lunes, 29 de abril de 2013

Sheep





Harmlessly passing your time in the grassland away;
Only dimly aware of a certain unease in the air.
You better watch out,
There may be dogs about
I've looked over Jordan, and I have seen
Things are not what they seem.

What do you get for pretending the danger's not real.
Meek and obedient you follow the leader
Down well trodden corridors into the valley of steel.
What a surprise!
A look of terminal shock in your eyes.
Now things are really what they seem.
No, this is no bad dream.

The Lord is my shepherd, I shall not want
He makes me down to lie
Through pastures green He leadeth me the silent waters by.
With bright knives He releaseth my soul.
He maketh me to hang on hooks in high places.
He converteth me to lamb cutlets,
For lo, He hath great power, and great hunger.
When cometh the day we lowly ones,
Through quiet reflection, and great dedication
Master the art of karate,
Lo, we shall rise up,
And then we'll make the bugger's eyes water.

Bleating and babbling I fell on his neck with a scream.
Wave upon wave of demented avengers 
March cheerfully out of obscurity into the dream.

Have you heard the news?
The dogs are dead!
You better stay home
And do as you're told.
Get out of the road if you want to grow old.


It always astonishes me when anybody does anything




El descenso









El descenso nos llama
                como nos llamó el ascenso
                                La memoria es como
un logro,
             una especie de renovación
                          casi
una iniciación, nuevos espacios abiertos
                    habitados por hordas
                   y por tanto, no implica
nuevas especies –
              pues su movimiento
                          se dirige hacia destinos nuevos
(aunque hayan sido abandonados)

Ninguna derrota se compone sólo de derrota – pues
el mundo que abre siempre es un lugar
                   hasta entonces
                                        insospechado. Un
mundo perdido,
                       un mundo insospechado,
                                          nos llama a nuevos lugares
y ninguna blancura (perdida) es tan blanca como
el recuerdo de la blancura

Con la tarde, el amor despierta
                     aunque sus sombras
                       vivas por el brillo
del sol –
              somnolientas ahora se abandonen
                              al deseo
El amor sin sombras surge ahora
             comienza a despertar
                 conforme la noche
avanza.


El descenso
                  hecho de desesperanza
                              sin logros
cae en la cuenta
           del nuevo despertar:
                                       que es el revés
de la desesperanza.
             Así, lo que no logramos,
lo negado al amor,
                     lo que hemos perdido antes –
                              se hace descenso
sin fin, indestructible.


The descent

The descent beckons/ as the ascent beckoned./ Memory is a kind/ of accomplishment,/ a sort of renewal/ even/ an initiation, since the spaces it opens are new places/ inhabited by hordes/ heretofore unrealized,/ of new kinds—/ since their movements/ are toward new objectives/ (even though formerly they were abandoned)./ No defeat is made up entirely of defeat—since/ the world it opens is always a place/ formerly/ unsuspected. A/ world lost,/ a world unsuspected,/ beckons to new places/ and no whiteness (lost) is so white as the memory/ of whiteness./ With evening, love wakens/ though its shadows/ which are alive by reason/ of the sun shining—/ grow sleepy now and drop away/ from desire./ Love without shadows stirs now/ beginning to awaken/ as night/ advances./ The descent/ made up of despairs/ and without accomplishment/ realizes a new awakening:/ which is a reversal/ of despair./ For what we cannot accomplish, what/ is denied to love,/ what we have lost in the anticipation—/ a descent follows,/ endless and indestructible.

William Carlos Williams

lunes, 22 de abril de 2013

Lesson



El ojo



Nadie hubiera vislumbrado en él esa timidez
típica de quien se encuentra entre personas
amigas entre sí, vinculadas por ecos afianzados
de complicidad chistosa y por sobreentendidas
alusiones a nombres cargados, para ellos,
de significados especiales, que dejan entender
al recién llegado cómo la historia que ha
empezado a leer en la revista, en realidad,
empezó tiempo atrás en números viejos
ahora ya imposibles de conseguir.
Escuchando la conversación general,
densa de referencias a acontecimientos
desconocidos para él, el extraño permanece
callado y desplaza la mirada sobre quien está
hablando y, como más rápido el turno de
palabra, más móviles se vuelven sus ojos;
muy pronto, el mundo invisible que revive
en los labios de los presentes se hace opresivo,
y él se pregunta si han entablado adrede
una conversación ajena a él.

V. Nabokov, El ojo.

viernes, 19 de abril de 2013

Los guantes no servirían




"La hermosa sastrecilla se levantó cuando dije aquello, se metió detrás del mostrador, sacó un paquete y lo desató. Me acerqué hasta quedar situado frente a ella; eran unos guantes demasiado grandes.
La bella costurera los midió en mis manos, dedo por dedo. Eso no los hizo cambiar de tamaño. Me rogó que me probara un par, y era lo menos que podía hacer. Abrió un guante; mi mano se deslizó en su interior como la seda.
-No es de mi talla -respondí sacudiendo ligeramente la cabeza.
-No -repitió ella e hizo el mismo gesto.
Hay ciertas miradas de sencilla sutileza, en las que el capricho, la sensibilidad, la seriedad y la estupidez se mezclan de tal manera que ni todas las lenguas de Babel podrían expresarlas. Esas miradas se comunican y se captan de forma tan instantánea que apenas si puede uno determinar qué parte ha sido la emisora. Dejaré que sean vuestros hombres de letras los que hagan correr ríos de tinta sobre el tema; baste, para el caso, decir una vez más que los guantes no servirían."

Laurence Sterne, Viaje Sentimental.

jueves, 18 de abril de 2013

The Master of Suspense





"Hitchcock: I will never find a Hitchcock blonde as beautiful as you.
Alma Reville: Oh, Hitch. I've waited thirty years to hear you say that.
Alfred Hitchcock: That, my dear, is why they call me the Master of Suspense."


“A.Hitchcock: Nunca encontré a una rubia tan guapa como tú / A.Reville: ¡Oh, Hitch! He esperado treinta años a oírte decir eso /  A.Hitchcock: Por eso, querida, me llaman el Maestro del Suspense”


viernes, 12 de abril de 2013

Los mil jardines (Japón)





"Un sendero de losas irregulares corre a todo lo largo de la villa imperial de Katsura. A diferencia de otros jardines de Kioto hechos para la contemplación inmóvil, aquí la armonía interior se alcanza siguiendo paso a paso el sendero y pasando revista a las imágenes que se presentan a la mirada. Si en otras partes el sendero es sólo un medio y los lugares a donde lleva son los que hablan a la mente, aquí el recorrido es la razón esencial del jardín, el hilo de su discurso, la frase que da significado a cada una de sus palabras.

¿Pero qué significados? De este lado de la verja el sendero está hecho de losas lisas y del otro lado de guijos rústicos: ¿es el contraste entre la civilización y la naturaleza? Allá el sendero se bifurca en un brazo recto y uno torcido; el primero se bloquea en un punto muerto, el segundo continúa: ¿es una lección sobre el modo de moverse en el mundo? Cualquier interpretación es insatisfactoria; si hay un mensaje, es el que se recoge en las sensaciones y en las cosas, sin traducirlo en palabras. Las piedras que afloran en medio del musgo son chatas, separadas una de otra, dispuestas a la distancia justa para que el que camina encuentre siempre a cada paso una debajo de su pie; y justamente en la medida en que obedecen a la dimensión de los pasos, las piedras dirigen los movimientos del hombre en marcha, lo obligan a un andar calmo y uniforme, guían el recorrido y los descansos.

Cada piedra corresponde a un paso, y a cada paso corresponde un paisaje estudiado en todos sus detalles, como un cuadro; el jardín está dispuesto de modo que de un paso a otro la mirada encuentre perspectivas diferentes, una armonía distinta en las distancias que separan el seto, la lámpara, el arce, el puente curvo, el arroyuelo. A lo largo del recorrido el escenario cambia totalmente muchas veces, desde el follaje espeso hasta la vegetación rala sembrada de rocas, desde el lago con cascada hasta el lago de aguas muertas; y cada escenario a su vez se descompone en escorzos que toman forma apenas uno se desplaza: el jardín se multiplica en innumerables jardines.

La mente humana posee un misterioso mecanismo capaz de convencernos de que esa piedra es siempre la misma piedra, aunque su imagen —por poco que desplacemos nuestra mirada— cambie de forma, de dimensiones, de colores, de contornos. Cada fragmento singular y limitado del universo se despliega en una multiplicidad infinita: basta girar en torno a esa baja linterna de piedra y se transforma en una infinidad de linternas de piedra; el poliedro perforado, manchado de líquenes, se desdobla, se cuadriplica, se sextuplica, se convierte en un objeto completamente diferente según el lado que se encuentre bajo tu mirada, según te acerques o te alejes de ella.

Las metamorfosis que genera el espacio se añaden a las que genera el tiempo: el jardín —cada uno de los infinitos jardines— cambia con el paso de las horas, de las estaciones, de las nubes en el cielo. Los emperadores que idearon Katsura dispusieron tarimas de cañas de bambú para asistir en abril al florecimiento del melocotón, o el enrojecer de las hojas de los arces en noviembre; construyeron cuatro pabellones de té, uno por estación, que daban cada uno a un paisaje ideal en cierto momento del año; cada paisaje ideal de una estación tiene una hora del día o de la noche que es su momento ideal. Pero las estaciones son cuatro y las horas giran entre mediodía y medianoche. El tiempo con sus retornos aleja la idea del infinito: es un calendario de momentos ejemplares que se repiten cíclicamente y que el jardín trata de fijar en cierto número de lugares. ¿Y el espacio, entonces? Si hay una correspondencia entre los puntos de vista y los pasos, si cada vez que se adelanta el pie derecho o izquierdo a la piedra siguiente se abre una perspectiva establecida por quien proyectó el jardín, entonces la infinidad de los puntos de vista se restringe a un número finito de vistas, cada una separada de la que le precede y de la que le sigue, caracterizada por elementos que la contradistinguen de las otras, una serie de modelos precisos que responden cada uno a una necesidad y a una intención. El sendero es eso: un dispositivo para multiplicar el jardín, ciertamente, pero también para sustraerlo al vértigo del infinito: las piedras lisas que componen el sendero de la villa de Katsura son 1716 —esta cifra, que encontré en un libro, me parece verosímil, calculando dos piedras cada medio metro para una longitud total de media milla—; por lo tanto el jardín se recorre en 1.716 pasos y se lo contempla desde 1.716 puntos de vista. No hay razón para dejarse ganar por la angustia: el penacho de bambú se puede ver desde cierto número de perspectivas diferentes, ni más ni menos, variando el claroscuro entre los tallos ya más espaciados, ya más espesos, experimentando sensaciones y sentimientos distintos a cada paso, una multiplicidad de la que ahora creo poder adueñarme sin quedar abrumado por ella.

Caminar presupone que a cada paso el mundo cambia en algunos de sus aspectos y también que algo cambia en nosotros. Por ese motivo los antiguos maestros de la ceremonia del té decidieron que para llegar al pabellón donde se servirá el té, el invitado debe recorrer un sendero, detenerse en un banco, mirar los árboles, atravesar una verja, lavarse las manos en una pila excavada en una roca, seguir el camino trazado por las piedras lisas hasta la sencilla cabaña que es el pabellón del té, hasta su puerta muy baja donde todos deben inclinarse para entrar. En la sala, únicamente esteras en el suelo, un banquito con taza y tetera de finísima factura, un nicho en la pared —el tokonoma— donde se expone un objeto exquisito, o un vaso con dos ramas en flor, o una pintura, o una hoja donde se han trazado caligramas. Limitando el número de cosas en torno a nosotros se nos prepara para acoger la idea de un mundo infinitamente más grande. El universo es un equilibrio de llenos y de vacíos. Al verter el té espumante las palabras y los gestos deben tener en torno espacio y silencio, pero también la sensación del recogimiento, del límite.

El arte del más grande maestro de la ceremonia del té, Sen-ho Rikyu (1521-1591), siempre inspirado en la máxima simplicidad, se expresó también en el proyecto del jardín que rodea las casas del té y los templos. Los sucesos interiores se presentan a la conciencia a través de movimientos físicos, gestos, recorridos, sensaciones inesperadas.

Un templo cerca de Osaka tenía una vista maravillosa sobre el mar. Rikyu hizo plantar dos setos que ocultaban totalmente el paisaje, y al lado mandó colocar un cuenco de piedra. Sólo cuando el visitante se inclinaba para tomar el agua en el hueco de las manos, su mirada encontraba la mirilla oblicua entre los dos setos, y se le abría la vista del mar ilimitado.

La idea de Rikyu probablemente era ésta: al inclinarse sobre el cuenco y ver la propia imagen achicada en el limitado espejo de agua, el hombre consideraba la propia pequeñez; después, apenas alzaba la cara para beber de la mano, lo capturaba el resplandor de la inmensidad marina y cobraba conciencia de que era parte del universo infinito. Pero son cosas que cuando se las quiere explicar demasiado se malogran; a quien le interrogaba sobre el porqué del seto, Rikyu se limitaba a citar los versos del poeta Sogi:

Aquí, un poco de agua.
Allá abajo entre los árboles
el mar.
(«Umi sukoschi / Niwa ni izumi no / Ko no ma ka na»)"

Italo Calvino

I’ve put in so many enigmas and puzzles



"I’ve put in so many enigmas and puzzles that it will keep the professors busy for centuries arguing over what I meant, and that’s the only way of insuring one’s immortality."
James Joyce

martes, 2 de abril de 2013

Well




Otra forma más concreta del hombre










Hay que inventar respiraciones nuevas.
Respiraciones que no sólo consuman el aire,
sino que además lo enriquezcan
y hasta lo liberen
de ciertas combinaciones taciturnas.

Respiraciones que inhalen además
las ondas y los ritmos,
la fragancia secreta del tiempo
y su disolución entre la bruma.

Respiraciones que acompañen
a aquel que las respire.

Respiraciones hacia adentro del sueño,
del amor y la muerte.

Y para eso hay que inventar un nuevo aire,
unos pulmones más fervientes
y un pensamiento que pueda respirarse.

Y si aún faltara algo,
habría que inventar también
otra forma más concreta del hombre.

Roberto Juarroz