martes, 29 de octubre de 2013

Soy una mujer sin problemas



Todos lo saben
y entonces buscan mi compañía para charlar por las noches.
Sin embargo yo conozco a alguien que quiere morir en paz consigo mismo
y me produce estremecimientos, insomnio, soledad,
porque la paz conmigo misma sería una guerra sin fin,
dos o tres asesinatos inevitables y alguna entrega desmedida
que no entra en mis planes.
Sin embargo yo sueño por las noches
con un jardín inmenso donde los muertos se levantan para saludarme;
yo sueño con un hombre que me inquieta y como lo ignora
me habla amigablemente del resto del mundo
y de mis múltiples amores, tan simpáticos,
tan apropiados como tema de conversación.


Juana Bignozzi
Mujer de cierto orden


We, however, are not prisoners



"We, however, are not prisoners. No traps or snares have been set around us, and there is nothing that should frighten or upset us. We have been put into life as into the element we most accord with, and we have, moreover, through thousands of years of adaptation, come to resemble this life so greatly that when we hold still, through a fortunate mimicry we can hardly be differentiated from everything around us. We have no reason to harbor any mistrust against our world, for it is not against us. If it has terrors, they are our terrors; if it has abysses, these abysses belong to us; if there are dangers, we must try to love them. And if only we arrange our life in accordance with the principle which tells us that we must always trust in the difficult, then what now appears to us as the most alien will become our most intimate and trusted experience. How could we forget those ancient myths that stand at the beginning of all races, the myths about dragons that at the last moment are transformed into princesses? Perhaps all the dragons in our lives are princesses who are only waiting to see us act, just once, with beauty and courage. Perhaps everything that frightens us is, in its deepest essence, something helpless that wants our love."




"VIII

Borgeby Gard, Fladie (Suecia), 12 de agosto de 1904

Quiero volver a hablarle un rato, querido señor Kappus, aunque yo casi nada sepa decirle que pueda procurarle algún alivio. Ni siquiera algo que alcance a serle útil. Usted ha tenido muchas y grandes tristezas, que ya pasaron, y me dice que incluso el paso de esas tristezas fue para usted duro y motivo de desazón. Pero yo le ruego que considere si ellas no han pasado más bien por en medio de su vida misma. Si en usted no se transformaron muchas cosas. Y si, mientras estaba triste, no cambió en alguna parte -en cualquier parte- de su ser. Malas y peligrosas son tan sólo aquellas tristezas que uno lleva entre la gente para sofocarlas. Cual enfermedades tratadas de manera superficial y torpe suelen eclipsarse para reaparecer tras breve pausa, y hacen erupción con mayor violencia. Se acumulan dentro del alma y son vida. Pero vida no vivida, despreciada, perdida, por cuya causa se puede llegar a morir.

Si nos fuese posible ver más allá de cuanto alcanza y abarca nuestro saber, y hasta un poco más allá de las avanzadillas de nuestro sentir, tal vez sobrellevaríamos entonces nuestras tristezas más confiadamente que nuestras alegrías. Pues son ésos los momentos en que algo nuevo, algo desconocido, entra en nosotros. Nuestros sentidos enmudecen, encogidos, espantados. Todo en nosotros se repliega. Surge una pausa llena de silencio, y lo nuevo, que nadie conoce, se alza en medio de todo ello y calla...

Yo creo que casi todas nuestras tristezas son momentos de tensión que experimentamos como si se tratara de una parálisis. Porque ya no percibimos el vivir de nuestros sentidos enajenados, y nos encontramos solos con lo extraño que ha penetrado en nosotros. Porque se nos arrebata por un instante todo cuanto nos es familiar, habitual. Y porque nos hallamos en medio de una transición, en la cual no podemos detenernos.

Por eso pasa la tristeza. Lo nuevo que está en nosotros, lo recién llegado, se nos entra en el corazón, se desliza en su cámara más recóndita, y ya tampoco está allí: está en la sangre. Y no alcanzamos a saber lo que fue... Sería fácil hacernos creer que no sucedió nada. Sin embargo nos transformamos como se transforma una casa en la que ha entrado un huésped. No podemos decir quién ha llegado. Quizás nunca logremos saberlo. Pero muchos indicios nos revelan que el porvenir entra de ese modo en nuestra vida para transformarse en nosotros mucho antes de acontecer. Por esto es tan importante permanecer solitario y alerta cuando se está triste. Pues el instante aparentemente yerto y sin suceso en que el porvenir nos penetra, se halla mucho más cerca de la vida que aquel otro momento, ruidoso y accidental, en que el futuro nos acaece como si proviniese de fuera.

Cuanto más callados, cuanto más pacientes y sinceros sepamos ser en nuestras tristezas, tanto más profunda y resueltamente se adentra lo nuevo en nosotros. Tanto mejor lo hacemos nuestro, y con tanto mayor intensidad se convierte en nuestro propio destino. Así, cuando más tarde surge el día en que lo futuro "acontece" -es decir: cuando al brotar de dentro de nosotros pasa a los demás-, nos sentimos íntimamente más afines, más allegados a él. ¡Esto es lo que hace falta! Hace falta -y a eso ha de tender paulatinamente nuestro desarrollo- que no nos suceda nada extraño, sino tan sólo aquello que desde mucho tiempo atrás nos pertenezca. ¡Se ha tenido que revisar y rectificar ya tantos antiguos conceptos acerca de las leyes que rigen el movimiento! Se aprenderá también a reconocer poco a poco que lo que llamamos destino pasa de dentro de los hombres a fuera, y no desde fuera hacia dentro. Sólo porque tantos hombres no supieron asimilar y transformar en su interior, cada cual su propio destino, mientras éste vivía en ellos, no alcanzaron tampoco a conocer lo que de ellos salía. Les era tan ajeno, tan extraño, que ellos, llenos de pavor y de confusión, creían que debía de habérseles entrado en aquel mismo instante en que se percataban de su presencia. Pues hasta juraban que jamás antes habían descubierto nada parecido en sí mismos. Así como durante mucho tiempo hubo error acerca del movimiento del sol, sigue aún el engaño sobre el movimiento de lo venidero. El porvenir está ya fijo, querido señor Kappus, mas nosotros nos movemos en el espacio infinito. ¡Cómo no habría de resultarnos todo muy difícil...!

Volviendo a hablar de la soledad, aparece cada vez más claramente que ella no es en rigor, nada que se pueda tomar o dejar. Y es que somos solitarios. Uno puede querer engañarse a este respecto y obrar como si no fuese así; esto es todo. ¡Pero cuánto más vale reconocer que somos efectivamente solitarios, y hasta partir de esta base! Así, por cierto, ocurrirá que sintamos vértigo, pues nos vemos privados de todos los puntos de referencia en que solía descansar nuestra vista. Ya no hay nada cercano. Y todo lo que es lejano está infinitamente lejos. Quien fuera llevado, casi sin preparación ni transición alguna, desde su aposento a la cúspide de una gran montaña, tendría que experimentar algo semejante. Se sentiría casi anonadado por una inseguridad sin igual y por el verse abandonado al capricho de algo que no tiene nombre. Le parecería estar cayendo, o se creería lanzado al espacio, o bien estallando en mil pedazos. ¡Qué enorme mentira debería inventar entonces su cerebro para alcanzar a recuperar el anterior estado de sus sentidos y devolverles su serenidad! Así se transforman, para quien se vuelva solitario, todas las distancias, todas las medidas. Muchos de estos cambios se producen de un modo repentino, brusco. Y, al igual que en aquel hombre transportado a la cima de una montaña, surgen entonces aprensiones insólitas, sensaciones extrañas, que parecen rebasar todo lo humanamente soportable. Pero es necesario que también esto lo vivamos. Debemos aceptar y asumir nuestra existencia del modo más amplio posible. Todo, incluso lo inaudito, ha de ser viable en ella. Este es, en realidad, el único valor que se nos pide y exige: tener ánimo ante las cosas más extrañas, más portentosas y más inexplicables, que nos puedan acaecer.

El que los hombres hayan sido cobardes en este terreno ha causado infinito daño a la vida. Los sucesos a los que se da el nombre de "fenómenos" o de "apariciones", el llamado "mundo espectral"13, la muerte, todas esas cosas que nos son tan afines, han sido de tal modo desalojadas de la vida por el diario afán de defenderse de ellas, que los sentidos con que podríamos aprehenderlas se han atrofiado -¡y de Dios, ni hablar! Mas el miedo ante lo inexplicable no sólo ha empobrecido la existencia del individuo. También las relaciones de ser a ser han quedado cercenadas por él. Valga el símil, han sido descuajadas del cauce de un río caudaloso en posibilidades infinitas, para ser llevadas a un lugar yermo de la ribera, donde nada sucede. Pues no sólo por desidia se repiten las relaciones humanas con tan indecible monotonía y sin renovación alguna de un caso a otro, sino también por temor y recelo ante cualquier vivencia nueva y de imprevisible trascendencia, que uno cree superior a sus fuerzas. Pero sólo quien esté apercibido para todo, sólo quien no excluya nada de su existencia -ni siquiera lo que sea enigmático y misterioso- logrará sentir hondamente sus relaciones con otro ser como algo vivo. Sólo él estará en condiciones de apurar por sí mismo su propia vida. Pues en cuanto consideramos la existencia de cada individuo como una habitación mayor o menor, queda de manifiesto que los más sólo llegan a conocer apenas un rincón de su aposento. Un sitio junto a la ventana. O bien alguna estrecha faja del entarimado, que van y vienen recorriendo de un lado para otro. Así disfrutan de alguna seguridad...

Sin embargo, ¡cuánto más humana es aquella inseguridad llena de peligros, que, en los cuentos de Poe, impulsa a los cautivos a palpar las formas de sus horribles mazmorras y a familiarizarse con los indecibles terrores de su estancia! Pero nosotros no somos presos. Ni trampas, ni redes, ni lazos, se hallan aparejados en torno nuestro. Ni hay nada que deba causarnos angustia o darnos tormento. Si hemos sido puestos en medio de la vida, es por ser éste el elemento al que mejor correspondemos, al que somos más adecuados. Además, por obra de una adaptación milenaria, nos hemos vuelto tan semejantes a esa vida, que cuando permanecemos inmóviles, apenas si -merced a un feliz mimetismo- se nos puede distinguir de cuanto nos rodea. Ninguna razón tenemos para recelar y desconfiar del mundo en que vivimos. Si entraña terrores, son nuestros terrores. Si contiene abismos, estos abismos nos pertenecen. Y si en él hay peligros, debemos procurar amarlos. Con tal que cuidemos de ordenar y ajustar nuestra vida conforme a ese principio que nos aconseja atenernos siempre a lo difícil, cuanto ahora nos parece ser lo más extraño acabara por sernos lo más familiar, lo mas fiel. ¿Cómo podríamos olvidarnos de aquellos mitos antiguos que presiden el origen de todos los pueblos, esos mitos de los dragones que en el momento supremo se transforman en princesas? Quizá sean todos los dragones de nuestra vida, princesas que sólo esperan vernos alguna vez resplandecientes de belleza y valor. Quizá todo lo terrible no sea, en realidad, nada sino algo indefenso y desvalido, que nos pide auxilio y amparo...

No debe, pues, azorarse, querido señor Kappus, cuando una tristeza se alce ante usted, tan grande como nunca vista. Ni cuando alguna inquietud pase cual reflejo de luz, o como sombra de nubes sobre sus manos y por sobre todo su proceder. Ha de pensar más bien que algo acontece en usted. Que la vida no le ha olvidado. Que ella le tiene entre sus manos y no lo dejará caer. ¿Por qué quiere excluir de su vida toda inquietud, toda pena, toda tristeza, ignorando -como lo ignora- cuánto laboran y obtan en usted tales estados de ánimo? ¿Por qué quiere perseguirse a sí mismo, preguntándose de dónde podrá venir todo eso y a dónde irá a parar? ¡Bien sabe usted que se halla en continua transición y que nada desearía tanto como transformarse! Si algo de lo que en usted sucede es enfermizo, tenga en cuenta que la enfermedad es el medio por el cual un organismo se libra de algo extraño. En tal caso, no hay más que ayudarle a estar enfermo. A poseer y dominar toda su enfermedad, facilitando su erupción, pues en ello consiste su progreso. ¡En usted, querido señor Kappus, suceden ahora tantas cosas!... Debe tener paciencia como un enfermo y confianza como un convaleciente. Pues quizá sea usted lo uno y lo otro a la vez. Aun más: es usted también el médico que ha de vigilarse a sí mismo. Pero hay en toda enfermedad muchos días en que el médico nada puede hacer sino esperar. Esto, sobre todo, es lo que usted debe hacer ahora, mientras actúe como su propio médico.

No se observe demasiado a sí mismo. Ni saque prematuras conclusiones de cuanto le suceda. Deje simplemente que todo acontezca como quiera. De otra suerte, harto fácilmente incurriría en considerar con ánimo lleno de reproches a su propio pasado; que, desde luego, tiene su parte en todo cuanto ahora le ocurra. Pero lo que sigue obrando en usted como herencia de los errores y anhelos de su mocedad, no es lo que ahora recuerda y condena. Las circunstancias anormales de una infancia solitaria y desamparada son tan difíciles, tan complejas, se hallan expuestas y abandonadas a tantas influencias y, al mismo tiempo, tan desprendidas de todos los verdaderos vínculos vitales, que cuando en tales condiciones se desliza un vicio, no se le debe llamar vicio sin más ni más. 13 ¡Hay que ser de todos modos tan cauto, tan prudente, con los nombres! ¡Es tan frecuente que toda una vida se quiebre y quede rota por el mero nombre de un crimen! No por la acción misma, personal y sin nombre, que acaso respondiere a un determinado menester de esa vida, y hubiera podido ser admitida y absorbida por ella sin esfuerzo alguno. Si el consumir tantas energías le parece grande a usted, es sólo porque exagera el valor de la victoria. No está en ella lo grande que usted cree haber realizado, si bien tiene razón en su sentir. Lo grande está en que ahí ya existió algo que usted pudo poner en lugar de aquel artificioso fraude, algo real y verdadero. Sin esto, su victoria sólo habría resultado ser una reacción moral, sin importancia ni sentido, mientras que así ha llegado a formar parte de su vida. (De una vida, querido señor Kappus, a la que yo dedico tantos pensamientos y buenos deseos). ¿Recuerda usted cómo esta vida, ya desde la misma infancia, suspiró por los "grandes"? Yo veo cómo ahora, partiendo de los grandes, anhela poder alcanzar a los más grandes. Precisamente por eso no cesa su vida de ser difícil. Pero por esta misma razón no cesará de crecer.

Si he de decirle algo más, es esto: no crea que quien ahora está tratando de aliviarlo viva descansado, sin trabajo ni pena, entre las palabras llanas y calmosas que a veces lo confortan a usted. También él tiene una vida llena de fatigas y de tristezas, que se queda muy por debajo de esas palabras. De no ser así, no habría podido hallarlas nunca...

Su

Rainer Maria Rilke"


lunes, 28 de octubre de 2013

Sail



"Maybe I should cry for help
Maybe I should kill myself
Blame it on my A.D.D. baby

Sail..."

miércoles, 16 de octubre de 2013

What is my life but preference for the ginger biscuit?





It’s like I’m two people




"It’s like I’m two people, and one of them is watching me all the time. I get so goddamned mad at myself that I could kill myself…"

 Henry Miller, Tropic of Cancer.

Reina desde la cuna



 

"María Estuardo tiene seis días cuando se convierte en reina de Escocia; ya desde el principio se cumple la ley de su vida: recibirlo todo del destino demasiado pronto, y sin la alegría de ser consciente de ello. En ese sombrío día de diciembre de 1542 en el que nace en el castillo de Linlithgow, su padre, Jacobo V, yace al mismo tiempo en su lecho de muerte en la vecina fortaleza de Falkland, con sólo treinta y un años de edad y sin embargo ya quebrado por la vida, cansado de la corona, cansado de luchar. Había sido un hombre bravo y caballeroso, al principio alegre, apasionado amigo de las artes y de las mujeres, familiarizado con el pueblo; a menudo había ido, disfrazado, a las fiestas de las aldeas, había bailado y bromeado con los campesinos, y algunas de las canciones y baladas escocesas que escribió han seguido viviendo mucho tiempo en la memoria de su patria. Pero ese desdichado heredero de una desdichada estirpe había nacido en una época salvaje, en un país rebelde, y estaba destinado de antemano a una trágica suerte. Un vecino desconsiderado y de fuerte voluntad, Enrique VIII, le apremia a implantar la Reforma, pero Jacobo V se mantiene fiel a la Iglesia, y enseguida los nobles escoceses, siempre inclinados a crear dificultades a su soberano, aprovechan la disputa y empujan sin cesar, contra su voluntad, a ese hombre alegre y pacífico al disturbio y la guerra. Ya cuatro años antes, cuando Jacobo V pretendía por esposa a María de Guisa, había descrito claramente la fatalidad que supone tener que ser rey contra esos clanes tercos y rapaces: «Madame —había escrito en esa carta de petición de mano, conmovedoramente sincera—, sólo tengo veintisiete años, y la vida me agobia ya tanto como mi corona… huérfano desde la infancia, he sido prisionero de nobles ambiciosos; la poderosa casa de los Douglas me ha esclavizado durante largo tiempo, y odio ese nombre y todo recuerdo suyo. Archibald, conde de Angus, Georg, su hermano, y todos sus parientes desterrados, incitan sin cesar al rey de Inglaterra contra nosotros, no hay un noble en mi reino al que no haya seducido con sus promesas o corrompido con dinero. No hay seguridad para mi persona, ni garantía de que se haga mi voluntad y de que se cumplan las justas leyes. Todo esto me espanta, madame, y espero de vos fuerza y consejo. Sin dinero, limitado tan sólo a los apoyos que recibo de Francia o a los escasos donativos de mis ricos clérigos, trato de adornar mis castillos, mantener mis fortificaciones y construir barcos. Pero mis barones consideran un rival insoportable a un rey que realmente quiera ser rey. A pesar de la amistad del rey de Francia y del apoyo de sus tropas y a pesar del afecto de mi pueblo, temo no ser capaz de alcanzar la decisiva victoria sobre mis barones. Superaría todos los obstáculos para despejar el camino de la justicia y la paz para esta nación, y quizá alcanzaría mi meta, si los nobles de mi país estuvieran solos. Pero el rey de Inglaterra siembra la discordia sin cesar entre ellos y yo, y las herejías que ha plantado en mi reino avanzan devoradoras hasta en los círculos de la Iglesia y el pueblo. Desde siempre, mi fuerza y la de mis antepasados ha estado únicamente en la burguesía de las ciudades y en la Iglesia, y me veo obligado a preguntarme: ¿Seguirá mucho tiempo esta fuerza a nuestro lado?».
  Todas las desgracias que el rey prevé en esta carta profética se cumplen, e incluso caen cosas peores sobre él. Los dos hijos que le da María de Guisa mueren en la cuna, y en sus mejores años Jacobo V sigue sin ver un heredero para la corona que de año en año oprime más sus sienes. Finalmente, contra su voluntad, sus barones escoceses lo llevan a la guerra contra la poderosa Inglaterra, para luego dejarlo traidoramente en la estacada en la hora decisiva. En Solway Moss, Escocia no sólo pierde una batalla, sino su honor: sin combatir de verdad, las tropas sin caudillo, abandonadas por sus jefes de clan, se dispersan de forma lamentable; pero, en esa hora decisiva, hace mucho que el rey, ese hombre antaño tan caballero, ya no lucha con enemigos ajenos, sino con la propia muerte. Febril y cansado, yace en cama en el castillo de Falkland, harto de la lucha insensata, de la molesta vida.
  Entonces, en ese turbio día de invierno, el 9 de diciembre de 1542 —la niebla oscurece las ventanas—, un mensajero llama a la puerta. Comunica al enfermo, al hombre mortalmente agotado, que ha tenido una hija, una heredera. Pero el alma extenuada de Jacobo V ya no tiene fuerzas para la esperanza y la alegría. ¿Por qué no es un hijo, un heredero? Ese hombre próximo a la muerte ya no ve más que desdicha por doquier, tragedia y derrota. Resignado, responde: «De una mujer nos llegó la corona, con una mujer se perderá». Esa oscura profecía es al tiempo su última frase. Suspira, se vuelve de cara a la pared y ya no responde a pregunta alguna. Pocos días después está enterrado, y María Estuardo, antes de haber abierto los ojos a la vida, es ya la heredera de su reino.
  Es una herencia doblemente oscura ser una Estuardo y una reina de Escocia, porque hasta ahora ningún Estuardo ha sido feliz o duradero en ese trono. Dos de sus reyes, Jacobo I y Jacobo III, han sido asesinados; dos, Jacobo II y Jacobo IV, han caído en el campo de batalla, y a dos de sus descendientes, esta niña que nada sospecha y su nieto, Carlos I, el destino les tiene reservado algo aún peor: el patíbulo. A ninguno de los miembros de este linaje átrida le ha sido concedido alcanzar la plenitud de la vida, para ninguno brillan la dicha y la estrella. Los Estuardo siempre tienen que luchar contra enemigos exteriores, contra enemigos en su propio país y contra sí mismos, siempre hay inquietud a su alrededor e inquietud en ellos. Su país carece de paz tanto como ellos, y los más desleales son precisamente aquellos que debían ser los más leales: los lores y los barones, esa estirpe caballeresca tenebrosa y fuerte, salvaje y desenfrenada, rapaz y belicosa, obstinada e inflexible… «un pays barbare et une gent brutelle», como se queja disgustado Ronsard, el poeta, después de ir a parar a este país de nieblas. Pequeños reyes en sus feudos y castillos, arrastrando como a reses a sus campesinos y pastores a sus eternas pequeñas luchas y rapiñas, estos indiscutidos jefes de clan no conocen otra alegría de vivir que la guerra, la disputa es su placer, los celos su acicate, el ansia de poder su idea vital. «Dinero y ventaja —escribe el embajador francés— son las únicas sirenas a las que prestan oídos los lores escoceses. Querer predicarles el deber para con sus príncipes, el honor, la justicia, la virtud, las nobles acciones, sería invitarlos a la risa.» Iguales a los condotieros italianos en su amoral ansia de camorra y rapiña, pero menos cultivados y más desenfrenados en sus instintos, los antiguos y poderosos clanes de los Gordon, los Hamilton, los Arran, los Maitland, los Crawford, los Lindsay, Lennox y Argyll conspiran y disputan incesantemente por la preeminencia. Ora se enfrentan en enemistades que duran años, ora se juran en solemnes alianzas una corta lealtad para unirse en contra de un tercero; forman constantemente camarillas y bandas, pero nadie guarda interiormente lealtad a nadie, y todos, aunque emparentados y casados entre sí, guardan a los otros implacables envidia y enemistad. Algo pagano y bárbaro sigue viviendo intacto en sus salvajes almas, sin importar que se llamen a sí mismos protestantes o católicos, según sea la ventaja que esperen obtener; en realidad, todos son nietos de Macbeth y Macduff, la sangrienta Thane, como Shakespeare vio de manera grandiosa.
  Sólo hay algo que une de inmediato a esta banda celosa e indomable: someter a su señor común, a su propio rey, porque para todos es igual de insoportable la obediencia e igual de desconocida la lealtad. Cuando esta «parcel of rascals», esta partida de bribones —como los estigmatizó Burns, el escocés por antonomasia—, tolera un reinado aparente sobre sus castillos y posesiones, es únicamente por celos de un clan contra otro. Los Gordon sólo dejan la corona a los Estuardo para que no caiga en manos de los Hamilton, y los Hamilton por celos hacia los Gordon. Pero ¡ay si un rey de Escocia se atreve de veras a ser el soberano e imponer la disciplina y el orden en el país, si en el primer ardor de la juventud trata de oponerse a la arrogancia y la codicia de los lores! Enseguida esa chusma hostil se agrupa fraterna para volver impotente a su soberano, y si no lo consigue con la espada, el puñal del asesino se encarga, fiable, de este servicio.
  Es un país trágico, desgarrado por lúgubres pasiones, tenebroso y romántico como una balada, este pequeño reino insular rodeado por el mar en el último norte de Europa, y además es un país pobre. Porque la eterna guerra destruye todas las energías. Sus pocas ciudades, que en realidad no son tales, sino grupos de casas de gente pobre arracimadas bajo la protección de una fortificación, jamás logran alcanzar la riqueza o tan siquiera el bienestar burgués, porque son saqueadas y quemadas una y otra vez. Los castillos nobles a su vez, cuyas ruinas se alzan aún hoy sombrías y violentas, no son verdaderos palacios, con esplendor y ornato cortesano; han sido pensados como inexpugnables fortalezas de guerra, y no para el dulce arte de la hospitalidad. Entre esas pocas grandes familias y sus deudos falta completamente la fuerza nutricia y mantenedora del Estado, de una clase media creativa. El único territorio densamente poblado entre el Tweed y el Firth está cerca de la frontera inglesa y se ve destruido y despoblado constantemente por los ataques. Pero en el norte es posible caminar durante horas junto a lagos abandonados, a través de páramos desiertos u oscuros bosques nórdicos, sin ver un pueblo, un castillo o una ciudad. Allí no se apiñan pueblo tras pueblo como en los repletos países europeos, no hay anchas carreteras que lleven el tráfico y el comercio al país, no parten, como en Holanda, España e Inglaterra, barcos desde astilleros cubiertos de gallardetes para traer oro y especias de lejanos océanos; la gente se abre paso en la vida entre escaseces, criando ovejas, pescando y cazando, como en los tiempos patriarcales: en cuanto a ley y costumbres, en cuanto a riqueza y cultura, la Escocia de entonces va al menos cien años por detrás de Inglaterra y de Europa. Mientras en todas las ciudades costeras los bancos y las bolsas empezaron a florecer con la llegada de la Edad Moderna, aquí, como en los días bíblicos, la riqueza se sigue midiendo en tierra y ovejas; diez mil posee Jacobo V, el padre de María Estuardo, son todas sus propiedades. No posee un tesoro de la corona, ni un ejército, ni una guardia personal para asegurar su poder, porque no podría pagarlos, y el Parlamento, en el que deciden los lores, jamás concederá a su rey verdaderos medios de poder. Todo lo que este rey posee por encima de la desnuda miseria le ha sido prestado o regalado por sus ricos aliados, Francia y el Papa; cada alfombra, cada gobelino, cada candelabro de sus aposentos y castillos ha sido comprado al precio de una humillación.
  Esa eterna pobreza es la úlcera supurante que chupa las energías políticas de Escocia, ese hermoso y noble país. Porque debido a la necesidad y a la codicia de sus reyes, de sus soldados, de sus lores, no pasa de ser la sangrienta pelota con la que juegan las potencias extranjeras. Los que luchan contra el rey y a favor del protestantismo reciben su soldada de Londres, los que lo hacen por el catolicismo y los Estuardo, de París, Madrid y Roma: todas esas potencias extranjeras pagan gustosas y de buen grado por la sangre escocesa. La decisión última sigue vacilando entre las dos grandes naciones, Inglaterra y Francia, por eso este vecino inmediato de Inglaterra es para Francia un compañero insustituible en el tablero de juego. Cada vez que los ejércitos ingleses se abren paso en Normandía, Francia dirige con celeridad ese puñal contra la espalda de Inglaterra; enseguida los escoceses, siempre dispuestos a guerrear, se lanzan contra los border, contra sus auld enimies, e incluso en tiempos de paz constituyen una constante amenaza. Fortalecer militarmente a Escocia es la eterna preocupación de la política francesa, y, por eso, nada más natural que, por su parte, Inglaterra trate de romper ese poder instigando a los lores a constantes rebeliones. De este modo, este desdichado país se convierte en sangriento campo de batalla de una guerra de cien años, que sólo quedará definitivamente decidida en el destino de esta niña, todavía ignorante de lo que le espera.
  Es un símbolo espléndidamente dramático que esa lucha comience de hecho en la cuna de María Estuardo. Esta niña aún no puede hablar, pensar, sentir, apenas sus diminutas manecitas se mueven sobre la almohada, cuando ya la política echa mano a su cuerpo sin desarrollar, a su alma ingenua. Porque la fatalidad de María Estuardo es ser eternamente presa de este juego de cálculos. Nunca le será concedido desarrollar sin ser molestada su yo, su ego, siempre estará enredada en la política, siempre será objeto de la diplomacia, juguete de ajenos deseos, reina, pretendiente al trono, aliada o enemiga. Apenas ha llevado el mensajero a Londres las dos noticias juntas de que Jacobo V ha muerto y su hija recién nacida es la heredera y reina de Escocia, cuando Enrique VIII de Inglaterra decide pretender a toda prisa esa valiosa novia para su hijo menor y heredero Eduardo; se dispone como de una mercancía de un cuerpo aún sin terminar, de un alma que aún duerme. Pero la política no cuenta jamás con sentimientos, sino con coronas, países y derechos hereditarios. Para ella no existe el individuo, no cuenta frente a los valores visibles y materiales del juego mundial. De todos modos, en este caso en particular la idea de Enrique VIII de prometer a la heredera de Escocia con el heredero de Inglaterra es una idea razonable e incluso humana. Porque hace ya mucho que esa guerra incesante entre países hermanos ha dejado de tener sentido. Alojados en la misma isla en el océano, protegidos y asediados por el mismo mar, de raza emparentada y similares condiciones de vida, sin duda a los pueblos de Inglaterra y Escocia se les ha impuesto una única tarea: unirse; la Naturaleza ha declarado aquí su voluntad de manera patente. Sólo los celos de las dos dinastías, los Tudor y los Estuardo, siguen siendo un obstáculo a este objetivo último; si se lograse transformar en unión, mediante un matrimonio, la disputa entre las dos casas reales, los comunes descendientes de los Estuardo y los Tudor podrían ser a un tiempo reyes de Inglaterra, Escocia e Irlanda, una Gran Bretaña unida podría participar en una lucha superior: la lucha por la hegemonía en el mundo.
  Mas, oh, fatalidad: siempre que, excepcionalmente, aparece en política una idea clara y lógica, su necia puesta en práctica la echa a perder. Al principio, todo parece ir a las mil maravillas. Los lores, a los que rápidamente llenan los bolsillos de dinero, aprueban satisfechos el contrato matrimonial. Pero al astuto Enrique VIII no le basta con un mero pergamino. Ha puesto demasiadas veces a prueba la hipocresía y codicia de estos hombres de honor como para no saber que un contrato jamás les vincula y que, de recibir una oferta superior, estarían dispuestos de inmediato a vender la reina niña al heredero de la corona de Francia. Por eso exige a los negociadores escoceses, como primera condición, la entrega inmediata de la niña a Inglaterra. Pero si los Tudor son desconfiados para con los Estuardo, los Estuardo no lo son menos para con los Tudor, y ante todo la madre de María Estuardo se resiste a ese trato. Educada, siendo una Guisa, en un estricto catolicismo, no quiere entregar a su hija a una fe herética, y no le cuesta mucho trabajo descubrir en el contrato un peligroso escollo. Porque, en un artículo secreto, los negociadores escoceses sobornados por Enrique VIII se han comprometido, en caso de que la niña muriera tempranamente, a actuar en el sentido de que de todos modos «todo el poder y la propiedad del reino» recayeran en Enrique VIII: y este punto es muy discutible. Porque de un hombre que ya ha puesto en el tajo la cabeza de dos de sus esposas cabe esperar que, para hacerse más rápido con una herencia tan importante, haga que la muerte de esa niña se anticipe y no sea del todo natural; así que la reina, madre cuidadosa, rechaza la entrega de su hija a Londres. La petición de mano casi se convierte en guerra. Enrique VIII envía tropas a apoderarse por la fuerza de la valiosa prenda, y su orden al ejército da una cruel imagen de la desnuda brutalidad de aquel siglo: «Es la voluntad de Su Majestad que todo sea exterminado por el fuego y la espada. Quemad Edimburgo y arrasadla en cuanto hayáis cogido y saqueado cuanto podáis… saquead Holyrood y cuantas ciudades y pueblos deseéis en tomo a Edimburgo, saquead y quemad y someted Leith y todas las demás ciudades, exterminad sin compasión a hombres, mujeres y niños allá donde se os oponga resistencia». Como una horda de hunos, las bandas armadas de Enrique VIII cruzan las fronteras. Pero en el último momento la madre y la niña son puestas a salvo en el fuerte castillo de Stirling, y Enrique VIII tiene que conformarse con un tratado en el que Escocia se compromete a entregar a Inglaterra a María Estuardo (que sigue siendo negociada y vendida como un objeto) el día en que cumpla los diez años.
  Una vez más, todo parece dispuesto del modo más feliz. Pero la política es en todas las épocas la ciencia del contrasentido. Le repugnan las soluciones sencillas, naturales, razonables; las dificultades son su mayor placer, la disputa su elemento. Pronto el partido católico pone en marcha ocultas maquinaciones acerca de si la niña —que aún no sabe más que balbucear y reír— no debería ser adjudicada al hijo del rey francés en vez de al del inglés, y cuando Enrique VIII muere la inclinación a observar el tratado es ya muy escasa. Pero ahora el regente de Inglaterra, Somerset, exige en nombre del rey menor Eduardo la entrega a Londres de la novia niña, y como Escocia opone resistencia hace enviar un ejército para que los lores escuchen el único lenguaje que entienden: la violencia. El 10 de septiembre de 1547, en la batalla —o más bien matanza— de Pinkie Cleugh, el poder escocés es aplastado, más de diez mil muertos cubren el campo. María Estuardo aún no ha cumplido cinco años, y ya se han derramado ríos de sangre a causa suya.
  Ahora Escocia está abierta, indefensa, para Inglaterra. Pero ya queda poco que robar en el saqueado país; para los Tudor, sólo tiene una cosa de valor: esa niña, que encama en su persona la corona y sus derechos. Pero, para desesperación de los espías ingleses, María Estuardo ha desaparecido sin dejar rastro del castillo de Stirling; nadie, ni en los círculos de mayor confianza, sabe dónde la tiene escondida la reina madre. Porque el nido protector ha sido escogido de forma insuperable: de noche y en el mayor de los secretos, servidores de entera confianza han llevado a la niña al monasterio de Inchmahome, situado en una pequeña isla en el lago de Menteith, oculto en un lugar inaccesible «dans le pays des sauvages», como dice el embajador francés. Ninguna senda conduce a ese romántico lugar: hay que llevar en un bote la valiosa carga hasta la orilla de la isla, donde la guardarán personas devotas que jamás abandonan el convento. Allí, en total clandestinidad, apartada del agitado e inquieto mundo, la ignorante niña vive a la sombra de los acontecimientos, mientras por encima de países y mares la diplomacia teje activamente su destino. Porque entretanto Francia ha salido a escena, amenazante, para impedir el total sometimiento de Escocia por Inglaterra. Enrique II, el hijo de Francisco I, envía una poderosa flota, y en su nombre el teniente general del cuerpo expedicionario francés pide la mano de María Estuardo para su hijo y heredero Francisco II. De la noche a la mañana, la suerte de la niña ha dado un vuelco gracias al viento político que sopla fuerte y belicoso sobre el canal: en vez de para reina de Inglaterra, la pequeña descendiente de los Estuardo ha sido escogida para reina de Francia. Apenas se concluye formalmente este nuevo y más ventajoso negocio, el 7 de agosto el valioso objeto de la subasta, la niña María Estuardo, de cinco años y ocho meses de edad, es embalado y enviado a Francia, vendido de por vida a otro esposo igualmente desconocido. Una vez más, y no será la última, la voluntad ajena conforma y transforma su destino."

Stefan Zweig, Maria Estuardo.
 

lunes, 14 de octubre de 2013

Mañana de los otros




"¡Mañana de los otros! ¡Oh sol que das confianza
sólo a quien ya confía!
Tan sólo a la dormida, no a la muerta esperanza
se despierta tu día."

Fernando Pessoa, Cancionero.


Why we shouldn't trust markets with our civic life



Ce triste exil, ce fier exil



En las noches felices con la gente que amo
él hace sentir su ausencia,
se instala en el amor que me dan,
en el amor que doy,
en el otoño, sí, ya sé, las hojas;
dos amigas caminan por calles entrañables,
hablan del amor, la vida, los hombres,
se dejan envolver por la dulzura de la noche de mayo,
hacen a un lado las cosas irremediables,
caminan solas entre los olores, las luces de las ventanas,
algún rostro obsesivo que insiste, insiste,
pero ellas saben tanto sobre el amor, tanto,
que pueden convertir todo en una charla brillante
el hombre que desean hasta sentir frío,
el verdadero amor
y el aplastante domingo que hay que atravesar
para que su voz sea de nuevo
y todo empiece a cobrar vida.

Los amigos que me aman hablan de mis ojos,
ya sé, son importantes como las hojas en otoño,
pero todo cae a golpes
en estos domingos para lanas tibias, hijos que no tengo,
globos de colores en el parque.

Entre ritos familiares se calienta al sol
impura,
como si hubiera encendido fuego en viernes
o hubiera cantado en tierra extranjera.

Juana Bignozzi
Mujer de cierto orden


domingo, 13 de octubre de 2013

Melting Pot



Take a pinch of white man 
Wrap him up in black skin
Add a touch of blue blood 
And a little bitty bit of red Indian boy
Curly Latin kinkies
Mixed with yellow Chinkees, yeah
You know you lump it all together
And you got a recipe for a get along scene
Oh what a beautiful dream
If it could only come true, you know, you know

What we need is a great big melting pot
Big enough enough enough to take
The world and all its got And keep it stirring for a hundred years or more
And turn out coffee coloured people by the score

Rabbis and the friars
Vishnus and the gurus
We got the Beatles or the Sun God
Well it really doesn't matter what religion you choose
And be thankful little Mrs. Graceful
You know that livin' could be tasteful
We should all get together in a lovin machine
I think I'll call up the queen
It' s only fair that she knows, you know, you know


viernes, 11 de octubre de 2013

Dear Mr. Bukowski:




"Dear Mr. Bukowski:

Again, this is a conglomeration of extremely good stuff and other stuff so full of idolized prostitutes, morning-after vomiting scenes, misanthropy, praise for suicide etc. that it is not quite for a magazine of any circulation at all. This is, however, pretty much the saga of a certain type of person and in it I think you've done an honest job. Possibly we will print you sometime but I don't know exactly when. That depends on you.

Sincerely yours,

Whit Burnett"

jueves, 3 de octubre de 2013

Homeopathic Cartoon




Las jambas áureas de la música








"El piano amartillaba cabezas aureoladas de notas en una pared de aire. Aunque este fenómeno fue en un principio real, los tabiques de la habitación desaparecieron y, en su lugar, se elevaron las jambas áureas de la música, el espacio misterioso en el que el yo y el mundo, la percepción y la sensación, el interior y el exterior se precipitan el uno sobre el otro confundiéndose entre sí, mientras el ejecutante consta exclusivamente de sensibilidad, precisión, exactitud, de una jerarquización del esplendor de detalles ordenados. A estos detalles sensuales estaban ligados los hilos del sentimiento, tensados por las emanaciones ondeantes del alma; y estos vahos se reflejaban en la precisión de las paredes y se parecían a si mismos claros e inteligibles. Las almas de los dos pendían, como capullos de seda, de estos hilos y rayos. Cuanto más se engrosaban y extendían, tanto mejor se sentía Walter y sus sueños adoptaban de tal modo la figura de un niño pequeño que empezaba a equivocarse de nota y a hacerse empalagoso."

Robert Musil, El hombre sin atributos.