jueves, 27 de junio de 2013

A fe mía que lo ignoro por completo




"El amo quería alejarse a todo galope; Jacques quería ir al paso, siempre de acuerdo con su sistema filosófico. Cuando se encontraban a una distancia considerable de la miserable posada, el amo, oyendo que en el bolsillo de Jacques repicaba algún objeto, le preguntó de qué se trataba: Jacques le dijo que se trataba de las llaves de las habitaciones.

EL AMO.- ¿Y por qué no las devolviste?
JACQUES.- Porque así tendrán que derribar dos puertas; la de nuestros vecinos para sacarlos de su prisión, y la nuestra para restituirles su vestimenta; eso nos da tiempo.
EL AMO.- ¡Magnifico, Jacques! Pero ¿para qué queremos ganar tiempo?
JACQUES.- ¿Para qué? A fe mía que lo ignoro por completo.
EL AMO.- Y si quieres ganar tiempo, ¿por qué vamos al paso que vamos?
JACQUES.- Lo que sucede es que, como ignoramos lo que está escrito allí arriba, no sabemos ni lo que queremos ni lo que hacemos, y por eso obedecemos a lo que nos dice esa fantasía a la que llaman razón, la cual, las más de las veces, no es otra cosa que una peligrosa ilusión que a veces acaba bien y a veces acaba mal."

Denis Diderot, Jacques el fatalista.

martes, 25 de junio de 2013

10 new bets that you will always win


Te sé



Te sé
oxidada de silencio y noviembre
y abrazada a tus piernas
y desnuda
se te enfría
la saliva en los labios
y hasta tu sombra es dura
en la alcoba
tus medias derramadas
son medusas
de un mar
al que no iremos nunca


José María Parreño


viernes, 21 de junio de 2013

Soldier Of Fortune



I have often told you stories 
About the way 
I lived the life of a drifter 
Waiting for the day 
When I'd take your hand 
And sing you songs 
Then maybe you would say 
Come lay with me love me 
And I would surely stay 

But I feel I'm growing older 
And the songs that I have sung 
Echo in the distance 
Like the sound 
Of a windmill goin' 'round 
I guess I'll always be 
A soldier of fortune 

Many times I've been a traveller 
I looked for something new 
In days of old 
When nights were cold 
I wandered without you 
But those days I thougt my eyes 
Had seen you standing near 
Though blindness is confusing 
It shows that you're not here 

Carta II



Estás lejos y al sur
allí no son las cuatro.

Recostado en tu silla
apoyado en la mesa del café
de tu cuarto
tirado en una cama
la tuya o la de alguien
que quisiera borrar
-estoy pensando en ti no en quienes buscan
a tu lado lo mismo que yo quiero-.
Estoy pensando en ti ya hace una hora
tal vez media
no sé.

Cuando la luz se acabe
sabré que son las nueve
estiraré la colcha
me pondré el traje negro
y me pasaré el peine.

Iré a cenar
es claro.

Pero en algún momento
me volveré a este cuarto
me tiraré en la cama
y entonces tu recuerdo
qué digo
mi deseo de verte
que me mires
tu presencia de hombre que me falta en la vida
se pondrán
como ahora te pones en la tarde
que ya es la noche
a ser
la sola única cosa
que me importa en el mundo.

Idea Vilariño

lunes, 17 de junio de 2013

Si alguna vez volvía la paz me gustaría ser un gato muerto







«Esta tarde no conseguimos el permiso inmediatamente después de la retreta, porque alguien dejó caer el rifle mientras el general británico de visita hacía inspección. Perdí el de las 5 y 52 y llegué una hora tarde al encuentro con Muriel. Comida en el Lun Far, en la Cincuenta y Ocho. M. irritable y llorosa durante la comida, auténticamente perturbada y dolida. Su madre cree que soy una personalidad esquizoide. Parece que le habló de mí a su psicoanalista y él está de acuerdo con ella. La señora Fedder le pidió a Muriel que averiguara con discreción si en la familia no ha habido locos. Sospecho que Muriel tuvo el candor suficiente para contarle de dónde salen las cicatrices que tengo en las muñecas pobre tesoro. Pero por lo que dice M., a su madre esto no le molesta tanto como otro par de cosas. Otras tres cosas. Una, me aparto y no consigo establecer contacto con la gente. Dos, parece que algo no anda bien en mí porque no he seducido a Muriel. Tres, evidentemente la señora Fedder se ha pasado días enteros obsesionada por la observación que hice una noche acerca de que me gustaría ser un gato muerto. La semana pasada me preguntó en la cena qué pensaba hacer cuando saliera del ejército. ¿Pensaba volver a la enseñanza en la misma facultad? ¿Volvería simplemente a enseñar? ¿Estudiaría la posibilidad de volver a la radio, quizá como "comentarista" de alguna especie? Le contesté que tenía la impresión de que la guerra podía seguir siempre, y que sólo estaba seguro de que si alguna vez volvía la paz me gustaría ser un gato muerto. La señora Fedder pensó que estaba haciendo alguna broma disparatada. Una broma sofisticada. Según Muriel, cree que soy muy sofisticado. Pensó que mi comentario, mortalmente serio, era el tipo de broma que hay que acoger con una carcajada ligera, musical. Supongo que al reírse ella yo me distraje un poco y me olvidé de explicárselo. Anoche le conté a Muriel que en el budismo Zen le preguntaron una vez a un maestro cuál era la cosa más valiosa del mundo, y el maestro contestó que un gato muerto, porque nadie podía ponerle precio. M. quedó aliviada, pero vi que apenas podía esperar a llegar a su casa para garantizar a su madre la inocuidad de mi observación. Vino conmigo a la estación en el taxi. Qué rica estaba, y de tanto mejor humor. Trataba de enseñarme a sonreír, estirándome los músculos de alrededor de la boca con los dedos. Qué bello es verla reír. Ah, Dios, soy tan feliz con ella. Si por lo menos ella pudiera ser más feliz conmigo. A veces la divierto, y me parece que le gustan mi cara y mis manos y mi nuca, y le da una gran satisfacción decir a sus amigos que está comprometida con Billy Black que estuvo años en Los niños sabios. Y creo que siente una inclinación mezclada, maternal y sexual, hacia mí en general. Pero en conjunto no la hago feliz. Oh, Dios, ayúdame. Mi único consuelo terrible es que mi querida siente un amor inmortal, sin vueltas, por la institución del matrimonio en sí mismo. Tiene un verdadero apremio en jugar a la mamá permanentemente. Sus objetivos matrimoniales son tan absurdos y conmovedores. Quiere adquirir un tostado bien oscuro y acercarse al mostrador de la recepción de un hotel muy elegante y preguntar si su marido no ha recogido aún la correspondencia. Quiere salir a comprar cortinas. Quiere salir a comprar vestidos de maternidad. Quiere irse de la casa de su madre, lo sepa o no, y a pesar de su afecto por ella. Quiere tener hijos, hijos bellos, con sus rasgos, no los míos. Tengo también la impresión de que quiere tener sus propios adornos del árbol de Navidad, no los de su madre, para sacarlos todos los años de las cajas.
»Hoy llegó una carta muy divertida de Buddy, escrita justo después de salir de las cocinas del ejército. Pienso en él mientras escribo sobre Muriel. La despreciaría por los motivos por los que quiere casarse que he explicado. ¿Pero son desdeñables? En cierto modo deben de serlo, pero a mi me parecen tan humanos y hermosos que no puedo pensar en ellos aun ahora cuando escribo esto, sin sentirme profunda, hondamente conmovido. Buddy desaprobaría también a la madre de Muriel. Es una mujer irritante, empecinada en sus opiniones, un tipo que Buddy no soporta No creo que la viera como es. Una persona desprovista, de por vida, de toda comprensión o gusto por la principal corriente de poesía que fluye en las cosas, en todas las cosas. Podría estar muerta, y sin embargo sigue viviendo, deteniéndose en los almacenes finos, viendo a su analista, consumiendo una novela por noche, poniéndose la faja, conspirando contra la salud y la prosperidad de Muriel. La quiero. La encuentro increíblemente valerosa.»

J.D. Salinger, Levantad, carpinteros, la vida del tejado.

miércoles, 12 de junio de 2013

Todos aquellos egos corriendo de un lado para otro






"-¿Cómo va la obra? -preguntó Lane atendiendo a sus caracoles.
-No lo sé. Ya no intervengo en ella. Lo dejé.
-¿Que lo dejaste? -Lane alzó los ojos-. Creí que estabas entusiasmada con el papel. ¿Qué pasó? ¿se lo dieron a otra?
-No. Era todo mio. Es desagradable, muy desagradable.
-Pero. ¿Qué pasó? No habrás dejado toda la asignatura, ¿verdad?.
Franny asintió y bebió un sorbo de leche. Lane terminó de masticar y tragar y luego preguntó:
-¿Por qué, por Dios santo? Yo pensaba que el teatro era tu pasión. Es prácticamente la única cosa de la que te he oído...
-Lo dejé, simplemente -dijo Franny-. Empezó a molestarme y a hacerme sentir una pequeña y desagradable egomaní­aca -reflexionó-. No sé. Parecía como de mal gusto querer actuar, de entrada. Me refiero a todo el ego que hay en el asunto. Y me odiaba tanto cuando estaba interpretando una obra y, al terminar, volvía entre bastidores. Todos aquellos egos corriendo de un lado para otro y sintiéndose terriblemente caritativos y afectuosos. Besando a todo el mundo y yendo maquillados por todas partes, y luego tratando de ser tremendamente naturales y amables con sus amigos cuando vení­an a verles entre bastidores. Me odiaba a mí­ misma.. (...)

-Lo único que sé es que estoy perdiendo el juicio -dijo Franny-. Estoy harta de ego, ego, ego. El mío y el de los demás- Estoy harta de que todo el mundo quiera llegar a alguna parte, hacer algo notable, ser alguien interesante. Es repugnante..., lo es, lo es. Me da igual lo que digan los demás.
Lane alzó las cejas al oír esto, y se apoyó en el respaldo para ser más convincente.
-¿Estás segura de que no tienes miedo a competir? -preguntó con estudiada calma-. Yo no entiendo mucho de esto, pero aportaría a que un buen psicoanalista, quiero decir uno que fuera realmente competente, tomaría esa afirmación...
-No tengo miedo de competir. Es justamente lo contrario. ¿No lo comprendes? Me da miedo ver que acabaré compitiendo, eso es lo que me asusta. Por eso dejé el curso de teatro. Precisamente porque estoy tan horriblemente condicionada a aceptar los criterios de los demás, y precisamente porque me gusta el aplauso y que la gente me admire, pero eso no lo justifica. Me avergüenzo de ello. Me da náuseas. Me asquea no tener el valor de no ser nadie en absoluto. Me da asco de mí misma y de todos los que quieren causar sensación -hizo una pausa y de pronto cogió el vaso de leche y se lo llevó a los labios-. Lo sabía -dijo, dejando el vaso en la mesa-. Esto es una novedad. Me pasan cosas raras con los dientes. Me castañetean, Anteayer casi rompí un vaso con los dientes. Es posible que esté total y absolutamente loca sin saberlo."

J.D. Salinger, Franny y Zooey.

La gente que descansa en ella misma




"—Sí, pero ¿adonde... adonde quieres ir ahora de pronto?
—¡A Interlaken! Allí no tenemos el aire de altura y nos encontraremos con los Linsey, con los que tan buen talk tuvimos en el barco. Es gente realmente simpática, no como este batiburrillo de aquí, y precisamente antes de ayer me escribieron que fuéramos. Si nos vamos mañana por la mañana, podremos estar con ellos para el dinner.
Anthony todavía se resiste un poco.
—¡Siempre todo de golpe! ¿Hemos de irnos mañana? ¡Si tenemos tiempo de sobra!
Sin embargo, no tarda en ceder. Siempre cede, sabiendo desde hace tiempo que Claire, cuando quiere algo con ahínco, impone de manera irremisible su voluntad y que toda resistencia significa una pérdida innecesaria de energía. Por otra parte, el asunto le es indiferente. La gente que descansa en ella misma no siente el entorno con tanta intensidad; al viejo flemático le es igual jugar al póquer con los Linsey o con los Guggenheim, que la montaña que se ve desde la ventana se llame Schwarzhorn o Cervino, que el hotel se llame Palace o Astoria; su único deseo es que no haya pelea. Por tanto, no lucha largo tiempo, escucha con paciencia mientras Claire llama por teléfono a la recepción para dar las órdenes pertinentes, contempla divertido cómo saca las maletas con movimientos febriles y precipitados y apila la ropa con una prisa incomprensible, se enciende una pipa y se va a jugar su partida de cartas. Mientras mezcla y reparte no piensa ni en el viaje ni en su esposa y menos aún en Christine."

Stefan Zweig, La embriaguez de la metamorfosis.


Reniego, lápiz partido



Reniego, lápiz partido,
Todo cuanto deseé.
Y no soñé ser servido
De ir a donde nunca iré.

Paje embutido en harapos
Del triunfo que otros tuvieron,
Yo podré amar estos trapos
Por ser cuanto a mí me dieron.

Sabré, príncipe mendigo,
Coger, con la buena gente,
Entre el ondear del trigo
La amapola inteligente.

Fernando Pessoa,
Cancionero


First taste



Octubre era una de las pocas cosas que llegaban




"El coronel destapó el tarro del café y comprobó que no había más de una  cucharadita. Retiró la olla del fogón, vertió la mitad del agua en el piso de tierra, y con  un cuchillo raspó el interior del tarro sobre la olla hasta cuando se desprendieron las  últimas raspaduras del polvo de café revueltas con óxido de lata. 
Mientras esperaba a que hirviera la infusión, sentado junto a la hornilla de barro cocido en una actitud de confiada e inocente expectativa, el coronel experimentó la  sensación de que nacían hongos y lirios venenosos en sus tripas. Era octubre. Una  mañana difícil de sortear, aun para un hombre como él que había sobrevivido a tantas  mañanas como ésa. Durante cincuenta v seis años -desde cuando terminó la última  guerra civil- el coronel no había hecho nada distinto de esperar. Octubre era una de las pocas cosas que llegaban. 
Su esposa levantó el mosquitero cuando lo vio entrar al dormitorio con el café. Esa  noche había sufrido una crisis de asma y ahora atravesaba por un estado de sopor.  Pero se incorporó para recibir la taza. 
-Y tú -dijo. 
-Ya tomé -mintió el coronel-. Todavía quedaba una cucharada grande. 
En ese momento empezaron los dobles. El coronel se había olvidado del entierro. 
Mientras su esposa tomaba el café, descolgó la hamaca en un extremo y la enrolló en  el otro, detrás de la puerta. La mujer pensó en el muerto. 
-Nació en 1922 -dijo-. Exactamente un mes después de nuestro hijo. El siete de  abril. 
Siguió sorbiendo el café en las pausas de su respiración pedregosa. Era una mujer  construida apenas en cartílagos blancos sobre una espina dorsal arqueada e inflexible.  Los trastornos respiratorios la obligaban a preguntar afirmando. Cuando terminó el  café todavía estaba pensando en el muerto. 
Debe ser horrible estar enterrado en octubre», dijo. Pero su marido no le puso  atención. Abrió la ventana. Octubre se había instalado en el patio. Contemplando la  vegetación que reventaba en verdes intensos, las minúsculas tiendas de las lombrices  en el barro, el coronel volvió a sentir el mes aciago en los intestinos." 

Gabriel García Márquez, El coronel no tiene quien le escriba.

jueves, 6 de junio de 2013

Easy Way Out



Gotye: Easy Way Out from Oh Yeah Wow on Vimeo.

miércoles, 5 de junio de 2013

The painting



Franny y Zooey



"Aunque la mañana del sábado era soleada y luminosa, volvía a hacer tiempo de abrigo, no simplemente de chaqueta, como había sucedido toda la semana y como todos habían esperado que se mantuviera para el gran fin de semana: el fin de semana del partido contra Yale. De los veintitantos chicos que estaban esperando en la estación a que llegaran sus novias en el tren de las diez y cuarenta y dos no había más de seis o siete en el frío andén descubierto. El resto estaba adentro de la caldeada sala de espera, de pie en grupos de dos, tres o cuatro, sin sombrero, fumando y hablando con voces que, casi sin excepción, sonaban universitariamente dogmáticas, como si cada muchacho, en su turno estridente dentro de la conversación, estuviera resolviendo, de una vez por todas, alguna cuestión altamente polémica, una cuestión que el mundo exterior, no el universitario, llevaba siglos discutiendo con gran torpeza, provocativamente o no.
Lane Coutell, con una gabardina Burberry que al parecer tenía forro de lana, era uno de los seis o siete muchachos que estaban en al andén abierto. O, mejor dicho, era y no era uno de ellos. Durante diez minutos o más se había mantenido deliberadamente apartado, fuera del alcance de la conversación de los otros, con la espalda contra el anaquel de folletos gratuitos de Ciencia Cristiana y las manos sin guantes metidas en el bolsillo del abrigo. Llevaba una bufanda marrón de cachemir que se le había descolocado y casi no le protegía del frío. De manera brusca y bastante distraída, sacó la mano derecha del bolsillo y empezó a arreglarse la bufanda, pero antes de que estuviera bien puesta cambió de idea y utilizó la misma mano para buscar debajo de la gabardina y sacar una carta del bolsillo interior de la chaqueta. Comenzó a leerla inmediatamente, sin cerrar del todo la boca.
La carta estaba escrita -mecanografiada- en papel azul claro. Tenía un aspecto manoseado, poco fresco, como si ya hubiera sido sacada de su sobre y leída varias veces:
  
Martes, creo 
Queridísimo Lane: 
No tengo ni idea de si podrás descifrar esto, ya que esta noche el ruido de la residencia es absolutamente increíble y casi no puedo oír mis pensamientos. Así que si la ortografía es mala, ten la amabilidad de pasarlo por alto. Por cierto, he seguido tu consejo y he recurrido mucho al diccionario últimamente, así que si mi estilo es más rígido, tú tienes la culpa. Bueno, acabo de reabrir tu preciosa carta y te quiero hasta hacerte pedazos, comerte a bocados, etcétera, y apenas puedo esperar a que llegue el fin de semana. Es una pena que no hayas podido meterme en Croft House, pero en realidad no me importa dónde me aloje mientras haya calefacción y no haya chinches y pueda verte de vez en cuando, es decir, cada minuto. Me estoy volviendo loca últimamente. Me encanta absolutamente tu carta, en especial la parte sobre Elliot. Creo que estoy empezando a despreciar a todos los poetas excepto a Safo. He estado leyéndola como posesa, y nada de comentarios vulgares, por favor. Puede que incluso haga mi trabajo del trimestre sobre ella, si es que decido ir por matrícula y si logro convencer al imbécil que me han asignado como tutor. “El delicado Adonis se muere, Citerea, ¿qué podemos hacer? Golpead vuestros pechos, doncellas, y rasgaos las túnicas.” ¿A que es maravilloso? Además, escribe así siempre. ¿Me quieres? No lo dices ni una sola vez en tu horrible carta. Te odio cuando te pones supervaronil y retiscente (¿está bien escrito?). No te odio exactamente, pero soy contraria por naturaleza a los hombres fuertes y callados. No es que tú no seas fuerte, pero ya me entiendes. Hay tanto ruido aquí que casi no puedo oír mis pensamientos. De todos modos, te quiero y deseo echar esta carta urgente para que la recibas con tiempo suficiente si encuentro un sello en este manicomio. Te quiero te quiero te quiero. ¿Sabes que en realidad sólo he bailado contigo dos veces en once meses? Sin contar aquella vez en el Vanguard cuando estabas tan borracho. Probablemente me sentiré terriblemente cohibida. Por cierto, te mataré si hace alusión a esto. ¡Hasta el sábado, cielito! 
Con todo mi amor, 
Franny.
P. D. 1: Papá recibió los resultados de sus radiografías del hospital y todos nos sentimos aliviados. Es un tumor pero no es maligno. Hablé con mamá por teléfono anoche. Por cierto, te manda recuerdos, así que puedes estar tranquilo respecto a aquel viernes por la noche. Creo que ni siquiera nos oyeron entrar 
P. D. 2: Parezco tan poco inteligente e ingeniosa cuando te escribo. ¿Por qué será? Te doy permiso para analizarlo. Intentemos simplemente pasarlo de maravilla este fin de semana. Quiero decir que intentemos por una vez, si es posible, no analizarlo todo hasta machacarlo, sobre todo a mí. Te quiero. 
Frances (su firma)
  
Lane iba por la mitad de esta lectura de la carta cuando fue interrumpido -importunado, molestado- por un joven corpulento llamado Ray Sorenson, el cual deseaba preguntar si Lane sabía de qué iba ese hijoputa de Rilke. Lane y Sorenson estaban en el curso de Literatura Europea Moderna 251 (abierto únicamente a los estudiantes de último año y a los licenciados) y tenían que hacer un trabajo cobre la cuarta de las Elegías de Duino de Rilke para el lunes. Lane, que sólo conocía a Sorenson superficialmente pero sentía una vaga y categórica aversión por su cara y su actitud, guardó la carta y contestó que no lo sabía pero pensaba que había entendido la mayor parte.
-Tienes suerte -dijo Sorenson-. Eres un hombre afortunado.
Hablaba con un mínimo de vitalidad, como si se hubiese acercado a hablar con Lane por aburrimiento o impaciencia, no en busca de ninguna clase de conversación.
-Dios, qué frío hace -dijo, y se sacó un paquete de cigarrillos del bolsillo.
Lane observó una huella de lápiz de labios, difuminada pero bastante visible, en la solapa del abrigo de pelo de camello de Sorenson. Tenía aspecto de llevar semanas allí, quizá meses, pero no conocía a Sorenson lo suficiente como para mencionarlo, ni tampoco le importaba un comino, esta es la verdad. Además, el tren ya llegaba. Los dos chicos se volvieron a medias hacia la izquierda para ponerse de cara a la locomotora que se aproximaba. Casi al mismo tiempo, la puerta de la sala de espera se abrió de golpe y los muchachos que se habían mantenido al abrigo salieron a recibir el tren, la mayoría de ellos dando la impresión de tener por lo menos tres cigarrillos encendidos en cada mano.
Lane también encendió un cigarrillo mientras el tren entraba en la estación. Entonces, como tanta gente a quien, quizá, sólo debería dársele un pase de prueba para recibir trenes, trató de dejar su rostro vacío de toda expresión que pudiera simplemente, tal vez incluso maravillosamente, revelar lo que sentía por la persona que llegaba.
Franny fue una de las primeras chicas que bajaron del tren, de un vagón en el extremo norte del andén. Lane la vio inmediatamente y, a pesar de la cara que estaba intentando poner, su brazo, que se alzó rápidamente en al aire, expresó toda la verdad. Franny vio el brazo, le vio a él y le devolvió el saludo de un modo exagerado. Llevaba un abrigo de mapache, y Lane, mientras caminaba hacia ella apresuradamente aunque con la cara parada, se dijo, con emoción contenida, que él era el único en el andén que realmente conocía el abrigo de Franny. Recordó que una vez, en un coche prestado, después de besar a Franny durante una media hora, había besado la solapa de su abrigo, como si fuera una extensión orgánica y perfectamente deseable de su persona.
-¡Lane! -le saludó Franny gozosamente; ella no era dada a borrar la expresión de su rostro.
Le abrazó y le besó. Fue un beso de andén; bastante espontáneo al principio, pero más bien inhibido en la continuación, y con cierto aire de golpe en la frente.
-¿Recibiste mi carta? -preguntó ella, y añadió, casi con el mismo aliento-: Tienes cara de estar congelado, pobrecito. ¿Por qué no has esperado dentro? ¿Recibiste mi carta?
-¿Qué carta? -dijo Lane, cogiéndole la maleta. Era azul marino con ribetes de cuero blanco, igual a otra media docena de maletas que acababan de bajar del tren.
-¿No la has recibido? La eché el miércoles. ¡Oh, Dios! Incluso la llevé al correo yo…
-Ah, esa. Sí. ¿No has traído más que esta maleta? ¿Qué libro es ese?
Franny miró su mano izquierda, en la cual tenía un libro pequeño encuadernado en tela verde.
-¿Este? Oh, nada especial -contestó.
Abrió su bolso, metió el libro adentro y siguió a Lane por el largo andén hacia la parada de taxis. Le cogió del brazo y llevó casi toda la conversación, si no toda. Primero dijo algo acerca de un vestido que llevaba en la maleta y que era necesario planchar. Contó que se había comprado una planchita monísima que parecía de casa de muñecas, pero luego se le había olvidado traerla. Dijo que le parecía que sólo conocía a tres de las chicas que iban en el tren: Martha Farrar, Tippie Tibbet y Eleanor Nosecuántos, a quien había conocido hacía años en sus tiempos de internado, en Exeter o en alguna parte. Todas las demás que iban en el tren tenían un aire muy Smith, salvo dos chicas de tipo absolutamente Vassar y una absolutamente Bennington o Sara Lawrence (1), dijo Franny. La chica estilo Bennington-Sarah Lawrence tenía aspecto de haberse pasado todo el trayecto metida en el lavabo, esculpiendo o pintando o algo así, o de llevar mallas debajo del vestido. Lane, andando bastante deprisa, dijo que sentía no haber conseguido meterla en Croft House -eso era prácticamente imposible, claro-, pero que había conseguido habitación en un sitio muy agradable y acogedor. Pequeño, pero limpio y todo eso. Le gustaría, dijo, y Franny inmediatamente se imaginó una casa de huéspedes de madera blanca. Tres chicas que no se conocían en la misma habitación. La que llegara primero se quedaría con la cama plegable llena de bultos y las otras dos tendrían que compartir una cama doble con un colchón absolutamente fantástico.
-Estupendo -dijo con entusiasmo.
A veces le resultaba terriblemente difícil ocultar su impaciencia respecto a la ineptitud del macho de la especie en general, y la de Lane en particular. Recordó una noche lluviosa en Nueva York, al salir del teatro, en la que Lane, con un sospechoso exceso de generosidad callejera, había dejado que aquel horrible hombre de esmoquin le quitara el taxi. Eso no le había importado mucho -es decir, Dios, sería espantoso tener que ser hombre y tener que conseguir taxis bajo la lluvia-, pero recordaba la mirada verdaderamente horrible y hostil que Lane le echó a ella cuando volvió a la acera para decírselo. Ahora, sintiéndose extrañamente culpable al pensar en esto y en otras cosas, dio un breve apretón de simulado afecto al brazo de Lane. Cogieron un taxi. Pusieron la maleta azul marino con ribetes de cuero blanco delante junto al taxista.
-Dejaremos tu maleta y tus cosas en tu alojamiento. Nada más dejarlas dentro, y nos vamos a comer -dijo Lane-. Me muero de hambre.
Se inclinó y le dio una dirección al taxista.
-¡Me alegro tanto de verte! -dijo Franny cuando el coche se puso en marcha-. Te he echado mucho de menos.
No bien hubo pronunciado esas palabras comprendió que no las sentía en absoluto. De nuevo con un sentimiento de culpa, cogió la mano de Lane y entrelazó los dedos con los de él cariñosa y estrechamente. (...)

"El lavabo de señoras de Sickler’s era casi tan grande como el propio comedor y, en cierto sentido, apenas menos cómodo. Nadie lo atendía y, al parecer, estaba vacío cuando Franny entró. Se quedó parada un momento -casi como si fuese el punto de alguna cita- en mitad del suelo de baldosas. Tenía gotas de sudor en la frente y la boca abierta, y estaba todavía más pálida que en el comedor.
Luego, de pronto y muy de prisa, entró en la cabina más alejada y de aspecto más anónimo de las siete u ocho -que, por suerte, se abrían sin necesidad de meter una moneda-, cerró la puerta tras de sí y, con cierta dificultad, echó el cerrojo. Sin prestar atención al entorno, se sentó. Juntó las rodillas con firmeza, como para convertirse en una unidad más pequeña y compacta. Luego colocó las manos verticalmente sobre sus ojos y apretó con fuerza, como si quisiera paralizar el nervio óptico y ahogar todas las imágenes en una negrura abismal. Sus dedos extendidos, aunque temblorosos -o porque estaban temblorosos-, parecían extrañamente bonitos y elegantes. Mantuvo esta posición tensa y casi fetal durante un momento de suspensión; después se echó a llorar. Lloró durante cinco minutos seguidos. Lloró sin intentar contener ninguna de las manifestaciones más ruidosas de la pena y la confusión, con todos los convulsos sonidos guturales que hace un niño histérico cuando el aire trata de salir a través de una epiglotis parcialmente cerrada. Sin embargo, cuando al fin paró, sencillamente paró, sin las dolorosas, punzantes inspiraciones que suelen seguir a un estallido violento. Cuando dejó de llorar, fue como si se hubiese producido un decisivo cambio que tuvo en su cuerpo efecto inmediato y pacificador. Con el rostro bañado en lágrimas pero inexpresivo, casi bobo, cogió su bolso del suelo, lo abrió y sacó el librito encuadernado en tela verde. Lo puso en su regazo -más bien, sobre sus rodillas- y lo miró, lo contempló fijamente, como si ése fuera el lugar más indicado para un librito encuadernado en tela verde. Al cabo de un momento, cogió el librito y lo estrechó junto a sí firmemente durante breves instantes. Luego lo metió de nuevo en el bolso, se puso de pie y salió de la cabina. Se lavó la cara con agua fría, se la secó con una toalla que colgaba de un toallero alto, se volvió a pintar los labios, se peinó y salió de los lavabos.
  
Tenía un aspecto sensacional mientras atravesaba el comedor en dirección a la mesa, en nada diferente al de una chica que está dispuesta a pasar un gran fin de semana universitario. Cuando ella se aproximó a su silla, apresurada y sonriente, Lane se levantó despacio, con una servilleta en la mano.
-Lo siento -dijo Franny-. ¿Pensabas que me había muerto?
-No pensabas que te habías muerto -contestó Lane. Le acercó la silla-. No sabía qué demonios te había ocurrido -volvió a su sitio-. No tenemos mucho tiempo, ¿sabes? -se sentó-. ¿Estás bien? Tienes los ojos un poco irritados -la miró con atención-. ¿Te encuentras bien o no?
Franny encendió un cigarrillo.
-Ahora me encuentro estupendamente. Nunca me había sentido tan fantásticamente inestable en toda mi vida. ¿Has pedido?
-No. Te estaba esperando -contestó Lane, mirándole aun con atención-. ¿Qué te pasaba? ¿El estómago?
-No. Sí y no. No lo sé -dijo Franny. Miró el menú que tenía sobre el plato y lo examinó sin cogerlo-. No quiero más que un sandwich de pollo. Y quizás un vaso de leche… Pero tú pide lo que te apetezca. Quiero decir que tomes caracoles y pulpos y esas cosas. Pulpo. Yo es que no tengo hambre.
Lane la miró, luego exhaló una fina columna de humo, muy expresiva, sobre su plato.
-Va a ser un fin de semana realmente fabuloso -dijo-. ¡Un sandwich de pollo, por amor de Dios!
Franny se enfadó.
-No tengo hambre, Lane. Lo siento. Ahora haz el favor de pedir lo que quieras, ¿por qué no?, y yo comeré al mismo tiempo que tú. Pero no voy a tener apetito simplemente porque tú quieras.
-De acuerdo, de acuerdo.
Lane estiró el cuello y llamó la atención del camarero. Un momento después pidió un sandwich de pollo y un vaso de leche para Franny, y caracoles, ancas de rana y una ensalada para él. Cuando el camarero se fue, miró su reloj y dijo:
-A propósito, tenemos que estar en Tendbridge a la una y cuarto, o una y media. No más tarde. Le dije a Wally que probablemente pasaríamos a tomar una copa y luego quizás podríamos ir todos juntos al estadio en su coche, ¿Te importa? A ti no te cae bien Wally.
-Ni siquiera sé quién es.
-Por Dios santo, le has visto como veinte veces. Wally Campbell. Caramba, si no le has visto veinte veces, no le has visto…
-Ah, ya recuerdo… Escucha, no te enfurezcas porque no recuerdo a alguien inmediatamente. Sobre todo cuando es alguien que se parece a todo el mundo, y habla y viste y actúa como todo el mundo -Franny obligó a su voz a callar. Le sonaba criticona y maliciosa, y experimentó una oleada de odio hacía sí misma que, literalmente, hizo que volvieran a aparecer gotas de sudor en su frente. Pero su voz se alzó de nuevo a pesar de ella-. No quiero decir que haya nada horrible en él, ni nada por el estilo. Sé cuándo van a mostrarse encantadores, sé cuándo van a empezar a contarme algún cotilleo verdaderamente desagradable sobre alguna chica que vive en mi residencia, sé cuándo van a dar vuelta una silla para sentarse a horcajadas en ella y comenzar a fanfarronear en voz terriblemente baja… o a mencionar nombres conocidos en tono terriblemente bajo y casual. Hay una ley no escrita según la cual las personas de un cierto nivel social o económico pueden dejar caer tantos nombres conocidos como quieran, siempre y cuando digan algo terriblemente denigrante sobre la persona importante no bien han mencionado su nombre, que es un bastardo, o una ninfómana, o que se droga, o cualquier cosa horrible -se interrumpió otra vez. Permaneció en silencio un momento, dándole vueltas al cenicero y cuidando de no levantar los ojos para no ver la expresión de Lane-. Lo siento -dijo-. No es sólo Wally Campbell. Me estoy metiendo con él porque lo has mencionado. Y porque se parece a alguien que pasara el verano en Italia o algo así.
-Él estuvo en Francia el verano pasado, para tu información -afirmó Lane-. Sé lo que quieres decir -añadió rápidamente-, pero estás siendo condenadamente in…
-Está bien -dijo Franny con tono fatigado-. Francia -sacó un cigarrillo del paquete-, No es sólo Wally. Podría ser una chica, claro está. Quiero decir que si fuera una chica, alguien de mi dormitorio, por ejemplo, habría estado pintando decorados en una compañía de repertorio todo el verano. O habría recorrido Gales en bici. O habría cogido un apartamento en Nueva York y habría para trabajado para una revista o una agencia de publicidad. Es todo el mundo, quiero decir. Todo lo que hace la gente es tan…, no sé, no es malo, ni siquiera mezquino, tampoco estúpido necesariamente. Simplemente tan minúsculo e insignificante, y… deprimente. Y lo peor es que, si te vuelves bohemio o algo así de loco, sigues siendo tan conformista como los demás, sólo que de un modo diferente. -Se calló. Sacudió la cabeza brevemente, con la cara muy blanca, y por un segundo se tocó la frente; al parecer, más que para comprobar si estaba sudando, para ver, como si fuera su propia madre, si tenía fiebre-. Me siento tan extraña. Creo que me estoy volviendo loca. Puede que ya lo esté.
Lane la miraba con auténtica preocupación, más preocupación que curiosidad.
-Estás condenadamente pálida. Pálida de verdad. ¿Lo sabías? -preguntó.
Franny sacudió la cabeza.
-Estoy bien. Estaré bien dentro de un momento -levantó la vista cuando el camarero se acercó trayendo el pedido-. Oh, tus caracoles tienen una pinta estupenda -acababa de llevarse el cigarrillo a los labios pero estaba apagado-. ¿Qué has hecho con las cerillas? -preguntó.
Lane le dio fuego cuando el camarero se marchó.
-Fumas demasiado -dijo. Cogió el tenedor pequeño que estaba al lado de su plato de caracoles, pero miró a Franny de nuevo antes de usarlo-. Me preocupas, en serio. ¿Qué demonios te ha sucedido en las últimas dos semanas?"

J.D. Salinger, Franny y Zooey.