viernes, 28 de diciembre de 2012

There is a labyrinth



Rilke





"De entre todos ellos, quizá ninguno vivió de un modo más silencioso, enigmático e invisible que Rilke. Pero la suya no fue una soledad pretendida, forzada o revestida de un aire sacerdotal como, por ejemplo, la que Stefan George celebraba en Alemania; en cierto modo, se puede decir que el silencio surgía a su alrededor, estuviera donde estuviera, fuera adonde fuera. Puesto que evitaba el ruido e incluso la fama (esa «suma de todos los malentendidos que se concentran alrededor de un nombre», como dijo él mismo tan bellamente en una ocasión), la ola de vanidosa curiosidad que lo acometía sólo salpicaba su nombre pero no a su persona. Rilke era un hombre muy poco accesible. No tenía casa ni dirección donde poderlo visitar, ni hogar, ni residencia fija, ni trabajo estable. Estaba siempre de camino por el mundo y nadie, ni él mismo, sabía de antemano hacia dónde se dirigía. Para su alma inmensamente sensible y susceptible a las presiones, el tomar cualquier decisión, el tener que hacer planes o contestar una notificación era una carga molesta. Por esta razón tropezar con él era siempre una pura casualidad. Uno se hallaba en una galería italiana y sentía que le llegaba una sonrisa silenciosa, amable, sin saber muy bien de quién emanaba. Sólo después reconocía sus ojos azules que, cuando miraban, animaban con su luz interior los rasgos de aquel rostro, de por sí poco llamativos. Y precisamente aquel pasar inadvertido era el secreto más íntimo de su ser. Miles de personas pueden haber pasado al lado del joven de bigote rubio, un poco melancólicamente caído, y de fisonomía no destacable por ningún rasgo especial, algo eslava, sin imaginarse que era un poeta y uno de los más grandes de nuestro siglo; su rasgo más singular no se traslucía hasta que se entraba en un trato más íntimo con él: su carácter reservado. Su forma de andar y de hablar era indescriptiblemente silenciosa. Cuando entraba en una habitación donde había gente reunida, lo hacía con tanto sigilo que casi nadie se daba cuenta. Luego permanecía sentado, escuchando en silencio, levantando maquinalmente la frente en cuanto parecía interesarle algo y, cuando se ponía a hablar, lo hacía siempre sin afectación y sin subrayar las palabras. Contaba las cosas con naturalidad y sencillez, como cuenta una madre un cuento a su hijo, y con el mismo cariño; era una delicia escucharlo, oír cómo el tema más intrascendente en su boca cobraba plasticidad y significación. Pero en cuanto notaba que se había convertido en el centro de atención de un grupo mayor, se interrumpía y se retiraba de nuevo a su papel de oyente atento y silencioso. Esta quietud se manifestaba en todos sus movimientos, en cada uno de sus gestos; incluso cuando reía, lo hacía en un tono que simplemente insinuaba la risa. La sordina era para él una necesidad y, por ello, nada le molestaba tanto como el ruido y, en la esfera de los sentimientos, la vehemencia.

-Cómo me cansa esa gente que escupe sus sentimientos como si fuera sangre-me dijo en cierta ocasión-. Por eso saboreo a los rusos como un licor que se toma sólo a pequeñas dosis.
Al igual que el comedimiento en la conducta, también el orden, la limpieza y el silencio eran para él verdaderas necesidades físicas; tener que viajar en un tranvía lleno a rebosar o estar  en  un  local  ruidoso  lo  trastornaba  durante  horas.  La  vulgaridad  se  le  antojaba insoportable y, a pesar de vivir con estrecheces, su ropa siempre era el súmmum de la pulcritud, el aseo y el buen gusto. Su indumentaria también era una obra del arte de la discreción, estudiada y meditada, pero siempre provista de una sencilla nota personal, un pequeño accesorio que le complacía en secreto, por ejemplo un pequeño brazalete de plata en la muñeca. Y es que incluso en las cosas más íntimas y personales su sentido estético buscaba la perfección y la simetría. En una ocasión lo estuve observando en su casa mientras hacía las maletas  antes  de  un  viaje  (había  rechazado  mi  ayuda,  y  con  razón,  porque  soy  un incompetente para esas cosas). Era como hacer un mosaico: cada pieza, engastada casi con ternura en un espacio cuidadosamente reservado; me habría parecido un sacrilegio deshacer aquel conjunto floral con mi intervención. Y este elemental sentido de la belleza lo acompañaba hasta en el detalle más insignificante; no sólo escribía sus manuscritos con cuidada caligrafía de redondilla en papel de la mejor calidad y mantenía las líneas paralelas entre sí, como trazadas con regla, sino que también para las cartas menos importantes escogía un papel selecto y su letra caligráfica, regular, pulcra y redonda casi llegaba hasta los márgenes. Nunca, ni siquiera cuando la carta era urgente, jamás se permitió tachar una palabra, sino que, cada vez que una frase o una expresión se le antojaba poco afortunada, con toda su inmensa paciencia, volvía a escribir la carta entera. De las manos de Rilke jamás salió una cosa que no fuera absolutamente perfecta.

Ese carácter a la vez mortecino y retraído cautivaba a todos los que lo conocían íntimamente. Tan imposible era imaginarse a Rilke arrebatado como que otra persona, en su presencia, no perdiera su tono chillón y arrogante a causa de las vibraciones que emanaban del silencio del poeta. Pues su actitud retraída vibraba con una fuerza moral que proseguía misteriosamente su labor educadora. Tras una larga conversación con él, uno era incapaz de cualquier vulgaridad durante horas e incluso días. Por otro lado, es verdad que la temperancia constante de su carácter, ese «no querer entregarse nunca del todo», de entrada ponía límites a una cordialidad más efusiva; creo que pocos pueden jactarse de haber sido «amigos» de Rilke. En los seis volúmenes de cartas suyas que se han publicado casi nunca aparece el tratamiento de amigo y parece que, desde sus años escolares, no concedió a mucha gente el tú íntimo y fraternal. Su extraordinaria sensibilidad no podía soportar que alguien o algo se le acercara demasiado, y sobre todo lo marcadamente masculino le producía un auténtico malestar físico. Le resultaba más fácil entablar una conversación con las mujeres. Les escribía a menudo y de buen grado y se sentía mucho más libre en presencia de ellas. Quizás era la ausencia de sonidos guturales en sus voces lo que le aliviaba, porque sufría de veras con las voces desagradables. Aún lo veo ante mí charlando con un gran aristócrata, completamente recluido en sí mismo, con los hombros hundidos y sin siquiera levantar los ojos para que no delataran hasta qué punto le hacía sufrir físicamente aquel molesto falsete. En cambio, ¡qué agradable era su compañía cuando el trato era amistoso! Entonces, a pesar de su parsimonia, se notaba su bondad interior, que irradiaba calor y consuelo hasta lo más íntimo del alma.

La impresión de timidez y reserva que causaba Rilke era mucho más evidente en París, esa ciudad que ensancha los corazones, quizá porque allí todavía no se conocía su nombre y su obra y se sentía más libre en el anonimato. Allí lo visité dos veces, cada una en una habitación alquilada distinta. Ambas eran sencillas y sin adornos y, sin embargo, no tardaban en adquirir estilo y quietud gracias al sentido estético que prevalecía en el que las ocupaba. Las habitaciones nunca podían hallarse en grandes casas de pisos con vecinos ruidosos; él prefería edificios antiguos, aun cuando fueran más incómodos, donde pudiera encontrarse a sus anchas, y, con su capacidad de organización, en seguida sabía disponer del espacio interior, fuera donde fuera, del modo más práctico y apropiado para su carácter. Siempre tenía pocas cosas a su alrededor, pero nunca podían faltar flores en un jarrón o en una taza, quizá regalo de algunas mujeres, quizá traídas por él mismo a casa: un tierno detalle. Siempre lucían libros en la pared, bellamente encuadernados o cuidadosamente forrados con papel, porque los amaba como a animales mudos. En el escritorio había plumas y lápices colocados en línea recta y hojas de papel en blanco formando un rectángulo perfecto; un icono ruso y un crucifijo católico que, según creo, lo habían acompañado en todos sus viajes, daban al estudio un carácter ligeramente religioso, a pesar de que su religiosidad no estaba vinculada a ningún dogma concreto. Se notaba que había elegido escrupulosamente todos aquellos detalles y que los conservaba con cariño. Cuando le prestaban un libro que no conocía, lo devolvía envuelto en papel de seda, sin una sola arruga y atado con cinta de color como un regalo suntuoso; todavía recuerdo la ocasión en que me trajo a casa, como un espléndido regalo, el manuscrito de Canción de amor y de muerte del corneta Crístóbal Rílke, y conservo aún la cinta con la que iba atado el paquete. Pero lo mejor de todo era pasear con Rilke por París, porque aquello significaba encontrar un sentido en las cosas de menor apariencia y contemplarlas, se diría, con ojos iluminados; reparaba en cualquier pequeñez y hasta le gustaba pronunciar en voz alta los rótulos, cuando le parecía que tenían un sonido rítmico; conocer la ciudad única de París, con todos sus rincones y recovecos, era su pasión, la única que le conocí. En una ocasión en que nos encontramos en casa de unos amigos comunes, le conté que el día anterior me había acercado por casualidad a la vieja Barriere, donde, en el cementerio de Picpus, estaban enterradas las últimas víctimas de la guillotina, entre ellas André Chenier; le describí aquel pequeño prado conmovedor, con sus tumbas desperdigadas, que rara vez acoge a visitantes extranjeros y cómo, de regreso, vi en una calle, a través de una puerta abierta, un convento con una especie de beguinas que en silencio, sin decir palabra, con el rosario en la mano, caminaban en círculo, como en un sueño piadoso. Fue una de las pocas veces en que vi casi impaciente a ese hombre tan sosegado y tan dueño de sí mismo; era imperioso que viera la tumba de André Chenier y el convento. Me pidió que lo condujera al lugar. Fuimos al día siguiente. Permaneció en una especie de silencio extático ante el cementerio solitario y afirmó que era «el más lírico de París». Pero, a la vuelta, resultó que la puerta del convento estaba cerrada. Así pude ver puesta a prueba su paciencia serena, que dominaba su vida tanto como su obra.

-Esperemos el azar-dijo.
Y, con la cabeza ligeramente agachada, se situó de modo que pudiera ver a través de la puerta, si ésta se abría. Esperamos unos veinte minutos. Luego, una religiosa que venía por la calle se acercó e hizo sonar la campanilla.
-Ahora-susurró Rilke, en voz muy baja y con agitación.
Pero la monja, que se había dado cuenta de su acecho silencioso (he dicho antes que se notaba de lejos la atmósfera que creaba a su alrededor), se le acercó y le preguntó si esperaba a alguien. Él le sonrió de esa manera tierna que en seguida creaba confianza y le dijo con toda franqueza que le gustaría mucho ver el claustro. La monja le devolvió la sonrisa y le contestó que lo lamentaba, pero que no podía dejarle entrar. De todos modos, le aconsejó que fuera a la casita del jardinero, al lado, donde podría contemplar, desde la ventana del piso superior, una vista magnífica. Y así, también aquello le fue dado, como tantas otras cosas.

Nuestros caminos se cruzaron todavía varias veces, pero siempre que pienso en Rilke lo veo en París, en esa ciudad cuya hora más triste él se libró de vivir."

Stefan Zweig, El mundo de ayer

Ötzi






"Normalmente, poca es la gente que se detiene en los pequeños museos arqueológicos de las ciudades de provincias retiradas de las vías principales, pero el museo de Bolzano recibe auténticas avalanchas de visitantes durante todo el año y su tienda de regalos no para de vender recueros de Ötzi. Los visitantes hacen cola para verlo a través de una ventanilla. Y allí yace, desnudo y tendido bocarriba sobre una mesa de cristal. Su piel marrón refulge con la humedad que continuamente se rocía sobre él para conservarlo en óptimo estado. De hecho,  no hay nada en Ötzi que lo distinga  de forma innata. Es un ser humano normal y corriente, aunque excepcionalmente antiguo y bien conservado. Lo que resulta extraordinario son sus múltiples posesiones. Es un material equivalente a un viaje en el tiempo.
Ötzi tenía muchas cosas con él: zapatos, ropa, dos cestas hechas con corteza de abedul, una funda, un hacha, arco carcaj y flechas, varias herramientas pequeñas, unas cuantas bayas, un pedazo de carne de íbice y dos hongos esféricos del abedul, cada uno de ellos del tamaño de una nuez grande y cuidadosamente envueltos en tendones. Una de las cesas había contenido en algún momento brasas envueltas en hojas de arce, para encender hogueras. Un conjunto de efectos personales de este calibre era un hallazgo único. Algunos de los objetos eran realmente únicos en el sentido de que nunca habían sido imaginados y mucho menos se habían visto. El hongo del abedul era en particular un misterio, pues quedaba patente que era un producto valorado por su poseedor aunque se desconoce que el hongo del abedul sirva para alguna cosa.
Sus utensilios emplean dieciocho tipos distintos de madera,  un surtido destacable. La herramienta más sorprendente era el hacha. La hoja era de cobre del estilo que se conoce como hacha Remedello, en honor al yacimiento italiano donde se habían descubierto por vez primera este tipo de hachas. Pero el hacha de Ötzi era cientos de años más antigua que el hacha de Remedello más antigua. "Era -según palabras de un observador- como si en la tumba de un guerrero medieval se hubiera encontrado un rifle moderno." El hacha alteró en no menos de mil años el marco temporal de la Edad de Cobre en Europa.
Pero lo más emocionante y la auténtica revelación fueron las prendas. Antes de Ötzi nadie tenía ni idea -o, para ser más preciso, no había otra cosa que ideas- de cómo se vestía el hombre en la Edad de Piedra. Estos materiales, en el caso de haber sobrevivido, lo habían hecho solo como fragmentos. Pero Ötzi llevaba una vestimenta completa, y repleta de sorpresas. Sus prendas estaban hechas a partir de pieles y pelo de una variedad impresionante de animales: ciervo común, oso, gamuza, cabra y vaca. Llevaba además un rectángulo de hierba tejida de casi un metro de longitud. Podía haber sido una capa para protegerse de la lluvia, pero de la misma manera podía haber hecho las veces de alfombrilla sobre la que dormir. Nada de todo aquello, repito, se había imaginado jamás.
Ötzi llevaba unas polainas de piel sujetas con tiras de cuero unidas a una correa a modo de cinturón que, de forma curiosa y casi cómicamente, recuerdan las medias de nilón y las ligas que llevaban las pin-ups en la época de la Segunda Guerra Mundial. Nadie podía haber previsto ni de lejos un modelito como aquel. Llevaba un taparrabos de piel de cabra y un gorro de pelo de oso pardo (seguramente algún tipo de trofeo de caza), una prenda que debía de ser caliente y codiciosamente elegante. El resto de su atuendo estaba realizado básicamente con piel y pelo de ciervo común. Apenas nada procedía de animales domésticos, lo contrario de lo que cabría esperar.
Las botas fueron la sorpresa más espectacular. Recordaban a un par de nidos de pájaro sobre unas suelas de rígida piel de oso y parecían desesperadamente mal diseñadas y endebles. Intrigado, un especialista checo en calzado y pies llamado Vaclav Patek fabricó con todo detalle una réplica del par, utilizando con con exactitud el mismo diseño e idénticos materiales, y se las puso para ir a caminar por la montaña. Eran, informó asombrado, "más cómodas y aptas" que cualquier par de botas modernas que hubiera calzado nunca. Su agarre en las rocas resbaladizas era mejor que el que proporciona el caucho moderno y era casi imposible que provocaran ampollas. Eran, sobre todo, tremendamente efectivas contra el frío."

Bill BrysonEn casa: Una breve historia de la vida privada

The strange politics of disgust



jueves, 27 de diciembre de 2012

Let's be honest




No poder cerrar la puerta




"La mayor desgracia en la cárcel -pensó- es no poder cerrar la puerta."

Stendhal, Rojo y negro.

Por el este




Amanece en azul

Un azul presidiario
con botones
para coserlo a los ojos

Un azul para refugiar bajo la cama

Afuera, la ciudad
y sus trece ventanas amplias
sin vidrios ni cortinas

Las banderas se enarbolan
como ingratas vestiduras del aire

La niebla se detiene
aspirando durante un segundo

El humor del sol resulta ligero

Es la ciudad     
con su día

versus Ella

Ah,
sí,

Hay también una mujer

Marianna Salvioli



miércoles, 19 de diciembre de 2012

La previsión del tiempo para esta semana




Bajo aquel furioso chaparrón, el infeliz permanecía totalmente inmóvil en su banco.





"Tengo la seguridad de que ni usted ni nadie que tuviese la mirada alerta de una persona sensible habría logrado resistir aquella angustiosa curiosidad. No es posible suponer un aspecto más siniestro que el presentado por aquel joven que contaba escasamente unos veinticinco años y que, fatigado como un anciano, tambaleándose cual borracho, con el cuerpo destrozado, pesadamente se arrastraba escaleras abajo hacia la terraza exterior del Casino. Una vez allí, se dejó caer en un banco, como si tuviera el cuerpo de plomo. Al observar aquella actitud, de nuevo presentí con espanto, que el joven se hallaba al final de la vida. En aquella forma no suele desplomarse sino un muerto o un hombre al cual ninguno de los músculos obedece ya a la fuerza vital. La cabeza, vuelta hacia un lado, apoyábase en el respaldo del banco, y los brazos colgaban inertes. A la mortecina luz de los turbios faroles un transeúnte lo habría confundido con un cadáver. No puedo explicar cómo se me presentó esta visión, pero es lo cierto que súbitamente se proyectó allí enfrente, palpable, evidente, horrible y terriblemente verdadera; así, cual un cadáver, lo vi ante mí en aquel instante, convencida de que cargaba un revólver en el bolsillo y de que, a la siguiente mañana, le hallarían tendido en aquel banco o en otro cualquiera, inanimado y empapado en sangre. Su manera de desplomarse fue exactamente como la de una piedra arrojada al abismo, y que hasta haber llegado al fondo no se detiene. Jamás había visto yo una expresión de abatimiento y desesperación expresada con un gesto tan humano y desgarrador.
Ahora imagínese mi situación. Me hallaba a diez o veinte pasos del banco sobre el cual aquel hombre yacía inmóvil y destrozado y sin saber qué decidir; por un lado, movida por el  deseo de prestar auxilio; y, por otro, por el afán de huir, producto de la ingénita timidez y de la educación recibida, que me vedaba dirigir la palabra a un desconocido en medio de la calle. Los faroles brillaban débilmente bajo el
cielo nublado. Sólo de vez en cuando, y con prisa, pasaba algún transeúnte, pues ya era medianoche. Casi me encontraba sola en el parque con aquel desventurado que quería suicidarse. Cinco, diez veces concentré mis fuerzas disponiéndome a acercarme a él; pero siempre me hizo retroceder cierta vergüenza o, quizá, el instintivo presentimiento de que siempre los desesperados arrastran consigo a quienes tratan de socorrerlos. En tales dudas y vacilaciones, me di cuenta cabal de lo insensata y ridícula que era mi situación. Porque yo no podía ni hablar, ni alejarme, ni abandonarlo. No sabía qué hacer.
Espero que me creerá usted si declaro que, quizás, por espacio de una hora, interminable hora, durante la cual millares y millares de pequeñas ondas de mar invisible cortaban el tiempo, estuve paseándome vacilante por la terraza, constantemente obsesionada por el espectáculo de total aniquilamiento de aquel hombre.
Decididamente, no poseía coraje suficiente para hablar o para obrar. Quizá hubiera pasado toda la noche aguardando aún o me hubiera decidido finalmente, movida por un prudente egoísmo, a regresar a mi casa. Sí, creo que, incluso, a punto estuve de abandonar a aquel desdichado en manos de su propia debilidad... Mas una fuerza superior salió al paso de mi indecisión. Comenzó a llover. Durante toda la noche, el viento había acumulado sobre el mar gruesos nubarrones primaverales preñados de agua. Por los pulmones, por el corazón podía uno comprobar que la atmósfera se cargaba por momentos. De pronto cayeron gruesas gotas sonoras a las que siguió una copiosa lluvia que caía en densas madejas agitadas por el viento. Inmediatamente me guarecí bajo la marquesina de un quiosco. Pese a que abrí el paraguas, las impetuosas ráfagas del viento salpicaron de lluvia mi traje. En el rostro y en las manos sentí el polvo líquido y frío que levantaban las gotas al chocar contra el suelo.
Bajo aquel furioso chaparrón, el infeliz permanecía totalmente inmóvil en su banco. El recuerdo de aquella escena angustiosa me oprime, aún hoy, la garganta. De todas las canaletas el agua caía a borbotones. De la ciudad llegaba el ruido sordo de los coches. Por la derecha, por la izquierda, los transeúntes envueltos en sus abrigos cruzaban corriendo. Todo cuanto tenía dentro de sí algo de vida huía del chubasco, en busca de un lugar dónde refugiarse. Por doquiera, tanto entre los hombres como entre los animales, manifestábase la angustia ante la explosión de los elementos. Únicamente aquella piltrafa humana estaba derrumbada, inmóvil en el banco. Ya le dije que aquel hombre tenía el mágico poder de exteriorizar plásticamente, con movimientos y gestos, todos sus estados interiores. Nada, sin embargo, absolutamente nada sobre la tierra podría expresar de manera tan conmovedora la desesperación, el abandono absoluto de sí mismo y la apariencia de la muerte con aquella inmovilidad, con aquel estado inerte, inanimado, bajo la terrible lluvia, con aquella fatiga demasiado extrema para permitirle levantarse y dar los pocos pasos que le separaban de un techo protector, con aquella definitiva indiferencia hacia la propia vida. Ningún escultor, ni pintor, ni Miguel Angel ni Dante, habíame hecho sentir jamás con semejante angustia el gesto de la máxima desesperación, de la miseria definitiva de este mundo, como aquel hombre que estaba vivo aún, y se dejaba azotar por los elementos por hallarse demasiado abatido y destrozado para intentar un solo movimiento que le permitiera guarecerse de ellos.
Estas consideraciones bastaron para decidirme. ¡No podía más! Veloz atravesé la líquida cortina de la lluvia y en cuanto llegué al banco, sacudí aquel húmedo fardo humano.
-¡Venga! -le dije, tomándole por un brazo.
El brazo se mantenía inerte, penosamente levantado. Pareció como si cierto movimiento fuese a iniciarse en él; pero desde luego, el desgraciado no me entendía.
-¡Venga! -repetí, sacudiéndole el brazo, esta vez casi iracunda.
Entonces se levantó lentamente, bamboleándose, sin voluntad.
-¿Qué hace usted? -preguntóme. No supe qué contestarle, pues yo misma ignoraba dónde ir con él. Solo lejos de allí, lejos del terrible y frío chubasco, lejos de aquella postración insensata y suicida, lejos de aquel estado de extrema desesperación. Sin dejarle del brazo lo arrastré hacía el quiosco, suponiendo que allí, bajo la estrecha marquesina, se guarecería al menos de la lluvia que azotaba el viento. No sabía nada más, no deseaba tampoco nada más. Sólo me interesaba poner a aquel hombre al abrigo de la lluvia: por el momento no pensaba otra cosa.
Y así, nos encontramos los dos, uno junto al otro, en el reducido espacio que permanecía seco. Detrás de nosotros la puerta cerrada del quiosco; encima, el techo demasiado pequeño para protegernos por completo de !a pérfida, implacable y terrible lluvia, que, azotada por furiosas rachas de viento, lanzaba torbellinos de frío contra nuestros rostros y empapaba nuestros vestidos. La situación tornábase insoportable. No podía permanecer por más tiempo junto a aquel desconocido chorreando agua, y por otra parte, no me resignaba a abandonarlo sin una explicación, después de haberlo arrastrado allí. Tenía que hacer algo. Me esforcé en meditar sobre la situación, y calculé que lo mejor sería acompañarlo en un coche hasta su casa. A la mañana siguiente, ya lo socorrería. Pensando así, pregunté a la persona que inmóvil, mirando fijamente la negra noche, estaba junto a mí:
-¿Dónde vive usted?
-No tengo casa... Esta misma noche llegué a Niza. No podemos ir a mi casa. Al punto no comprendí la última frase. Sólo me di cuenta más tarde de que aquel hombre me había confundido con... una "cocotte". Creyó ver en mí una de tantas que, por la noche, rondan por el Casino, esperando sacar todavía algún dinero a los jugadores afortunados o borrachos. Después de todo, no podía suponer otra cosa. Ahora que se lo relato a usted comprendo cuánto de inverosímil y de fantástica tenía mi situación. No podía pensar de otra manera, ya que la forma de sacarle del banco y de forzarle á venir conmigo no era propia de una señora. Empero, la idea no se me ocurrió entonces. Sólo más tarde, demasiado tarde ya, comprobé el terrible error en que había incurrido respecto de mi persona. De lo contrario, no habría proferido las palabras que siguieron y que lo afianzaron más en su equivocación. Dije:
-Puede buscarse un cuarto en un hotel. Aquí no debe permanecer. Tiene que ir a cualquier parte.
Entonces fue cuando repentinamente me di cuenta de su lamentable error, pues
él, sin mirarme y con expresión irónica, se resistió, diciéndome:
-No necesito habitación; no quiero nada. No pierdas el tiempo, porque nada sacarás de mí. Estás equivocada; no tengo ni un céntimo.
Las frases fueron pronunciadas en un tono tan extraño, con tan lacerante indiferencia, y su manera de permanecer de pie, apoyándose abrumado contra la pared, mojado de pies a cabeza, interiormente aniquilado, me impresionó en forma tal que no tuve siquiera tiempo para sentirme tontamente ofendida. Lo que desde el primer momento experimenté, en cuanto le vi salir de la sala, tambaleándose, y !o que sentía constantemente en aquella hora inverosímil, fue que un hombre joven y vigoroso, que alentaba aún, marchaba hacia la muerte y que yo debía salvarlo.
Me aproximé a él y le dije:
-No se preocupe por el dinero. ¡Venga! No debe permanecer aquí ni un momento más; yo le encontraré un refugio... No se preocupe por nada. ¡Venga! ¡Sígame!"

Stefan Zweig, Veinticuatro horas en la vida de una mujer

La eternidad




“Nosotros nos representamos siempre la eternidad como una idea que no podemos comprender, ¡inmensa, inmensa! Pero, ¿por qué ha de ser así necesariamente? Pues en lugar de eso, imagínese una habitación pequeña, como quien dice un cuarto de baño, ennegrecido por el humo, con telarañas por todos los rincones, y he ahí toda la eternidad. Mire usted, yo me la imagino así algunas veces.”

Fiódor Dostoyevski, Crimen y castigo.

Bankrupt is the new owesome




Comprenda usted, querido amigo, la gravedad de su equivocación





"Cuando terminó su relato del sitio de Kehl, le dijo el príncipe a Julián:
"Tiene usted cara de trapense; exagera usted el principio de la gravedad que le recomendé en Londres. Su aspecto triste no resulta de buen tono; lo que hay que adoptar es un aire aburrido. Si está usted triste, es porque le falta algo, porque algo le ha salido mal. Es como mostrarse inferior. En cambio, si está usted aburrido, lo que es inferior es aquello que ha tratado inútilmente de complacerle. Comprenda usted, querido amigo, la gravedad de su equivocación."

Stendhal, Rojo y negro.

I don't know if I would. Perhaps I might do it also.






"En aquel hombre mortalmente herido observábase un esfuerzo para reprimirse, un esfuerzo de sobrehumana tensión ante todos los que lo rodeaban y se empujaban para poder contemplarlo y que luego, de súbito, sintiéndose atemorizados, avergonzados, turbados, fueron alejándose. Conservó todavía fuerzas suficientes para pasar tambaleándose por delante de nosotros, sin mirar a nadie, y luego apagar la luz del salón de lectura; después se oyó su voluminoso cuerpo desplomarse pesadamente en un sillón; escuchándose un sollozo salvaje, brutal, única forma en que puede llorar un hombre que no ha llorado nunca. Esa congoja, ese dolor elemental ejercía sobre nosotros, aún sobre los más superficiales, un aturdidor efecto. Ninguno de los camareros, ninguno de los huéspedes a quienes acuciara la curiosidad, arriesgaba la menor sonrisa o, al contrario, una palabra de consuelo. Silenciosos, avergonzados por aquella brutal expresión de sentimiento, todos, uno después del otro, nos retirarnos a nuestras habitaciones, mientras allá, en el oscuro salón, continuaba gimiendo y agitándose convulso y completamente solo aquel hombre dolorido. El hotel mientras tanto, fue apagando sus luces, entre ruidos, murmullos, cuchicheos. . . hasta que quedó todo sumido en el silencio.
Se comprenderá que un suceso tan fulminante y deplorable, desarrollado ante nuestros ojos, era como para conmover violentamente la sensibilidad de personas acostumbradas a una existencia ociosa, exenta de preocupaciones. Pero la disputa que después estalló tan vehemente en nuestra mesa llegando a los límites de la violencia, si bien tenía como punto de partida el extraño incidente, en el fondo era una divergencia de principios, una lucha enconada entre formas muy opuestas de sentir y concebir la vida. Por indiscreción de una de las camareras que había leído la carta -quizá el desesperado marido, ciego de cólera, después de estrujarla entre sus manos, la arrojó al suelo, sin reparar en lo que hacía circuló con rapidez la noticia de que madame Henriette no se había marchado sola, sino en compañía del joven francés, lo que hizo que la simpatía por éste desapareciese rápidamente entre la mayor parte de los huéspedes. Al punto quedó en evidencia que aquella madame Bovary de tercer orden había cambiado su cachaciento marido provinciano por el apuesto y elegante Adonis. Pero lo que en la pensión sorprendía sobremanera era que ni el fabricante, ni sus hijas, ni la misma madame Henriette, hubieran hasta entonces visto a ese Lovelace, y que por consiguiente, las dos horas de conversación en la terraza y la hora que tomaron café en el jardín fueron suficientes para decidir a una mujer de unos treinta y tres años, de todos respetada a abandonar al esposo y a sus hijas para seguir a un desconocido. Este hecho, en apariencia evidente, era generalmente rechazado en nuestra mesa, considerándolo como una estratagema cual un pérfido engaño de los amantes; no cabía duda de que madame Henriette hacía tiempo que sostenía relaciones secretas con el joven, el cual había venido sólo para ultimar los detalles de la huída; porque era, según ellos, absolutamente imposible que una mujer decente, tras un efímero galanteo de dos horas, se fugase tan descaradamente, a la primera indicación. Pero a mí me resultaba divertido sostener una opinión opuesta y, por consiguiente, enérgicamente, la posibilidad y hasta la verosimilitud de que una señora, luego de varios años de matrimonio, decepcionada, hastiada, se sintiese íntimamente predispuesta a correr una aventura de tal género. Debido a mi oposición inesperada, se generalizó la discusión rápidamente subiendo de tono, en particular porque los dos matrimonios, el alemán y el italiano, consideraban un desatino creer en el " flechazo", y lo rechazaban con menosprecio ofensivo, como una fantasía de novela de pésimo gusto.
No hay para qué insistir aquí con todos los detalles del curso borrascoso de una disputa desarrollada desde la sopa al postre: sólo los profesionales de la mesa del hotel suelen mostrarse ingeniosos, y los argumentos expuestos en el calor de una conversación de mesa son en su mayoría superficiales, por lo mismo que surgen sin reflexión y a la ligera. También resulta bastante difícil averiguar por qué motivo nuestra discusión rápidamente adquirió aquella agresividad; la irritación, creo yo, debióse a que los dos maridos, sin propósito deliberado, pretendían que sus respectivas esposas escapaban a la posibilidad de llegar a tales caídas y peligros. Desgraciadamente, para defender este punto de vista, no encontraron nada mejor para objetarme que declarar que sólo hablaba así quien juzgase la psicología femenina según las conquistas fortuitas y fáciles del soltero. Esto me irritó bastante; pero cuando la señora alemana salió diciendo que de un lado estaban las mujeres honestas y del otro las de temperamento de cocotte, entre las cuales, según ella, había que incluir a madame Henriette, perdí la paciencia y me demostré, a mi vez, agresivo. Esta resistencia a conocer la evidencia de que una mujer, en determinada hora de su vida, malgrado su voluntad y la conciencia de su deber, se halla indefensa frente a fuerzas misteriosas, revelaba miedo del propio instinto, temor del demoníaco fondo de nuestra naturaleza. Y parece que muchas personas experimentan no poca satisfacción al sentirse más fuertes, morales y puras, que las que resultan "fáciles de seducir". Personalmente yo encuentro más digno que una mujer ceda al instinto, en forma libre y apasionadamente, a que, como por lo general ocurre, engañe al esposo en sus propios brazos y a ojos cerrados. Esto dije yo, poco más o menos. Cuándo los demás, en el fragor de la disputa, arreciaban en sus ataques contra la indefensa madame Henriette, con más apasionamiento hacía yo su defensa, llegando, en verdad, mucho más allá de mis íntimas convicciones. Esta exaltación fue una especie de estocada a fondo para ambos matrimonios, los cuales, enfurecidos, formando un cuarteto muy poco armonioso, lanzáronse sobre mí en forma tal, que el anciano danés, jovial e indiferente por lo común, con el reloj en la mano, como si actuara de árbitro en un partido de futbol, fue amonestando a unos y otros hasta que se vio en el trance de descargar un puñetazo sobre la mesa, exclamando: "Gentleman, please!".
Pero esto no surtía sino un efecto momentáneo. Por tres veces uno de mis adversarios estuvo a punto de levantarse airado con el rostro enrojecido, y sólo a duras penas logró calmarlo su esposa. En resumen, unos minutos más y nuestra discusión hubiera terminado a golpes si, de pronto, la señora de C., con la eficacia del aceite suavizador, no hubiese calmado las encrespadas olas de la conversación.
La señora C., la anciana dama inglesa, de blancos cabellos, y gran distinción, era, tácitamente, la presidenta de honor de nuestra mesa. Sentada en su lugar, erguido el cuerpo, siempre amable y cordial con todos, por lo regular silenciosa a la vez que dispuesta a escuchar con deferencia e interés, tenía un aspecto físico sumamente agradable. Una maravillosa calma, un notable recogimiento reflejábase en su exterior aristocráticamente reservado. Manteníase apartada de cada uno de nosotros hasta un límite discreto, bien que mostraba, con tacto exquisito, a todos, su personal estima y consideración: por lo regular se sentaba en el jardín con sus libros, tocaba a menudo el piano, raramente se la veía en sociedad o en animada conversación. Muy raramente se notaba su presencia y, sin embargo, sobre todos nosotros ejercía un influjo especial. En cuanto ella hubo intervenido en nuestra discusión, nos percatamos de que nos habíamos expresado con exceso de acritud y destemplanza.
La señora C. aprovechó el molesto silencio que se produjo al levantarse bruscamente el señor alemán y trató de restablecer la paz entre nosotros. Levantó de improviso sus ojos grises y claros, me miró un instante irresoluta, para plantear después, con objetiva claridad, el problema desde un punto de vista particular.
-¿Usted cree, pues, si he entendido bien, que madame Henriette, que una mujer, cualquiera que sea, sin habérselo propuesto, puede lanzarse inconscientemente a una aventura repentina? ¿Cree que hay acciones que una mujer una hora antes de cometerlas juzgaría imposibles y de las cuales no llegaría a ser responsable?
-Yo lo creo en absoluto, señora.
-Así, en ese caso, todo juicio moral carecería por completo de sentido, y toda transgresión a las buenas costumbres quedaría justificada. Si, en realidad, usted cree que el crimen pasional, como dicen los franceses, no es un crimen, ¿para qué existen los tribunales? No se precisa mucha buena voluntad (y usted la posee hasta un grado asombroso, añadió sonriendo levemente) para descubrir en cada crimen una pasión, y en cada pasión la causa para disculparlo.
El tono claro y casi jovial de sus palabras fue para mí como un sedante, y adoptando a pesar mío, su aire objetivo, repuse medio en serio:
-La justicia sobre esas cosas seguramente procede con mayor severidad que yo; está en el deber de vigilar despiadadamente las costumbres ya establecidas y las convenciones legales; tiene la obligación de juzgar y no de disculpar. Yo, no obstante, como persona privada, no veo por qué motivo he de adoptar la actitud del juez; prefiero más bien actuar de defensor. Personalmente, me produce mayor satisfacción comprender a los hombres y no condenarlos.
La señora C. me miró fijamente con sus ojos grises y claros, y, al cabo, vaciló. Temí que no hubiera entendido, y me disponía a repetirle en inglés lo dicho; pero, con singular seriedad, como si estuviésemos en un examen, siguió preguntándome:
-¿No encuentra, pues, odioso y despreciable que una mujer abandone a su marido y a sus hijas para marcharse tras un hombre cualquiera, de quien no sabe nada, ni si es digno de su amor? ¿Puede, realmente, excusar conducta tan atolondrada y liviana en una mujer que, por otra parte, ya no es una jovencita y que, al menos, por amor a sus hijitas, debió preocuparse de su propia dignidad?
-Repito, señora -insistí-, que, en este caso, no quiero ni juzgar ni condenar. Puedo reconocer ante usted que he estado un tanto exagerado: esa pobre madame Henriette no es, por cierto, ninguna heroína, ni siquiera un espíritu aventurero, menos todavía una "grande amoureuse''. Sólo la tengo por una mujer corriente, débil, la cual me merece cierto respeto por haber tenido valor para obrar de acuerdo con su voluntad; pero que me inspira aún mayor lástima porque indudablemente mañana mismo, si no hoy, se sentirá profundamente desgraciada.
Quizá ha obrado estúpida, locamente; pero nunca de una manera ruin y vulgar. Lo mismo ahora que antes discutiré con cualquiera el derecho a menospreciar a esa pobre desgraciada.
-¿Siente todavía por ella idéntico respeto y la misma consideración? ¿No establece diferencia alguna entre la dama respetable con la cual conversaba usted anteayer, y esa otra que huyó ayer con un desconocido?
-Absolutamente ninguna diferencia; ni siquiera la más insignificante.
-Is that so?
Involuntariamente, la señora C. se expresó en inglés parecía que la conversación le interesaba singularmente. Tras un breve momento, en el cual permaneció pensativa, fijó en mí sus claros ojos para interrogarme:
-Si usted encontrase mañana en Niza, a madame Henriette, por ejemplo, del brazo de ese joven, ¿la saludaría?
 -Naturalmente.
-¿Hablaría con ella?
 -Naturalmente.
-Y si estuviera... si estuviera usted casado, ¿se atrevería a presentar a su esposa una mujer así, como si nada hubiese ocurrido?
-Naturalmente.
-Would you really? -inquirió de nuevo, en inglés, con una expresión escéptica y estupor evidente.
-Surely I would -contesté también, sin darme cuenta, en inglés.
La señora C. calló. Parecía esforzarse en fijar su pensamiento; de pronto mirándome, casi asombrada de su propio coraje, exclamó:
-I don't know if I would. Perhaps I might do it also.
Y, poniendo fin a la conversación en forma definitiva aunque sin grosería ni brusquedad, con ese aplomo tan difícil de describir y que sólo es característico de los ingleses, se levantó y me ofreció con amabilidad la mano. Gracias a su influencia volvió a imperar la paz; todos lo agradecimos interiormente. Sintiéndonos aún enemigos, pudimos saludarnos con una relativa cortesía, y la atmósfera, cargada peligrosamente, se despejó otra vez, gracias a unas cuantas vulgares ocurrencias. Pese a qué la discusión parecía haber concluido de una manera cortés, desde entonces subsistió entre mis adversarios y yo una levísima hostilidad. El matrimonio alemán se mantuvo bastante reservado; el italiano, en cambio, complacíase en interrogarme los días siguientes, con mordaz insistencia, si había tenido noticia dela "cara signora Henrietta". Pese a lo correcto de nuestro trato diario, algo de la cordialidad amable y leal que presidiera antes nuestras comidas había desaparecido definitivamente.

Stefan Zweig, Veinticuatro horas en la vida de una mujer

sábado, 15 de diciembre de 2012

Spite




I once knew a man who learned such a thing 
Cut off his hand to spite his ring 
He poisoned the well to spite the frogs 
Put down his son to spite the dog 
He cut out his sleep to spite his dreams 
Picked all the flowers to spite the bees 
He burned his bible to spite the Lord 
Took a day off to lick his wounds I heard him swear, 
"Life is such a wretched affair 
I'm gonna hold my breath to spite the air" 

He drained the canal to spite the fish 
Flooded the land to spite the bridge 
He dug up the hills to spite the sky 
Tore out his tongue to spite the lies 
He cut down the trees to spite the shade 
Laid her to rest to spite the life they'd made 
He burned his his bible to spite the Lord 
Took a day off to lick his wounds I heard him swear, 
"Life is such a cursed affair 
I'm gonna hold my breath 
No, I'm gonna stop breathing 
To spite the air"


La pérdida de valores.





"Aunque no consultemos ni un libro de historia, podemos averiguar el momento en que los seres humanos empezaron a usar la ropa para vestirse. Basta con constatar que los piojos del cuerpo (Pediculus Humanus humanus) viven exclusivamente en la ropa, y que evolucionaron a partir de los piojos de la cabeza (P. humanus capitis), hace unos 70.000 años, según un estudio de Mark Stoneking y sus colegas del Max Planck Institute de Antropología Evolutiva de Leipzig, Alemania. Sea o no acertada esta hipótesis, también sabemos que las agujas más antiguas tienen alrededor de 40.000 años.

En cualquier caso, hemos de suponer que muy poco después de la invención de la ropa (quizá unas horas), la gente ya no solo empezó a vestirse para combatir el frío sino para marcar estilo. Esta idea, por supuesto, resulta de todo punto contraintuitiva: hace 70.000 años no existía ni Nike ni El Corte Inglés. Pero el pasado no es tan diferente de como creemos.

A pesar de ello, es frecuente encontrarse con entusiastas defensas de lo pretérito que contrastan enormemente con los pesimistas análisis del presente. Sin embargo, si tiramos de hemeroteca, e incluso de los libros de historia, descubriremos que el análisis del presente siempre ha sido no solo pesimista sino prácticamente calcado, generación tras generación: hace 2.800 años, ya Sócrates advertía sobre la pérdida de valores de la juventud: «Los hijos son ahora tiranos… ya no se ponen de pie cuando entra un anciano a la habitación. Contradicen a sus padres, charlan ante las visitas, engullen golosinas en la mesa, cruzan las piernas y tiranizan a sus maestros».

Su discípulo, Platón, abundaba en ello: «¿Qué está ocurriendo con nuestros jóvenes? Faltan al respeto a sus mayores, desobedecen a sus padres. Desdeñan la ley. Se rebelan en las calles inflamados de ideas descabelladas. Su moral está decayendo. ¿Qué va a ser de ellos?». Estas declaraciones podrían aparecer en cualquier medio de comunicación contemporáneo y la mayoría de nosotros las encontraríamos razonables. Incluso podemos ir 4800 años atrás en el tiempo y leer las siguientes inscripciones de una tablilla asiria: «En estos últimos tiempos, nuestra tierra está degenerando. Hay señales de que el mundo está llegado rápidamente a su fin. El cohecho y la corrupción son comunes».

En definitiva, tenemos una visión un tanto cándida y halagüeña del pasado, y tendemos a creer que es ahora cuando el ser humano se ha convertido en una criatura abyecta y llena de vicios. En otras palabras, el mito del buen salvaje, a pesar de haberse refrendado como tal, como mito, sigue incrustado en las mentes del acervo popular (y hasta de determinados acervos académicos): el pasado era mejor, los que viven en el campo son mejores, los pueblos más conectados con la naturaleza son mejores, etc.

En esta línea, se considera que, a medida que transcurren los años, cada vez somos más materialistas, más consumistas y más despilfarradores; que nos gusta tener de todo, que somos unos caprichosos acomodados en el Primer Mundo, unos avariciosos y unos envidiosos contumaces, que queremos que liberen los horarios comerciales para dar rienda suelta al shopalcoholic que llevamos dentro. Y, por supuesto, que la culpa de todo ello reside en el maléfico capitalismo, en la publicidad, en las marcas, en (no me resisto a repetir el mantra) la pérdida de valores." (...)"


martes, 11 de diciembre de 2012

Investigación básica



Todavía no creíamos en la guerra







"Yo estaba sentado en un café con unos amigos belgas, un joven pintor y el escritor Crommelynck. Habíamos pasado la tarde en casa de James Ensor, el pintor contemporáneo más importante de Bélgica, un hombre muy especial, solitario y reservado, más satisfecho de los pequeños y pésimos valses y polcas que componía para las bandas militares que de sus cuadros fantásticos, pintados con relucientes colores. Nos había mostrado sus obras, a decir verdad de bastante mala gana, porque le parecía grotesca la idea de que alguien pudiera comprarle alguna. Su sueño, como contó riendo a los amigos, era venderlas caras, pero a la vez poder conservarlas todas, porque con la misma avidez se apegaba al dinero que a cada uno de aquellos cuadros. Cada vez que se desprendía de uno, pasaba varios días desesperado. Aquel genial Harpagón nos había puesto de buen humor con sus extravagantes manías y, cuando pasó por delante de nosotros una tropa de soldados con una ametralladora tirada por perros, uno de nosotros se puso de pie y acarició a uno de los animales, cosa que enfureció al oficial al  mando  del  pelotón,  temeroso  de  que  aquellos  mimos  a  un  objeto  bélico  pudieran menoscabar la dignidad de una institución militar.

-¿A qué vienen todos estos estúpidos desfiles?-gruñó alguien a nuestro alrededor. Y otro le contestó irritado:
-¿Acaso no hay que tomar precauciones? Se dice que, en caso de guerra, los alemanes pasarán por nuestro país.
-¡Imposible!-dije yo, sinceramente convencido, porque en aquel viejo mundo todavía creíamos  que  los  tratados  eran  sagrados-.  Si  algo  ocurriera  y  Francia  y  Alemania  se aniquilaran mutuamente hasta el último hombre, vosotros los belgas permaneceríais tranquilamente a cubierto.

Pero nuestro pesimista no se daba por vencido. Tenía que haber alguna razón, dijo, para que se tomaran semejantes medidas en Bélgica. Desde hacía algunos años corrían rumores acerca de un plan secreto del estado mayor alemán para invadir Bélgica en caso de tener que atacar a Francia a pesar de todos los tratados firmados. Pero yo tampoco me di por vencido. Me parecía de lo más absurdo que, mientras miles y miles de alemanes disfrutaban, indolentes y felices, de la hospitalidad de aquel pequeño país que no tenía arte ni parte en la reyerta, hubiera un ejército en la frontera a punto de invadirlo.

-¡Qué disparate!-dije-. ¡Colgadme de esta farola, si los alemanes entran en Bélgica! Todavía ahora doy las gracias a mis amigos por no haberme tomado la palabra.

Pero luego vinieron los últimos días críticos de julio y, de hora en hora, cada nueva noticia contradecía la anterior; los telegramas del emperador Guillermo al zar y del zar al emperador Guillermo, la declaración de guerra a Serbia por parte de Austria, el asesinato de Jaurés. Daba la sensación de que iba en serio. De repente se levantó un frío viento de miedo en la playa, que la barrió hasta dejarla completamente vacía. La gente, a miles, dejó los hoteles y tomó los trenes por asalto; incluso las personas de más buena fe se apresuraron a hacer las maletas. Yo también; tan pronto como oí la noticia de la declaración de guerra por parte de los austríacos, me aseguré un billete, y la verdad es que llegué justo a tiempo, porque el expreso de Ostende fue el último tren que cubrió el trayecto entre Bélgica y Alemania. Viajamos de pie en los pasillos, nerviosos e impacientes, hablando unos con otros. Nadie logró leer o permanecer sentado y quieto, en cada estación nos precipitábamos fuera del tren para recoger más noticias, con la secreta esperanza de que alguna mano decidida contuviera la fatalidad que se había desencadenado. Todavía no creíamos en la guerra y, menos aún, en una invasión de Bélgica. El tren se acercaba lentamente a la frontera. Pasamos por Verviers, la estación fronteriza belga. Subieron al tren revisores alemanes: en diez minutos estaríamos en territorio alemán.

Pero, a medio camino de Herbestahl, la primera estación alemana, el tren se detuvo de repente en campo abierto. Nos apretujamos contra las ventanas de los pasillos. ¿Qué había ocurrido? A oscuras vi pasar un tren de carga tras otro en dirección contraria: vagones abiertos o cubiertos con lonas, bajo las cuales me pareció ver vagamente la amenazadora silueta de unos cañones. Me dio un vuelco el corazón. Debía de ser la ofensiva del ejército alemán. Pero quizá, me dije para consolarme, sólo era una medida defensiva, sólo una amenaza de movilización y no la movilización propiamente dicha. Y es que en momentos de peligro la voluntad de seguir teniendo esperanza siempre se hace mayor. Finalmente apareció la señal de«vía libre», el tren reanudó la marcha y entró en la estación de Herbestahl. Bajé los escalones de un salto para ir a buscar un periódico y pedir información. Pero la estación estaba ocupada por el ejército. Cuando quise entrar en la sala de espera, un funcionario barbiblanco y severo apostado ante la puerta cerrada me lo impidió: prohibido el paso a las dependencias de la estación. Pero yo ya había oído a través de los cristales de la puerta, cuidadosamente tapados, el chirrido de los sables y los golpes secos de las culatas en el suelo. No cabía duda, se había puesto en movimiento lo que nos parecía monstruoso: la invasión alemana de Bélgica en contra de todos los estatutos del derecho internacional. Con un escalofrío de horror volví al tren y proseguí mi viaje de regreso a Austria. No había la menor duda: iba derecho a la guerra."

Stefan Zweig, El mundo de ayer

lunes, 10 de diciembre de 2012

Yo soy independiente





"Yo soy independiente -le decía a un señor que ostentaba tres medallas y del que aparentemente se burlaba-. ¿Por qué  pretenden que tenga hoy la misma opinión que hace seis semanas? Sí así fuera, mi opinión sería mi tirano."

StendhalRojo y negro.

This



Self-congratulatory nonsense as the
famous gather to applaud their seeming
greatness
you
wonder where
the real ones are
what
giant cave
hides them
as
the deathly talentless
bow to
accolades
as the fools are
fooled
again
you
wonder where
the real ones are
if there are
real ones.
this
self-congratulatory nonsense
has lasted
decades
and
with some exceptions
centuries.
this
is so dreary
is so absolutely pitiless
it churns the gut to
powder
shackles hope
it
makes little things
like
pulling up a shade
or
putting on your shoes
or
walking out on the street
more difficult
near
damnable
as
the famous gather to
applaud their
seeming
greatness
as
the fools are
fooled
again
humanity
you sick
motherfucker.

Charles Bukowski


Y el cine marcha. Una historia del cine al servicio de los Derechos Humanos





"El cine es el arte por excelencia del Siglo XX. En sus casi 115 años de existencia ha visto como se conquistaban derechos que ni siquiera se consideraban perdidos cuando nació en 1895. 

El cine fue desde el principio un espejo de la realidad y un motor de las reivindicaciones que debían impulsar los avances en los derechos humanos. 

Desde su fundación, Amnistía Internacional ha sido consciente de la importancia del cine como instrumento para la reivindicación y la denuncia de las violaciones de los derechos humanos. 

Este documental parte de la historia del cine para ver cómo ha ido abriéndose a las nuevas y sucesivas reivindicaciones, al mismo tiempo que tomaba bajo su responsabilidad el denunciar las continuas violaciones de esos derechos que han sido desde su origen la razón de ser de Amnistía Internacional." Amnesty.org



Y el cine marcha (2008) por manuelhuerga

lunes, 3 de diciembre de 2012

En cierto modo, te respeto




"-Me asombras. -El joven miró detenidamente al atuendo de Ignatius-. Pensar que te dejan andar suelto por ahí. En cierto modo, te respeto.
-Muchísimas gracias. -El tono de Ignatius era suave, complacido-. La mayoría de los necios no entienden mi visión del mundo en absoluto.
-Me lo imagino, me lo imagino.
-Sospecho que bajo tu fachada ofensiva y vulgarmente afeminada puede haber una especie de alma. ¿Has leído suficientemente a Boecio?
-¿A quién? Oh, Dios mío, no. Yo no leo siquiera los periódicos.
-Entonces debes iniciar inmediatamente un programa de lecturas, para que puedas llegar a comprender las crisis de nuestra época -dijo solemnemente Ignatius-. Empezaremos con los últimos romanos, incluido Boecio, claro. Luego, profundizaremos extensamente en la Alta Edad Media. Podrás dejar a un lado el Renacimiento y la Ilustración. Todo eso es más que nada propaganda peligrosa. Ahora que lo pienso, será mejor que te saltes también a los románticos y a los victorianos. En cuanto al período contemporáneo, deberías estudiar algunos cómics seleccionados.
-Eres fantástico.
-Te recomiendo especialmente a Batman, porque tiende a trascender la sociedad abismal en que se encuentra. Su moral es bastante rigurosa, además. Le respeto muchísimo."

John Kennedy Toole, La conjura de los necios.

That occurs to me all the time




"Why are you in love with Ron?" "What?" "You're obviously in love with him, so what I want to know is, why? What's so great about him?" "Oskar, did it ever occur to you that things might be more complicated than they seem?" "That occurs to me all the time"

Jonathan Safran Foer, Extremely loud & incredibly close.