miércoles, 28 de noviembre de 2012

Matilde era voluble







"Sus largas conversaciones con Julián versaban siempre sobre los proyectos más utópicos y peligrosos. Los carceleros, bien pagados, la dejaban moverse a su antojo en la prisión. Las ideas de Matilde no se limitaban al sacrificio de su reputación; poco le importaba que la sociedad entera supiese su estado. Una de las menores quimeras que forjaba aquella imaginación exaltada y valerosa consistía en echarse de rodillas ante la carroza del rey cuando éste pasara al galope, llamar la atención del príncipe, aun a riesgo de ser pisoteada mil veces, para solicitar el indulto de Julián. Merced al apoyo de sus amigos empleados en la corte del rey, estaba segura de ser admitida en las zonas reservadas del parque Saint-Cloud.
Julián se consideraba poco digno de tanta abnegación; a decir verdad, estaba cansado de aquel heroísmo. Hubiera sido sensible a una ternura sencilla, ingenua y casi tímida, pero el alma altiva de Matilde necesitaba siempre de un público, del aplauso de los demás.
En medio de todas sus angustias, de todos sus temores por la vida de aquel amante, al que no quería sobrevivir, sentía una secreta necesidad de asombrar al público con el exceso de su amor y la sublimidad de sus actos.
Julián se irritaba contra sí mismo al ver que no le conmovía todo aquel heroísmo. ¿Qué habría pensado si hubiera sabido todas las locuras con que Matilde abrumaba el espíritu abnegado, pero eminentemente razonable y limitado, del bueno de Fouqué?
Y no es que censurase la abnegación de Matilde, pues él también hubiera sacrificado toda su fortuna y expuesto su vida a los mayores avatares por salvar la de Julián. Pero lo cierto es que estaba estupefacto al ver la cantidad de oro que derrochaba Matilde. Durante los primeros días, las sumas dispendiadas impresionaron mucho a Fouqué, que  sentía por el dinero toda la veneración de un provinciano.
Acabó por descubrir que los proyectos de Mlle. de la Mole variaban a menudo, y, con gran satisfacción por su  parte, encontró la palabra adecuada para censurar aquel carácter que le resultaba tan fatigoso: Matilde era voluble. De aquel epíteto al de saco de grillos o al de cabeza de llena de pájaros, que son los mayores anatemas que se pueden aplicar en provincias, no hay más que un paso."

Stendhal, Rojo y negro.

Am I a monster?




“Who has not asked himself at some time or other: am I a monster or is this what it means to be a person?”

Clarice Lispector, The Hour of the Star

Argument Clinic



El instante





¿Dónde estarán los siglos, dónde el sueño 
de espadas que los tártaros soñaron, 
dónde los fuertes muros que allanaron, 
dónde el Árbol de Adán y el otro Leño? 

El presente está solo. La memoria 
erige el tiempo. Sucesión y engaño 
es la rutina del reloj. El año 
no es menos vano que la vana historia. 

Entre el alba y la noche hay un abismo 
de agonías, de luces, de cuidados; 
el rostro que se mira en los gastados 

espejos de la noche no es el mismo. 
El hoy fugaz es tenue y es eterno; 
otro Cielo no esperes, ni otro Infierno. 

Jorge Luis Borges 


Vida de Pi






"He oído casi tantas tonterías acerca de los zoológicos como acerca de Dios y de la religión. Hay gente bienintencionada pero mal informada que piensa que los animales en libertad son “felices” porque son “libres”. Esas personas suelen tener en mente un predador grande y majestuoso, un león o un guepardo (rara vez se exalta la vida de los ñúes o de los osos hormigueros). Se imaginan a un animal salvaje deambulando por la sabana, tomándose paseos digestivos tras comerse una presa que ha aceptado su suerte sin rechistar, haciendo calistenia para mantenerse en forma tras algún exceso. Se imaginan a un animal supervisando a sus crías con orgullo y ternura, a la familia entera mirando a la puesta de sol desde las ramas de un árbol y suspirando de placer. La vida del animal salvaje es sencilla, noble y trascendental, se imaginan. De repente, aparecen unos hombres malvados para cazarlo y encerrarlo en una jaula. Le trunca la “felicidad”. Anhela volver a la “libertad” y hace todo lo posible por escapar. Privado de su “libertad”, el animal se vuelve una sombra de lo que era, con el espíritu quebrantado. Al menos es lo que algunos se imaginan. 
Pero no es así. 
Los animales en libertad llevan una vida de compulsión y necesidad dentro de una jerarquía social implacable en un medio en el que abunda la provisión de miedo y escasea la provisión de comida, en el que hay que defender constantemente el territorio y aguantar los parásitos durante toda la vida. ¿Qué sentido tiene la vida en semejante contexto? Los animales en libertad, a efectos prácticos, no tienen libertad ni en el espacio ni en el tiempo ni en sus relaciones personales. En teoría, es decir, como simple posibilidad física, un animal podría recoger sus cosas y marcharse, desdeñando todas las convenciones sociales y los límites propios de su especie. Pero es menos probable que ocurra un acontecimiento como éste a que un miembro de nuestra propia especie, digamos, un comerciante con todos los vínculos habituales (la familia, los amigos, la sociedad), lo deje todo y se aleje de su vida provisto únicamente del cambio suelto que lleva en los bolsillos y con lo puesto. Si un hombre, el más valiente e inteligente de las criaturas, no se ve capaz de deambular de lugar en lugar, un extraño para todos, sin deber nada a nadie, ¿por qué lo iba a hacer un animal, que tiene un temperamento mucho más conservador? Pues así son los animales: conservadores, incluso reaccionarios. El cambio más insignificante puede disgustarlos. Quieren que las cosas estén justamente como ellos quieren, día tras día, mes tras mes. Las sorpresas les resultan muy desagradables. Es algo que se observa en sus relaciones espaciales. Un animal habita su espacio, sea en un zoológico o en su hábitat natural, del mismo modo que las piezas del ajedrez: de forma significativa. No hay más casualidad, ni "libertad" en el paradero de un lagarto, un oso o un ciervo que en la posición de un caballo en un tablero de ajedrez. Ambas cosas indican un proceder y una función. En su hábitat natural, los animales recorren los mismos caminos por las mismas razones apremiantes, estación tras estación. En un zoológico, si un animal no está en su lugar habitual y en la misma postura a la hora de siempre, algo querrá decir. Quizá sólo refleje un pequeño cambio en su entorno. Puede ser que se haya sentido amenazado por una manguera enrollada que un cuidador se ha olvidado de guardar; que se haya formado un charco que molesta al animal; la sombra de una escalera abierta. Pero podría querer decir algo más. En el peor de los casos, podría ser aquello que más aterra a un director de zoológico: un síntoma, un presagio de los problemas por venir, un motivo para inspeccionar la boñiga, interrogar severamente al cuidador, llamar al veterinario. ¡Y todo porque una cigüeña no está en su lugar habitual!"

Yann Martel, Vida de Pi

Caballero, su dirección; le desprecio







"Para ser un neófito que, por altivez, jamás preguntaba a nadie, Julián no incurrió en excesivas torpezas. Un día, obligado por un repentino chaparrón a guarecerse en un café de la calle Saint-Honoré, un hombre corpulento vestido de con un abrigo de castor, extrañado de su semblante sombrío, se le quedó mirando exactamente de la misma forma en que un día lo hiciera en Besaçon el amante de Amanda.
Julián se había reprochado demasiadas veces el haber dejado pasar aquel primer insulto, para soportar ahora sin inmutarse esta mirada. Pidió explicaciones. El hombre del abrigo le dirigió entonces las injurias más soeces. Todos los que estaban en el café hicieron círculo alrededor de ellos, y hasta los transeúntes se detenían en la puerta. Por una precaución de provinciano, Julián llevaba siempre consigo un par de pistolas. En aquel momento su mano las empuñaba dentro del bolsillo con movimiento convulsivo. Sin embargo, tuvo serenidad y se limitó a repetir una y otra vez a su oponente: Caballero, su dirección; le desprecio.
La insistencia con que pronunciaba aquellas cinco palabras acabó por llamar la atención de los curiosos.
-¡Caramba!, ése que despotrica no tiene más remedio que darle su nombre.
El hombre del abrigo, al oír reiteradamente aquel comentario, arrojó a la cara de Julián cinco o seis tarjetas. Afortunadamente no le alcanzó ninguna; Julián se había propuesto no hacer uso de las pistolas más que en caso de que el otro le tocara. El hombre se marchó, no sin volverse de vez en cuando para amenazarle con el puño y para seguir con su retahíla de insultos.
Julián se sintió bañado en sudor.
"¿De modo que el hombre más despreciable tiene el poder de alterar mi serenidad hasta tal punto? - se decía con rabia-. ¿Cómo matar en mí tan humillante sensibilidad?"

Stendhal, Rojo y negro.

viernes, 23 de noviembre de 2012

Ignatius J. Reilly








“Una gorra de cazador verde apretaba la cima de una cabeza que era como un globo carnoso. Las orejeras verdes, llenas de unas grandes orejas y pelo sin cortar y de las finas cerdas que brotaban de las mismas orejas, sobresalían a ambos lados como señales de giro que indicasen dos direcciones a la vez. Los labios, gordos y bembones, brotaban protuberantes bajo el tupido bigote negro y se hundían en sus comisuras, en plieguecitos llenos de reproche y de restos de patatas fritas. En la sombra, bajo la visera verde de la gorra, los altaneros ojos azules y amarillos de Ignatius J. Reilly miraban a las demás personas que esperaban bajo el reloj junto a los grandes almacenes D. H. Holmes, estudiando la multitud en busca de signos de mal gusto en el vestir. Ignatius percibió que algunos atuendos eran lo bastante nuevos y lo bastante caros como para ser considerados sin duda ofensas al buen gusto y la decencia. La posesión de algo nuevo o caro sólo reflejaba la falta de teología y de geometría de una persona. Podía proyectar incluso dudas sobre el alma misma del sujeto.
Ignatius vestía, por su parte, de un modo cómodo y razonable. La gorra de cazador le protegía contra los enfriamientos de cabeza. Los voluminosos pantalones de tweed eran muy duraderos y permitían una locomoción inusitadamente libre. Sus pliegues y rincones contenían pequeñas bolsas de aire rancio y cálido que a él le complacían muchísimo. La sencilla camisa de franela hacía innecesaria la chaqueta, mientras que la bufanda protegía la piel que quedaba expuesta al aire entre las orejeras y el cuello. Era un atuendo aceptable, según todas las normas teológicas y geométricas, aunque resultase algo abstruso, y sugería una rica vida interior."

John Kennedy Toole, La conjura de los necios. 

martes, 20 de noviembre de 2012

The Maker



lunes, 19 de noviembre de 2012

El mal del cerebro




El mal del cerebro. Parte uno: Cerebros reparados from Lainformacioncom on Vimeo.

El mal del cerebro. Parte dos: En busca de la memoria from Lainformacioncom on Vimeo.

El mal del cerebro. Parte 3: Trastornos de la mente from Lainformacioncom on Vimeo.

Rare pleasures




La agonía de la paz




El sol de Roma se ha puesto. 
Nuestro día murió.
Nubes, rocío y peligros se acercan; 
hemos cumplido nuestra labor. 
Shakespeare, Julio César


"Así como en su  momento Sorrento no significó un exilio para Gorki, tampoco lo fue  Inglaterra para mí durante los primeros meses. Austria siguió existiendo después de aquella -así llamada-«revolución» y de la tentativa inmediatamente posterior de los nacionalsocialistas de apoderarse del país mediante un golpe de mano y el asesinato de Dollfuss.  La agonía de mi patria habría de durar todavía cuatro años. Podía  volver a mi casa en aquel momento, no estaba desterrado, aún no era un proscrito. Nadie había tocado mis libros de la casa de Salzburgo, todavía tenía el pasaporte austriaco, la patria seguía siendo mi patria y yo, ciudadano suyo con todos los derechos. No había empezado aún esa espantosa condición de apátrida, imposible de explicar a quien no la haya padecido en carne propia, esa enervante sensación de tambalearse suspendido en el vacío con los ojos abiertos y de saber que dondequiera que  uno eche raíces puede ser rechazado en cualquier momento. Me encontraba tan sólo al comienzo del  periplo y, sin embargo, todo fue muy diferente cuando, a finales de febrero de 1934, bajé del  tren en Victoria Station; se ve diferente una  ciudad si uno ha decidido quedarse en ella o si sólo la visita como turista. No sabía cuánto tiempo viviría en Londres. Me importaba una sola cosa: poder volver a mi trabajo, defender mi libertad interior y exterior. No me compré ninguna casa, porque toda propiedad  significa una atadura, sino que alquilé un pisito, lo bastante grande como para colocar una mesa escritorio y guardar en dos armarios empotrados los pocos libros de los que no estaba dispuesto a desprenderme. En realidad, con eso tenía todo lo que un trabajador intelectual necesita. No había espacio para la vida social, es cierto, pero yo prefería vivir en un marco limitado y, a cambio de ello,  poder viajar libremente de vez en cuando; sin saberlo, mi vida ya había enfilado el camino de la provisionalidad y abandonado la permanencia en un mismo lugar.

La primera tarde -ya anochecía y los contornos de las paredes se desdibujaban en el crepúsculo- entré  en la pequeña vivienda, ya por fin preparada, y me asusté, porque en  aquel momento tuve la impresión de entrar en aquel otro pequeño alojamiento que había preparado en Viena, con las mismas pequeñas habitaciones, los mismos libro; que me saludaban desde la pared y los alucinados ojos del  Rey  Juan de Blake, que me acompañaba a todas partes. Necesité de veras un  rato para reponerme, pues durante años no  había vuelto a recordar aquel domicilio. ¿Era  un  símbolo de que mi vida -tan dilatada ya- se retraía hacia el  pasado y yo  me  convertía en  una sombra de mí mismo? Cuando, veinte años atrás, escogí aquel piso de Viena, también era un comienzo. No había escrito nada todavía o, al menos, nada importante; mis libros, mi nombre, todavía no existían en  mi país. Ahora, por una curiosa similitud, mis libros habían vuelto a desaparecer de la lengua en que  habían sido escritos y todo lo nuevo que  escribía era desconocido para Alemania. Los amigos estaban lejos, el viejo círculo se había roto, la casa había desaparecido junto con sus colecciones y cuadros; exactamente igual que  antaño, me  volvía  a encontrar rodeado de extraños. Todo lo que había intentado, hecho, aprendido y vivido entretanto parecía como  si se lo  hubiera llevado el viento; a los cincuenta años y pico me encontraba otra vez al principio, volvía a ser un estudiante que se sentaba ante su escritorio y por la mañana trotaba hacia  la biblioteca, bien  que  ya no tan crédulo, no tan entusiasta, con un reflejo gris en el pelo y un atisbo  de desánimo en el alma cansada.

Me cuesta decidirme a contar muchas cosas de aquellos años  de 1934 a 1940 pasados en  Inglaterra, porque me  estoy acercando a la época actual  y todos  la hemos  vivido  casi  de la misma forma,  con  el mismo desasosiego avivado por la radio y los periódicos, con las mismas esperanzas y angustias.  Hoy todos recordamos con  poco orgullo la ceguera política de aquellos años y vemos con horror hasta  dónde nos ha conducido; quien quisiera explicarlo, tendría que acusar, ¡y quién de nosotros tendría derecho a hacerlo! Además, mi vida en Inglaterra fue muy reservada. Aun sabiéndome lo bastante necio como para no poder superar un obstáculo tan superfluo, viví todos aquellos años de semiexilio y exilio desconectado de toda vida social franca y abierta, llevado por el error de considerar  que en  un  país extranjero no me estaba permitido participar en debates sobre la época. Si en  Austria no había podido hacer nada  contra la insensatez de los círculos dirigentes, ¿qué podía intentar allí,  donde me  sentía huésped de aquella buena isla, sabiendo (gracias a un mejor  y más  exacto conocimiento que  ya teníamos de ella) que si señalaba los peligros con  los que Hitler amenazaba al mundo se lo tomarían como una opinión personal interesada? Era francamente difícil a veces morderse la lengua ante errores notorios. Era doloroso ver cómo una propaganda magistralmente escenificada  abusaba precisamente de la suprema virtud de Inglaterra, la lealtad, la sincera voluntad de dar crédito a cualquiera desde el principio y sin pedirle pruebas. Una y otra vez se pretendía hacer creer que Hitler sólo quería atraer a los alemanes de los territorios fronterizos, que luego se daría por  satisfecho y, en  agradecimiento, exterminaría al  bolchevismo; este anzuelo funcionó a la perfección. A Hitler le bastaba mencionar la palabra «paz» en un discurso para que los periódicos olvidaran con júbilo y pasión todas las infamias  cometidas y dejaran de preguntar por qué Alemania  se  estaba armando con  tanto  frenesí. Los turistas  que  regresaban de Berlín, donde, con  toda  previsión, se  les  había  guiado y halagado, elogiaban el orden que allí reinaba y a su nuevo amo;  poco a poco fueron surgiendo voces en Inglaterra que empezaban a justificar en parte sus «reivindicaciones» de una Gran Alemania;  nadie comprendía que  Austria era la piedra angular del edificio y que, tan pronto como la hicieran saltar, Europa se derrumbaría. Pero yo percibía la ingenuidad y la noble buena fe con las que los ingleses y sus dirigentes se dejaban seducir; me daba cuenta de ello con los ojos ardientes de  quien  en su país  había visto  de cerca las  caras de las tropas de asalto  y les  había  oído  cantar: «Hoy Alemania  es nuestra, mañana lo será el mundo entero.» Cuanto más se acentuaba la tensión política, más me apartaba de las conversaciones en torno a ella y de cualquier actividad pública. Inglaterra es: el único país del viejo  mundo donde no he publicado ningún artículo relacionado con temas contemporáneos, donde nunca he hablado por la radio ni he participado en debates públicos; he vivido allí, en mi pequeño domicilio, en  mayor anonimato que treinta años antes  cuando era estudiante en Viena. Por lo tanto, no soy un testigo válido con derecho a hablar de Inglaterra y menos aún si, como tuve que confesar más tarde, antes de la guerra no había llegado a descubrir la fuerza profunda de Inglaterra, retenida en sí misma, que se revela sólo en los momentos de extremo peligro.

Tampoco vi a muchos escritores. Precisamente a los dos con los que acabé trabando amistad, John   Drinwater y Hugh Walpole, se los llevó una muerte prematura, y no trataba mucho con los más   jóvenes porque, a causa de la sensación de inseguridad del foreigner, que me agobiaba funestamente, evitaba clubes, cenas y actos públicos. Sin embargo, en una ocasión tuve el placer especial y  realmente inolvidable de ver a los dos cerebros más  agudos, Bernard Shaw y H. G. Wells, en una discusión, muy cargada por debajo, pero caballerosa y brillante por  fuera. Fue durante un lunch con pocas personas en casa de Shaw  y yo me  hallaba en  la situación -en  parte atractiva  y  en parte desagradable- de no estar al tanto  de lo que provocaba la tensión subterránea que se percibía como una corriente eléctrica entre los dos patriarcas, ya desde el momento en que se saludaron con una familiaridad ligeramente impregnada de ironía. Debía existir entre ellos una  divergencia de opinión en cuestiones de principios que se había dirimido poco antes o se había de dirimir durante aquel almuerzo. Estas dos grandes figuras, cada una de ellas una gloria de Inglaterra, habían luchado codo a codo, hacía medio siglo y en el círculo de la Sociedad Fabiana, a favor  del  socialismo,  por  aquella época un  movimiento también joven  todavía. Desde entonces esas dos personalidades tan definidas habían evolucionado por caminos cada vez más divergentes: Wells, perseverando en su idealismo activo y trabajando incansablemente en   su  visión del futuro de la  humanidad; Shaw, en cambio, observando tanto el  futuro como el presente cada vez con más ironía y escepticismo, para así  poner a prueba su  juego mental, hecho de reflexión  y divertimiento. También físicamente se habían  convertido con los años en  dos figuras completamente opuestas. Shaw, el increíblemente vigoroso octogenario que en las comidas sólo mordisqueaba nueces y fruta, alto, delgado, siempre tenso, siempre con una estrepitosa carcajada en sus  labios fácilmente comunicativos y más enamorado que nunca de los fuegos artificiales de sus paradojas; Wells, el septuagenario con más gusto por  la vida y con una vida  más holgada que nunca, bajo  de estatura, mofletudo e implacablemente serio tras su ocasional hilaridad. Shaw, brillante en  su agresividad, rápido y ligero a la hora de cambiar los puntos de ataque; Wells, con una defensa tácticamente fuerte,  imperturbable  como siempre en su fe y sus convicciones. En seguida tuve la impresión de que Wells no había acudido a una simple sobremesa para conversar con amigos, sino a una especie de exposición de  principios. Y precisamente porque yo no estaba informado de los motivos ocultos de aquel conflicto de ideas, percibí con  más  intensidad la atmósfera que se respiraba. En cada gesto, cada mirada y cada palabra de ambos llameaban unas ganas de pelear a menudo traviesas, pero en  el  fondo también serias;  era como si dos esgrimidores, antes de atacarse de  veras, ensayaran su agilidad con pequeñas estocadas exploratorias. Shaw poseía un intelecto más  rápido. Bajo sus  espesas cejas sus ojos centelleaban cada vez que daba una  respuesta o atajaba otra; su gusto por las agudezas, sus juegos de palabras, que  había perfeccionado durante sesenta años hasta convertirlos en un virtuosismo sin igual, los superó hasta llegar a una especie de petulancia. A ratos, la blanca y espesa barba le temblaba de espontáneas risas llenas de furia contenida, y la  cabeza,  un poco ladeada, parecía seguir con la mirada la trayectoria de las saetas que disparaba para ver si daban en el blanco. Wells, con sus mofletes colorados y sus  ojos tranquilos y tapados, era más mordaz y directo; también su inteligencia trabajaba con una rapidez extraordinaria, pero sin tantos malabarismos, ya que él prefería las estocadas directas, lanzadas con desenvoltura y naturalidad. Era un  relampagueo tan intenso y rápido -parada y estocada, estocada y parada, siempre con apariencia de jocosidad- que el espectador no se cansaba de  admirar el juego  de  floretes, el centelleo y las fintas. Pero  tras aquel diálogo rápido, mantenido constantemente en un nivel de lo más alto, aparecía una especie de enfurecimiento intelectual que se disciplinaba con nobleza, a la manera inglesa, adoptando las formas  dialécticas más corteses. Había -y eso hacía tanto más interesante la discusión- formalidad en el juego y juego en la formalidad, era una brava  confrontación entre dos caracteres diametralmente opuestos, que sólo en apariencia se inflamaba por razones objetivas, pero que en realidad se basaba en causas y motivos ocultos  que yo desconocía. Sea como fuere, vi a los dos mejores hombres de Inglaterra en uno de sus mejores momentos, y la continuación de esa polémica,  publicada en las  semanas siguientes en la Nation, no me proporcionó ni la centésima parte del placer que experimenté durante aquel fogoso diálogo, porque tras los argumentos, convertidos ya en  abstractos, ya no se revelaba lo bastante el hombre vivo ni la. esencia propiamente dicha del debate. Pocas veces he disfrutado tanto con la fosforescencia producida por  la fricción de dos espíritus ni he visto el arte del diálogo ejercido con tanto virtuosismo en una comedia teatral, ni antes ni después, como en aquella ocasión en la que alcanzó la perfección en sus formas más nobles, sin proponérselo y sin teatralidad

Viví aquellos años en Inglaterra sólo físicamente, no con toda el alma. Y fue precisamente la inquietud por Europa, esa dolorosa inquietud que  nos destrozaba los nervios, lo que,  en los años entre la toma del poder por Hitler y el estallido de la Segunda Guerra Mundial, me movió a viajar a menudo e incluso  a cruzar el océano por dos veces. Quizá me empujaba a ello el presentimiento de que era necesario almacenar, para  tiempos más tenebrosos, todas las impresiones y experiencias que el corazón pudiera contener, mientras el mundo permaneciera abierto y los barcos pudieran recorrer en paz su ruta a través de los mares; quizá también me empujaba el afán de saber que, mientras la desconfianza y la discordia destruían nuestro mundo, en alguna parte se estaba construyendo otro; quizá también una intuición,  muy  vaga  todavía,  me decía que  nuestro futuro, y también el mío, se encontraba lejos de Europa. Un ciclo de conferencias a lo largo y ancho de los Estados Unidos me ofreció la  grata oportunidad de ver este inmenso país en toda su diversidad y, a la vez, unidad, de este a oeste y de norte a sur. Pero quizá fue todavía más fuerte la impresión que  me causo América del Sur, adonde acepté viajar de buen grado a raíz de una invitación al congreso del PEN Club Internacional; nada me pareció tan importante en  aquel momento como reforzar la idea de la solidaridad espiritual por  encima de países y lenguas. Las últimas horas pasadas en Europa antes del aquel viaje me exhortaron a ponerme en camino  con  un nuevo y serio aviso. En aquel verano de 1936 había estallado la guerra civil española, la cual, vista superficialmente, sólo era una disensión interna en el seno de ese bello y trágico país, pero que, en realidad, era ya una maniobra preparada por las dos potencias ideológicas con vistas a su futuro choque. Había salido yo de Southampton en un barco inglés con la idea de que el vapor evitaría la primera escala, en Vigo, para  eludir la zona en  conflicto. Sin embargo, y para mi sorpresa, entramos en ese  puerto e incluso se nos permitió a los pasajeros bajar  a tierra  durante unas horas. Vigo se encontraba entonces en poder de los franquistas y lejos del escenario de  la guerra propiamente dicha. No obstante, en aquellas pocas horas pude ver cosas que me dieron motivos justificados para reflexiones abrumadoras. Delante del ayuntamiento, donde ondeaba la bandera de Franco, estaban de pie y formados en fila unos jóvenes, en su mayoría guiados por curas  y vestidos con sus  ropas campesinas, traídos seguramente de los pueblos vecinos. De momento no comprendí para qué los querían. ¿Eran obreros reclutados para  un servicio de urgencia? ¿Eran parados a los que  allí daban de  comer? Pero  al cabo de un cuarto de hora, los vi salir del ayuntamiento completamente transformados. Llevaban uniformes nuevos y relucientes, fusiles y bayonetas; bajo la vigilancia de unos oficiales fueron  cargados en  automóviles igualmente nuevos  y relucientes y salieron como  un rayo de la ciudad. Me estremecí. ¿Dónde  lo había  visto  antes? ¡Primero en  Italia y luego en Alemania!  Tanto en  un lugar  como  en  otro  habían aparecido de  repente estos uniformes: nuevos e inmaculados, los flamantes automóviles y las ametralladoras. Y una vez más me pregunté: ¿quién proporciona y paga esos uniformes nuevos? ¿Quién organiza a esos pobres jóvenes  anémicos? ¿Quién  los  empuja a  luchar  contra  el  poder establecido, contra el parlamento elegido, contra  los representantes legítimos de su propio pueblo? Yo sabía que  el tesoro público estaba en manos del gobierno  legítimo, como también  los depósitos de armas. Por consiguiente, esas armas y esos automóviles teníanque haber sido suministrados desde el extranjero y sin duda habían cruzado la frontera desde la vecina Portugal. Pero,  ¿quién  los  había  suministrado? ¿Quién los había pagado? Era un poder nuevo que quería el dominio, el mismo poder que  actuaba aquí  y allá,  un poder que  amaba la violencia, que  necesitaba la violencia y que consideraba debilidades anticuadas todas las ideas que  nosotros profesábamos y por las cuales vivíamos: paz, humanidad, entendimiento mutuo. Eran grupos secretos, escondidos en sus despachos y consorcios, que cínicamente se aprovechaban del idealismo ingenuo de los jóvenes para sus   ambiciones de poder y  sus negocios. Era una voluntad de imponer la fuerza que, con una técnica nueva y más sutil, quería extender por nuestra infausta Europa  la vieja  barbarie de la guerra. Una sola  impresión óptica,  sensorial, siempre causa más impacto en el alma  que mil  opúsculos  y artículos  de   periódico. Y en el momento en que vi cómoninstigadores ocultos proveían de armas a aquellos muchachos jóvenes e inocentes y los lanzaban contra  muchachos también jóvenes e inocentes de su propia patria, tuve el presentimiento de  lo que  nos  esperaba, de lo que amenazaba a Europa. Cuando, al cabo de unas horas de parada, el barco desatracó de nuevo, corrí a mi camarote. Me resultaba demasiado doloroso seguir viendo ese hermoso país  que había caído víctima de una horrible desolación  por  culpa de otros;  Europa me parecía condenada a muerte por su propia locura, Europa, nuestra santa  patria, cuna y Partenón de nuestra civilización occidental.

Tanto más plácida se ofreció después Argentina a la mirada. Volvía a ser España, su vieja cultura, protegida y preservada en una nueva  tierra, más vasta, todavía no abonada con sangre, todavía no  emponzoñada con odio. Había abundancia e incluso exceso de alimentos, de riqueza, había espacio infinito y, con él, comida para  el futuro. Se apoderó de  mí una inmensa alegría y una especie de nueva  confianza. ¿No habían emigrado las culturas de un país a otro desde hacía miles de  años? ¿No se salvaban siempre las semillas, aunque el árbol cayera bajo el hacha, y con ellas también las nuevas  flores y los frutos? Lo que las generaciones anteriores y contemporáneas habían logrado nunca  se perdería del todo. Sólo hacía falta aprender a pensar a partir de dimensiones más grandes, a contar con  lapsos de  tiempo más amplios. Deberíamos empezar a  pensar, me decía a mí mismo,  ya no sólo  a la europea, sino mirando más allá de Europa; no deberíamos enterrarnos en un pasado moribundo, sino  participar en su renacimiento. Y es que,  por  la cordialidad con  la que toda la población de esta nueva  ciudad de millones de habitantes ha participado en  nuestro congreso, he visto que allí no éramos unos extraños, que todavía estaba viva, vigente y eficaz la fe en la unidad espiritual, a la cual hemos dedicado los mejores años de nuestra vida, y que en la época de las nuevas velocidades, ya ni el océano nos separaba. Una nueva  misión sustituía a la vieja: construir la comunidad que soñábamos en unas dimensiones más grandes y en uniones más osadas. Si, después de la última mirada a la inminente guerra, había dado a Europa por perdida, ahora, allí, bajo la Cruz del Sur, de nuevo empezaba a creer y a tener esperanza.

Una impresión no menos imponente, una promesa no menor, supuso para mí Brasil, este país  generosamente dotado por  la naturaleza de la ciudad más bella del mundo, este país con un espacio  inmenso que ni los ferrocarriles ni las carreteras, ni siquiera los aviones, podían recorrer todavía de cabo a rabo. Aquí el pasado se ha conservado con más esmero que en la misma Europa; aquí, el embrutecimiento que trajo consigo la Primera Guerra Mundial no ha penetrado todavía en las costumbres, en el espíritu de las naciones; aquí los hombres viven más pacífica  y educadamente que  entre nosotros, menos  hostil que entre nosotros es el  trato  entre las  diferentes razas;  aquí  el  hombre no ha sido separado del hombre por absurdas teorías de sangre, raza y origen; se tenía el singular presentimiento de que aquí todavía  se podía vivir en paz; aquí el espacio, por cuya mínima partícula luchaban los estados de Europa y lloriqueaban los políticos, estaba preparado, en una abundancia inconmensurable, para  recibir el  futuro; aquí la tierra esperaba todavía  al hombre para que la utilizara  y la llenara con su presencia; aquí se podía continuar y desarrollar en nuevas y grandiosas formas la civilización que Europa había creado. Con ojos felices ante las mil formas de la belleza de aquella nueva naturaleza, vi el futuro.

Pero viajar e irme lejos, hasta otros mundos y otras estrellas, no quería decir huir de Europa ni de la aflicción por Europa. Casi parece una malévola venganza de la naturaleza contra el hombre el que  todas las conquistas de la técnica gracias a las cuales le ha arrancado las fuerzas más secretas-le destruyan el alma. La peor maldición que nos ha acarreado la técnica es la de impedirnos huir, ni que sea por un momento, de la actualidad. Las generaciones anteriores, en momentos de calamidad, podían refugiarse en la soledad y el aislamiento; a nosotros, en cambio, nos  ha sido reservada la obligación de saber y compartir en el mismo instante lo malo que  ocurre en cualquier lugar del globo. Por más que me alejara de Europa, su destino me acompañaba. Desembarcando de noche en Pernambuco, con  la Cruz  del  Sur sobre mi cabeza y rodeado de gentes de  piel oscura en la calle, vi en un periódico la noticia  del bombardeo de Barcelona y del fusilamiento de un amigo español en cuya compañía  había pasado unas agradables horas no hacía muchos meses.  

Cuando me dirigía a Tejas a toda velocidad en un vagón pulman, entre Houston y otra  ciudad petrolera oí de repente a alguien que gritaba furioso en alemán: un compañero de viaje había sintonizado casualmente  una emisora alemana  en  la  radio  del  tren y tuve que escuchar, a través  de la llanura de Tejas, un exaltado discurso de Hitler. No había modo  de  escaparse, ni de día ni de noche; siempre debía pensar, con dolorosa ansiedad, en Europa y, dentro de Europa, en Austria. Puede parecer patriotismo mezquino el que, ante la inmensidad del ¡peligro que amenazaba desde China hasta más  allá  del Ebro  y el  Manzanares, yo me preocupara especialmente por  el destino de Austria. Pero  sabía que el destino de toda Europa estaba ligado a este pequeño país que, casualmente, era mi patria. Cuando uno intenta  trazar retrospectivamente los errores de la  política después de la Primera Guerra Mundial, se da cuenta de que el mayor de todos fue que tanto los políticos europeos como los norteamericanos no llevaron a la práctica el claro y simple plan de Wilson, sino que lo mutilaron. La  idea  del mismo era  conceder  libertad e independencia a las  pequeñas naciones, pero él  había  visto  con  acierto que  tal libertad e independencia sólo podían mantenerse dentro de una unidad de  todos los estados, pequeños y grandes, en  una  organización de  orden superior. Al no crear esa organización -la auténtica y total Liga de las Naciones- y al aplicar sólo la otra parte de su programa, la independencia de los estados pequeños, en vez de paz y tranquilidad se creó una tensión crispante. Pues nada es más peligroso que el delirio de  grandeza de los pequeños y lo primero que  hicieron los estados pequeños, tan  pronto como se formaron, fue intrigar los unos contra losbotros y disputarse territorios  minúsculos:  Polonia  contra Chequia, Hungría contra Rumania, Bulgaria contra  Serbia, y el más: débil de todos en esas rivalidades era  la diminuta Austria frente a la prepotente Alemania. Este troceado y mutilado  país, cuyos soberanos en otro tiempo habían mandado en Europa a sus anchas, era tengo que repetirlo-la piedra angular del edificio. Yo sabía lo que no podían ver los millones de habitantes de la capital  inglesa que me rodeaban: que con Austria caería Checoslovaquia y que,  después, Hitler tendría el  camino despejado para apoderarse de los  Balcanes;  sabía que  el  nacionalsocialismo, con Viena  en  su poder y gracias a la peculiar estructura de la ciudad, tenía en su inflexible mano la palanca capaz  de  zarandear Europa  y sacarla de sus  goznes. Sólo los  austriacos sabíamos con  qué  avidez,  estimulada por el resentimiento, Hitler  ambicionaba Viena, la ciudad que lo había visto en la miseria más extrema y en la que  quería entrar como triunfador. Por eso, cada vez que  yo hacía una escapada a Austria  y luego volvía  a cruzar  la frontera, respiraba con  alivio: «Esta vez, todavía no.» Y miraba hacia atrás  como si fuera la última. Veía acercarse la catástrofe, inevitablemente; cien veces durante  aquellos años,  mientras  los  demás  leían confiados los  periódicos, yo temía en lo más íntimo de mi ser ver  en  ellos  los titulares: Finis Austriae. ¡Ah, cómo me había engañado a mí mismo con la ilusión de creer que  desde hacía tiempo me había desligado de su destino! Desde lejos compartía todos los días  el sufrimiento de su lenta  y febril agonía: infinitamente más que mis amigos que vivían en ella, que a su vez se engañaban con muestras de patriotismo y se repetían los unos a los otros, día tras día: «Francia e Inglaterra. Y sobre todo Mussolini no lo permitirá.» Creían en la Liga de las Naciones y en los tratados de paz como los enfermos en las medicinas con hermosas etiquetas. Vivían tranquilos y despreocupados, mientras que a mí, que lo veía todo más claro, se me partía el corazón de angustia.

Tampoco mi último viaje  a Austria estuvo motivado por  otra  cosa  que  por  un estallido espontáneo de miedo ante  la catástrofe cada vez  más inminente. Había estado en  Viena en  el otoño de 1937 para  visitar  a mi anciana madre y durante un tiempo  no tuve nada  más que  hacer allí; como nada  urgente me retenía, regresé a Londres. Al cabo  de  pocas semanas (sería a finales  de  noviembre), una tarde me dirigía a casa  por Regent  Street y compré el Evening Standard. Era el día en  que lord Halifax volaba  hacia Berlín para intentar por primera vez negociar personalmente con Hitler. En aquella edición del  periódico se  especificaban todavía lo veo, el texto a la derecha y en negrita -los puntos sobre los que  Halifax quería llegar a un acuerdo con Hitler. Y entre líneas leí, o creí leer: el sacrificio de Austria, pues ¿qué otra cosa podía significar una entrevista con Hitler? Y es que los austríacos sabíamos que Hitler  no cedería nunca en este punto. Curiosamente la enumeración programática de  los temas de debate sólo se incluyó en  la edición del  mediodía del Evening Standard y desapareció completamente de  las  demás ediciones del mismo periódico a partir de la tarde. (Luego corrió el rumor de que esa información la había proporcionado al periódico la legación italiana, porque lo que más temía Italia  en 1937 era un acuerdo entre Alemania e Inglaterra a sus espaldas.)  No podría decir  hasta qué   punto era objetiva y cierta la noticia (inadvertida seguramente para la gran mayoría) tal como se publicó en  aquella edición del Evening Standard. Sólo sé que me estremecí horrorizado ante la idea de que Hitler e Inglaterra negociaran ya  respecto a Austria; no me avergüenza decir que el periódico me temblaba en las manos. Falsa o verdadera, la noticia me conmocionó como ninguna otra desde hacía años,  pues  sabía que, aun cuando se confirmara sólo una pequeña parte de la misma, sería el principio del fin, caería la piedra angular del edificio y, con ella, el  edificio entero. Di marcha atrás en el acto, subí  al primer autobús en dirección a Victoria Station y me dirigí a Imperial Airways para preguntar si quedaba algún  asiento libre  en el avión  de  la mañana siguiente. Quería volver a ver a mi madre, la familia, la patria. Por casualidad pude hacerme todavía con un billete; metí cuatro cosas en una maleta y volé  hacia Viena.

Los amigos se sorprendieron ante mi regreso tan rápido y repentino. Y ¡cómo se rieron a costa mía cuando les insinué mis inquietudes! «El mismo Jeremías de siempre», dijeron con soma. ¿Acaso no sabía que la población entera de Austria apoyaba ahora a Schuschnigg al cien por cien? Elogiaron con profusión de detalles las grandiosas manifestaciones del «Frente Patriótico», mientras yo, por el contrario, había  observado en Salzburgo que la mayoría de los participantes sólo llevaba el distintivo reglamentario de la coalición pegado en la solapa por miedo a perder  sus   puestos de  trabajo, pero  a  la vez desde hacía tiempo estaban inscritos-por precaución en Munich -en las filas de los nacionalsocialistas: había estudiado demasiada historia, y escrito sobre ella, como para  no saber que la gran masa  siempre se inclina  hacia  el  lado  donde se halla  el centro de  gravedad en cada momento. Sabía que las mismas voces que  hoy gritaban «¡Heil Schuschnigg!» mañana  rugirían «¡Heil Hitler!». Sin embargo, todos  aquellos con los que hablé en Viena  mostraban una sincera despreocupación. Se invitaban mutuamente a actos sociales con esmoquin y frac (sin sospechar que  pronto llevarían el uniforme de prisioneros en campos de concentración); desbordaban los comercios con compras de  Navidad para sus hermosas casas (sin sospechar que en unos meses otros se las quitarían y las saquearían). Y esa  eterna despreocupación de la vieja Viena,  que  tanto me había  gustado antes  y con la que  he soñado toda la vida,  esa despreocupación que el poeta nacional vienés Anzengruber resumió una vez en el axioma «Nada te puede pasan,  por  primera  vez  me dolió. Aunque quizás,  en última  instancia, eran más  sabios que yo todos aquellos amigos de Viena,  pues sufrían sólo cuando pasaba algo,  mientras que yo me imaginaba las desgracias, las padecía antes de  tiempo y  volvía a  padecerlas  cuando ocurrían de veras. Sin embargo ya no comprendía a mis amigos, ni  podía  hacerme comprender por ellos.  Después del  segundo día ya no previne a nadie más. ¿Para qué inquietar a alguien que no quiere ser  inquietado?

Que el lector no lo tome como un adorno añadido, sino como la pura verdad, si digo que en los últimos  días  que  pasé en  Viena  contemplé cada una de las familiares casas,  cada iglesia, cada jardín y cada  uno de los viejos  rincones de la ciudad en la que había nacido con un «¡Nunca más!» mudo y desesperado. Había abrazado a mi madre con  un secreto «¡Es la última vez!». Me despedí de  toda  la ciudad y de todo el país con un sentimiento de «Nunca más», pues tenía conciencia de que era  una despedida, un adiós para siempre. Pasé de largo por Salzburgo, la ciudad donde tenía  la casa en la  que  había trabajado durante veinte años, sin siquiera bajar del tren en la estación. Por supuesto que  desde la ventanilla habría podido ver la casa de la colina,  con todos sus recuerdos de los años vividos.  Pero no volví los ojos hacia ella. ¿Para qué, mirándolo bien, si no volvería a vivir allí?, y en  el  instante en  que  el tren cruzó la frontera, supe, como el patriarca Lot de la Biblia,  que  detrás de mí todo era polvo  y ceniza,  un  pasado petrificado en  sal amarga.

Creía haber presentido todos los horrores que podían ocurrir cuando el sueño de odio  de  Hitler  se hiciera realidad y él mismo ocupara victorioso Viena, la ciudad que lo rechazó cuando era  un joven pobre y fracasado. Pero, ¡qué tímida, pequeña y lastimosa resultó mi fantasía, como toda fantasía  humana, ante la inhumanidad que se desató aquel 3 de marzo de 1938,  el día en que Austria, y con ella  Europa,  sucumbió a la fuerza bruta!! Finalmente cayó la  máscara. Como los demás estados ya habían manifestado abiertamente su miedo, la brutalidad ya no tenía que imponerse trabas morales, así  que  no se sirvió- ¿conservaban todavía algún peso Inglaterra, Francia, el mundo? -de ningún pretexto hipócrita para excluir,  por  ejemplo, a los «marxistas» de, la vida política. Ya no simplemente se robaba y saqueaba, sino que se daba rienda suelta a cualquier ansia de venganza personal. Catedráticos de universidad eran obligados a fregar las calles con las manos, judíos creyentes de barba blanca eran arrastrados al templo y obligados por mozalbetes vocingleros a arrodillarse y gritar a coro «¡Heil Hitler!». Por las calles se cazaba a gente inocente como a conejos y se los llevaba a empujones a los cuarteles de  las SA para que limpiaran las letrinas; todo lo que  la enfermiza y sórdida  fantasía del odio había ideado  durante muchas noches de orgía se desataba a la luz del día. Hechos  tales  como irrumpir en las casas y arrancar los pendientes a temblorosas mujeres pudieron haber ocurrido también siglos  atrás, en  las guerras medievales, durante el saqueo de las ciudades, pero el impúdico placer de la tortura en público, el tormento psíquico y la humillación refinada eran algo nuevo. Todo esto está  registrado no por  una sola persona, sino por  las miles que lo han  sufrido, y llegará un día en que una época más  tranquila, no moral mente cansada como ya lo está  la nuestra, leerá estremecida sobre los crímenes que cometió un solo hombre, rabioso de odio, en el siglo XX, en aquella ciudad de la cultura. Porque ése  fue el diabólico triunfo de Hitler en  medio de sus victorias militares y políticas: este  hombre solo logró con sus constantes excesos embotar todo concepto de justicia. Antes de su «nuevo  orden», el  asesinato de una  sola persona sin sentencia judicial ni causa notoria estremecía aún al mundo, la tortura era inconcebible en el siglo XX y se llamaba a las expropiaciones lisa y llanamente rapiña y robo. Ahora, en cambio, tras la nueva  versión de las sucesivas Noches  de San  Bartolomé, después de las  torturas hasta la muerte en las celdas de las SA y detrás de los alambres de espino, ¡qué importaba una  injusticia aislada y el sufrimiento en este valle de lágrimas! En 1938, después de Austria, nuestro mundo ya  estaba más acostumbrado a la inhumanidad, la injusticia y la brutalidad que cuanto lo  había estado durante siglos. Lo que había ocurrido en aquella infausta ciudad de Viena antes habría bastado para provocar un boicot internacional, pero en  el año 1938  la conciencia mundial claudicaba o sólo  se quejaba un poco antes de olvidar y perdonarlo todo.

Aquellos días en que resonaban los  gritos de auxilio lanzados diariamente desde la patria, en que  sabía que  amigos próximos eran secuestrados, torturados y humillados, en que, impotente, temblaba de miedo por  aquellos a los que amaba, aquellos días fueron unos de los más terribles de mi vida. No  me  avergüenza decir -he aquí hasta qué punto la época nos ha pervertido el corazón- que no me estremecí ni lloré cuando me  llegó la noticia de la muerte de mi madre, a la que había dejado en Viena, sino que, al contrario, sentí algo parecido a un alivio, pues ahora la sabía a salvo de todos los sufrimientos y peligros. A los ochenta y cuatro años, casi sorda del  todo, vivía en nuestra casa familiar y, por  lo tanto,  de momento no  podía ser desahuciada ni  siquiera de acuerdo con  las nuevas «leyes arias» y teníamos la esperanza de llevarla al extranjero de un  modo u otro  al cabo de un tiempo. Uno de los primeros decretos de Viena la había afectado seriamente. A su edad tenía las piernas débiles y estaba acostumbrada, durante sus  paseos diarios, a descansar en un banco del Ring o del  parque después de cada cinco o diez minutos de  penoso andar. No hacía siquiera ocho  días que Hitler se había convertido en amo y señor de la ciudad, cuando proclamó la orden que prohibía a los judíos sentarse en los bancos: era una de aquellas prohibiciones ideadas, obviamente, con  el único y sádico propósito de martirizar con  malicia. Y es que robar a los judíos tenía, al fin y al cabo, una cierta lógica y un sentido, pues con  el producto del  robo de las fábricas, del  mobiliario de las casas y villas y de los pues tos de trabajo vacantes, se podía alimentar a los partidarios y recompensar a los antiguos satélites; en definitiva la galería de arte de Goering debe su esplendor principalmente a esa práctica aplicada al por mayor. Ahora  bien, impedir a una anciana o a un  hombre mayor cansado sentarse unos minutos en  un  banco para recuperar el  aliento, eso estaba reservado al siglo y al hombre que  millones de personas adoraban como al más grande de la época.

Por fortuna a mi madre le fue ahorrado el tomar parte por  mucho tiempo en tales groserías y humillaciones. Murió pocos meses después de la ocupación de Viena y no puedo menos que mencionar un episodio relacionado con  su  muerte, pues creo importante dejar constancia de esta clase de detalles con vistas a  un futuro que los tendrá por  imposibles. Una  mañana, aquella mujer de ochenta y cuatro años sufrió un desmayo. El médico que la atendió pronosticó en  seguida que  difícilmente pasaría de aquella noche y mandó buscar a una  enfermera, una mujer de cuarenta años, para que la velará junto a su cama. Ni mi hermano ni yo, sus dos únicos hijos, estábamos en Viena y, naturalmente, no podíamos acudir, pues para los representantes de la cultura alemana regresar a Austria para visitar a una madre en su lecho de muerte también constituía un delito. De modo que un primo nuestro aceptó pasar la noche en la casa para que  al menos alguien de la familia  estuviera presente en el momento de la muerte. Aquel primo era  entonces un hombre de sesenta años que tampoco gozaba de buena salud y que de hecho también murió al cabo de un año.  Cuando había empezado a prepararse la cama en la habitación contigua para pasar allí la noche, apareció la enfermera hay que decir en su honor que bastante avergonzada para comunicar que, lamentándolo mucho, según las nuevas leyes nacionalsocialistas, le resultaba imposible pasar la noche al lado de la moribunda. Dijo que mi primo  era judío y, puesto que ella era una mujer de menos de cincuenta años, no podía pasar la noche bajo el mismo techo al mismo tiempo que él, ni siquiera para velar a una moribunda, pues, conforme a la mentalidad de  Streicher, lo primero que se le ocurriría a un judío sería  practicar con ella un acto de deshonra racial. Por supuesto,  añadió, lamentaba mucho aquella orden, pero debía cumplir la ley. Y así mi primo de sesenta años, para  que la enfermera pudiera quedarse junto a la moribunda, se vio obligado a salir de la casa al anochecer. Quizás ahora se comprenda que yo considerara afortunada a mi madre por no tener que seguir viviendo entre esa clase  de gente.

La caída de Austria produjo en mi vida privada un cambio que en un principio consideré del todo insignificante y puramente formal: perdí mi pasaporte austriaco y tuve que pedir a las autoridades  británicas un documento sustitutivo, un pasaporte de apátrida. En mis sueños cosmopolitas me había  imaginado a menudo en mi fuero interno cuán espléndido y conforme a mis sentimientos sería vivir sin estado, no estar obligado a ningún  país: y, por lo tanto, pertenecer a todos sin distinción. Pero  una  vez  más tuve que reconocer cuán imperfecta es  la fantasía humana y hasta qué punto no comprendemos las  sensaciones más  importantes hasta que no las hemos vivido nosotros mismos. Diez años antes,  en una ocasión en que encontré a Dmitri Merezhkovski en París y le oí lamentarse de que sus libros estaban prohibidos en Rusia, yo, inexperto, intenté consolarlo maquinalmente diciéndole que aquello significaba muy poco teniendo en cuenta la difusión universal que  habían tenido. Pero  luego, cuando mis libros desaparecieron de la lengua alemana, ¡con qué claridad comprendí su queja de no poder publicar la palabra creada más que en traducciones, un medio diluido, cambiado! Asimismo, no fue hasta el instante en que fui admitido en un despacho oficial inglés, después de una larga espera en una antesala sentado en  el  banco de los solicitantes, cuando comprendí qué  significaba el cambio de  mi pasaporte por  un papel para extranjeros. Máxime cuando hasta entonces había  tenido derecho a un pasaporte austriaco. Cualquier funcionario austriaco del  consulado o de la policía tenía la obligación de extendérmelo como a ciudadano de pleno derecho. En cambio, el documento de extranjero que  me  dieron los  ingleses tuve que pedirlo. Era  un favor, pero un favor que me podían retirar en cualquier momento. De la noche a la mañana había descendido un peldaño más. Ayer todavía era un huésped extranjero y, en cierto modo, un gentleman que gastaba allí sus ingresos internacionales y pagaba sus impuestos, y hoy me había convertido en  un emigrado, un «refugiado». Me rebajaron a una categoría inferior, aunque no deshonrosa. Además, de ahora en adelante debía solicitar cualquier visado extranjero en aquella hoja de papel, porque en todos los países desconfiaban de esa «clase» de hombres de los cuales, de repente, yo formaba parte: hombres privados de derechos y sin  patria, a los  que, en caso de necesidad, se los  podía expulsar y devolver a su país como a los demás, si se convertían en  una carga o permanecían allí  demasiado tiempo. Y tuve que recordar las  palabras que  un exiliado ruso me había dicho años atrás: «Antes el  hombre sólo tenía cuerpo y alma. Ahora, además, necesita un pasaporte, de lo contrario no se lo trata como a un hombre.»

En efecto: tal vez nada demuestra de modo más palpable la terrible caída que sufrió el  mundo a  partir de la Primera Guerra Mundial como la limitación de la libertad de movimientos del hombre y la reducción de su derecho a la libertad. Antes de 1914 la Tierra era de todos. Todo el  mundo iba adonde  quería y permanecía allí el  tiempo que quería.bNo existían permisos ni autorizaciones; me divierte la sorpresa de los jóvenes cada vez que les cuento que antes de 1914 viajé a la India  y América sin pasaporte y que  en realidad jamás en  mi vida  había visto uno. La gente subía y  bajaba de los trenes y de los  barcos sin preguntar ni ser preguntada, no tenía que rellenar ni uno del centenar de papeles que se exigen hoy en día. No existían salvoconductos ni visados ni ninguno de estos fastidios; las mismas fronteras que hoy aduaneros, policías y gendarmes han  convertido en una alambrada, a  causa de la desconfianza. patológica de todos hacia todos, no representaban  más que líneas simbólicas que se cruzaban con la misma despreocupación que el  meridiano de Greenwich. Fue después de la  guerra cuando el nacionalsocialismo comenzó a trastornar el mundo, y el primer fenómeno visible de esta epidemia fue  la xenofobia: el odio o, por  lo menos, el temor al extraño. En todas partes la gente se defendía de los extranjeros, en todas partes los excluía. Todas las humillaciones que se habían inventado antaño sólo para los criminales, ahora se infligían a todos los viajeros, antes y durante el viaje. Uno tenía que hacerse retratar de la derecha y la  izquierda, de cara y de perfil, cortarse el pelo de modo que se le vieran las orejas, dejar las  huellas dactilares, primero las del  pulgar, luego las de todos los demás dedos; además, era necesario presentar certificados de toda clase: de salud, vacunación y buena conducta, cartas de recomendación, invitaciones y  direcciones de  parientes, garantías morales y económicas, rellenar formularios y firmar tres o cuatro copias, y con que faltara uno solo de ese montón de papeles, uno estaba perdido."

Una palabra es todo el lenguaje




Toda palabra llama a otra palabra.
Toda palabra es un imán verbal,
un polo de atracción variable
que inaugura siempre nuevas constelaciones.

Una palabra es todo el lenguaje,
pero es también la fundación
de todas las transgresiones del lenguaje,
la base donde se afirma siempre un antilenguaje.

Una palabra es todavía el hombre.
Dos palabras son ya el abismo.
Una palabra puede abrir una puerta.
Dos palabras la borran.

Roberto Juarroz

La opinión pública




"Pero dejemos a este hombre mezquino con sus mezquinos temores. ¿Por qué se le ocurriría llevarse a su casa a un hombre íntegro, cuando lo que necesitaba era un hombre con alma de lacayo? ¿Por qué no supo escoger a sus gentes? Lo normal en el siglo XIX es que cuando un ser poderoso y noble tropieza con un hombre íntegro, lo mata, lo destierra, lo encarcela o lo humilla de tal forma que el otro comete la torpeza de morirse de dolor. Por casualidad, en el caso que nos ocupa no es todavía el hombre íntegro el que sufre. La gran desgracia de los pueblos de Francia y de los gobiernos por elecciones, como el de Nueva York, es no poder olvidar que en el mundo hay seres como M. de Renal. En una ciudad de veinte mil habitantes, estos hombres son los que generan la opinión pública, y la opinión pública es terrible en un país que tiene privilegios. Un hombre dotado de un alma noble, generosa -y que quizás hubiera sido amigo suyo-, pero que vive a cien leguas, le juzgará a usted a partir de la opinión pública de su pueblo, y esta opinión la crean los imbéciles que la casualidad ha hecho nacer ricos, nobles y moderados. Desgraciado de aquel que por algún motivo se distingue."

Stendhal, Rojo y negro.

martes, 13 de noviembre de 2012

El chocolate



"El chocolate nos produce la efímera sensación de que el mundo está bien"

 Ramón Eder, El cuaderno francés


The nights you fight best




The nights you fight best are
when all the weapons are pointed at you,
when all the voices hurl their insults
while the dream is being strangled.

The nights you fight best are
when reason gets kicked in the gut,
when the chariots of gloom encircle you.

The nights you fight best are
when the laughter of fools fills the air,
when the kiss of death is mistaken for love.

The nights you fight best are
when the game is fixed,
when the crowd screams for your blood.

The nights you fight best are
on a night like this
as you chase a thousand dark rats from your brain,
as you rise up against the impossible,
as you become a brother to the tender sister of joy

and move on

regardless.

Charles Bukowski

Calvino






"Todas las dictaduras comienzan con una idea, pero toda idea adquiere forma y carácter a través del hombre que la lleva a cabo. Inevitablemente, la doctrina de Calvino, como creación espiritual, debe de parecerse en sus rasgos a su creador. Y basta con echar un vistazo a su rostro, para saber de antemano que será ruda, más hosca y menos alegre que cualquier otra interpretación anterior del cristianismo. El rostro de Calvino es como el karst, uno de esos paisajes rocosos solitarios y apartados, cuya silenciosa reserva no tiene en cuenta nada humano, sólo a Dios. A ese rostro de asceta sin edad, que no irradia ninguna bondad, ningún consuelo, le falta todo aquello que hace que la vida por lo general sea fecunda, llena, placentera, floreciente, cálida y sensual. Todo en ese óvalo alargada y sombrío es duro y feo, anguloso y falto de armonía: la frente, estrecha y severa, bajo esos ojos de mirada profunda y trasnochada que refulgen como carbones; la nariz, afilada, de pico, avanza imperiosa entre las hundidas mejillas; la boca fruncida y como cortada a cuchillo, en la que muy rara vez se vio aflorar una sonrisa. Ni el más leve rubor alumbra esa piel desprendida, seca, agostada y de color ceniciento. Igualmente grises y arrugadas, igualmente enfermas y pálidas están sus mejillas excepto en los escasos segundos en los que la ira las inflama con manchas de tísico, de modo que parece como si una fiebre interna les hubiera chupado vampíricamente la sangre. En vano, la larga y ondeante barba de profeta bíblico, que todos sus alumnos y discípulos imitan obedientemente, busca insuflar cierta apariencia de masculina energía a ese rostro bilioso y amarillo. Pero tampoco esa barba tiene savia ni cuerpo, no mana poderosa como la de Dios Padre, sino que desciende sinuosa en finas guedejas, como una triste maleza brotando en medio de un terreno rocoso.
El de un vehemente visionario, abrasado y consumido por su propio espíritu, ése es el aspecto de Calvino en los retratos de la época. Y está uno a punto de sentir compasión hacia ese hombre agotado, al borde de sus fuerzas, minado por su propio ardor, cuando al bajar la mirada se siente un repentino estremecimiento ante sus manos, desagradables como las de un avaro, esas manos magras, sin carne, sin color, que, frías y huesudas como garras, con sus duras miserables articulaciones saben retener todo lo que alguna vez pudieron acaparar. Resulta impensable que esos dedos que parecen piernas hayan jugueteado alguna vez delicadamente con una flor, que hayan acariciado al cuerpo cálido de una mujer, que cordial y alegremente hayan ido al encuentro de un amigo. Son las manos de un hombre implacable, y gracias a ellas se presiente la enorme y terrible fuerza de dominio y contención que en vida emanó de este hombre.
¡Qué falto de luz y de alegría, qué solitario y reservado, el rostro de Calvino! Sería inconcebible que alguien quisiera colgar el retrato de este hombre inflexible, siempre con un retador gesto de desaprobación, en la pared  de su cuarto. A cualquiera se le helaría la sangre al sentir que la mirada vigilante del menos amable de todos los hombres acechaba constantemente su actividad diaria. Uno puede imaginarse lo bien que hubiera pintado Zurbarán a Calvino, con ese estilo riguroso de la escuela española tal y como representó a tantos ascetas y anacoretas: oscuros en medio de la oscuridad, aislados del mundo y alojados en cavernas, con el libro ante ellos, siempre con el libro o, a lo sumo, también con una calavera y la cruz como únicos símbolos de una existencia espiritual y religiosa. Y a su alrededor, una soledad fría, negra, impenetrable, pues ese espacio de respeto, inaccesible a los hombres, fue fraguándose durante toda una vida en torno a Calvino. Desde muy joven, vistió siempre de ese mismo negro riguroso. Negro, el birrete sobre la corta frente, mitad capucha de monje, mitad casco de asalto de un soldado. Negro, el traje amplio que le caía hasta los pies, la indumentaria del juez que sin interrupción ha de castigar a los hombres, o la del médico que eternamente ha de curar sus pecados y debilidades. De negro, siempre negro, siempre del color de la gravedad, de la muerte y del rigor. Calvino apenas se mostró nunca de otra forma que no fuera con las ropas y como el símbolo de su cargo, pues únicamente quiso ser visto y temido por los demás como el servidor de Dios, nunca que le quisieran como hombre, como un hermano. Pero no sólo fue duro con el mundo, también lo fue consigo mismo. A lo largo de toda su vida aplicó la disciplina a su propio cuerpo, concediéndole únicamente lo indispensable en cuanto a alimentación y descanso, reconociendo lo corporal sólo en bien del espíritu. Tres, a lo sumo cuatro horas de sueño por la noche. Una única comida frugal a lo largo del día, y ésta tomada a toda prisa junto al libro abierto. Jamás un paseo, un juego, una alegría, una distracción y, sobre todo, jamás un verdadero placer. En definitiva, en su fanática entrega, Calvino únicamente obró, meditó, escribió, trabajó y lucho por lo espiritual, pero jamás vivió una sola hora para sí mismo.
Esa carencia absoluta de sensualidad, junto con su eterna falta de jovialidad, es el rasgo más característico de Calvino. No es de extrañar que él mismo fuera el mayor peligro para su propia doctrina, pues mientras los otros reformadores creen servir a Dios fielmente cuando, agradecidos, reciben de sus manos todos los dones de la vida, cuando, como seres humanos normales y sanos, se alegran de sus salud y disfrute, cuando hasta Zvinglio, en su primer destino como párroco, deja un hijo fuera de matrimonio, y Lutero en una ocasión, riendo, repite tres veces "lo que la mujer no quiere, lo hace la criada", mientras todos ellos beben y se hartan de comida y ríen audaces, en Calvino toda sensualidad ha sido reprimida por completo o existe sólo una vaga sombra de ella. Como intelectual fanático sólo vive en la palabra y en el espíritu. Sólo comprende y tolera lo ordenado, nunca lo extraordinario. Jamás este desapasionado fanático esperó ni recibió placer con nada de lo que provoca embriaguez, ni con el vino, ni con las mujeres, ni con el arte, con ninguno de los dones que Dios ha puesto en la tierra. La única vez que, para responder a las exigencias de la Biblia, pretende a una mujer, la petición se lleva a cabo de una manera tan cómicamente fría y práctica que parece que se trata de encargar un libro o un nuevo birrete. En lugar de ocuparse personalmente de pasar revista a las tropas, Calvino encarga a sus amigos que le busquen una esposa adecuada, con lo que este furibundo enemigo de los sentidos estuvo a punto de encontrarse con una muchacha licenciosa. Finalmente, el desengañado se casa con la viuda de un anabaptista al que él había convertido, pero el destino le ha vedado tanto hacer feliz a alguien como serlo él mismo. El único hijo que su mujer trae al mundo muere a los pocos días, y casi se podría  decir que es lógico, teniendo en cuenta la pálida sangre y la frialdad de los sentidos con los que ha sido engendrado. Y cuando poco después su mujer le deja, convirtiéndole en viudo, para este hombre de treinta y seis años, no sólo ha quedado despachado de una vez para siempre el tema del matrimonio, sino también el de la mujer. Hasta su muerte, es decir,  a lo largo de los veinte mejores años en la vida de un hombre, este asceta voluntario, dedicaba únicamente a lo espiritual, a lo religioso, a la "doctrina", nunca más tocará a una mujer.
Pero el cuerpo de un hombre, al igual que el espíritu, reclama su derecho a desarrollarse. Y quien lo violenta lo paga caro. Por instinto, en un cuerpo terrenal cada órgano aspira a desplegar plenamente el sentido que por naturaleza le corresponde. La sangre, de cuando en cuando, quiere fluir de un modo más salvaje. El corazón, latir más apasionadamente. Los pulmones, exaltarse de júbilo. Los músculos, moverse. El semen, esparcirse. Y quien con su intelecto contiene permanentemente estos deseos vitales, oponiéndose a ellos con energía, se encuentra con que esos órganos al final se revelan contra él. La venganza del cuerpo de Calvino contra su carcelero es terrible. Para dar pruebas de su presencia al asceta que los a tratado como si no existieran, los nervios inventan constantes tormentos contra el déspota. Probablemente pocos hombres de espíritu hayan sufrido tanto como Calvino y durante toda su vida la revuelta de su propia constitución. En sucesión ininterrumpida, un achaque sustituye a otro. Casi cada carta de Calvino da cuenta del pérfido ataque de una nueva y sorprendente enfermedad. Tan pronto son migrañas, que le postran días enteros en el lecho, como aparecen de nuevo los dolores de estómago, de cabeza, las hemorroides, los cólicos, los enfriamientos, los ataques de nervios y los vómitos de sangre, los cálculos biliares y el ántrax. Tan pronto, la fiebre altísima como los escalofríos, reumatismos y afecciones de vejiga. Constantemente, los médicos han de velar junto a él, pues en ese cuerpo delicado y frágil no hay un solo órgano que, malicioso, no le provoque dolor y enojo. En una ocasión Calvino, gimiendo, escribe: "Mi salud es como una muerte incesante."
Pero este hombre eligió como divisa las siguientes palabras: "per mediam desperationem prorumpere convenit", es decir, con renovadas fuerzas resurgir del abismo de la desesperación. La demoníaca energía espiritual de este hombre no se deja robar ni una sola hora de trabajo. Contrariado continuamente por su propio cuerpo, Calvino le demuestra una y otra vez la voluntad suprema del espíritu. Si no puede arrastrarse hasta el púlpito por culpa de la fiebre, se hace llevar hasta la iglesia en una silla de mano para dar un sermón. Si ha de faltar a la sesión del Consejo, los magistrados se reúnen en su casa. Si está postrado en el lecho, en el paroxismo de la fiebre, con el cuerpo sacudido por los escalofríos y bajo el peso de cuatro o cinco mantas calentadas al fuego, dicta por turnos a dos o tres fámulos que se sientan junto a él. Si se va a pasar un día a la quinta de unos amigos próxima a la ciudad, para respirar aire más libre, en el coche le acompañan secretarios, y apenas ha llegado, los mensajeros galopan ya hacia la ciudad de vuelta. Y una vez más coge la pluma, una vez más se pone manos a la obra. Es imposible imaginar inactivo a Calvino, ese demonio de la aplicación que trabajó durante toda su vida sin una sola pausa. Aún duermen las casas, aún no ha despertado la mañana, y el a rue des Chanoines, en su escritorio, ya está encendido el candil. Y de nuevo, pasada la medianoche, hace ya tiempo que todo está en silencio y aún sigue brillando en su ventana esa luz como quien dice eterna. Su rendimiento resulta incomprensible. Se podría creer que trabajó  con cuatro o cinco cerebros al tiempo, pues de hecho este hombre ininterrumpidamente enfermo llevó a cabo la labor de cuatro o cinco oficios. El cargo que de hecho le estaba encomendado, el de predicador en la iglesia de san Pedro, es sólo entre los muchos que, con su histérico afán de poder, fue acaparando progresivamente. (...) Aquí uno quiere casarse, allí otro anular su matrimonio: ambos caminos llevan a Calvino, pues en Ginebra ningún acontecimiento religioso tiene lugar sin su aprobación, sin su consejo. Pero, ¿esa vocación autocrática se limita a su propio reino, a las cuestiones de espíritu? Para alguien como Calvino su poder no tiene límites, pues como teócrata quiere que todo lo terrenal se someta a lo divino y espiritual. Enérgico, extiende su mano firme sobre todo lo que ocurre en la ciudad. Apenas pasa un solo  día en el que no se encuentre en las actas del Consejo la siguiente observación: en esto habría que consultar a Calvino. Nada escapa, nada pasa por alto a esa mirada vigilante, infatigable, y habría que admirar el prodigio que supone ese cerebro en constante actividad, si semejante ascetismo del espíritu no fuera al mismo tiempo un inmenso peligro, pues quien es capaz de renunciar por completo al disfrute de la vida, querrá e intentará imponer como ley y como norma esa misma renuncia, que en él es voluntaria, a todos los demás. Obligar de modo antinatural a los otros a hacer lo que para él es natural. El asceta, como por ejemplo, Robespierre, es siempre el tipo de déspota más peligroso. Quien no comparte de lleno y espontáneamente lo humano, se comportará siempre de forma inhumana frente a los hombres."

Stefan Zweig, Castellio contra Calvino

lunes, 12 de noviembre de 2012

So avoid using the word ‘very’ because it’s lazy




“So avoid using the word ‘very’ because it’s lazy. A man is not very tired, he is exhausted. Don’t use very sad, use morose. Language was invented for one reason, boys - to woo women - and, in that endeavor, laziness will not do. It also won’t do in your essays.” 

N.H. Kleinbaum, Dead Poets Society

viernes, 9 de noviembre de 2012

Cuadrados y ángulos




Casas enfiladas, casas enfiladas,
casas enfiladas.
Cuadrados, cuadrados, cuadrados.
Casas enfiladas.
Las gentes ya tienen el alma cuadrada,
ideas en fila
y ángulo en la espalda.
Yo misma he vertido ayer una lágrima,
Dios mío, cuadrada. 

Alfonsina Storni



It died




Darlo todo por perdido




Darlo todo por perdido.
Allí comienza lo abierto.

Entonces cualquier paso
puede ser el primero.
O cualquier gesto logra
sumar todos los gestos.

Darlo todo por perdido
Dejar que se abran solas
las puertas que faltan.

O mejor:
dejar que no se abran.

Roberto Juarroz



jueves, 8 de noviembre de 2012

How I solve problems



“I usually solve problems by letting them devour me.” 

Franz Kafka, Letter to Max Brod

Nunca he podido superar ese temor casi patológico a tener que responder de mi nombre con mi persona






"Vista desde hoy, la década entre los años 1924 y 1933, desde el fin de la inflación hasta la llegada de Hitler al poder, representa, a pesar de todo, una pausa en la serie de catástrofes de las que había sido testigo y víctima nuestra generación desde 1914. No digo que la época en cuestión careciera de tensiones, agitaciones y crisis (por ejemplo, y sobre todo, aquella crisis económica de 1929), pero durante aquellos años la paz parecía garantizada en Europa, y eso ya era mucho. Alemania había sido admitida con todos los honores en  la  Liga  de  las  Naciones,  se  había  fomentado  con  préstamos  su  reconstrucción económica (en realidad su rearme secreto), Inglaterra había reducido su armamento y la Italia de Mussolini había asumido la protección de Austria. Parecía que el mundo quería reconstruirse.  París,  Viena,  Berlín,  Nueva  York,  Roma,  las  ciudades  tanto  de  los vencedores como de los vencidos se hicieron más hermosas que nunca; el avión dio alas al transporte; se suavizaron las normas para la obtención del pasaporte. Habían cesado las oscilaciones entre las monedas, uno sabía cuánto ganaba y cuánto podía gastar, la atención de la gente ya no estaba tan febrilmente centrada en estos problemas superficiales. Uno podía  volver  a  trabajar,  podía  concentrarse,  pensar  en  cosas  menos  terrenales.  Podía incluso volver a soñar y esperar una Europa unida. Por un momento, en aquellos diez años,  pareció que nuestra generación, tantas veces puesta a prueba, podía volver a llevar una vida normal.

En mi vida personal lo más notable fue la llegada de un huésped que amistosamente se instaló en aquellos años en mi casa, un huésped que yo no había esperado: el éxito. Como el lector puede suponer, no me resulta muy grato mencionar el éxito público de mis libros y en una situación normal habría omitido cualquier referencia que pudiera parecer vanidad o fanfarronería. Pero tengo un derecho especial a no ocultar este hecho de la historia de mi vida, e incluso estoy obligado a revelarlo, porque desde hace siete años, desde la llegada de Hitler al poder, aquel éxito se ha convertido en histórico. De todos los miles e incluso millones de libros míos que ocupaban un lugar seguro en las librerías y en numerosos hogares, hoy, en Alemania, no es posible encontrar ni uno solo; quien conserva todavía alguno, lo guarda celosamente escondido y en las bibliotecas públicas los tienen encerrados en el llamado «armario de los venenos», sólo a disposición de los pocos que, con un permiso especial de las autoridades, los quieren utilizar «científicamente» (en la mayoría de los casos para insultar a sus autores). Desde hace tiempo ninguno de los lectores y amigos que me escribían se atreve ya a poner mi nombre proscrito en el sobre de una carta. Y no sólo eso: también en Francia, en Italia, en todos los países sometidos en este momento, donde mis libros, traducidos, figuraban entre los más leídos, están igualmente proscritos por orden de Hitler. Hoy por hoy, como escritor, según decía nuestro Grillparzer, soy alguien que «camina vivo detrás de su propio cadáver». Todo o casi todo lo que he construido en el ámbito internacional lo ha destruido este puño. De manera que, cuando menciono mi «éxito», no hablo de algo que me pertenece, sino de algo que me había pertenecido en otro tiempo, como la casa, la patria, la confianza en mí mismo, la libertad, la serenidad; por lo tanto, no podría dar una idea clara, en toda su profundidad y totalidad, de la caída que sufrí más tarde. junto con muchísimos otros, también inocentes, si antes no mostrara la altura desde la que se produjo, ni el carácter único y las consecuencias del exterminio de toda nuestra generación literaria, del que en verdad no conozco otro ejemplo en la historia.

El éxito no me cayó de repente del cielo; llegó poco a poco, con cautela, pero duró, constante y fiel, hasta el momento en que Hitler me lo arrebató y lo expulsó con los latigazos de sus decretos. Fue aumentando de año en año. El primer libro que publiqué después de Jeremías, el primer volumen de mis Constructores del mundo, titulado Tres maestros, ya me había abierto el camino del éxito; los expresionistas, los activistas y los experimentalistas, habían hecho mutis, los pacientes y perseverantes volvían a tener despejado el camino hacia el pueblo. Mis narraciones cortas Amok y Carta de una desconocida se hicieron tan populares como, por regla general, sólo llegan a serlo las novelas; se pusieron en escena, se recitaron en público y fueron llevadas a la pantalla; un librito, Momentos estelares de la humanidad-leído en todas las escuelas-, en poco tiempo llegó a los, 2 5 00.000 ejemplares en la Biblioteca Insel; en pocos años me había creado lo que, en mi opinión, significa el éxito más valioso para un escritor: un público, un grupo fiel que siempre esperaba y compraba el siguiente libro, que me otorgaba su confianza y al que yo no podía defraudar. Se fue haciendo cada vez más y más numeroso; de cada libro que publicaba se vendían en Alemania veinte mil ejemplares en el primer día, aun antes de que se anunciara en los periódicos. A veces intentaba conscientemente rehuir el éxito, pero él me seguía con una tenacidad sorprendente. Por ejemplo, escribí un libro por el simple placer de escribirlo: una biografía de Fouché; en cuanto lo recibió el editor, me escribió para decirme que haría imprimir inmediatamente diez mil ejemplares. A vuelta de correo le supliqué que no hiciera una tirada tan grande; le decía que Fouché no era un personaje simpático, que no aparecía ninguna mujer en el libro y que era imposible que atrajera a un número de lectores tan grande; era preferible que editara sólo cinco mil ejemplares para empezar. Al cabo de un año se habían vendido cincuenta mil en Alemania, la misma Alemania a la que hoy le está prohibido leer una sola línea mía. Algo parecido sucedió con la desconfianza en mí mismo, casi patológica, en el caso de la adaptación que hice del Volpone. Tenía la intención de escribir una versión en verso y en nueve días redacté un primer borrador en prosa de las diferentes escenas, en un lenguaje ligero y suelto. Casualmente el Teatro Real de Dresde, con el que me sentía moralmente obligado por el estreno de mi primera obra Tersites, me había preguntado en aquellos días si tenía nuevos proyectos, y les mandé la versión en prosa, disculpándome porque lo que les presentaba era sólo el primer esbozo de una futura adaptación en verso. Pero el Teatro me telegrafió acto seguido pidiéndome que por amor de Dios no cambiara nada. Y, de hecho, la obra recorrió después, en esta forma, todos los escenarios del mundo (en Nueva York en el Theatre Guild, con Alfred Lunt). Cualquier cosa que emprendía en aquellos años tenía el éxito asegurado y un público de lectores alemanes cada vez más numeroso.

Puesto que siempre he considerado que era mi deber investigar las causas de la influencia o de la falta de influencia sobre su tiempo de las obras o las figuras extranjeras que estudiaba como ensayista o biógrafo, no podía evitar preguntarme, a lo largo de muchas horas de reflexión, en qué especial virtud de mis libros se basaba realmente su éxito, para mí insospechado. En definitiva, creo que proviene de un defecto mío, a saber: que soy un lector impaciente y temperamental. En una novela, una biografía o un debate intelectual me irrita lo prolijo, la ampuloso y todo lo vago y exaltado, poco claro e indefinido, todo lo que es superficial y retarda la lectura. Sólo un libro que no cese de mantener su nivel página tras página y me arrastre hasta el final de un tirón y sin dejarme tomar aliento me produce un placer completo. Nueve de cada diez libros que caen en mis manos los encuentro llenos de descripciones superfluas, de diálogos plagados de cháchara y de personajes secundarios innecesarios; resultan demasiado extensos y, por lo tanto, demasiado poco interesantes, demasiado poco dinámicos. Incluso en las más famosas obras maestras de los clásicos me molestan los abundantes pasajes arenosos y monótonos, y muchas veces he expuesto a los editores el osado proyecto de publicar un día toda la literatura universal en una serie sinóptica, desde Homero hasta La montaña mágica, pasando por Balzac y Dostoievski, con cortes drásticos de pasajes superfluos concretos; entonces todas esas obras, que sin duda poseen un contenido intemporal, podrían volver a infundir vida a nuestra época.

Esta aversión a todo lo difuso y pesado tenía que transferirse necesariamente de la lectura de obras ajenas a la escritura de las propias e hizo que me acostumbrara a una vigilancia especial. En realidad escribir me resulta fácil y lo hago con fluidez; en la primera redacción de un libro dejo correr la pluma a su aire y fantaseo con todo lo que me dicta el corazón. Asimismo, cuando empiezo una obra biográfica, utilizo todos los detalles documentales imaginables que tengo a mi disposición; para una biografía como María Antonieta examiné realmente todas y cada una de las cuentas para comprobar sus gastos personales, estudié todos los periódicos y panfletos de la época y repasé todas las actas del proceso hasta la última línea. Pero en el libro impreso y publicado no se encuentra ni una sola línea de todo ello, porque, en cuanto termino de poner en limpio el primer borrador de un libro, empieza para mí el trabajo propiamente dicho, que consiste en condensar y componer, un trabajo del que nunca quedo suficientemente satisfecho de una versión a otra. Es un continuo deshacerse de lastre, un comprimir y aclarar constante de la arquitectura  interior;  mientras  que,  en  su  mayoría,  los  demás  no  saben  decidirse  a guardarse algo que saben y, por una especie de pasión amorosa por cada línea lograda, pretenden mostrarse más prolijos y profundos de lo que son en realidad, mi ambición es la de saber siempre más de lo que se manifiesta hacia fuera.

Este proceso de condensación y a la vez de dramatización se repite luego una, dos o tres veces en las galeradas; finalmente se convierte en una especie de juego de cacería: descubrir una frase, incluso una palabra, cuya ausencia no disminuiría la precisión y a la vez aumentaría el ritmo. Entre mis quehaceres literarios, el de suprimir es en realidad el más divertido. Recuerdo una ocasión en la que me levanté del escritorio especialmente satisfecho del trabajo y mi mujer me dijo que tenía aspecto de haber llevado a cabo algo extraordinario. Y yo le contesté con orgullo:
-Sí, he logrado borrar otro párrafo entero y así hacer más rápida la transición.

De modo, pues, que si a veces alaban el ritmo arrebatador de mis libros, tengo que confesar que tal cualidad no nace de una fogosidad natural ni de una excitación interior, sino que sólo es fruto de este método sistemático mío que consiste en excluir en todo momento  pausas  superfluas  y  ruidos  parásitos,  y  si  algún  arte  conozco  es  el  de  saber renunciar, pues no lamento que, de mil páginas escritas, ochocientas vayan a parar a la papelera y sólo doscientas se conserven como quintaesencia. Si algo he aprendido hasta cierto punto de mis libros ha sido la severa disciplina de saber limitarme preferentemente a las formas más concisas, pero conservando siempre lo esencial, y me hizo muy feliz-a mí que desde el principio he tenido siempre una visión de las cosas europea, supranacional- que se dirigieran a mí también editores extranjeros: franceses, búlgaros, armenios, portugueses, argentinos, noruegos, letones, fineses y chinos.

Pronto tuve que comprar un gran armario de pared para guardar los diferentes ejemplares de las traducciones, y un día leí en la estadística de la Coopération Intellectuelle de la Liga de las Naciones de Ginebra que en aquel momento yo era el autor más traducido del mundo (una vez más, y dada mi manera de ser, lo consideré una información incorrecta). En otra ocasión recibí una carta de mi editor ruso en la que me decía que deseaba publicar una edición completa de mis obras en ruso y me preguntaba si estaba de acuerdo con que Maxim Gorki escribiera el prólogo. ¿Que si estaba de acuerdo? De muchacho había leído las obras de Gorki bajo el banco de la escuela, lo amaba y admiraba desde hacía años. Pero no me imaginaba que él hubiera oído mi nombre y menos aún que hubiera leído nada mío, por no hablar de que a un maestro como él le pudiera parecer importante escribir un prólogo a mi obra. Y otro día se presentó en mi casa de Salzburgo un editor americano con una recomendación (como si la necesitara) y la propuesta de hacerse cargo del conjunto de mi obra para ir publicándola sucesivamente. Era Benjamin Huebsch, de la Viking Press, quien a partir de entonces ha sido para mí un amigo y un consejero de lo más fiable y que, cuando todo lo demás fue hollado y aplastado por las botas de Hitler, me conservó una última patria en la palabra, ya que yo había perdido la patria propiamente dicha, la vieja patria alemana, europea.

Semejante éxito público se prestaba peligrosamente a desconcertar a alguien que antes había creído más en sus buenos propósitos que en sus capacidades y en la eficacia de sus trabajo. Mirándolo bien, toda forma de publicidad significa un estorbo en el equilibrio natural del hombre. En una situación normal el nombre de una persona no es sino la capa que envuelve un cigarro: una placa de identidad, un objeto externo, casi insignificante, pegado al sujeto real, el auténtico, con no demasiada fuerza. En caso de éxito, ese nombre, por decirlo así, se hincha. Se despega de la persona que lo lleva y se convierte en una fuerza, un poder, algo independiente, una mercancía, un capital y, por otro lado, de rebote, en una fuerza interior que empieza a influir, dominar y transformar a la persona. Las naturalezas felices, arrogantes, suelen identificarse inconscientemente con el efecto que producen en los demás. Un título, un cargo, una condecoración y, sobre todo, la publicidad de  su  nombre  pueden  originar  en  ellos  una  mayor  seguridad,  un  amor  propio  más acentuado y llevarlos al convencimiento de que les corresponde un puesto especial e importante en la sociedad, en el Estado y en la época, y se hinchan para alcanzar con su persona el volumen que les correspondería de acuerdo con el eco que tienen externamente. Pero el que desconfía de sí mismo por naturaleza considera el éxito externo como una obligación de mantenerse lo más inalterado posible en tan difícil posición.

No quiero decir con ello que mi éxito no me alegrara. Todo lo contrario, me hacía muy feliz, pero sólo en la medida en que se limitaba al producto desgajado de mí, a mis libros y a la sombra de mi nombre, que estaba asociada a ellos. Era conmovedor ver casualmente a un pequeño bachiller entrar en una librería alemana y, sin reconocerme, pedir los Momentos estelares y pagar el libro con sus escasos ahorros. Podía alimentar mi vanidad el que, en un coche cama, el revisor me devolviera respetuosamente el pasaporte después de haber visto en él el nombre o el que un aduanero italiano renunciara generosamente a registrar mi equipaje, agradecido por algún libro que había leído. También el aspecto puramente cuantitativo del eco personal tiene algo seductor para un escritor. Un día llegué a Leipzig. Por casualidad, fue justo el día en que comenzaba la distribución de un nuevo libro mío. Me impresionó sobremanera ver la cantidad de trabajo humano que sin darme cuenta había promovido con lo que había escrito durante tres o cuatro meses a lo largo de trescientas páginas de papel. Unos obreros ponían los libros en grandes cajas, otros las arrastraban entre ayes y quejidos a los camiones que, a su vez, los llevaban a los vagones con destino a todo el mundo. En la imprenta docenas de muchachas apilaban los pliegos; los cajistas, los encuadernadores, los expedidores, los comisionistas, trabajaban desde la mañana hasta la noche y si echaba cálculos, me imaginaba que con tantos libros, alineados como ladrillos, se podría construir toda una calle de la ciudad. Tampoco he menospreciado por orgullo las cosas materiales. Nunca. Durante los primeros años no me había ni atrevido a pensar que con mis libros podría ganar dinero o tal vez incluso vivir de los beneficios que generarían. Y ahora, de repente, me aportaban sumas imponentes, cada vez más cuantiosas, que parecía que me librarían para siempre- quién podía prever nuestra época?-de todas las preocupaciones. Podía entregarme generosamente a la vieja pasión de mi juventud: coleccionar obras autógrafas; y muchas de las más bellas y valiosas de esas magníficas reliquias hallaron en mi casa un refugio afectuosamente protector. A cambio de las obras que había escrito, bastante efímeras (aunque no en el sentido peyorativo de la palabra), podía conseguir manuscritos de obras inmortales: de Mozart, Bach y Beethoven, de Goethe y Balzac. Sería, pues, ridículo por mi parte pretender que el inesperado éxito público me había dejado indiferente o que quizás incluso lo rechazaba.

Pero soy sincero cuando digo que me alegré del éxito sólo en tanto que se refería a mis libros y a mi nombre literario y que, en cambio, me resultaba molesto cuando se traducía en curiosidad por mi persona física. Desde muy pequeño nada en mí había sido más fuerte que el deseo instintivo de ser libre e independiente. Y me di cuenta de que la publicidad fotográfica coarta y desfigura la libertad de muchas personas. Además, lo que había empezado como una afición amenazaba con tomar la forma de una profesión e incluso de una empresa. El correo me traía diariamente montones de cartas, invitaciones, citaciones y consultas a las que debía responder y, si me iba de viaje un mes, a la vuelta tenía que perder dos o tres días retirando, como quien quita nieve con una pala, la montaña de correspondencia acumulada y volver a poner en orden la «empresa». Sin querer, la comercialización de mis libros me había llevado a una especie de negocio que exigía orden, control, meticulosidad y habilidad para dirigirlo como es debido: un conjunto de virtudes muy respetable que por desgracia no se avenían con mi modo de ser y amenazaban muy peligrosamente mi pura y despreocupada actividad meditativa y soñadora. Por ello, cuanto más me pedían que participara en conferencias y asistiera a actos oficiales, más me retraía, y nunca he podido superar ese temor casi patológico a tener que responder de mi nombre con mi persona. Todavía hoy una fuerza completamente instintiva me empuja a situarme en la última fila, la más discreta, de una sala, en un concierto o en un teatro, y nada me resulta más insoportable que el tener que exhibir mi rostro en una tarima o en cualquier otro lugar expuesto a la vista de un público; para mí el anonimato, en todas sus formas, es una necesidad. Ya de niño no alcanzaba a comprender a los escritores y artistas de la generación anterior que querían hacerse ver por la calle exhibiendo chaquetas de terciopelo y ondeantes cabelleras largas, con rizos caídos sobre la frente, como mis venerados amigos Arthur Schnitzler y Hermann Bahr, o con barbas y bigotes chillones e indumentarias extravagantes. Estoy convencido de que cualquier forma de dar a conocer el aspecto físico induce  inconscientemente  a  la  persona  a  vivir  su  propio  «yo»  como  «el  hombre  del espejo», por utilizar la expresión de Werfel, a adoptar un cierto estilo en cada gesto, y con este cambio en la conducta exterior se suele perder la cordialidad, la libertad y la tranquilidad del carácter interior. Si ahora pudiera volver a empezar, trataría de saborear doblemente, como quien dice, esas dos situaciones afortunadas, la del éxito literario y la del anonimato personal, publicando mis obras con otro nombre, uno inventado, un seudónimo; porque si la vida ya de por sí es encantadora y llena de sorpresas, ¡cómo lo será una vida doble!"

Stefan Zweig, El mundo de ayer