martes, 29 de enero de 2013

Las oficinas de correos rurales en Austria






"Las oficinas de correos rurales en Austria poco se distinguen unas de otras; quien ha visto una, las conoce todas. Equipadas o, mejor dicho, uniformadas en la misma época, la del emperador Francisco José, con el mismo mísero mobiliario proveniente de los mismos fondos, todas transmiten por doquier la misma sensación de tedio y de mal humor estatal, y hasta en las aldeas alpinas más recónditas del Tirol, allá bajo el aliento de los glaciares, conservan obstinadamente el inequívoco olor oficial, rancio y austríaco que es una mezcla de tabaco viejo de hebra y de polvo enmohecido en expedientes amontonados. La distribución del espacio es igual en todas partes: en una proporción prescrita con exactitud, un tabique de madera provisto de ventanillas divide el cuarto en un más acá y en un más allá, en un espacio accesible a los usuarios y en un ámbito oficial. El hecho de que el estado muestre escaso interés por una permanencia prolongada de los ciudadanos en la sección accesible a todos queda de manifiesto por la falta de asientos y de cualquier tipo de comodidad. En la sala destinada al público sólo suele haber un pupitre enclenque, que se apoya temerosamente contra la pared, con un revestimiento de hule ennegrecido por innumerables borrones de tinta, si bien nadie recuerda haber visto en el tintero hundido en la madera nada que no sea una pasta espesa, podrida e inservible, y cuando una pluma se encuentra por casualidad en la acalanadura, siempre está gastada y raspea. Así como la ahorrativa hacienda estatal no concede importancia al confort, tampoco se interesa por la belleza: desde que la República retiró el retrato de Francisco José, a lo sumo pueden aspirar al rango de decoración artística del espacio los carteles que, desplegando sus colores chillones sobre la cal sucia de las paredes, invitan a exposiciones clausuradas hace tiempo, a la compra de números de la lotería y, en algunas oficinas olvidadizas, a firmar empréstitos de guerra. Con este ornamento barato y, a lo sumo, con la siempre incumplida exhortación a no fumar, acaba la generosidad del estado en el espacio destinado al público.
La sala situada al otro lado de la barrera oficial impone más respeto. Allí, el estado despliega y amontona los símbolos evidentes de su poder y amplitud. En un rincón protegido se halla una caja de caudales de hierro, y las rejas de la ventana dan pie a suponer que, en efecto, el mueble a veces alberga importantes valores. En el mostrador brilla como pieza de máximo lujo un telégrafo Morse de latón bien lustrado, mientras que a su lado duerme, más humilde, el teléfono en su cuna de níquel negro. Sólo a estos dos aparatos se les concede cierto espacio de respeto y solaz por cuanto, conectados a hilos de alambre, unen la remota y minúscula aldea con los confines del imperio. Los otros utensilios del tráfico postal, en cambio, se ven obligados a apiñarse: la balanza para los paquetes y las sacas de la correspondencia; los libros, carpetas, cuadernos y registros; las cajas redondas y tintineantes de los portes; los platillos y los pesos; los lápices negros, azules, rojos y violetas; los pasadores y las grapas; las cuerdas; el lacre; la esponja y la salvadera; la goma arábiga; el cuchillo; las tijeras y la plegadera, o sea, los múltiples instrumentos del servicio postal, se apelotonan sobre la superficie del escritorio, de apenas una vara de profundidad, al tiempo que en los numerosos cajones y armarios se apila una cantidad inconcebible de otros papeles y formularios. No obstante, el aparente derroche de este despliegue es, de hecho, un espejismo, pues el estado registra en secreto y con rigor implacable cada uno de estos utensilios baratos. El inexorable erario pide a sus empleados cuentas de cada pieza utilizada o gastada, sea un lápiz usado o un sello roto, un papel secante desflecado o el jabón que se ha esmerado en la palangana de lata, la bombilla que alumbra la oficina pública o la llave de hierro que la cierra. Junto a la estufa de hierro cuelga, mecanografiado y confirmado por sello oficial y firma ilegible, un extenso inventario que registra con rigurosidad aritmética hasta la presencia de los objetos más insignificantes y carentes de valor en la sucursal de correos correspondiente. Ningún objeto no incluido en esta lista puede alojarse en la oficina y, por otra parte, toda pieza registrada debe estar presente y disponible. Es la voluntad de la administración, del orden y del imperativo legal.
En rigor, la lista mecanografiada de objetos debería incluir también a la persona que cada mañana, a los ocho, sube la ventanilla y pone en movimiento los utensilios hasta entonces inertes, que abre las sacas de la correspondencia, sella las cartas, paga las transferencias, escribe los recibos, pesa los paquetes, emborrona los papeles con extraños y secretos signos utilizando lápices rojos, azules y violetas, libera el auricular del teléfono y pone en marcha la bobina del aparato Morse. Sin embargo, esta persona, denominada ayudante o administrador de correos por el público, no está registrada en la lista de cartón. Su nombre queda apuntado en otra hoja oficial, sita en otro cajón, en otro departamento de la dirección de correos, pero es igualmente tenido en cuenta, revisado y controlado.
En esta oficina santificada por el águila estatal nunca se produce cambio visible. La ley eterna del ascenso y del ocaso se desintegra al chocar con la barrera del estado; mientras fuera, alrededor del edificio, florecen y se deshojan los árboles, crecen los niños y mueren los ancianos, se desmoronan y resurgen con otras formas las casas, la administración demuestra su poder deliberadamente trascendental mediante una inmovilidad atemporal. Pues de cada objeto que se gasta o desaparece, que se altera o se desintegra dentro de este ámbito, se solicita un espécimen idéntico a la autoridad superior, que lo entrega y demuestra así la superioridad del estado sobre la transitoriedad del resto del mundo. El contenido pasa, pero la forma se mantiene incólume. Un calendario cuelga de la pared. Cada día le arrancan una hoja; son siete a la semana, treinta al mes. Cuando el calendario se ha vuelto delgado y obsoleto el día 31 de diciembre, se pide uno nuevo, del mismo formato y con la misma impresión: el año ha cambiado, el calendario sigue siendo el mismo. Sobre la mesa se halla un libro de caja con sus columnas. Cuando la página de la izquierda se llena y se suman las cifras, la cantidad resultante se pasa a la página derecha, y así de hoja en hoja. Cuando la última página está escrita y el libro, terminado, se empieza otro del mismo tipo y del mismo formato, imposible de distinguir del anterior. Lo que desaparece vuelve a estar allí al día siguiente, uniforme como el servicio, de tal modo que sobre el mismo tablero de madera se encuentran, invariables, los mismos objetos, las hojas, lápices, pasadores y formularios, todos uniformes, siempre renovados y siempre los mismos. Nada desaparece en ese espacio estatal, nada se agrega, la misma vida o, más bien, la misma muerte continua reina allí sin florecer ni marchitarse. Los objetos de ese amplio abanico sólo difieren en el ritmo del desgaste y de la renovación, pero no en su destino. Un lápiz dura una semana, se gasta y acaba sustituido por uno igual. Un libro postal dura un mes, una bombilla, tres meses, un calendario, un año. A la silla de asiento de paja se le asignan tres años antes de ser renovada, a la persona que se pasa la vida sentada en la silla, entre treinta y treinta y cinco años de servicio, transcurridos los cuales otra persona es instalada en dicho asiento. Este sigue siendo el mismo."

Stefan Zweig, La embriaguez de la metamorfosis.

domingo, 27 de enero de 2013

I myself




Kaw-liga




Kaw-liga was a wooden Indian standing by the door.
He fell in love with an Indian maiden over in the antique store.
Kaw-liga just stood there and never let it show,
So she could never answer "yes" or "no."

He always wore his Sunday feathers and held a tomahawk.
The maiden wore her beads and braids and hoped some day he'd talk.
Kaw-liga, too stubborn to ever show a sign,
Because his heart was made of knotty pine.


Poor ol' Kaw-liga, he never got a kiss.
Poor ol' Kaw-liga, he don't know what he missed.
Is it any wonder that his face is red?
Kaw-liga, that poor ol' wooden head.

Kaw-liga was a lonely Indian, never went nowhere.
His heart was set on the Indian maid with the coal black hair.
Kaw-liga just stood there and never let it show,
So she could never answer "yes" or "no."

And then one day a wealthy customer bought the Indian maid,
And took her, oh, so far away, but ol' Kaw-liga stayed.
Kaw-liga just stands there as lonely as can be,
And wishes he was still an old pine tree.


Tendré, por lo menos, el consuelo




"Y puesto que tal es la naturaleza de los hombres que la felicidad parece no estar hecha para ellos, puesto que el amigo ofende al amigo sin querer y los mismos amantes no pueden vivir juntos sin regañar; en fin, puesto que desde Licurgo hasta nuestros días todos los legisladores han fracasado en sus esfuerzos para hacer felices a los hombres, tendré, por lo menos, el consuelo de haber hecho la felicidad de mi perra."



La velocidad






"La velocidad tiene algo de embriagador y aturde tanto el cuerpo como el alma. Apenas el coche dejó las calles de la ciudad y salió campo abierto con sus bufidos, me invadió una extraña relajación. El chófer aceleró la marcha; los árboles y los postes de telégrafos se hacían atrás como cortados al sesgo; en los pueblos las casas se superponían como en una fotografía movida; las blancas piedras miliares se levantaban de pronto y se escondían de nuevo antes de que tuviéramos tiempo de leer los números, y por los turbulentos golpes del viento contra mi cara noté la temeraria velocidad con viajábamos. Pero más sombrosa todavía era quizá la velocidad con que mi vida echaba a correr al mismo tiempo: ¡cuántas decisiones había tomado en aquellas pocas horas! Por lo común, sentimientos indefinidos se ciernen y oscilan en infinitos matices entre el deseo vago, el propósito indeciso y la realización definitiva, y uno de los placeres más secretos del corazón es juguetear, inseguro, con las decisiones antes de llevarlas a la práctica con plena conciencia. En esta ocasión, sin embargo, todo me sobrevino con una velocidad de ensueño y, así como tras el coche los pueblos, las calles, los árboles y los prados caían tambaleantes en la nada, definitivamente y sin retorno, así desaparecía de golpe mi vida diaria, el cuartel, la carrera, los compañeros, la escuela de equitación, toda mi existencia aparentemente tan ordenada y segura. Una sola hora había bastado para cambiar mi mundo interior."


Stefan Zweig, La impaciencia del corazón.

Comprenda usted




"Comprenda usted -anadió M. de la Mole-, que siempre que uno hace una tontería pretende justificarla apelando a su corazón."

Stendhal, Rojo y negro.

Another Comeback




Climbing back up out of the ooze, out of
the thick black tar.
rising up again, a modern
Lazarus.
you’re amazed at your good
fortune.
somehow you’ve had more
than your share of second
chances.
hell, accept it.
what you have, you have.
you walk and look in the bathroom
mirror
an idiot’s smile.
some go down and never climb back up.
something is being kind to you.
you turn from the mirror and walk into the world.
you find a chair, sit down, light a cigar.
back from a thousand wars
you look out from an open door into the silent
night.
Sibelius plays on the radio.
nothing has been lost or destroyed.
you blow smoke into the night,
tug at your right
ear.
baby, right now, you’ve got it
all.

Charles Bukowski

miércoles, 23 de enero de 2013

Primero de todo



"André Malraux, el novelista francés, describió, en uno de sus libros, a un cura de campo que había tomado confesiones durante décadas y resumió lo que había aprendido sobre la naturaleza humana de este modo: "Primero de todo, la gente es mucho más infeliz de lo que uno cree... y no existe eso que llamamos una persona adulta". 

Irving D. Yalom, El don de la terapia.

Everything




Sobre nada se juzga con tanta ligereza




"Sobre nada se juzga con tanta ligereza como sobre el carácter de la persona y, sin embargo, en nada se debería proceder con más cautela. Nunca se tiene menos en cuenta el conjunto, a pesar de que determina el carácter, como en este caso. Siempre he observado que los llamados malos ganan y los buenos pierden."


Por lo menos sonreírse









"El reloj del campanario de San Felipe dio lentamente las doce de la noche. Conté uno tras otro cada tintineo de la campana. Y el último me arrancó un suspiro. «He aquí, pues -me dije-, un día que acaba de mi vida»; y aunque las vibraciones decrecientes del sonido del bronce se estremezcan aún en mis oídos, la Parte de mi viaje que ha precedido a la medianoche está ya tan lejos de mí como el viaje de Ulises o el de Jasón. En este abismo del Pasado los instantes y los siglos tienen la misma duración; y el porvenir ¿tiene más realidad? Son dos nadas, entre las cuales me encuentro en equilibrio como sobre el filo de una hoja de espada. En verdad, el tiempo me parece algo tan inconcebible, que me faltaría poco para creer que no existe realmente y que lo que llamamos así no es otra cosa que un castigo del pensamiento.
Me regocijaba por haber encontrado esta definición del tiempo, tan tenebrosa como el tiempo mismo, cuando otro reloj dio las doce de la noche; lo cual me procuró un sentimiento desagradable. Me queda siempre un fondo de mal humor cuando me he ocupado inútilmente de un problema insoluble, y me parecía muy poco a propósito aquella segunda advertencia de la campana dirigida a un filósofo como yo. Pero sentí de veras un verdadero despecho, unos segundos después, al oír a lo lejos la tercera campana, la del convento de los capuchinos, situado en la otra orilla del Po, dar también las doce, como si lo hiciera con malicia.
Cuando mi tía llamaba a una vieja criada algo arisca, por la que tenía bastante afecto, sin embargo, no se contentaba, en su impaciencia, con tirar una sola vez del cordón de la campanilla, sino que tiraba sin parar hasta que la criada acudía. «Vamos, venga usted, señorita Branchet.» Y ésta, incomodada por aquellas prisas, acudía despacito y respondía con mucha acritud, antes de entrar en el salón: «Ya voy, señora, ya voy.» Parecido fue el sentimiento malhumorado que experimenté al oír la campana indiscreta de los capuchinos dar las doce por tercera vez. «Ya lo sé -exclamé, tendiendo las manos en dirección del reloj-; si ya lo sé; sé que son las doce; de sobra que lo sé.»
Es, a no dudarlo, merced a un consejo insidioso del espíritu maligno por lo que los hombres han encargado a esa hora dividir los días. Encerrados en sus habitaciones, duermen o se divierten, mientras la hora fatal corta un hilo de su existencia; al día siguiente se levantan alegremente, sin sospechar ni remotamente que ha pasado un día más. En vano la voz profética del bronce les anuncia la proximidad de la eternidad; en vano les repite tristemente cada hora que pasa; nada oyen, o si oyen, no comprenden. ¡Oh, medianoche.... hora terrible!... No soy supersticioso; pero esta hora me inspiró siempre una especie de temor, y tengo el presentimiento de que si alguna vez me he de morir será a la medianoche. ¿Me habré de morir, pues, algún día? ¿Cómo me moriré? Yo, que hablo, que me siento a mí mismo, que me palpo, ¿yo habré de morir? Me cuesta algún trabajo creerlo, porque, en fin, que los demás se mueran, no hay cosa más natural; eso lo vemos todos los días; vemos pasar a los muertos, ya estamos acostumbrados; pero morirse uno mismo, morirse en persona, ¡eso es un poco fuerte! Y ustedes, señores, que toman estas reflexiones como si fueran un galimatías, sabed que tal es la manera de pensar de todo el mundo, y la de usted también. Nadie piensa en que se ha de morir. Si existiera una raza de hombres inmortales, la idea de la muerte les horrorizaría más que a nosotros.
Hay en esto algo que no me explico. ¿Cómo es que los hombres, sin cesar agitados por la esperanza y por las quimeras del porvenir se inquietan tan poco por lo que ese porvenir les ofrece como cierto e inevitable? ¿No sería la Naturaleza bienhechora misma la que nos habría dado esta venturosa indiferencia, a fin de que pudiéramos cumplir tranquilamente nuestro destino? Creo, en efecto, que se puede ser una buena persona a carta cabal sin añadir a los males reales de la vida esa disposición de espíritu que lleva a las reflexiones lúgubres y sin atormentarse la imaginación con negros fantasmas. En fin: pienso que hay que permitirse la risa, o por lo menos sonreírse, cuantas veces la ocasión inocente se presenta.
Así acaba la meditación que me había inspirado el reloj de San Felipe. La habría llevado más lejos si no me hubiera asaltado algún escrúpulo acerca de la severidad de la moral que acabo de establecer. Pero como no quiero profundizar en esta duda, me puse a tararear el aire de las Locuras de España, que tiene el don de cambiar el curso de mis ideas cuando van por mal camino. Fue tan pronto el efecto, que terminé en el acto mi paseo a caballo."


lunes, 21 de enero de 2013

La historia de las especias



"Por qué precisamente estos dos, de entre cientos de especias y aderezos disponibles, han gozado de una veneración tan duradera era una de las preguntas con las que iniciábamos el libro. La respuesta es complicada, y dramática. Y puedo asegurarle aquí mismo que ningún otro objeto que pueda tocar hoy en día estará vinculado a más derramamiento de sangre, sufrimiento y dolor que esa inofensiva pareja de gemelos que constituyen el salero y el pimentero.
Empecemos por la sal. La sal forma parte imprescindible de nuestra dieta por un motivo muy fundamental. La necesitamos. Sin ella estaríamos muertos. Es una de las cuarenta minúsculas partículas de material secundario -minucias del universo químico- que debemos incorporar a nuestro organismo para tener energía y el equilibrio necesarios para continuar con nuestra vida diaria. Es lo que en conjunto se conoce como vitaminas y minerales, y hay muchísimas cosas que no conocemos de ellas -una cantidad sorprendente-, incluyendo cuántas necesitamos, qué es lo que hacen exactamente algunas de ellas y en qué cantidades debemos consumirlas para obtener resultados  óptimos.
Que fueran necesarias fue un concepto que se tardó sorprendentemente mucho en asimilar. Hasta bien entrado el siglo XIX, nadie se había planteado el  concepto de dieta equilibrada. Se creía que cualquier comida contenía una única, vaga y sustentante sustancia: "El alimento universal". Medio kilo de ternera tenía el mismo valor para el organismo que medio kilo de manzanas o de chirivías o de cualquier otra cosa, y todo lo que se requería del ser humano era que se asegurara de consumir la cantidad suficiente. Nadie se había planteado aún la idea de que determinados alimentos llevaban integrados elementos vitales y básicos para el bienestar del ser humano. Y no es de extrañar, ya que los síntomas de la deficiencia alimenticia -apatía, dolor de las articulaciones, propensión a sufrir infecciones, visión borrosa- rara vez sugieren un desequilibrio alimentario. Incluso hoy, cuando se nos empieza a caer el pelo o se nos hinchan los tobillos de manera alarmante, pocas veces pensamos en lo que hemos estado comiendo últimamente. Y mucho menos pensamos en lo que no hemos comido. Y eso es lo que les sucedía a los desconcertados europeos que, durante mucho tiempo, murieron a menudo en cantidades alarmantes y sin saber por qué.
Se ha sugerido que, solo de escorbuto, murieron entre 1500 y 1850 hasta dos millones de marineros. Normalmente, en una travesía larga, acababa con la vida de la mitad de la tripulación. Se probaron diversos y desesperados recursos. Vasco de Gama, en una expedición de ida y vuelta a la India, animó a sus hombres a aclararse la boca con orina, una solución que no hizo nada para mejorar su escorbuto y mucho menos para levantar sus ánimos. A veces, el número de víctimas mortales era realmente sorprendente. En un viaje de tres años durante la década de 1740, George Anson perdió a mil cuatrocientos hombres de los dos mil que partieron. Cuatro murieron víctimas del enemigo; el resto murió en su práctica totalidad como consecuencia del escorbuto.
Con el tiempo la gente se dio cuenta de que los marineros con escorbuto solían recuperarse al llegar a puerto y comer alimentos frescos, pero nadie se ponía de acuerdo sobre qué cosa de esos alimentos era lo que los ayudaba. Había quien pensaba que no tenía nada que ver con la comida, sino con el cambio de aires. En cualquier caso, era imposible conservar alimentos frescos durante las travesías prolongadas, por lo que identificar las verduras y productos eficaces tampoco tenía sentido. Lo que se necesitaba era algún tipo de esencia destilada -un antiescorbútico, como lo denominaron los médicos- que fuera efectiva contra el escorbuto y además transportable. En la década de 1760, un médico escocés llamado William Stark, animado por Benjamin Franklin, llevó a cabo una serie de intrépidos experimentos con los que intentó identificar el agente activo privándose de él mediante métodos bastante estrambóticos. Pasó semanas comiendo tan solo de los alimentos básicos -pan y agua principalmente- para ver que ocurría. Y lo que ocurrió fue que en cuestión de seis meses acabó matándose, de escorbuto, sin haber llegado a ninguna conclusión útil. Más o menos hacia esa misma época, James Lind un cirujano naval, llevó a cabo un experimento más riguroso y científico (y menos arriesgado a nivel personal) con doce marineros que padecían ya el escorbuto  y a los que dividió por parejas. A cada pareja le administró un presunto elixir diferente: vinagre a una, ajo y mostaza a la otra, naranjas y limones a una tercera, y así sucesivamente. Cinco de los grupos no mostraron ninguna mejoría, pero la pareja que consumió naranjas y limones se recupero de manera rápida y completa. Sorprendentemente, Lind decidió ignorar la importancia del resultado y se aferró con terquedad a su creencia personal de que el escorbuto estaba provocado por alimentos mal digeridos que acumulaban toxinas en el organismo.
Quedó en manos del gran Capitán Cook encauzar las cosas. Para la vuelta al mundo que realizó entre 1768 y 1771, cargó con diversos antiescorbúticos para experimentar con ellos, incluyendo 135 litros de mermelada de manzana y 45 kilos de chucrut para cada miembro de la tripulación. Ni una sola persona murió de escorbuto en el viaje, un milagro que lo convirtió en héroe nacional tanto como su descubrimiento de Australia o cualquier otro de sus logros de carácter épico. La Royal Society, la principal institución científica de Gran Bretaña, se quedó tan impresionada que lo galardonó con la medalla Copley, su más alta distinción. Pero por desgracia, la Armada Británica no actuó a la misma velocidad. A pesar de las muchas evidencias, se anduvo con evasivas durante una generación más antes de empezar finalmente a administrar zumo de limón de un modo rutinario a todos los marineros. 
La comprensión de que una dieta inadecuada era la causa no solo del escorbuto, sino de un amplio abanico de enfermedades comunes, llegó de manera muy lenta. No fue hasta 1897 cuando un médico holandés llamado Christiaan Eijkman, que trabajaba en Java, se dio cuenta de que la gente que comía arroz integral no enfermaba de beriberi, una enfermedad nerviosa debilitante, mientras que los que comían arroz blanco la contraían con frecuencia. Era evidente que alguna cosa estaba presente en determinados alimentos y ausente en otros, y que esa cosa era determinante para el bienestar. Fue el principio de la noción de "enfermedad deficitaria", nombre con el que se dio a conocer, y que le proporciono el Premio Nobel de Medicina aun sin tener ni idea de cuáles eran esos agentes activos.
Pero el verdadero avance llegó en 1912, cuando Casimir Funk, un bioquímico polaco que trabajaba en el Lister Institute de Londres, aisló la tiamina, o vitamina B1, como se la conoce generalmente en la actualidad. Al darse cuenta de que formaba parte de una familia de moléculas, combinó los términos "vital" y "aminas" a fin de crear una nueva palabra: "vitaminas". Aunque Funk estaba en lo cierto en lo que a la parte vital se refiere resultó que solo algunas de las vitaminas son aminas (es decir, portadoras de nitrógeno), por lo que el nombre se cambió en inglés a vitamins, para hacerlo "menos enfáticamente impreciso", según una bella frase de Anthony Smith. (...)
Las vitaminas son cosas curiosas. Resulta extraño, para empezar, que no podamos producirlas nosotros mismos siendo como somos tan dependientes de ellas para nuestro bienestar. Si una patata es capaz de producir vitamina C, ¿por qué no podemos hacerlo nosotros? En el reino animal, solo el ser humano y los conejillos de indias son incapaces de sintetizar la vitamina C en su organismo. ¿Por qué nosotros y los conejillos de indias? No tiene sentido preguntárselo. Nadie lo sabe. El otro hecho destacable sobre las vitaminas es la chocante desproporción que existe entre la dosis y el efecto. Dicho de una forma sencilla, necesitamos mucho a las vitaminas, pero no las necesitamos en grandes cantidades. Distribuidos con sutileza pero de manera uniforme, 85 gramos de vitamina A servirán para tenernos en marcha durante toda la vida. Nuestras necesidades de vitamina B1 son inferiores si cabe, 28 gramos para setenta u ochenta años. Pero si intentamos salir adelante sin estas cantidades minúsculas de energía, tardaremos muy poco en caer destrozados.
Las mismas consideraciones se aplican a las partículas compañeras de las vitaminas: los minerales. La diferencia fundamental entre vitaminas y minerales es que las vitaminas provienen del mundo de los organismos vivos -de las plantas, las bacterias, etc.-, mientras que los minerales no. En un contexto alimenticio "minerales" no es más que otro término utilizado para denominar a los elementos químicos -calcio, hierro, yodo, potasio y otros- que nos sustentan. En nuestro planeta existen noventa y dos elementos naturales, aunque algunos están presentes únicamente en cantidades minúsculas. El francio, por ejemplo, es tan raro que se cree que todo el planeta podría contener en un momento determinado tan solo veinte átomos del mismo. En cuanto al resto de minerales, la mayoría pasan por nuestro cuerpo en un momento y otro, a veces con cierta regularidad, aunque si son importantes o no es algo que con frecuencia desconocemos. Tenemos mucho bromo repartido por nuestros tejidos. Se comporta como si estuviera allí con algún propósito, pero nadie ha logrado averiguar todavía cuál podría ser. Si elimináramos el zinc de nuestra dieta, sufriríamos una dolencia conocida como hipogeusia, en la que las papilas gustativas dejan de funcionar y la comida acaba resultando insulsa, repulsiva incluso, aunque hasta una fecha tan reciente como 1977 se creía que el zinc no desempeñaba ningún papel en nuestra dieta. (...)

Lo que nos devuelve, después de haber dado un gran rodeo, a la sal. De todos los minerales, el más vital en términos alimenticios es el sodio, que consumimos básicamente en forma de cloruro sódico: sal de mesa. Aquí el problema no está en consumir demasiado poco, sino en consumirla en exceso. No necesitamos mucha sal -unos 200 miligramos al día, más o menos lo que se obtiene sacudiendo con fuerza un salero entre seis y ocho veces-, pero ingerimos de media unas sesenta veces esa cantidad. En una dieta normal resulta casi imposible no hacerlo debido a la cantidad de sal que incorporan los alimentos preparados que comemos con voraz devoción. Muchas veces, alimentos que aparentemente no tienen sal -cereales para el desayuno, sopas preparadas y helados, por ejemplo-, la llevan a montones. ¿Quién se imaginaría que treinta gramos de copos de maíz contienen más sal que treinta gramos de cacahuetes salados? ¿O que el contenido de una lata de sopa -de prácticamente cualquier lata- excede de forma considerable la cantidad diaria recomendada de sal para adultos?
Los restos de arqueológicos muestran que cuando la gente empezó a asentarse en comunidades agrícolas, empezó a sufrir deficiencias de sal -algo que nunca antes había experimentado- y tuvo que esforzarse para encontrar sal e incorporarla en la dieta. Uno de los misterios de la historia es cómo sabían que la necesitaban, ya que la ausencia de sal en la dieta no despierta ningún tipo de antojo. Te hace sentir mal y acaba matándote -sin el cloruro de la sal, las células se apagan, como un motor sin combustible-, pero en ningún momento un ser humano se pararía a pensar: "Caramba, seguro que con un poco de sal saldría adelante". En consecuencia, nos enfrentamos a la interesante pregunta de cómo sabían lo que andaban buscando, sobre todo cuando en ciertos lugares conseguir la sal requería cierto ingenio. Los antiguos británicos, por ejemplo, calentaban palos en la playa y luego los sumergían en el mar y rascaban la sal que quedaba adherida en ellos. Los aztecas, por su lado, conseguían la sal a partir de la evaporación de su propia orina. No son acciones intuitivas, por decirlo de un modo suave. Pero incorporar sal a la dieta es uno de los impulsos más intensos en la naturaleza y es, además, universal. Cualquier sociedad del mundo en la que la sal está fácilmente disponible consume, como media, cuarenta veces la cantidad necesaria para vivir. No nos cansamos de ella.
La sal es ahora tan omnipresente y barata que olvidamos hasta qué punto llegó a ser deseable y cómo, durante mucho tiempo, empujó al hombre hasta los confines del mundo. La sal era necesaria para conservar las carnes y otros alimentos, y por eso se requería a menudo en grandes cantidades: en 1513, Enrique VIII hizo sacrificar y conservar en sal veintiocho bueyes para una campaña militar. La sal era,  por lo tanto, un recurso tremendamente estratégico. En la Edad Media, caravanas de hasta cuarenta mil camellos -la cantidad suficiente como para formar una fila de 115 kilómetros- transportaba sal desde Tombuctú, a través del Sáhara, hacia los animados mercados del Mediterráneo.
Se han librado guerras por la posesión de la sal y se ha traficado con esclavos por ella. La sal, por lo tanto, ha provocado mucho sufrimiento. Pero eso no es nada en comparación con las penurias, el derramamiento de sangre y la avaricia asesina que se asocian con diversos manjares insignificantes que no necesitamos para nada y sin los que podríamos vivir perfectamente. Me refiero a los complementos de la sal en el mundo de los condimentos: las especias. Nadie moriría sin ellas, pero muchos han muerto por ellas.
Gran parte de la historia del mundo moderno es la historia de las especias, y la historia se inicia con un tipo de viña, de aspecto poco atractivo, que en su día crecía única y exclusivamente en la costa malaya al este de la India. Se trata de la Piper nigrum. Si la observáramos en su estado natural, a buen seguro dudaríamos de adivinar su importancia, pero es el origen de las tres "auténticas" pimientas: la blanca, la negra y la verde. Esos granitos duros de pimienta que echamos en los molinillos que solemos tener en casa, son en realidad el diminuto fruto de esa viña secado para que adopte un tacto arenoso. La diferencia entre las variedades está en función simplemente del momento en que se recogen y el procesado que sufren.
La pimienta había sido valorada en su territorio de origen desde tiempos inmemoriales, pero fueron los romanos los que la convirtieron en un producto internacional. Los romanos adoraban la pimienta. La echaban incluso a sus postres. El amor que sentían por ella sirvió para mantener su precio elevado y para otorgarle un valor imperecedero. Los comerciantes de especias del Lejano Oriente no podían creerse la suerte que habían tenido. "Llegan con oro y se marchan con pimienta", comentó maravillado un mercader tamil. Para su banquete de bodas, que tuvo lugar en 1468, el duque de Carlos de Borgoña solicitó 172 kilos de pimienta negra -una cantidad que supera con creces la que podría emplearse en el mayos banquete de bodas- y lo exhibió de manera llamativa para que todo el mundo comprobase lo fabulosamente rico que era.
Dicho se a de paso, la idea que durante tanto tiempo ha prevalecido de que las especias se utilizaban para camuflar los alimentos en mal estado no ha sido muy analizada. Los únicos que podían permitirse la mayoría de las especias eran justo aquellos con menor probabilidad de consumir  carne en mal estado y, de todas maneras, las especias eran demasiado caras como para desperdiciarlas para camuflar otros sabores. En consecuencia, cuando se utilizaban especias, se hacía con cuidado y frugalidad, y nunca a modo de sabroso camuflaje.
En volumen la pimienta equivalía a un 70% del comercio de las especias -nuez moscada y macis, canela, jengibre, clavo y cúrcuma, además de diversos productos exóticos que han caído en el olvido como el cálamo, el asafétida, el ajowan, el galangal y la cedoaria-, pero pronto otras mercancías de tierras lejanas empezaron a abrirse paso por Europa y acabaron siendo incluso más valiosas. Durante siglos, las especias no fueron solo el manjar más apreciado del mundo, sino también la mercancía más valiosa que existía. Las islas de las Especias, escondidas en el Lejano Oriente, eran tan deseables, prestigiosas y exóticas que cuando Jacono I se hizo con los dos pequeños islotes, fue un golpe tan importante que se puso como título "rey de Inglaterra, Escocia, Irlanda, Francia, Puloway y Puloroon".
La nuez moscada y la macis eran las más valiosas debido a su extrema rareza. Ambas se obtenían a partir del mismo árbol, el Myristica fragrans, que se encontraba en las laderas más bajas de solo nueve pequeñas y escarpadas islas volcánicas del mar de las Molucas, entre un montón de islas más -ninguna de ellas con el suelo y el microclima adecuado para que creciera allí el árbol de la nuez moscada- situadas entre Borneo y Nueva Guinea en lo que hoy es Indonesia. El clavo, el capullo seco de un tipo concreto de arrayán, crecía en seis islas igualmente selectivas unos 330 kilómetros al norte, en el mismo archipiélago, lo que se conoce geográficamente como las Molucas y en la historia como las islas de las Especias. Para poner la situación en perspectiva, el archipiélago indonesio consta de dieciséis mil islas repartidas en casi dos mil kilómetros cuadrados de mar por lo que no es de extrañar que la localización de quince de ellas fuera un misterio para los europeos durante tanto tiempo.
Todas estas especias llegaban a Europa a través de una complicada red de mercaderes, cada uno de los cuales se llevaba, claro está, su tajada. Cuando llegaban a los mercados europeos, la nuez moscada y la macis se vendían a sesenta mil veces más de lo que habían costado en el Lejano Oriente. De un modo inevitable, fue solo cuestión de tiempo que los que se encontraban al final de la cadena de suministro llegaran a la conclusión de que sería mucho más lucrativo recortar los pasos intermedios y cosechar ellos mismos todos los beneficios.
Y así fue como empezó la gran época de las exploraciones. Cristóbal Colón es el más recordado de esos exploradores, pero no fue el primero. En 1487, cinco años antes que él, Fernao Dulmo y Joao Estreito partieron de Portugal hacia el Atlántico inexplorado, jurando regresar después de cuarenta días si no descubrían nada. Fue la última vez que les vio. Encontrar los vientos adecuados para regresar a Europa no era en absoluto sencillo. El verdadero logro de Colón fue conseguir cruzar el atlántico en ambas direcciones. Pese a ser un marinero consumado, no era muy bueno en nada más, sobre todo en geografía, un talento que podría parecer más vital para un explorador. Sería complicado nombrar a otra figura de la historia que haya conseguido una fama más duradera con menos aptitudes. Se pasó ocho años dando vueltas por las islas del Caribe y las costas de América del Sur convencido de que estaba en el corazón del Oriente y que Japón y China estaban detrás de cada puesta de sol. Nunca se enteró de que Cuba era una isla y ni una sola vez pisó, ni sospecho siquiera su existencia, la masa continental situada hacia el norte que todo el mundo piensa que descubrió: Estados Unidos. Llenó sus bodegas con pirita de hierro creyendo que era oro y con lo que confiaba a pies juntillas que eran canela y pimienta  Lo primero no era más que corteza de árbol sin valor alguno, y lo segundo no eran pimientos, sino chiles, excelentes cuando ya te has hecho una idea de lo que son, pero sorprendentemente lacrimosos cuando les arreas con fuerza un bocado."

Bill Bryson, En casa: Una breve historia de la vida privada.

miércoles, 16 de enero de 2013

Alvy Singer




El deseo de ser piel roja





Si uno fuera un piel roja… siempre alerta, atravesando los aires sobre un caballo veloz, estremecido una y otra vez sobre la tierra temblorosa, hasta dejar las espuelas, porque no hacen falta espuelas, hasta arrojar las riendas, porque no hacen falta riendas, sin apenas ver la tierra por delante como pradera de hierba segada, ya sin las crines del caballo, sin la cabeza del caballo.

Franz Kafka

Los Reyes que no llegan




Por el cinco de enero,
cada enero ponía
mi calzado cabrero
a la ventana fría.
Y encontraban los días,
que derriban las puertas,
mis abarcas vacías,
mis abarcas desiertas.

Nunca tuve zapatos,
ni trajes, ni palabras:
siempre tuve regatos,
siempre penas y cabras.
Me vistió la pobreza,
me lamió el cuerpo el río,
y del pie a la cabeza
pasto fui del rocío.
Por el cinco de enero,
para el seis, yo quería
que fuera el mundo entero
una juguetería.
Y al andar la alborada
removiendo las huertas,
mis abarcas sin nada,
mis abarcas desiertas.
Ningún rey coronado
tuvo pie, tuvo gana
para ver el calzado
de mi pobre ventana.
Toda la gente de trono,
toda gente de botas
se rió con encono
de mis abarcas rotas.
Rabié de llanto, hasta
cubrir de sal mi piel,
por un mundo de pasta
y un mundo de miel.
Por el cinco de enero,
de la majada mía
mi calzado cabrero
a la escarcha salía.
Y hacia el seis, mis miradas
hallaban en sus puertas
mis abarcas heladas,
mis abarcas desiertas.

Miguel Hernández

martes, 15 de enero de 2013

Acuérdate de decirle: te quiero




A Psalm of Life












Tell me not in mournful numbers,
Life is but an empty dream!
For the soul is dead that slumbers,
And things are not what they seem.

Life is real! Life is earnest!
And the grave is not its goal;
Dust thou are, to dust thou returnest,
Was not spoken of the soul.

Not enjoyment, and not sorrow,
Is our destined end or way;
But to act, that each tomorrow
Find us farther than today.

Art is long, and Time is fleeting,
And our hearts, though stout and brave,
Still, like muffled drums, are beating
Funeral marches to the grave.

In the world's broad field of battle,
In the bivouac of Life,
Be not like dumb, driven cattle!
Be a hero in the strife!

Trust no Future, howe'er pleasant!
Let the dead Past bury its dead!
Act, - act in the living Present!
Heart within, and God o'erhead!

Lives of great men all remind us
We can make our lives sublime,
And, departing, leave behind us
Footprints on the sand of time;

Footprints, that perhaps another,
Sailing o'er life's solenm main,
A forlorn and shipwrecked brother,
Seeing, shall take heart again.

Let us then be up and doing,
With a heart for any fate;
Still achieving, still pursuing,
Learn to labor and to wait.

Henry Wadsworth Longfellow


A veces





“A veces, cuando uno se despierta por la mañana, cree que la verdad reside allí, al lado de la cama; para ser más exacto, se trata de una tumba con algunas flores marchitas, abierta, esperando.”

 Kafka, Cartas a Milena

Tan tristes como magníficos





"Julián se detuvo, embelesado, en medio del patio.
-Vamos, mantenga la compostura -dijo el padre Pirard-. Se le ocurren ideas horribles, y luego no es usted más que un niño. ¿Dónde está el nil mirari de Horacio? (Nada de entusiasmo). Piense que este enjambre de lacayos, al verle instalado aquí, tratará de burlarse de usted; verán a un igual situado por encima de ellos injustamente. Aparentando bondad y fingiendo darle buenos consejos, intentarán hacerle cometer alguna zafiedad.
-Les desafío a ello -repuso Julián mordiéndose los labios y recobrando toda su desconfianza.
Los salones que atravesaron en el primer piso, antes de llegar al gabinete del marqués, les habrían parecido a mis lectores tan tristes como magníficos. Aun regalándoselos tal como estaban, no se avendrían ustedes a habitarlos; parecían la patria del bostezo y del razonamiento triste. Mas ello no fue óbice para que se acrecentara la admiración de Julián.
"¿Cómo se puede ser desgraciado -pensaba- viviendo en una mansión tan espléndida?."

Stendhal, Rojo y Negro.

Bajar del mundo


"Hoy quiero bajar, bajar del mundo."

jueves, 10 de enero de 2013

Y resulta que te quiero




"¿Por qué stop? Por miedo de empezar las fabricaciones, son tan fáciles. Sacás una idea de ahí, un sentimiento del otro estante, los atás con ayuda de palabras, perras negras, y resulta que te quiero. Total parcial: te quiero. Total general: te amo. Así viven muchos amigos míos, sin hablar de un tío y dos primos, convencidos del amor-que-sienten-por-sus-esposas. De la palabra a los actos, che; en general sin verba no hay res. Lo que mucha gente llama amar consiste en elegir a una mujer y casarse con ella. La eligen, te lo juro, los he visto. Como si se pudiese elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio. Vos dirás que la eligen porque-la-aman, yo creo que es al verse. A Beatriz no se la elige, a Julieta no se la elige. Vos no elegís la lluvia que te va a calar hasta los huesos cuando salís de un concierto."
Julio Cortázar, Rayuela.

Ella en realidad nunca me conoció




"Estaba seguro de que, si la llamaba, ella diría que no me conocía. Yo la había conocido, pero sin llegar conocerla. Ella en realidad nunca me conoció."

Enrique Vila-Matas

Hoy estoy triste, estoy triste




Hoy estoy triste, estoy triste.
Alegre estaré mañana.
Lo que se siente consiste
En cosa que siempre es vana.

Sea lluvia, sol, pigricia,
Todo influye y nos transforma…
En el alma no hay justicia
Ni en la sensación hay forma.

Una verdad cada día…
Un mundo por sensación…
Estoy triste. Tarde fría.
Mañana, sol y razón.

Fernando Pessoa


martes, 8 de enero de 2013

Vengo del palacio de La Mole





"En la antecámara hacían guardia permanentemente diez lacayos de librea, y durante toda la velada se servían helados o té cada cuarto de hora, y a eso de las doce, una especie de cena, con champagne.
Ésta era la razón por la que Julián se quedaba algunas noches hasta el final de la velada; por lo demás, apenas comprendía que alguien pudiera escuchar en serio la conversación habitual de aquel salón tan ostentosamente dorado. A veces miraba a los interlocutores para asegurarse de que ellos mismo no se burlaban de lo que decían.
"Mi M. de Maistre, a quien me sé de memoria, ha dicho cosas cien veces mejores -pensaba-, y aun así todo, me resulta bastante aburrido".
Julián no era el único en percibir aquella asfixia moral. Unos se consolaban atracándose a helados; otros, dándose el gusto de decir al salir de la velada: "Vengo del palacio de La Mole, donde me he enterado de que Rusia, etcétera".
Stendhal, Rojo y Negro.

The uncertain glory of an April day





"O how this spring of love resembleth
The uncertain glory of an April day;
Which now shows all the beauty of the sun
And by and by a cloud takes all away."

Shakespeare, The Two Gentlemen of Verona.

lunes, 7 de enero de 2013

Así y todo, me quedó la desconfianza






"Las relaciones que mantenía con mis contemporáneos eran las mismas en apariencia. Y, sin embargo, se hacían sutilmente desacordadas. Mis amigos no habían cambiado. Cuando se presentaba la ocasión continuaban alabando la armonía y la seguridad que encontraban en mí; pero yo era sensible sólo a las disonancias, al desorden que me llenaba; me sentía vulnerable y entregado a la acusación pública. A mis ojos, mis semejantes dejaban de constituir el auditorio respetuoso al que estaba acostumbrado. El círculo de que yo era centro se quebraba y ellos se colocaban todos en una sola línea como en el tribunal. A partir del momento que tuve conciencia de que en mí había algo que juzgar, comprendí que en ellos había una vocación irresistible de ejercer el juicio. Sí, allí estaban como antes, pero ahora se reían. 0 mejor dicho; me parecía que al encontrarse conmigo, cada uno de ellos me miraba con una sonrisa solapada. En esa época hasta tuve la impresión de que me hacían zancadillas. Y en efecto, dos o tres veces, tropecé sin razón al entrar en lugares públicos. Y una vez llegué a caerme. El francés cartesiano que yo soy se rehízo rápidamente y atribuyó tales accidentes a la única divinidad razonable, quiero decir, al azar. Así y todo, me quedó la desconfianza.

Una vez despierta mi atención no me fue difícil descubrir que tenía enemigos. Primero en mi trabajo y luego en la vida mundana. A los unos los había servido; a los otros debería haberles sido útil. Todo eso, en definitiva, estaba en el orden de las cosas y vine a descubrirlo sin demasiada pena. En cambio; me fue más difícil y doloroso admitir que tenía enemigos entre gentes a quienes apenas conocía o que en modo alguno conocía. Siempre pensé, con la ingenuidad de que ya le di algunas pruebas, que aquellos que no me conocían no podrían dejar de quererme, si llegaban a frecuentarme. Pues bien, no. Encontré enemistad sobre todo entre aquellos que sólo me conocían de muy lejos y en quienes yo mismo no conocía. Sin duda sospechaban que yo vivía plenamente, en un libre abandonarme a la felicidad; eso no se perdona.

El tener uno el aspecto de éxito cuando se lo exhibe de cierta manera es capaz de hacer rabiar a un asno. Por otra parte, mi vida estaba llena a más no poder y; por falta de tiempo, yo rechazaba muchos ofrecimientos. Por la misma razón olvidaba en seguida que los había rechazado. Sólo que quienes me habían hecho tales ofrecimientos eran gentes cuya vida no estaba llena y que, por la misma razón, recordaban mis desaires.

Y así es como, para tomar sólo un ejemplo, las mujeres, al fin de cuentas, me costaban caro. El tiempo que les dedicaba no podía dedicárselo a los hombres, que no siempre me perdonaban. ¿Cómo arreglárselas? No nos perdonan nuestra felicidad y nuestros éxitos, si no consentimos generosamente en compartirlos. Pero para ser feliz no hay que ocuparse demasiado de los otros. Luego, no hay salida posible. Feliz y juzgado o bien absuelto y miserable. En mi caso la injusticia era mayor: me veía condenado por felicidades pasadas. Había vivido mucho tiempo en la ilusión de un acuerdo general, siendo así que por todas partes los juicios, las flechas y las burlas caían sobre mí, que me hallaba distraído y sonriente. Desde el día en que me mantuve alerta, cobré lucidez, recibí todas las heridas al mismo tiempo y perdí mis fuerzas de golpe.

Entonces el universo entero se puso a reír alrededor de mí.

Y eso es lo que ningún hombre (salvo los que no viven, quiero decir, los sabios) puede soportar. La única posición cómoda es la maldad. La gente se apresura entonces a juzgar para no verse ella misma juzgada. ¿Qué quiere usted? La idea más natural del hombre, la que se le presenta espontánea e ingenuamente como del fondo de su naturaleza, es la idea de su inocencia.

Desde este punto de vista, todos somos como aquel pequeño francés que, en Buchenwald, se obstinaba en que el escribiente, que también era un prisionero y que registraba su llegada al campo, redactara una reclamación. ¿Una reclamación? El escribiente y sus ayudantes se echaron a reír. "Es inútil, viejo. Aquí no se hacen reclamaciones." Es que, mire usted, señor", decía el pequeño francés, "mi caso es excepcional. Soy inocente."

Todos somos casos excepcionales. ¡Todos queremos apelar a algo! Cada cual pretende ser inocente a toda costa, aunque para ello sea menester acusar al género humano y al cielo."


Albert Camus, La Caída.

Oídas desde lejos




Melancolía. Infancia
perpetua. Las campanas
oídas desde lejos
ya entonces, aunque estaban
sonando en el momento
de una tarde dorada.
Momentos en suspenso.
Vibrantes distancias.
Parece que no pasa
nada. Pero yo observo
en esta tarde en pausa,
que no soy el que mira,
que soy el que miraba.

Gabriel Celaya


Something desperate, you know





“I feel like getting married, or committing suicide, or subscribing to L'Illustration. Something desperate, you know.”

Albert Camus, A Happy Death

Resolutions? Me??




Prefiero mi apartamento



"Pregunta: Le atrae la eternidad?
Woody Allen: Prefiero mi apartamento."

Maybe













You’ve got to burn
straight up and down
and then maybe sidewise
for a while
and have your guts
scrambled by a
bully
and the demonic
ladies,
you’ve got to run
along the edge of
madness
teetering,
you’ve got to starve
like a winter
alleycat,
you’ve go to live
with the imbecility
of at least a dozen
cities,
then maybe
maybe
maybe
you might know
where you are
for a tiny
blinking
moment.

Charles Bukowski

Le vent nous portera




"Et tout ira bien là
Le vent nous portera"


The only people I would care to be with now




"The only people I would care to be with now are artists and people who have suffered: those who know what beauty is, and those who know what sorrow is: nobody else interests me."

Oscar Wilde