miércoles, 20 de febrero de 2013

Unobjectionableness




“I kept waiting for him to lay bare something more than this pointed unobjectionableness, but all that rose to the surface was more surface.”
Philip Roth, American Pastoral

You’re invited




Y, una vez que vio eso, no fue capaz de ver otra cosa







"-Probablemente lo habrá hecho Vinesse -dijo Pierre refiriéndose al célebre miniaturista.
Y se inclinó hacia la mesa para coger la tabaquera, prestando atención al mismo tiempo a la conversación de la otra mesa.
Se había incorporado para rodear a Hélène, pero la tía le tendió la tabaquera por detrás de la muchacha. Ésta se inclinó hacia adelante para dejar sitio y volvió la cabeza sonriendo. Como siempre que asistía a un baile, llevaba un vestido muy escotado por delante y por detrás, según la moda de entonces. Su busto, que siempre le había parecido marmóreo a Pierre, se encontraba en aquel momento a una distancia tan corta de él que, involuntariamente, observó con sus ojos miopes todo el encanto vivo de sus hombros y de su cuello; sus labios estaban tan cerca que si agachara un poco la habría rozado con ellos. Notó el calor del cuerpo de Hélène, percibió su perfume y oyó el crujir de su corsé. No veía la belleza marmórea que formaba un conjunto con su vestido, sino todo el encanto de su cuerpo cubierto de ropa. Y, una vez que vio eso, no fue capaz de ver otra cosa, como no podemos volver a creer en un engaño cuando nos ha sido descubierto.
"¿No había notado usted hasta ahora lo hermosa que soy? -paría decir Hélène-. ¿No se había dado cuenta de que soy una mujer? Pues lo soy y puedo pertenecer a cualquiera y a usted también", le dijo su mirada.
Y en aquel momento Pierre sintió que no sólo Hélène podía, sino que debía ser su mujer.
Tuvo la misma certeza que hubiera podido tener en el momento de desposarse con Hélène. No sabía cómo sucedería ni cuándo, incluso ignoraba si eso estaría bien (le parecía que no), pero le constaba que había de ser así.
Pierre bajó los ojos y los levantó de nuevo deseando volverla a ver como una mujer hermosa, ajena a él, como solía verla entonces; pero le fue imposible. No pudo conseguirlo, lo mismo que le ocurre a un hombre que viendo una brizna en la niebla se imagina ver un árbol y cuando se convence de lo que es pretende volver a ver el árbol. Hélène estaba muy cerca de él. Se sentía bajo su poder. Ya no había entre ellos ninguna barrera excepto su propia voluntad."

Lev Tolstói, Guerra y paz.

martes, 12 de febrero de 2013

Madeline and the train



"The aim of life is to live, and to live means to be aware, joyously, drunkenly, serenely, divinely aware."

Henry Miller


lunes, 11 de febrero de 2013

My greatest regret





“Why didn’t I learn to treat everything like it was the last time. My greatest regret was how much I believed in the future.”

 Jonathan Safran Foer, Extremely Loud & Incredibly Close.

¡Pobre bicho!





Tome usted nota de que voy mal vestido






"Con movimientos espasmódicos se abotona los dos botones restantes de la chaqueta. Christine no insiste. Se ha dado cuenta de que se avergüenza. Algo en su buena convivencia ha quedado destruido, y de pronto ve los labios apretados del extraño: ahora dirá algo maligno. Sea como fuere, se volverá agresivo porque siente vergüenza.
En efecto, es lo que ocurre. Se encoge, por así decirlo, y lanza una mirada desafiante.
—Sé que no voy bien vestido, pero no sabía que me mirarían. Era suficiente para la visita al hogar de beneficencia. De haberlo sabido, me habría vestido mejor o... para ser sincero, no es verdad. Lo cierto es que no tengo dinero para vestirme correctamente, no lo tengo o, al menos, no lo tengo todo de golpe. Una vez que me compro zapatos nuevos, se me estropea el sombrero, y cuando me compro el sombrero, la chaqueta ya está toda raída, y una vez pasa esto y otra vez pasa aquello, pero el hecho es que no puedo seguirle el ritmo al desgaste. Me es igual si es culpa mía o no. O sea que tome usted nota de que voy mal vestido.
Christine mueve los labios, pero antes de que pueda hablar, el hombre la interrumpe:
—Por favor, nada de consuelos, que ya sé de antemano lo que me dirá: que la pobreza no supone ninguna vergüenza. Pero no es verdad: cuando uno no puede esconderla, es una vergüenza. No hay remedio, uno se avergüenza como se avergüenza cuando deja una mancha en una mesa ajena. Merecida o inmerecida, honesta o ruin, la pobreza hiede. Sí, hiede, hiede como un cuarto situado en planta baja mirando al patio de luces o como la ropa que no se cambia con la debida frecuencia. Uno mismo la huele, como si fuera estiércol. Y no se quita. No sirve ni ponerse sombrero nuevo ni enjuagarse la boca, que desprende un olor proveniente del estómago. Está a tu alrededor y se te pega, y todo el mundo que lo roza o que te mira lo percibe. Su hermana enseguida se dio cuenta; conozco esas miradas de mujer que te deshilachan cuando te miran el puño raído. Resulta muy embarazoso para los otros, pero, qué diablos, mucho más embarazoso es para uno mismo. No puedes escapar, no puedes superarlo, a lo sumo emborrachándote, y allí —añade, mientras coge la copa y bebe de manera ostensiblemente rápida y desenfrenada—, allí reside el gran problema social, el por qué de que las capas más bajas de la sociedad beben relativamente más alcohol. Es todo el problema por el cual se calientan la cabeza las condesas, patronas de asociaciones caritativas. Durante esos minutos u horas no sientes que eres molesto para los otros y para ti mismo. Sé que no constituye un honor especial ser visto con una persona vestida de este modo, pero a mí tampoco me divierte. Si le da vergüenza, dígalo, pero nada de cortesías ni compasiones."

Stefan Zweig, La embriaguez de la metamorfosis.

En realidad no daba ninguna orden









"Mientras se alejaba de la batería se oyeron también disparos en el bosque, en el franco izquierdo; pero como la distancia era demasiado grande para llegar a tiempo, Bagration mandó a Jerkov para decirle al general en jefe, el mismo que presentara el regimiento a Kutuzov en Braunau, que se replegase lo antes posible al otro lado del barranco, puesto que el franco derecho no tendría fuerzas para resistir mucho tiempo al enemigo. Se olvidó de Tushin y del batallón que lo protegía. El príncipe Andrey escuchaba atentamente las conversaciones de Bagration con lo jefes; sorprendido, notaba que en realidad no daba ninguna orden y que tan sólo trataba de que todo lo que se hacía por necesidad, por casualidad o por iniciativa de los jefes de compañía tuviera la apariencia de actos cumplidos, si no bajo sus órdenes, al menos de acuerdo con sus planes. Sin embargo, gracias al tacto que mostraba Bagration, el príncipe Andrey observó que, pese a que los acontecimientos habían sido casuales e independientes de su voluntad, su presencia había sido beneficiosa. Los jefes que se acercaban al príncipe Bagration con los rostros desencajados se tranquilizaban y los soldados y oficiales lo saludaban alegremente y se animaban en presencia suya presumiendo de valentía."
Lev Tolstói, Guerra y paz.

sábado, 9 de febrero de 2013

Sin embargo, todo parece ilimitado





"Debido a que no sabemos cuándo moriremos, pensamos en la vida como un pozo inagotable. Sin embargo, todo pasa sólo un cierto número de veces y, en realidad, muy pocas. ¿Cuántas veces más recordarás una tarde de la niñez, una tarde que se volvió una parte tan profunda de tu ser, que no concibes la vida sin ella? Tal vez cuatro o cinco veces más. Tal vez ni siquiera eso. ¿Cuántas veces más verás salir la luna llena? Tal vez veinte. Sin embargo, todo parece ilimitado".

Paul Bowles

jueves, 7 de febrero de 2013

María se bebe las calles




"María se fue una mañana
 María sin decir nada 
María ya no tiene miedo
María empieza de nuevo"


Pavlov?




Enamorada



"Enamorada de las palabras que crean noches pequeñas en lo increado del día y su vacío feroz". 


Alejandra Pizarnik

Me hice honrado





"La llevaba tan incrustada en la conciencia, que, al parecer, me pasé el primer año de colegio convencido de que todas y cada una de mis profesoras eran mi madre disfrazada. Echaba a correr en cuanto sonaba el timbre de salida, e iba todo el camino preguntándome si llegaría a casa con tiempo para pillar a mi madre antes de que volviera a transformarse. Pero siempre, invariablemente, la encontraba ya en la cocina, poniéndome el vaso de leche con galletas. Su proeza, sin embargo, en lugar de empujarme a renunciar al engaño, lo que hacía era intensificar el respeto que me inspiraban sus poderes. Y, también, el hecho de no sorprenderla entre encarnación y encarnación venía a suponer un alivio, de todas formas, aunque yo nunca cejara en el intento. Me constaba que mi padre y mi hermana no estaban al cabo de la calle en lo tocante a la verdadera naturaleza de mi madre, y que la carga de culpabilidad que, imaginaba yo, me iba a caer sobre los hombros en caso de que alguna vez la pillase descuidada era más de lo que estaba dispuesto a aguantar a mis cinco años. Llegué incluso a temer, creo, que alguien no tendría más remedio que desembarazarse de mí si alguna vez llegaba a verla entrar volando por la ventana del dormitorio, directamente desde el colegio, o salir -miembro por miembro- del estado de invisibilidad, para ponerse el delantal.
Ni que decir tiene que cuando me pedía que le describiese con todo detalle mi día preescolar, lo hacía escrupulosamente. No pretendía comprender su ubicuidad en todo su alcance, pero había algo indiscutible: la cosa estaba relacionada con su deseo de saber cómo me portaba yo, qué clase de niño era cuando creía que mi madre no estaba delante. Una consecuencia de esta fantasía, que perduró (en esta forma concreta) hasta el primer grado, fue que, ante el convencimiento de que no tenía elección, me hice honrado."

Philip Roth, El mal de Portnoy.  

Do not give dalliance too much the rein




"Do not give dalliance
Too much the rein; the strongest oaths are straw
To the fire I'the blood"

(No des mucha suelta / a las riendas. Que los juramentos más sagrados son paja / para el fuego que arde por la sangre)

Shakespeare, La tempestad


Tras ver por vez primera a la dama





"Tras ver por vez primera a la dama, haber decidido entonces 'que pertenecía a una clase de seres superiores' y haber emitido un segundo axioma, tan indiscutible como el primero -a saber: que se trataba de una viuda y que poseía una personalidad angustiada-, no fui más allá. Había sentado las bases para la situación que me complacía y, aunque se hubiera quedado a mi vera hasta la medianoche, habría permanecido fiel a esa reflexión y la habría juzgado solo desde ese punto de vista.

Apenas se había alejado de mí veinte pasos, cuando algo en mi interior me llamó a llevar a cabo una indagación más exhaustiva; me hizo pensar en la idea de una separación más definitiva. 'Es posible que no vuelva  a verla jamás'. El corazón está para proteger todo cuanto pueda, y yo deseaba dar los pasos correctos que me permitieran encaminarme hacia ella en el caso de reencontrarla jamás. En una palabra, deseaba saber cómo se llamaba, a qué familia pertenecía, cuál era su situación. Y como ya conocía el lugar al que se dirigía, quería saber de dónde provenía; pero no hubo manera de satisfacer esas curiosidades. Cientos de pequeños impedimentos se interpusieron en el camino. Pensé en toda una serie de ardides. No obstante, era inconcebible que un hombre osara hacerle preguntas directas; la misión era imposible.
Un afable y menudo capitán francés, que se aproximaba dando saltitos por la calle, me demostró que aquello era lo más fácil del mundo. Se interpuso de sopetón entre nosotros dos en el preciso instante en que la dama desandaba el camino desde la puerta de la cochera. Se me presentó y, antes de haber terminado, ya estaba rogándome que le hiciera el honor de presentarle a la dama.
-Pero si ni siquiera me he presentado yo.
Así que se volvió hacia ella como si nada y le preguntó si procedía de París. Ella le contestó que no, que iba en esa dirección.
-Vous  n'êtes pas de Londres?
Ella respondió que no.
-Entonces, madame habrá llegado pasando por Flandes. Apparemment vous etes Flammande? -dijo el capitán francés.
La dama respondió que sí lo era.
-Peut-être de Lille? -añadió el capitán.
Ella dijo que no era de Lille.
-¿Ni de Arras?, ¿Ni de Cambray?, ¿ni de Gante?, ¿ni de Bruselas?
La dama aclaró que era de Bruselas.
Según comentó el veterano militar, él había tenido el honor de encontrarse en el bombardeo de la última guerra de aquel país; dijo que la situación de la ciudad era perfecta, pour cela, y llena de nobleza cuando los imperialistas fueron expulsados por los franceses (la dama hizo una ligera reverencia). Tras proporcionarle una descripción de la situación y del papel que él había desempeñado en la misma, le rogó que le hiciera el honor de decirle cómo se llamaba, y correspondió la reverencia.
-Et madame a son mari? -preguntó, volviendo la vista cuando ya había dado dos pasos.
Sin esperar una respuesta, se alejó dando saltitos por la calle.
Ni aunque hubiera invertido siete años en el aprendizaje de buenas maneras podría yo haber hecho nada parecido."

Laurence Sterne, Viaje Sentimental.

Of course it is exhausting




“Of course it is exhausting, having to reason all the time in a universe which wasn’t meant to be reasonable.” 

Kurt Vonnegut

martes, 5 de febrero de 2013

Paperman



lunes, 4 de febrero de 2013

On The Road, Illustrated



Un corazón en el que resulta glorioso reinar





"Julián quedó sorprendido de aquella repentina alegría.
'De modo que la posibilidad de un peligro -pensaba-, lejos de turbarla, le devuelve toda su alegría, porque no piensa en sus remordimientos. ¡He aquí una mujer superior! ¡un corazón en el que resulta glorioso reinar!' "

Stendhal, Rojo y Negro.

Ellos soportan estar juntos y, sin embargo, no lo soportan




"Tras aquel primer encuentro, Christine viaja cada domingo a Viena. Es el único día libre de servicio, y las vacaciones de verano ya están gastadas. Se llevan bien. Pero, demasiado agotados y desilusionados para un amor lleno de pasión y de deseo, de efusión y de esperanza, se sienten felices por el mero hecho de encontrar a alguien con quien sincerarse. Se pasan la semana ahorrando para el domingo. Ahorran dinero porque quieren pasar ese día juntos, liberados de la eterna previsión, quieren ir a un restaurante, a cafés, al cine, gastar unos cuantos chelines sin la necesidad de contar y calcular a cada momento. Y ahorran palabras y sentimientos durante la semana, piensan qué deben contarse, y en todo cuanto les acontece se alegran de tener a alguien que los escucha desde dentro con simpatía y comprensión. Esto ya significa mucho tras meses de privaciones, y esperan impacientes la pequeña dicha, esperan el lunes, el martes, el miércoles y luego, con más impaciencia, el jueves, el viernes y el sábado. Existe cierta reserva entre ellos. No pronuncian determinadas palabras que suelen fluir con facilidad de boca de los amantes; no hablan ni de casarse ni de vivir juntos in aetérnum: todo es tan irreal y distante y, de hecho, no ha empezado todavía a ser verdad. Christine suele llegar a eso de las nueve (no quiere pasar la noche del sábado en Viena, pues resulta demasiado caro hospedarse sola en un hotel y aún teme la convivencia, aún no ha superado el espanto). Él la va a buscar, pasean por las calles, se sientan en los bancos del Volksgarten, salen en tranvía a las afueras, almuerzan y vagan por los bosques. Es bonito, y no se hartan de mirarse con gratitud cuando se sientan el uno frente al otro. Se sienten felices de poder caminar juntos por un prado y disfrutar de las cosas menudas de la vida que pertenecen a todos, hasta a los más pobres: del otoñal cielo azul iluminado por el sol dorado de septiembre, de unas cuantas flores y del día pleno y festivo. Ya es mucho, y de domingo a domingo piensan en ello con ilusión y con la paciencia de personas puestas a prueba por la vida y por eso mismo modestas. Sin embargo, el último domingo de octubre, el otoño se cansa de ser amable con los hombres, lanza un viento huracanado a las calles y recubre el cielo de nubes; llueve de la mañana hasta la noche, y de pronto se sienten inútiles y extraños en el mundo. No pueden pasar el día deambulando sin paraguas, y resulta absurdo y doloroso sentarse en los cafés atestados de gente, sentir sólo a veces la rodilla del otro bajo la mesa como signo de confianza, no poder hablar ante personas extrañas, no saber adonde ir y percibir el tiempo tan valioso como una pesadilla.
Ambos son conscientes de lo que les falta. Es ridiculamente escaso: un cuartucho, un espacio propio por pequeño que sea, tres o cuatro metros de intimidad, cuatro paredes que les pertenezcan durante ese día. Perciben el absurdo de permanecer sentados en salas atestadas y de arrastrar inútilmente por el día, envueltos en ropa mojada, dos cuerpos jóvenes que se quieren y se desean, pero no se atreven a comprar otra vez un espacio para la noche. Lo más sencillo sería que Ferdinand alquilase una habitación donde ella pudiera visitarlo. Pero él sólo gana 170 chelines y vive en un cuarto pequeño en casa de una anciana cuya habitación ha de atravesar para llegar a la suya y, además, no puede renunciar el contrato. Hace meses, cuando estaba en el paro, ella le adelantó, en un gesto de bondad y confianza, el dinero del alquiler y de la manutención, de modo que Ferdinand le debe todavía doscientos chelines que va pagando mensualmente y le faltan tres meses para cancelar la deuda. No cuenta ni explica todo esto a Christine; a pesar de la confianza que reina entre ellos, sigue viva en él la vergüenza de mostrar su grado de pobreza y de confesar su deuda. Christine intuye a su vez que algún problema financiero le impide salir de allí y alquilar otro cuarto. Le gustaría ofrecerle dinero, pero como mujer teme ofenderlo pretendiendo comprar la posibilidad de una convivencia libre, íntima y plena. Así pues, no habla del asunto, y se sientan desesperados en establecimientos cargados de humo y no cesan de contemplar los vidrios por ver si quiere parar la lluvia. Ambos perciben como nunca el poder inconmensurable del dinero, poderoso cuando está y aún más poderoso cuando falta, lo divino de la libertad que puede conceder y lo diabólico de su burla cuando obliga a la renuncia. La ira de la amargura les sobreviene por la mañana cuando ven iluminadas las ventanas en la oscuridad e intuyen la presencia de cientos de miles de personas detrás de las cortinas doradas por las luces, cada cual con el hombre o con la mujer que desea, cada cual libre y protegido, mientras ellos, apátridas, recorren inútilmente las calles bajo la lluvia: una crueldad que, en la naturaleza, sólo tiene parangón en el mar, capaz de hacernos morir de sed. Hay habitaciones provistas de luz y de calor y de camas blandas, hay miles, cientos de miles, acaso innumerables habitaciones que nadie habita ni utiliza, pero ellos no poseen nada donde reclinarse por un instante y unir los labios, nada donde apagar la sed enloquecedora y la rabia contra el absurdo, nada salvo el autoengaño consistente en decirse que tal situación no durará eternamente. Así empiezan ambos a mentir. Él le lee en el café los anuncios, escribe y cuenta que tiene unas perspectivas fabulosas gracias a la posibilidad de un empleo fabuloso. Un amigo suyo, explica, un compañero de la guerra, lo quiere colocar en la secretaría de una gran empresa de construcción; allí ganará mucho dinero, de suerte que podrá estudiar en la universidad técnica y acabar la carrera de arquitectura. Ella, por su parte, cuenta algo que no es mentira: que presentó una solicitud a la dirección de correos para que la trasladaran a Viena y que fue a ver a su tío, el cual goza allí de gran influencia. En una o dos semanas sin duda recibirá una respuesta afirmativa. Lo que no cuenta, sin embargo, es que fue a ver al tío una noche sin avisar. Tocó el timbre a las ocho y media después de constatar, mirando las ventanas, que estaban todos en casa. Oyó ruido de platos y cubiertos en el vestíbulo, y al final salió, en efecto, el tío; un tanto nervioso, lamentó que acudiera precisamente en aquel momento pues la tía y las primas habían salido de viaje (cosa que no era cierta como demostraban los abrigos colgados en el vestíbulo), que tenía, dijo, dos amigos invitados a cenar, que de lo contrario la habría dejado pasar y preguntó si podía servirle en algo. Ella le respondió con un «sí, sí, sin duda» y percibió claramente que él temía que viniera por dinero y quería sacársela de encima cuanto antes. Sin embargo, no cuenta esto a Ferdinand; para qué desanimar más al desanimado. Tampoco le explica que compró un billete de la lotería, del que espera milagros, como todos los pobres. Prefiere mentirle diciéndole que escribió a su tía pidiéndole ayuda para encontrar un empleo o llevarla a América. El la acompañaría y ella le conseguiría un puesto, porque necesitan a la gente con ganas de trabajar. Ferdinand escucha y no le cree, como ella tampoco le cree a él. Así pues, se sientan aquí y allá, con la alegría erosionada por la lluvia, con los ojos sombríos por la oscuridad, vacíos y conscientes de carecer de salida. Luego hablan de la Navidad y de la fiesta nacional, que entonces tendrán sendos días libres y saldrán a las afueras, pero falta mucho para aquellas fechas de noviembre y de finales de diciembre y queda un tiempo largo, vacuo y carente de esperanza.
Así se engañan con palabras, pero en lo más hondo no se engañan: ambos saben cuán dudoso es estar entre gente y en medio del bullicio cuando se quiere estar solo y contar mentiras en voz baja cuando el cuerpo y el alma sólo desean la verdad y la intimidad profunda.
—El próximo domingo seguro que hará buen tiempo —afirma ella—, la lluvia no puede durar eternamente.
—Sí —responde él—, seguro que hará buen tiempo.
Pero ni uno ni otro poseen ya el valor de alegrarse; saben que el invierno, el enemigo de los apátridas, está a punto de llegar y que su situación no mejorará.
Esperan un milagro de domingo a domingo, pero el milagro no se produce, y se pasean juntos, comen juntos y charlan juntos, pero la convivencia poco a poco se convierte más en tormento que en placer. Algunas veces discuten y son, no obstante, conscientes de que su ira no va dirigida contra el otro, sino contra el absurdo al que están sometidos y se avergüenzan; durante toda la semana piensan con ilusión en el día común y el domingo por la noche notan que su vida contiene algo falso y carente de sentido. La pobreza aplasta casi del todo la pasión de su sentimiento, y ellos soportan estar juntos y, sin embargo, no lo soportan."

Stefan Zweig, La embriaguez de la metamorfosis.

No quiero ser ermitaño más que por la mañana




"¡Oh, dulce soledad! He conocido las seducciones con que deleitas a tus amantes. Desgraciado del que no puede pasar solo un día de su vida sin sentir el tormento del fastidio, y prefiere, si es necesario, conversar con necios antes que consigo mismo.
Lo confesaré, no obstante: me gusta la soledad en las grandes ciudades; pero, a menos de verme obligado por una circunstancia grave cualquiera, como un viaje alrededor de mi cuarto, no quiero ser ermitaño más que por la mañana; por la tarde me gusta volver a ver caras humanas. Los inconvenientes de la vida social y los de la soledad se destruyen así mutuamente, y estos dos modos de existencia se embellecen el uno por el otro."

Tread softly




‎'...Being loved makes me feel directly the gap between what I am as a determinate being and the unfathomable X in me which causes love. Lacan's definition of love ('love is giving something one doesn't have...') has to be supplemented with: '...to someone who doesn't want it.' Indeed, are we aware that Yeats's well-known lines describe one of the most claustrophobic constellations that one can imagine?
Had I the heavens' embroidered cloths,
Enwrought with golden and silver light,
The blue and the dim and the dark cloths
Of night and light and the half-light,
I would spread the cloths under your feet:
But I, being poor, have only my dreams;
I have spread my dreams under your feet,
Tread softly because you tread on my dreams.'


Zizek (2008).

Minucias sinsentido





"Cuando llegó el barbero, negó rotundamente poder hacer algo con mi peluca: o bien lo superaba o su oficio no llegaba a tanto. No me quedó otro remedio que aceptar una que ya estaba fabricada y que él mismo me recomendaba.
-Aunque me temo, amigo -dije-, que este bucle no aguantará.
-Puede usted sumergirlo en el mar -respondió- que, aun así, aguantará.
"De qué elevada calidad es todo en esta ciudad -pensé-. La máxima aspiración de un fabricante de pelucas inglés no se habría expresado con otra metáfora que no fuera "sumérjala en una cubeta de agua". ¡Qué diferencia! ¡Es como equiparar el tiempo con la eternidad!"
Confieso que odio los conceptos fríos, así como las penosas ideas que los engendran; y me siento, por lo general, tan impresionado ante las grandes obras de la naturaleza que, por mi parte y si puedo evitarlo, jamás hago ninguna comparación con un elemento menor a una montaña, cuando menos. Lo único que puede decirse en contra de lo sublime del idioma francés, en este caso, es lo que sigue: que la grandeza reside más en la palabra que en el objeto. Sin duda alguna, el océano evoca la idea de inmensidad, pero como París se encuentra lejos de la costa, no era muy probable que yo viajara con la posta un centenar de kilómetros para probar lo dicho. Por ello, las palabras del barbero parisino no significaban nada.
La cubeta de agua comparada con la basta profundidad, constituye, sin duda alguna, una triste figura literaria. Pero, debe admitirse que sí tiene una ventaja y es que está en la habitación de aquí al lado, con lo que la prueba de la cubeta puede realizarse allí mismo, sin más complicaciones y en un momento.
Para ser honesto y tras un análisis más bien cándido de esta cuestión, diré que el francés hablado tiene más de promesa que de realidad.
Creo que puedo distinguir las precisas y características marcas de la idiosincrasia nacional más en estas minucias sinsentido que en las cuestiones más importantes de estado, sobre las que los grandes hombres de todas las naciones hablan y discuten de forma tan similar que no daría ni un penique por escoger a uno de ellos."

Laurence Sterne, Viaje sentimental.