viernes, 27 de diciembre de 2013

La tierra no parecía la tierra






"La tierra no parecía la tierra. Nos hemos acostumbrado a verla bajo la imagen encadenada de un monstruo conquistado, pero allí... allí podía vérsela como algo monstruoso y libre. Era algo no terrenal y los hombres eran... No, no se podía decir inhumanos. Era algo peor, sabéis, esa sospecha de que no fueran inhumanos. La idea surgía lentamente en uno. Aullaban, saltaban, se colgaban de las lianas, hacían muecas horribles, pero lo que en verdad producía estremecimiento era la idea de su humanidad, igual que la de uno, la idea del remoto parentesco con aquellos seres salvajes, apasionados y tumultuosos. Feo, ¿no? Sí, era algo bastante feo. Pero si uno era lo suficientemente hombre debía admitir precisamente en su interior una débil traza de respuesta a la terrible franqueza de aquel estruendo, una tibia sospecha de que aquello tenía un sentido en el que uno (uno, tan distante de la noche de los primeros tiempos) podía participar. ¿Por qué no? La mente del hombre es capaz de todo, porque todo está en ella, tanto el pasado como el futuro. ¿Qué había allí, después de todo? Alegría, miedo, tristeza, devoción, valor, cólera... ¿Quién podía saberlo?... Pero había una verdad, una verdad desnuda de la capa del tiempo. Dejemos que los estúpidos tiemblen y se estremezcan... El que es hombre sabe y puede mirar aquello sin pestañear. Pero tiene que ser por lo menos tan hombre como los que había en la orilla. Debe confrontar esa verdad con su propia y verdadera esencia... con su propia fuerza innata. Los principios no bastan. Adquisiciones, vestidos, bonitos harapos... harapos que velarían a la primera sacudida. No, lo que se requiere es una creencia deliberada. ¿Hay allí algo que me llama, en esa multitud demoniaca? Muy bien. La oigo, lo admito, pero también tengo una voz y para bien o para mal no puedo silenciarla. Por supuesto, un necio con puro miedo y finos sentimientos está siempre a salvo. ¿Quién protesta? ¿Os preguntáis si también bajé a la orilla para aullar y danzar? Pues no, no lo hice. ¿Nobles sentimientos, diréis? ¡Al diablo con los nobles sentimientos! No tenía tiempo para ellos. Tenía que mezclar albayalde con tiras de mantas de lana para tapar los agujeros por donde entraba el agua. Tenía que estar al tanto del gobierno del barco, evitar troncos, y hacer que marchara aquella caja de hojalata por las buenas o por las malas. Esas cosas poseen la suficiente verdad superficial como para salvar a un hombre sabio. A ratos tenía, además, que vigilar al salvaje que llevaba yo como fogonero. Era un espécimen perfeccionado; podía encender una caldera vertical. Allí estaba, debajo de mí y, palabra de honor, mirarlo resultaba tan edificante como ver a un perro en una parodia con pantalones y sombrero de plumas, paseando sobre sus patas traseras. Unos meses de entrenamiento habían hecho de él un muchacho realmente eficaz. Observaba el regulador de vapor y el carburador de agua con un evidente esfuerzo por comprender, tenía los dientes afilados también, pobre diablo, y el cabello lanudo afeitado con arreglo a un modelo muy extraño, y tres cicatrices ornamentales en cada mejilla. Hubiera debido palmotear y golpear el suelo con la planta de los pies, y en vez de ello se esforzaba por realizar un trabajo, iniciarse en una extraña brujería, en la que iba adquiriendo nuevos conocimientos. Era útil porque había recibido alguna instrucción; lo que sabía era que si el agua desaparecía de aquella cosa transparente, el mal espíritu encerrado en la caldera mostraría su cólera por la enormidad de su sed y tomaría una venganza terrible. Y así sudaba, calentaba y observaba el cristal con temor (con un talismán improvisado, hecho de trapos, atado a un brazo, y un pedazo de hueso del tamaño de un reloj, colocado entre la encía y el labio inferior), mientras las orillas cubiertas de selva se deslizaban lentamente ante nosotros, el pequeño ruido quedaba atrás y se sucedían millas interminables de silencio... Y nosotros nos arrastrábamos hacia Kurtz. Pero los troncos eran grandes, el agua traidora y poco profunda, la caldera parecía tener en efecto un demonio hostil en su seno, y de esa manera ni el fogonero ni yo teníamos tiempo para internarnos en nuestros melancólicos pensamientos."

Joseph Conrad, El corazón de las tinieblas.

Nietzsche volvió a ser contundente y claro




"Nietzsche volvió a ser contundente y claro.
-Cada persona es dueña de su propia muerte. Y cada cual debe afrontarla a su manera. Tal vez, sólo tal vez, exista un derecho en virtud del cual se pueda quitar la vida a una persona. Pero no existe derecho alguno en virtud del cual se pueda privar a nadie de la muerte. Eso no sería un consuelo, sino una crueldad.
Breuer insistió.
-¿Podría usted llegar a elegir el suicidio?
- Morir es despiadado. Siempre he pensado que la recompensa final de los muertos es no tener que volver a morir."


"-Mi editor, Schmeitzner, de Chemnitz, se equivocó de profesión. Debería haberse dedicado a la diplomacia internacional o al espionaje. Es un genio de la intriga y mis libros son su gran secreto. En ocho años no ha gastado ni un céntimo en publicidad. No ha enviado ni un solo ejemplar a la crítica ni a las librerías. De modo que no encontrará mis libros en ninguna librería de Viena. Ni en casa de ningún vienés. Se han vendido tan pocos que conozco el nombre de casi todos los compradores y no recuerdo que entre mis lectores haya ningún vienés."

Irvin D. Yalom, El día que Nietzsche lloró.


No es cierto, ángel de amor



“¡Ah! ¿No es cierto, ángel de amor,
que en esta apartada orilla
más pura la luna brilla
y se respira mejor?
Esta aura que vaga llena
de los sencillos olores
de las campesinas flores
que brota esa orilla amena;
esa agua limpia y serena
que atraviesa sin temor
la barca del pescador
que espera cantando al día,
¿no es cierto, paloma mía,
que están respirando amor?”


José ZorrillaDon Juan Tenorio.

A mí me pareció como si la bruma misma hubiera gritado




"Hacia la tarde del segundo día creíamos estar a unas ocho millas de la estación de Kurtz. Yo quería continuar, pero el director me dijo con aire grave que la navegación a partir de aquel punto era tan peligrosa que le parecía prudente, ya que el sol estaba a punto de ocultarse, esperar allí hasta la mañana siguiente. Es más, insistió en la advertencia de que nos acercáramos con prudencia. Sería mejor hacerlo a la luz del día y no en la penumbra del crepúsculo o en plena oscuridad. Aquello era bastante sensato. Ocho millas significaban cerca de tres horas de navegación, y yo había visto ciertos rizos sospechosos en el curso superior del río. No obstante, aquel retraso me produjo una indecible contrariedad, y sin razón, ya que una noche poco podía importar después de tantos meses. Como teníamos leña en abundancia y la palabra precaución no nos abandonaba, detuve el barco en el centro del río. El cauce era allí angosto, recto, con altos bordes, como una trinchera de ferrocarril. La oscuridad comenzó a cubrirnos antes de que el sol se pusiera. La corriente fluía rápida y tersa, pero una silenciosa inmovilidad cubría las márgenes. Los árboles vivientes, unidos entre sí por plantas trepadoras, así como todo arbusto vivo en la maleza, parecían haberse convertido en piedra, hasta la rama más delgada, hasta la hoja más insignificante. No era un sueño, era algo sobrenatural, como un estado de trance. Uno miraba aquello con asombro y llegaba a sospechar si se habría vuelto sordo. De pronto se hizo la noche, súbitamente, y también nos dejó ciegos. A eso de las tres de la mañana saltó un gran pez, y su fuerte chapoteo me sobresaltó como si hubiera sido disparado por un cañón. Una bruma blanca, caliente, viscosa, más cegadora que la noche, empañó la salida del sol. Ni se disolvía, ni se movía. Estaba precisamente allí, rodeándonos como algo sólido. A eso de las ocho o nueve de la mañana comenzó a elevarse como se eleva una cortina. Pudimos contemplar la multitud de altísimos árboles, sobre la inmensa y abigarrada selva, con el pequeño sol resplandeciente colgado sobre la maleza. Todo estaba en una calma absoluta, y después la blanca cortina descendió otra vez, suavemente, como si se deslizara por ranuras engrasadas. Ordené que se arrojara de nuevo la cadena que habíamos comenzado a halar. Y antes de que hubiera acabado de descender, rechinando sordamente, un aullido, un aullido terrible como de infinita desolación, se elevó lentamente en el aire opaco. Cesó poco después. Un clamor lastimero, modulado con una discordancia salvaje, llenó nuestros oídos. Lo inesperado de aquel grito hizo que el cabello se me erizara debajo de la gorra. No sé qué impresión les causó a los demás: a mí me pareció como si la bruma misma hubiera gritado; tan repentinamente y al parecer desde todas partes se había elevado a la vez aquel grito tumultuoso y luctuoso. Culminó con el estallido acelerado de un chillido exorbitante, casi intolerable, que al cesar nos dejó helados en una variedad de actitudes estúpidas, tratando obstinadamente de escuchar el silencio excesivo, casi espantoso, que siguió."

Joseph Conrad, El corazón de las tinieblas.

viernes, 13 de diciembre de 2013

Aquella refinada Italia






"El Renacimiento se caracterizó por una pléyade de personas dotadas con los más variados talentos. La figura más representativa de aquella época fue Leonardo da Vinci (1452-1519), el Homo universalis. Fue músico, arquitecto, pintor, escultor, inventor, ingeniero... y en casi todo destacó con reconocida maestría. Hubo, no obstante, una estrella que nunca pudo lucir con el mismo brillo, a pesar de que sintiera una verdadera pasión por ella: la gastronomía.
Desde sus tiempos de aprendiz en un taller de Florencia, en torno a 1473, el maestro intentó sin conseguirlo ser reconocido como chef. En aquel taller, el joven Leonardo conoció al pintor Sandro Botticelli (1445-1510), entonces también un aprendiz, y le convenció para montar un restaurante, que fue un auténtico desastre. Una y otra vez, sus originales recetas, hoy diríamos de nouvelle cusine, chocaban con un mundo todavía anclado en la Edad Media más arquetípica: ¡carne, carne y mucha cantidad! Pero a Leornardo no le interesaba sólo la cocina, sino la mesa. Además de cocinero, quiso ser maître...
En la corte de Ludovico Sforza (1452-1508), el mecenas que abrió las puertas de Milán a Leonardo da Vinci en 1482, los nobles amarraban conejos adornados con cintas a las sillas y se limpiaban las manos impregnadas de grasa sobre los lomos de las bestias, o bien utilizaban el faldón de los manteles. Por propia iniciativa, una de las primeras tareas que Leonardo se encomendó fue, precisamente, corregir esta costumbre "antes que pintar cualquier caballo o retablo", y para ello inventó la servilleta, aunque esta palabra en aquella época todavía no existía. Testigo privilegiado de aquella velada fue Pietro Alemani, el embajador florentino en Milán, que en uno de sus informes con fecha de julio de 1491, nos lo cuenta de la siguiente manera:
Y en la víspera de hoy presentó en la mesa su solución a ello, que consistía en un paño individual dispuesto sobre la mesa frente a cada individuo destinado a ser manchado, en sustitución al mantel. Pero con gran inquietud del maestro Leonardo dispusieron sentarse sobre él. Otros se lo arrojaban como por juego. Otros, aun envolvían en él las viandas que ocultaban sus bolsillos y faltriqueras. Y cuando hubo acabado la comida, y el mantel principal quedó ensuciado como en ocasiones anteriores, el maestro Leonardo me confió su desesperanza de que su invención lograra establecerse."
Fernándo Garcés Blázquez, La historia del mundo sin los trozos aburridos


Somewhere i have never travelled,gladly beyond






somewhere i have never travelled,gladly beyond
any experience,your eyes have their silence:
in your most frail gesture are things which enclose me,
or which i cannot touch because they are too near

your slightest look easily will unclose me
though i have closed myself as fingers,
you open always petal by petal myself as Spring opens
(touching skilfully,mysteriously)her first rose

or if your wish be to close me, i and
my life will shut very beautifully ,suddenly,
as when the heart of this flower imagines
the snow carefully everywhere descending;

nothing which we are to perceive in this world equals
the power of your intense fragility:whose texture
compels me with the color of its countries,
rendering death and forever with each breathing

(i do not know what it is about you that closes
and opens;only something in me understands
the voice of your eyes is deeper than all roses)
nobody,not even the rain,has such small hands

E. E. Cummings



jueves, 12 de diciembre de 2013

No se trata de hablar




No se trata de hablar,
ni tampoco de callar:
se trata de abrir algo
entre la palabra y el silencio.

Quizá cuando transcurra todo,
también la palabra y el silencio,
quede esa zona abierta
como una esperanza hacia atrás.

Y tal vez ese signo invertido
constituya un toque de atención
para este mutismo ilimitado
donde palpablemente nos hundimos.


Roberto Juarroz

Vaya practicando




"Salió moviendo el aire denso con las caderas, envuelta en un halo de etérea belleza y sólida dignidad y dejándonos sumergidos en enervante fragancia.
-No dé más vueltas por dentro de cabeza -dijo el perspicaz anciano al advertir mi estado-. Cada cosa tiene su tiempo y lugar y ninguno son éste. Haga como yo: aproveche ventajas de ser viejo.
-Yo no soy viejo -protesté.
-Vaya practicando -respondió-. Secreto para llegar a muy viejo es envejecer muy pronto. Con vejez viene tranquilidad: no más tempura, no más visitar casas de sombreros."

Eduardo Mendoza, El enredo de la bolsa y la vida.

Lost in motion



Lost In Motion II from Krystal Levy Pictures on Vimeo.

miércoles, 4 de diciembre de 2013

La poesía del guerrero




"En inglés hay palabras de sorprendente etimología, como window, "ventana", que en noruego antiguo significa "ojo del viento". Es una reminiscencia de los llamados Kenningar (plural de Kenning, que, en nórdico antiguo, significa "acto de nombrar") una forma de poesía vikinga que se desarrollo durante los siglos IX y XII. Estos poemas tienen la particularidad de redefinir el mundo con simples metáforas, que, a modo de relámpagos, iluminan y trascienden el lenguaje....
El aire: casa de los pájaros
El mar: prado de la gaviota
Los arenques: flechas del mar
La barba: bosque de la quijada
La lengua: remo de la boca
La mano: asiento del halcón
La batalla: asamblea de espadas
La espada: lobo de las heridas
El buitre: gallo de los muertos
La cerveza: marea de la copa
El fuego: sol de los hogares"

Fernando Garcés Blázquez, Historia del mundo sin los trozos aburridos.

Del infierno no se sale




"El papa Pablo III (1468-1549), sustituto de Clemente VII -el papa cafetero-, encargó a Michelangelo di Ludovico Buonarroti Simoni (1475-1564) decorar la bóveda de la Capilla Sixtina de la basílica de San Pedro, en el Vaticano. A medida que avanzaban las obras, el cardenal Biaggio de Cesana se quejó formalmente al Pontífice de que el artista estaba pintando desnudos a gran parte de los santos.
Molesto, el artista se vengó pintando al cardenal en el Infierno con enormes orejas de burro, una nariz descomunal y una serpiente enroscada en el pecho. De nuevo, el cardenal corrió a contárselo todo al Papa. Pablo III, que era un hombre con sentido del humor, replicó:
-Si os hubiera enviado al Purgatorio podría hacer algo, porque hasta allí llega mi poder para sacaros; pero en el infierno es imposible; de allí no se puede salir, hijo mío.
Y allí sigue el cardenal, pero con sus vergüenzas bien tapadas. Tal vez, su mayor temor es la profecía que Miguel Ángel hizo en forma de pregunta:
-¿Es que creéis que en el Día del Juicio Final los vestidos van a resucitar?"

Fernándo Garcés Blázquez, La historia del mundo sin los trozos aburridos.


Paseando por la jaula




Lánguida conjetura en horas de trabajo, atrapado por la sombra
del padre.
de día las aceras de los cafés
están vacías.

mi gato me mira y no está seguro de lo que soy.
yo le devuelvo la mirada, contento de sentir
lo mismo
por él...

leo 2 ejemplares de una famosa revista de hace 40
años, y me sigue pareciendo mala
la escritura que ya
entonces
me parecía mala

ninguno de aquellos autores ha perdurado.

a veces funciona
una justicia
misteriosa.

a veces
no...

el instituto supuso el despertar del largo infierno
que llegaría después:
conocer a otros seres tan horribles como mis
padres.

algo que nunca había creído
posible...

gané una medalla en el Curso de Manejo del Rifle en el
R.O.T.C.
pero no me interesaba
ganar.
en realidad, no me interesaba nada, hasta las
chicas parecían presas sin
importancia: demasiado esfuerzo para muy poca
recompensa.

por la noche antes de dormirme pensaba muchas veces en lo que iba
a hacer, en lo que iba a ser:
ladrón de bancos, borracho, mendigo, idiota, vulgar
peón.

me concentré en idiota y vulgar peón: parecían
las alternativas más
cómodas...

lo mejor de estar a punto de morirte de hambre es
que cuando por fin
comes algo
resulta enormemente  hermoso, delicioso,
mágico.

la gente que come 3 veces al día toda su vida
nunca ha saboreado
de verdad
la comida...

la gente es extraña: se enfada constantemente por
cosas triviales,
pero no se entera
de lo que realmente importa,
como
desperdiciar por completo sus
vidas...

sobre escritores: descubrí que la mayoría
nadaban juntos.
tenían escuelas, mandamases,
teorías.
se reunían en grupos y se peleaban con los
demás.
había políticas literarias.
había juegos y
acritud.

siempre he creído que escribir es una
profesión solitaria...

y sigo creyéndolo...

los animales no se preocupan por el
Cielo o el Infierno.

ni yo
tampoco.

quizá por eso
nos
entendemos...

cuando viene a verme gente que está sola
enseguida comprendo por qué
los demás los han dejado
solos.

y lo que para mí
sería una
bendición

para ellos es un horror...

pobre, pobre Célline.
sólo escribió un libro.
olvídate de los demás.
pero menudo libro:
Voyage au bout de la nuit.
le hizo darlo
todo.
lo convirtió en un bicho raro
que jugaba nerviosamente
a la rayuela bajo la
niebla de lo
posible...

los Estados Unidos son un lugar muy
extraño: alcanzaron su cenit en
1970
y desde entonces
por cada año
han retrocedido
3,
hasta hoy,
1989:
es 1930
por la forma de
hacer las cosas.

no hay que ir al cine
para ver películas de
terror.

hay un manicomio cerca de la estafeta de correos
desde la que envío mis
trabajos.

no aparco nunca delante de la estafeta,
aparco delante del manicomio
y voy caminando.

paso por delante del manicomio.

a los menos perturbados les permiten
salir al porche,
donde se acomodan como
palomas.

y yo me siento su
hermano.
pero no me siento con ellos.

sigo caminando y meto mis trabajos
por la ranura del correo de primera clase.

se supone que sé lo que
hago.

vuelvo andando, los miro
sin
mirarlos.

me meto en el coche y me
voy.

a mí me permiten
conducir.

y vuelvo conduciendo a
casa.

voy por la entrada
y pienso:
¿qué estoy haciendo?

salgo del coche
y uno de mis 5 gatos se me
acerca: es un compañero
excelente.

me agacho y lo
acaricio.

entonces me encuentro bien.

soy exactamente lo que debo
ser.

Charles Bukowski, 
Poemas de la última noche en la tierra.

Lo que tu llamas amor



"Lo que tu llamas amor fue inventado por tipos como yo para vender medias de nylon" 


"The reason you haven't felt it is because it doesn't exist. What you call love was invented by guys like me, to sell nylons. You're born alone and you die alone and this world just drops a bunch of rules on top of you to make you forget those facts. But I never forget. I'm living like there's no tomorrow, because there isn't one."


Don Draper

Conjugaciones










(Viento del exilio – 1981)
Entre siempre y jamás

1   (álbum)

Cómo quisiera fotografiar
minucia por minucia
pedazos de futuro
y colocar las  instantáneas
en un álbum
para poder  hojearlo
lenta  morosamente
en un manso remanso
del pasado


2   (claves)

Algunas claves
del futuro
no  están en el  presente
ni en el pasado

están
extrañamente
en el futuro


3   (variantes)

la muerte es sólo una
de las varias variantes
del futuro
quizá la más primaria
  acerca de la otras
espléndidas variantes
no han concluido aún
las  investigaciones


4   (complemento)

Para entender mejor
cuán reaccionario
era jorge manrique
hay que desarrollar
el  complemento de su tesis
o sea
todo tiempo futuro
será  peor


5   (después)

El futuro no es
una página en blanco

es una fe
de erratas


6   (ausencia)

En la última
asamblea
del futuro
faltaré
sin aviso

7   (rigores)

En las fronteras
del futuro
hay un control
estricto
sólo son admitidos
los sobrevivientes


8   (previsión)

De vez en cuando es bueno
ser  consciente
de que hoy
de que ahora
estamos fabricando
las  nostalgias
que descongelarán
algún futuro


9   (plurales)

Hay
ayeres
y mañanas
pero no hay
hoyes

Mario Benedetti

El dolor nos agarra




Y, desgraciadamente,
el dolor crece en el mundo a cada rato,
crece a treinta minutos por segundo, paso a paso,
y la naturaleza del dolor, es el dolor dos veces
y la condición del martirio, carnívora, voraz,
es el dolor dos veces
y la función de la yerba purísima, el dolor
dos veces
y el bien de ser, dolernos doblemente.

Jamás, hombres humanos,
hubo tanto dolor en el pecho, en la solapa, en la cartera,
en el vaso, en la carnicería, en la aritmética!
Jamás tanto cariño doloroso,
jamás tanta cerca arremetió lo lejos,
jamás el fuego nunca
jugó mejor su rol de frío muerto!
Jamás, señor ministro de salud, fue la salud
más mortal
y la migraña extrajo tanta frente de la frente!
Y el mueble tuvo en su cajón, dolor,
el corazón, en su cajón, dolor,
la lagartija, en su cajón, dolor.

Crece la desdicha, hermanos hombres,
más pronto que la máquina, a diez máquinas, y crece
con la res de Rousseau, con nuestras barbas;
crece el mal por razones que ignoramos
y es una inundación con propios líquidos,
con propio barro y propia nube sólida!

Invierte el sufrimiento posiciones, da función
en que el humor acuoso es vertical
al pavimento,
el ojo es visto y esta oreja oída,
y esta oreja da nueve campanadas a la hora
del rayo, y nueve carcajadas
a la hora del trigo, y nueve sones hembras
a la hora del llanto, y nueve cánticos
a la hora del hambre y nueve truenos
y nueve látigos, menos un grito.

El dolor nos agarra, hermanos hombres,
por detrás, de perfil,
y nos aloca en los cinemas,
nos clava en los gramófonos,
nos desclava en los lechos, cae perpendicularmente
a nuestros boletos, a nuestras cartas;
y es muy grave sufrir, puede uno orar...
Pues de resultas
del dolor, hay algunos
que nacen, otros crecen, otros mueren,
y otros que nacen y no mueren, otros
que sin haber nacido, mueren, y otros
que no nacen ni mueren (son los más).
Y también de resultas
del sufrimiento, estoy triste
hasta la cabeza, y más triste hasta el tobillo,
de ver al pan, crucificado, al nabo,
ensangrentado,
llorando, a la cebolla,
al cereal, en general, harina,
a la sal, hecha polvo, al agua, huyendo,
al vino, un ecce-homo,
tan pálida a la nieve, al sol tan ardido!
¡Cómo, hermanos humanos,
no deciros que ya no puedo y
ya no puedo con tanto cajón,
tanto minuto, tanta
lagartija y tanta
inversión, tanto lejos y tanta sed de sed!
Señor Ministro de Salud: ¿qué hacer?
¡Ah! desgraciadamente, hombre humanos,
hay, hermanos, muchísimo que hacer.

César Vallejo


Holmes





Ven y mécenos




Nuestra Señora
de las causas imposibles que buscamos en vano,
de los sueños que nos llegan al atardecer
por la ventana,
de los propósitos que nos acarician
y que nos duelen
porque sabemos que nunca seran realidad.

Ven y mécenos,
ven y acarícianos
besándonos silenciosamente en la frente,
tan levemente que no sepamos que nos besan,
salvo por una cierta alteración del alma.

Ven solemnisima,
solemnísima y plena.

Fernando Pessoa

lunes, 2 de diciembre de 2013

La señorita Elvira se conforma con poco




"La señorita Elvira deja la novela sobre la mesa de noche y apaga la luz. Los misterios de París se quedan a oscuras al lado de un vaso mediado de agua, de unas medias usadas y de una barra de rouge ya en las últimas. 
Antes de dormirse, la señorita Elvira siempre piensa un poco. 
-Puede que tenga razón doña Rosa. Quizá sea mejor volver con el viejo, así no puedo seguir. Es un baboso, pero, ¡después de todo! Yo ya no tengo mucho donde escoger. 
La señorita Elvira se conforma con poco, pero ese poco casi nunca lo consigue. Tardó mucho tiempo en enterarse de cosas que, cuando las aprendió, le cogieron ya con los ojos llenos de patas de gallo y los dientes picados y ennegrecidos. Ahora se conforma con no ir al hospital, con poder seguir en su miserable fonducha; a lo mejor, dentro de unos años, su sueño dorado es una cama en el hospital, al lado del radiador de la calefacción."


Camilo José Cela, La colmena.

jueves, 28 de noviembre de 2013

El dificil arte de hablar con la realeza




"Durante el siglo previo a la Revolución francesa, probablemente, el arte más arriesgado de todos fue la conversación con las cabezas coronadas. ¿Quién venció? Dejamos al lector que haga su propia clasificación.

PRIMER CANDIDATO:
Francisco Gómez de Quevedo y Santibañez Villegas (1580-1645) ganó una apuesta al decir a Isabel de Borbón (1602-1644), esposa de Felipe IV (1605-1665), que era coja con la floritura más sencilla:
Entre el clavel y la rosa, su Majestad escoja.
Por si había dudas, repitió la proeza ante el propio Rey, Felipe IV, cuando la ocasión la pintaron calva, como suele decirse. Su Majestad, pensando que sería incapaz, le pidió al poeta que improvisara una cuarteta. "Dadme pie", le solicito el poeta y el Monarca, creyéndose gracioso, le alargó la pierna, o mejor dicho, metió la pata, pues, agudo y certero, Quevedo improvisó la cuarteta requerida:
En semejante postura
dais a comprender, señor,
que yo soy el herrador
y vos la cabalgadura.

SEGUNDO CANDIDATO
John Milton (1608-1674), poeta inglés famoso por haber escrito El Paraíso Perdido, había sobrevivido a la tiranía de Oliver Cromwell (1599-1658), que sometió a Irlanda a incontables sufrimientos y ordenó decapitar a Carlos I de Inglaterra (1600-1649). Alrededor de 1652, el tirano había muerto, y se había restablecido el orden. Milton había perdido por completo la visión, era ya mayor, y frecuentaba la Corte de Carlos II de Inglaterra, el hijo del Rey decapitado, como una vieja gloria del pasado. En cierta ocasión, el soberano, le preguntó:
-¿No crees que tu ceguera es un castigo divino caído sobre ti por haber escrito en defensa del asesinato de mi padre?
-Señor -respondió el vate-, es verdad, he perdido mis ojos; pero si todas las calamidades se han de atribuir a juicios divinos, recuerdo a su Majestad que su real padre perdió su cabeza."
Fernando Garcés Blázquez, La historia del mundo sin los trozos aburridos.

10 Estrategias de Manipulación Mediática





martes, 26 de noviembre de 2013

La extraña pareja




El día que se conocieron en Atenas, Alejandro Magno (356-323 a.C) -con todo su ejército en formación detrás suyo- le dijo a Diógenes de Sinope (ca. 412-323 a.C): "Pídeme lo que quieras". Diógenes, sin otra compañía que su pobreza, le respondió: "Apártate, me estás tapando el sol". Era el principio de una larga amistad, aunque cada uno fuera por su propio camino. Dicen que Alejandro confesó una vez: "Si no fuera Alejandro me gustaría ser Diógenes". Falta saber si, al revés, ésta fue la opinión de Diógenes. Posiblemente, pues reducido a la esclavitud, le interrogaron acerca de lo que sabía hacer. "Dirigir hombres. Pregunta por ahí si alguien quiere comprar un amo." Por último, cuentan que Alejandro, en Babilonia, y Diógenes, en Corinto, murieron el mismo día. Alejandro había unido el mundo, y Diógenes, preguntado de dónde era, respondió : "Soy ciudadano del mundo".


Fernando Garcés Blázquez, La historia del mundo sin los trozos aburridos.

Parecerse a los dioses




"He descubierto que sólo existe una manera de parecerse a los dioses: basta con ser tan cruel como ellos".
Albert Camus, Calígula

El gusano




"El gusano es el único emperador de la dieta; engordamos todos los animales para engordarnos a nosotros, y nos engordamos nosotros para engordar a los gusanos: el rey gordo y el mendigo flaco no son sino dos platos distintos de una misma mesa (...) El hombre puede pescar con el gusano que ha comido de un rey, y comer del pez que se alimentó con aquel gusano".

Shakespeare, Hamlet.

viernes, 22 de noviembre de 2013

What day is it?




His heart would descend from his chest into his stomach



“He awoke each morning with the desire to do right, to be a good and meaningful person, to be, as simple as it sounded and as impossible as it actually was, happy. And during the course of each day his heart would descend from his chest into his stomach. By early afternoon he was overcome by the feeling that nothing was right, or nothing was right for him, and by the desire to be alone. By evening he was fulfilled: alone in the magnitude of his grief, alone in his aimless guilt, alone even in his loneliness. I am not sad, he would repeat to himself over and over, I am not sad. As if he might one day convince himself. Or fool himself. Or convince others—the only thing worse than being sad is for others to know that you are sad. I am not sad. I am not sad. Because his life had unlimited potential for happiness, insofar as it was an empty white room. He would fall asleep with his heart at the foot of his bed, like some domesticated animal that was no part of him at all. And each morning he would wake with it again in the cupboard of his rib cage, having become a little heavier, a little weaker, but still pumping. And by the mid-afternoon he was again overcome with the desire to be somewhere else, someone else, someone else somewhere else. I am not sad.”

Jonathan Safran Foer, Extremely loud & incredibly close.

El Pollo Morgan susurró su informe.




"A las nueve en punto ya estaba abriendo la peluquería. A las once y cuarto entró un majadero preguntando si había algún bazar oriental en las inmediaciones. Le dirigí hacia La Bamba, no sin antes proponerle, en vano, un lavado, un corte y un rasurado por el precio de un solo servicio. Ya no vino nadie más. A las dos cerré y fui a ver al Pollo Morgan.
—¿Alguna novedad?
Me dio la callada por respuesta. Ni siquiera se dignó bajar los ojos.
—¡Venga, hombre, que no nos ve nadie! —hube de insistir.
Sin apenas despegar los labios, el Pollo Morgan susurró su informe. A lo largo de la mañana pocas personas habían salido del edificio y menos habían entrado. De las que habían entrado, dos eran del grupo de las que previamente habían salido, y cuatro habían entrado sin haber salido antes, pero habían salido al cabo de un rato; una había entrado y todavía no había salido. De las que habían salido sin haber entrado, dos habían vuelto a entrar y los demás todavía no habían entrado."

Eduardo Mendoza, El enredo de la bolsa y la vida.

jueves, 21 de noviembre de 2013

Todo lo que pasa es un milagro para el gitanillo






"El niño no se cayó al suelo, se fue de narices contra la pared. Desde lejos dijo tres o cuatro verdades a la mujer, se palpó la cara y siguió andando. A la puerta de otra taberna volvió a cantar:
Estando un maestro sastre
cortando los pantalones, 
pasó un chavea gitano
que vendía camarones.
Óigame usted, señor sastre,
hágamelos estrechitos
pa que cuando vaya a misa
me miren los señoritos.
El niño no tiene cara de persona, tiene cara de animal doméstico, de sucia bestia, de pervertida bestia de corral. Son pocos sus años para que el dolor haya marcado aún el navajazo del cinismo –o de la resignación- en su cara, y su cara tiene una bella e ingenua expresión estúpida, una expresión de no entender nada de lo que pasa. Todo lo que pasa es un milagro para el gitanillo, que nació de milagro, que come de milagro, que vive de milagro y que tiene fuerzas para cantar de puro milagro.
Detrás de los días vienen las noches, detrás de las noches vienen los días. El año tiene cuatro estaciones: primavera, verano, otoño, invierno. Hay verdades que se sienten dentro del cuerpo, como el hambre o las ganas de orinar" 


Camilo José Cela, La colmena.

Rata De Dos Patas



Rata inmunda 
animal rastrero 
escoria de la vida 
adefesio mal hecho 

Infrahumano 
espectro del infierno 
maldita sabandija 
cuanto daño me has hecho 

Alimaña 
culebra ponzoñosa 
deshecho de la vida 
te odio y te desprecio 

Rata de dos patas 
te estoy hablando a ti 
porque un bicho rastrero 
aún siendo el más maldito 
comparado contigo 
se queda muy chiquito 


martes, 19 de noviembre de 2013

How and why





I loved alone




"And all I loved, I loved alone." 

Edgar Allan Poe, Alone

Celestino Ortiz






"Al final de Narváez está el bar donde, como casi to­das las noches, Paco se encuentra con Martín. Es un bar pequeño, que hay a la derecha, conforme se sube, cerca del garaje de la Policía Armada. El dueño, que se llama Celestino Ortiz, había sido comandante con Cipriano Mera durante la guerra, y es un hombre más bien alto, delgado, cejijunto y con algunas marcas de viruela; en la mano derecha lleva una gruesa sortija de hierro, con un esmalte en colores que representa a León Tolstoi y que se había mandado hacer en la calle de la Colegiata, y usa dentadura postiza que, cuando le molesta mucho, deja sobre el mostrador. Celestino Ortiz guarda cuidadosamente, desde hace muchos años ya, un sucio y desbaratado ejemplar de la Auro­ra, de Nietzsche, que es su libro de cabecera, su catecismo. Lo lee a cada paso y en él encuentra siempre solución a los problemas de su espíritu. -«Aurora» -dice-, «Meditación sobre los prejui­cios morales, ¡Qué hermoso título! La portada lleva un óvalo con la foto del autor, su nombre, el título, el precio -cuatro reales- y el pie editorial: F. Sempere y Compañía, editores, calle del Palomar, 10, Valencia; Olmo, 4 (sucursal), Madrid. La traducción es de Pedro González Blanco. En la portada de dentro aparece la marca de los editores: un busto de señorita con gorro frigio y rodeado, por abajo, de una corona de laurel y, por arriba, de un lema que dice: Arte y Libertad. 
Hay párrafos enteros que Celestino se los sabe de memoria. Cuando entran en el bar los guardias del garaje, Celestino Ortiz esconde el libro debajo del mostrador, sobre el cajón de los botellines de vermú. -Son hijos del pueblo corno yo -se dice-, ¡pero por si acaso! Celestino piensa, con los curas de pueblo, que Nietzsche es realmente algo muy peligroso. Lo que suele hacer, cuando se enfrenta con los guardias, es recitarles parrafitos, como de broma, sin decirles nunca de dónde los ha sacado. 
-«La compasión viene a ser el antídoto del suici­dio, por ser un sentimiento que proporciona placer y que nos suministra, en pequeñas dosis, el goce de la superioridad.»
Los guardias se ríen. -Oye, Celestino, ¿tú no has sido nunca cura?
-¡Nunca! «La dicha -continúa, sea lo que fuere, nos da aire, luz y libertad de movimientos.»
Los guardias ríen a carcajadas.
-Y agua corriente.
-Y calefacción central.
.Celestino se indigna y les escupe con desprecio:
-¡Sois unos pobres incultos!
Entre todos los que vienen hay un guardia, ga­llego y reservón, con el que Celestino hace muy bue­nas migas. Se tratan siempre de usted.
-Diga usted, patrón, ¿y eso lo dice siempre igual?
-Siempre, García, y no me equivoco ni una
-¡Pues ya es mérito!"
Camilo José Cela, La colmena.


Y la vida es esto, la niebla





"¡Mi Eugenia, sí, la mía -iba diciéndose-, esta que me estoy forjando a solas, y no la otra, no la de carne
y hueso, no la que vi cruzar por la puerta de mi casa, aparición fortuita, no la de la portera! ¿Aparición fortuita? ¿Y qué aparición no lo es? ¿Cuál es la lógica de las apariciones? La de la sucesión de estas figuras que forman las nubes de humo del cigarro. ¡El azar! El azar es el íntimo ritmo del mundo, el azar es el alma de la poesía. ¡Ah, mi azarosa Eugenia! Esta mi vieja. mansa, rutinaria, humilde, es una oda píndárica tejida con las mil pequeñeces de lo cotidiano. ¡Lo cotidiano! ¡El pan nuestro de cada día, dánosle hoy! Dame, Señor, las mil menudencias de cada día. Los hombres no sucumbimos a las grandes penas ni a las grandes alegrías, y es porque esas penas y esas alegrías vienen embozadas en una inmensa niebla de pequeños incidentes. Y la vida es esto, la niebla. La vida es una nebulosa. Ahora surge de ella Eugenia. ¿Y quién es Eugenia? Ah, caigo en la cuenta de que hace tiempo la andaba buscando. Y mientras yo la buscaba ella me ha salido al paso. ¿No es esto acaso encontrar algo? Cuando uno descubre una aparición que buscaba, ¿no es que la aparición, compadecida de su busca, se le viene al encuentro? ¿No salió la América a buscar a Colón? ¿No ha venido Eugenia a buscarme a mí? ¡Eugenia! ¡Eugenia! ¡Eugenia!"

Miguel de Unamuno, Niebla.

viernes, 15 de noviembre de 2013

Don Jaime Arce






"A don Jaime Arce, que tiene un gran aire a pesar de todo, no hacen más que protestarle letras. En el Café, parece que no, todo se sabe. Don Jaime pidió un crédito a un Banco, se lo dieron y firmó unas letras. Después vino lo que vino. Se metió en un negocio donde lo engañaron, se quedó sin un real, le presentaron las letras al cobro y dijo que no podia pagarlas. Don Jaime Arce es, lo más seguro, un hombre honrado y de mala suerte, de mala pata en esto del dinero. Muy trabajador no es, ésa es la verdad, pero tampoco tuvo nada de suerte. Otros tan vagos o más que él, con un par de golpes afortunados, se hicieron con unos miles de duros, pagaron las letras y andan ahora por ahí fumando buen tabaco y todo el día en taxi. A don Jaime Arce no le pasó esto, le pasó todo lo contrario. Ahora anda buscando un destino, pero no lo encuentra. Él se hubiera puesto a trabajar en cualquier cosa, en lo primero que saliese, pero no salía nada que mereciese la pena y se pasaba el día en el Café, con la cabeza apoyada en el respaldo de pelu che, mirando para los dorados del techo. A veces cantaba por lo bajo algún que otro trozo de zarzuela mientras llevaba el compás con el pie. Don Jaime no solía pensar en su desdicha; en realidad, no solía pensar nunca en nada. Miraba para los espejos y se decía: "¿Quién habrá inventado los espejos?" Después miraba para una persona cualquiera, fijamente, casi con impertinencia: "¿Tendrá hijos esa mujer? A lo mejor, es una vieja pudibunda". "¿Cuántos tuberculosos habrá ahora en este Café?" Don Jaime se hacía un cigarrillo finito, una pajita, y lo encendía. "Hay quien es un artista afilando lápices, les saca una punta que clavaria como una aguja y no la estropean jamás." Don Jaime cambia de postura, se le estaba durmiendo una pierna. "¡Qué misterioso es esto! Tas, tas; tas, tas; y así toda la vida, día y noche, invierno y verano: el corazón."

Camilo José Cela, La colmena.

Hasta los muertos se equivocan




"El coronel la persiguió con una mirada completamente inconsciente. Ella habló en la penumbra cuando cerró la ventana.
-¿Usted sueña con frecuencia?
-A veces -respondió el coronel, avergonzado de haber dormido-. Casi siempre sueño que me enredo en telarañas.
-Yo tengo pesadillas todas las noches -dijo la mujer-. Ahora se me ha dado por saber quién es esa gente desconocida que uno se encuentra en los sueños.
Conectó el ventilador eléctrico. “La semana pasada se me apareció una mujer en la cabecera de la cama”, dijo. “Tuve el valor de preguntarle quién era y ella me contestó: Soy la mujer que murió hace doce años en este cuarto”.
-La casa fue construida hace apenas dos años -dijo el coronel.
-Así es -dijo la mujer-. Eso quiere decir que hasta los muertos se equivocan."

Gabriel García Márquez, El coronel no tiene quien le escriba.

No he querido saber, pero he sabido




“No he querido saber, pero he sabido que una de las niñas, cuando ya no era niña y no hacía mucho que había regresado de su viaje de bodas, entró en el cuarto de baño, se puso frente al espejo, se abrió la blusa, se quitó el sostén y se buscó el corazón con la punta de la pistola de su propio padre…”

Javier MaríasCorazón Tan Blanco

Requiem for the american dream




"REQUIEM FOR THE AMERICAN DREAM is the riveting discussion-of-a-lifetime with Noam Chomsky – “the most important intellectual alive” – on America’s staggering concentration of wealth, unprecedented inequality, and the corrosion of democracy.

Through candid conversation, Chomsky sketches an unvarnished portrait of our country today and how the orchestrated efforts of a financial aristocracy, from the ’70s to the present, have reshaped social and economic policy to serve their own interests.

Reminiscent of Errol Morris’ Fog of War in its personal and intimate approach, REQUIEM FOR THE AMERICAN DREAM is the cautionary tale of what may prove to be the lasting legacy of our time – the death of the middle class."


The Pervert's Guide to Ideology





Bach




"Bach, when his wife died, had to arrange for the funeral. The poor man, however, was in the habit of leaving all practical matters to his wife, with the result that when an old servant appeared, asking him for money to buy mourning crepe, Bach, weeping quietly, his head resting on the table, said, “Ask my wife.”

An Anecdote by Heinrich von Kleist

Cobista







"Algún hombre ya metido en años cuenta a gritos la broma que le gastó, va ya para el medio siglo, a Madame Pimentón.
—La muy imbécil se creía que me la iba a dar. Sí, sí… ¡Estaba lista! La invité a unos blancos y al salir se rompió la cara contra la puerta. ¡Ja, ja! Echaba sangre como un becerro. Decía: “Oh, la, la; oh, la, la”, y se marchó escupiendo las tripas. ¡Pobre desgraciada, andaba siempre bebida! ¡Bien mirado, hasta daba risa!
Algunas caras, desde las próximas mesas, lo miran casi con envidia. Son las caras de las gentes que sonreían en paz, con beatitud, en esos instantes en que, casi sin darse cuenta, llegan a no pensar en nada. La gente es cobista por estupidez y, a veces, sonríen aunque en el fondo de su alma sientan una repugnancia inmensa, una repugnancia que casi no pueden contener. Por coba se puede llegar hasta el asesinato; seguramente que ha habido más de un crimen que se haya hecho por quedar bien, por dar coba a alguien."

Camilo José Cela, La colmena.

jueves, 14 de noviembre de 2013

Just unstable





A Dream Within a Dream




Take this kiss upon the brow!
And, in parting from you now,
Thus much let me avow —
You are not wrong, who deem
That my days have been a dream;
Yet if hope has flown away
In a night, or in a day,
In a vision, or in none,
Is it therefore the less gone?
All that we see or seem
Is but a dream within a dream.

I stand amid the roar
Of a surf-tormented shore,
And I hold within my hand
Grains of the golden sand —
How few! yet how they creep
Through my fingers to the deep,
While I weep — while I weep!
O God! Can I not grasp
Them with a tighter clasp?
O God! can I not save
One from the pitiless wave?
Is all that we see or seem
But a dream within a dream?

Edgar Allan Poe



Pensé que estaría más solo sin el reloj




"Lo que hizo más larga mi primera noche en el mar fue que en ella no ocurrió absolutamente nada. Es imposible describir una noche en una balsa, cuando nada sucede y se tiene terror a los animales, y se tiene un reloj fosforescente que es imposible dejar de mirar un solo minuto. La noche del 28 de febrero -que fue mi primera noche en el mar- miré el reloj cada minuto. Era una tortura. Desesperadamente resolví quitármelo, guardarlo en el bolsillo par no estar pendiente de la hora. Cuando me pareció que era imposible resistir, faltaban veinte minutos para las nueve de la noche. Todavía no sentía sed ni hambre y estaba seguro de que podría resistir hasta el día siguiente, cuando vinieran en aviones. Pero pensaba que me volvería loco el reloj. Preso de angustia, me lo quité de la muñeca para echármelo al bolsillo, pero cuando lo tuve en la mano se me ocurrió que lo mejor era arrojarlo al mar. Vacilé un instante. Luego sentí terror: pensé que estaría más solo sin el reloj. Volví a ponérmelo en la muñeca y seguí mirándolo, minuto a minuto, como esa tarde había estado mirando el horizonte en espera de los aviones; hasta cuando me dolieron los ojos."

Gabriel García Márquez, Relato de un náufrago.

martes, 29 de octubre de 2013

Soy una mujer sin problemas



Todos lo saben
y entonces buscan mi compañía para charlar por las noches.
Sin embargo yo conozco a alguien que quiere morir en paz consigo mismo
y me produce estremecimientos, insomnio, soledad,
porque la paz conmigo misma sería una guerra sin fin,
dos o tres asesinatos inevitables y alguna entrega desmedida
que no entra en mis planes.
Sin embargo yo sueño por las noches
con un jardín inmenso donde los muertos se levantan para saludarme;
yo sueño con un hombre que me inquieta y como lo ignora
me habla amigablemente del resto del mundo
y de mis múltiples amores, tan simpáticos,
tan apropiados como tema de conversación.


Juana Bignozzi
Mujer de cierto orden


We, however, are not prisoners



"We, however, are not prisoners. No traps or snares have been set around us, and there is nothing that should frighten or upset us. We have been put into life as into the element we most accord with, and we have, moreover, through thousands of years of adaptation, come to resemble this life so greatly that when we hold still, through a fortunate mimicry we can hardly be differentiated from everything around us. We have no reason to harbor any mistrust against our world, for it is not against us. If it has terrors, they are our terrors; if it has abysses, these abysses belong to us; if there are dangers, we must try to love them. And if only we arrange our life in accordance with the principle which tells us that we must always trust in the difficult, then what now appears to us as the most alien will become our most intimate and trusted experience. How could we forget those ancient myths that stand at the beginning of all races, the myths about dragons that at the last moment are transformed into princesses? Perhaps all the dragons in our lives are princesses who are only waiting to see us act, just once, with beauty and courage. Perhaps everything that frightens us is, in its deepest essence, something helpless that wants our love."




"VIII

Borgeby Gard, Fladie (Suecia), 12 de agosto de 1904

Quiero volver a hablarle un rato, querido señor Kappus, aunque yo casi nada sepa decirle que pueda procurarle algún alivio. Ni siquiera algo que alcance a serle útil. Usted ha tenido muchas y grandes tristezas, que ya pasaron, y me dice que incluso el paso de esas tristezas fue para usted duro y motivo de desazón. Pero yo le ruego que considere si ellas no han pasado más bien por en medio de su vida misma. Si en usted no se transformaron muchas cosas. Y si, mientras estaba triste, no cambió en alguna parte -en cualquier parte- de su ser. Malas y peligrosas son tan sólo aquellas tristezas que uno lleva entre la gente para sofocarlas. Cual enfermedades tratadas de manera superficial y torpe suelen eclipsarse para reaparecer tras breve pausa, y hacen erupción con mayor violencia. Se acumulan dentro del alma y son vida. Pero vida no vivida, despreciada, perdida, por cuya causa se puede llegar a morir.

Si nos fuese posible ver más allá de cuanto alcanza y abarca nuestro saber, y hasta un poco más allá de las avanzadillas de nuestro sentir, tal vez sobrellevaríamos entonces nuestras tristezas más confiadamente que nuestras alegrías. Pues son ésos los momentos en que algo nuevo, algo desconocido, entra en nosotros. Nuestros sentidos enmudecen, encogidos, espantados. Todo en nosotros se repliega. Surge una pausa llena de silencio, y lo nuevo, que nadie conoce, se alza en medio de todo ello y calla...

Yo creo que casi todas nuestras tristezas son momentos de tensión que experimentamos como si se tratara de una parálisis. Porque ya no percibimos el vivir de nuestros sentidos enajenados, y nos encontramos solos con lo extraño que ha penetrado en nosotros. Porque se nos arrebata por un instante todo cuanto nos es familiar, habitual. Y porque nos hallamos en medio de una transición, en la cual no podemos detenernos.

Por eso pasa la tristeza. Lo nuevo que está en nosotros, lo recién llegado, se nos entra en el corazón, se desliza en su cámara más recóndita, y ya tampoco está allí: está en la sangre. Y no alcanzamos a saber lo que fue... Sería fácil hacernos creer que no sucedió nada. Sin embargo nos transformamos como se transforma una casa en la que ha entrado un huésped. No podemos decir quién ha llegado. Quizás nunca logremos saberlo. Pero muchos indicios nos revelan que el porvenir entra de ese modo en nuestra vida para transformarse en nosotros mucho antes de acontecer. Por esto es tan importante permanecer solitario y alerta cuando se está triste. Pues el instante aparentemente yerto y sin suceso en que el porvenir nos penetra, se halla mucho más cerca de la vida que aquel otro momento, ruidoso y accidental, en que el futuro nos acaece como si proviniese de fuera.

Cuanto más callados, cuanto más pacientes y sinceros sepamos ser en nuestras tristezas, tanto más profunda y resueltamente se adentra lo nuevo en nosotros. Tanto mejor lo hacemos nuestro, y con tanto mayor intensidad se convierte en nuestro propio destino. Así, cuando más tarde surge el día en que lo futuro "acontece" -es decir: cuando al brotar de dentro de nosotros pasa a los demás-, nos sentimos íntimamente más afines, más allegados a él. ¡Esto es lo que hace falta! Hace falta -y a eso ha de tender paulatinamente nuestro desarrollo- que no nos suceda nada extraño, sino tan sólo aquello que desde mucho tiempo atrás nos pertenezca. ¡Se ha tenido que revisar y rectificar ya tantos antiguos conceptos acerca de las leyes que rigen el movimiento! Se aprenderá también a reconocer poco a poco que lo que llamamos destino pasa de dentro de los hombres a fuera, y no desde fuera hacia dentro. Sólo porque tantos hombres no supieron asimilar y transformar en su interior, cada cual su propio destino, mientras éste vivía en ellos, no alcanzaron tampoco a conocer lo que de ellos salía. Les era tan ajeno, tan extraño, que ellos, llenos de pavor y de confusión, creían que debía de habérseles entrado en aquel mismo instante en que se percataban de su presencia. Pues hasta juraban que jamás antes habían descubierto nada parecido en sí mismos. Así como durante mucho tiempo hubo error acerca del movimiento del sol, sigue aún el engaño sobre el movimiento de lo venidero. El porvenir está ya fijo, querido señor Kappus, mas nosotros nos movemos en el espacio infinito. ¡Cómo no habría de resultarnos todo muy difícil...!

Volviendo a hablar de la soledad, aparece cada vez más claramente que ella no es en rigor, nada que se pueda tomar o dejar. Y es que somos solitarios. Uno puede querer engañarse a este respecto y obrar como si no fuese así; esto es todo. ¡Pero cuánto más vale reconocer que somos efectivamente solitarios, y hasta partir de esta base! Así, por cierto, ocurrirá que sintamos vértigo, pues nos vemos privados de todos los puntos de referencia en que solía descansar nuestra vista. Ya no hay nada cercano. Y todo lo que es lejano está infinitamente lejos. Quien fuera llevado, casi sin preparación ni transición alguna, desde su aposento a la cúspide de una gran montaña, tendría que experimentar algo semejante. Se sentiría casi anonadado por una inseguridad sin igual y por el verse abandonado al capricho de algo que no tiene nombre. Le parecería estar cayendo, o se creería lanzado al espacio, o bien estallando en mil pedazos. ¡Qué enorme mentira debería inventar entonces su cerebro para alcanzar a recuperar el anterior estado de sus sentidos y devolverles su serenidad! Así se transforman, para quien se vuelva solitario, todas las distancias, todas las medidas. Muchos de estos cambios se producen de un modo repentino, brusco. Y, al igual que en aquel hombre transportado a la cima de una montaña, surgen entonces aprensiones insólitas, sensaciones extrañas, que parecen rebasar todo lo humanamente soportable. Pero es necesario que también esto lo vivamos. Debemos aceptar y asumir nuestra existencia del modo más amplio posible. Todo, incluso lo inaudito, ha de ser viable en ella. Este es, en realidad, el único valor que se nos pide y exige: tener ánimo ante las cosas más extrañas, más portentosas y más inexplicables, que nos puedan acaecer.

El que los hombres hayan sido cobardes en este terreno ha causado infinito daño a la vida. Los sucesos a los que se da el nombre de "fenómenos" o de "apariciones", el llamado "mundo espectral"13, la muerte, todas esas cosas que nos son tan afines, han sido de tal modo desalojadas de la vida por el diario afán de defenderse de ellas, que los sentidos con que podríamos aprehenderlas se han atrofiado -¡y de Dios, ni hablar! Mas el miedo ante lo inexplicable no sólo ha empobrecido la existencia del individuo. También las relaciones de ser a ser han quedado cercenadas por él. Valga el símil, han sido descuajadas del cauce de un río caudaloso en posibilidades infinitas, para ser llevadas a un lugar yermo de la ribera, donde nada sucede. Pues no sólo por desidia se repiten las relaciones humanas con tan indecible monotonía y sin renovación alguna de un caso a otro, sino también por temor y recelo ante cualquier vivencia nueva y de imprevisible trascendencia, que uno cree superior a sus fuerzas. Pero sólo quien esté apercibido para todo, sólo quien no excluya nada de su existencia -ni siquiera lo que sea enigmático y misterioso- logrará sentir hondamente sus relaciones con otro ser como algo vivo. Sólo él estará en condiciones de apurar por sí mismo su propia vida. Pues en cuanto consideramos la existencia de cada individuo como una habitación mayor o menor, queda de manifiesto que los más sólo llegan a conocer apenas un rincón de su aposento. Un sitio junto a la ventana. O bien alguna estrecha faja del entarimado, que van y vienen recorriendo de un lado para otro. Así disfrutan de alguna seguridad...

Sin embargo, ¡cuánto más humana es aquella inseguridad llena de peligros, que, en los cuentos de Poe, impulsa a los cautivos a palpar las formas de sus horribles mazmorras y a familiarizarse con los indecibles terrores de su estancia! Pero nosotros no somos presos. Ni trampas, ni redes, ni lazos, se hallan aparejados en torno nuestro. Ni hay nada que deba causarnos angustia o darnos tormento. Si hemos sido puestos en medio de la vida, es por ser éste el elemento al que mejor correspondemos, al que somos más adecuados. Además, por obra de una adaptación milenaria, nos hemos vuelto tan semejantes a esa vida, que cuando permanecemos inmóviles, apenas si -merced a un feliz mimetismo- se nos puede distinguir de cuanto nos rodea. Ninguna razón tenemos para recelar y desconfiar del mundo en que vivimos. Si entraña terrores, son nuestros terrores. Si contiene abismos, estos abismos nos pertenecen. Y si en él hay peligros, debemos procurar amarlos. Con tal que cuidemos de ordenar y ajustar nuestra vida conforme a ese principio que nos aconseja atenernos siempre a lo difícil, cuanto ahora nos parece ser lo más extraño acabara por sernos lo más familiar, lo mas fiel. ¿Cómo podríamos olvidarnos de aquellos mitos antiguos que presiden el origen de todos los pueblos, esos mitos de los dragones que en el momento supremo se transforman en princesas? Quizá sean todos los dragones de nuestra vida, princesas que sólo esperan vernos alguna vez resplandecientes de belleza y valor. Quizá todo lo terrible no sea, en realidad, nada sino algo indefenso y desvalido, que nos pide auxilio y amparo...

No debe, pues, azorarse, querido señor Kappus, cuando una tristeza se alce ante usted, tan grande como nunca vista. Ni cuando alguna inquietud pase cual reflejo de luz, o como sombra de nubes sobre sus manos y por sobre todo su proceder. Ha de pensar más bien que algo acontece en usted. Que la vida no le ha olvidado. Que ella le tiene entre sus manos y no lo dejará caer. ¿Por qué quiere excluir de su vida toda inquietud, toda pena, toda tristeza, ignorando -como lo ignora- cuánto laboran y obtan en usted tales estados de ánimo? ¿Por qué quiere perseguirse a sí mismo, preguntándose de dónde podrá venir todo eso y a dónde irá a parar? ¡Bien sabe usted que se halla en continua transición y que nada desearía tanto como transformarse! Si algo de lo que en usted sucede es enfermizo, tenga en cuenta que la enfermedad es el medio por el cual un organismo se libra de algo extraño. En tal caso, no hay más que ayudarle a estar enfermo. A poseer y dominar toda su enfermedad, facilitando su erupción, pues en ello consiste su progreso. ¡En usted, querido señor Kappus, suceden ahora tantas cosas!... Debe tener paciencia como un enfermo y confianza como un convaleciente. Pues quizá sea usted lo uno y lo otro a la vez. Aun más: es usted también el médico que ha de vigilarse a sí mismo. Pero hay en toda enfermedad muchos días en que el médico nada puede hacer sino esperar. Esto, sobre todo, es lo que usted debe hacer ahora, mientras actúe como su propio médico.

No se observe demasiado a sí mismo. Ni saque prematuras conclusiones de cuanto le suceda. Deje simplemente que todo acontezca como quiera. De otra suerte, harto fácilmente incurriría en considerar con ánimo lleno de reproches a su propio pasado; que, desde luego, tiene su parte en todo cuanto ahora le ocurra. Pero lo que sigue obrando en usted como herencia de los errores y anhelos de su mocedad, no es lo que ahora recuerda y condena. Las circunstancias anormales de una infancia solitaria y desamparada son tan difíciles, tan complejas, se hallan expuestas y abandonadas a tantas influencias y, al mismo tiempo, tan desprendidas de todos los verdaderos vínculos vitales, que cuando en tales condiciones se desliza un vicio, no se le debe llamar vicio sin más ni más. 13 ¡Hay que ser de todos modos tan cauto, tan prudente, con los nombres! ¡Es tan frecuente que toda una vida se quiebre y quede rota por el mero nombre de un crimen! No por la acción misma, personal y sin nombre, que acaso respondiere a un determinado menester de esa vida, y hubiera podido ser admitida y absorbida por ella sin esfuerzo alguno. Si el consumir tantas energías le parece grande a usted, es sólo porque exagera el valor de la victoria. No está en ella lo grande que usted cree haber realizado, si bien tiene razón en su sentir. Lo grande está en que ahí ya existió algo que usted pudo poner en lugar de aquel artificioso fraude, algo real y verdadero. Sin esto, su victoria sólo habría resultado ser una reacción moral, sin importancia ni sentido, mientras que así ha llegado a formar parte de su vida. (De una vida, querido señor Kappus, a la que yo dedico tantos pensamientos y buenos deseos). ¿Recuerda usted cómo esta vida, ya desde la misma infancia, suspiró por los "grandes"? Yo veo cómo ahora, partiendo de los grandes, anhela poder alcanzar a los más grandes. Precisamente por eso no cesa su vida de ser difícil. Pero por esta misma razón no cesará de crecer.

Si he de decirle algo más, es esto: no crea que quien ahora está tratando de aliviarlo viva descansado, sin trabajo ni pena, entre las palabras llanas y calmosas que a veces lo confortan a usted. También él tiene una vida llena de fatigas y de tristezas, que se queda muy por debajo de esas palabras. De no ser así, no habría podido hallarlas nunca...

Su

Rainer Maria Rilke"