frío, el capitán Scott, a la hora de la muerte, escribe cartas a los seres vivos que son entrañables para él. Fueron escritas a sus contemporáneos, pero sus palabras pasarán a la eternidad. Escribe a su mujer. Le recomienda que cuide a su tesoro, su hijo. Le pide que lo defienda y lo proteja. Al final de una de las empresas más nobles de la historia del mundo hace una confesión: «Como tú sabes, tenía que esforzarme para ser activo, pues siempre he sido inclinado a la pereza.» Cerca de la muerte se muestra satisfecho de su resolución en vez de lamentarla: « ¡Cuántas cosas podría contarte de este viaje! A pesar de todo, ha sido mucho mejor que lo realizara, en vez de quedarme en casa rodeado de comodidades.» Y como fiel camarada escribe también a la madre y a la esposa de cada uno de sus compañeros de infortunio, que mueren con él, para testimoniar su heroicidad. Un moribundo consuela a los familiares de los demás impulsado por un sentimiento poderoso, sobrehumano, por la grandiosidad del trágico momento y lo memorable del desastre. Escribe, además, a los amigos. Modesto consigo mismo, se muestra orgulloso respecto a su patria, de la que se siente hijo dignísimo. «No sé si he sido un gran descubridor —declara—, pero nuestro fin será testimonio del espíritu valiente, de la resistencia al dolor, que no se han extinguido en nuestra raza.» Y la muerte le hace confesar un profundo sentimiento de amistad que su gran delicadeza y su timidez espiritual le impidieron expresar debidamente. Y escribe: «En toda mi vida encontré un hombre que me inspirase mayor afecto y admiración que usted, aunque nunca pude demostrarle lo que para mí significa su amistad, pues usted tenía mucho que dar y yo no podía corresponderle.» Luego escribe una última carta, la más hermosa de todas, dirigida a la nación inglesa, en la que manifiesta que, en aquella lucha por la gloria de Inglaterra, perece completamente inocente de culpa. Hace constar la serie de obstáculos conjurados contra él y, con un acento que la presencia invisible de la muerte hace hondamente patético, se dirige a todos sus compatriotas para suplicarles que no abandonen a sus huérfanos. Sus últimas palabras no se refieren a él, sino a la vida de los demás: «¡Por el amor de Dios, no desamparéis a los que quedan! » Siguen luego las páginas en blanco. Hasta que el lápiz se desprendió de sus rígidos y helados dedos, el capitán Scott continuó escribiendo en el diario de la expedición. El pensamiento de que junto a su cadáver podrían hallarse aquellas páginas, testimonios evidentes de su valor, representativo del de la raza inglesa, fue el que le permitió realizar el sobrehumano esfuerzo. Y aún añadió con letra insegura, debido a los agarrotados dedos, para expresar su última voluntad: «Remitan el diario a mi esposa.» Luego, impulsado por una cruel certidumbre, tacha la palabra «esposa» y escribe: «a mi viuda».
LA RESPUESTA

Durante varias semanas los esperaron sus compañeros. Primero esperanzados, luego algo preocupados y por fin dominados por una terrible angustia. Por dos veces se enviaron expediciones de socorro, pero el mal tiempo los obligó a retroceder. Todo el invierno pasaron los expedicionarios en su refugio, deprimidos por el presentimiento de la catástrofe. Durante todos aquellos meses, la suerte y la hazaña del capitán Scott quedaron envueltas en el silencio, sepultadas bajo la nieve. El hielo guardó a los heroicos hombres en un sarcófago de cristal. No sale otra expedición hasta el 29 de octubre, en la primavera austral, para hallar por lo menos los restos de aquellos valientes y los mensajes que sin duda habrían dejado. Y el 18 de noviembre llegan a la tienda, donde encuentran los cadáveres metidos dentro de los sacos de dormir. Scott está abrazado a Wilson. Los expedicionarios recogen las cartas y los documentos. Antes de partir sepultan a las víctimas. Como solitario recuerdo, sobre un montón de nieve se destaca una sencilla cruz en aquel blanco mundo que guarda en su helado seno una de las mayores gestas de la Humanidad. ¡Pero no! Inesperada y maravillosamente, las hazañas resucitan gracias a la milagrosa técnica moderna. Los expedicionarios llevan a Inglaterra las placas fotográficas y las películas encontradas. Al ser reveladas puede volver a verse a Scott y a sus compañeros en su peregrinación por las inmensas regiones polares, que sólo Amundsen había podido contemplar aparte de ellos. Por todos los ámbitos del admirado mundo se difunden por cable sus palabras y sus cartas, y en la catedral del Reino Unido, el Rey dobla la rodilla en homenaje a los héroes. Así vuelve a ser fecundo lo que pareciera estéril. De una muerte heroica surge una vida magnífica. Sólo la ambición se aviva con la llama del éxito, pero no existe nada que eleve tanto los sentimientos humanos como la muerte de un hombre en su lucha contra el poder invisible del destino. Es la tragedia más sublime, cantada de vez en cuando por un poeta y que la vida plasma millares de veces."

Stefan Zweig, Momentos estelares de la humanidad.



Voy a dormir





Dientes de flores, cofia de rocío,
manos de hierbas, tú, nodriza fina,
tenme prestas las sábanas terrosas
y el edredón de musgos escardados.

Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame.
Ponme una lámpara a la cabecera,
una constelación, la que te guste,
todas son buenas, bájala un poquito.

Déjame sola: oyes romper los brotes.
Te acuna un pie celeste desde arriba
y un pájaro te traza unos compases

para que olvides. Gracias... Ah, un encargo:
si él llama nuevamente por teléfono
le dices que no insista, que he salido.

Alfonsina Storni