lunes, 15 de diciembre de 2014

Oroimen ariketa



"Ez dut negarrez aritzea besterik
esku-ahurrak desegin artean"
idatzi nuela daukat gogoan.

Carverrek hil baino hilabete bat lehenago
erosketetako papaertxoan idatzi zuena ere
badatorkit: "Gurina, arraultzak, txokokolatea...

Antartidara joan ala Australiara?".
Uholak dakartzan adar eta plastikozko 
ontziak dira egun oroitzapenak.

Eta kalean galdu nuen lagunminaren
betarte zurbila ere badakarkit.
Bere irribarre konplizea.

"Ez dut negarrez aritzea besterik
esku-ahurrak desegin artean"
idatzi nuela daukat gogoan.

Gordean ditut halaber
neurria hartu nahia, aldatzeko ahalegina, 
nire mamuekin irauteko premia,

eta denbora arretaz ehundu
begiekin, malkoekin, eskuekin, 
itzalen luzapenak bizirik harrapa nazan.


Kirmen Uribe, Bitartean heldu eskutik.



Ejercicio de memoria (Traducción)

«Sólo me queda llorar
hasta borrar mis manos»
escribí hace tiempo.

 Carver anotó un mes antes de morir:
«Mantequilla, huevos, chocolate…
¿Ir a la Antártida o a Australia?.

Era su lista de la compra.
La memoria está hecha de ramas y envases
de plástico que trae el río.

 Como el rostro lívido
del amigo que perdí.
Y su sonrisa cómplice.

«Sólo me queda llorar
hasta borrar mis manos»
escribí hace tiempo.

Y me queda también la intención
de ponerme del otro lado
sin perder lo que una vez fui,

y trabajar el tiempo con mis manos,
sin cerrar los ojos, despacio,
como las sombras de los árboles.


jueves, 11 de diciembre de 2014

Dave el Racista




"Los putos paquis están entrando a chorro por el túnel del canal -anunciaba con su tercera o cuarta pinta en el O'Reilly's-. Tenemos que cerrarlo ya, antes de que nos superen en número."
Dave tenía problemas con los paquistaníes y los bangladesíes, con los africanos y los chinos, con los musulmanes, los judíos, los indios, los europeos del Este y los franceses. Había sufrido el ataque de un cañon de agua cuando intentaba destruir un puesto de kebab turco en la Eurocopa de 96, y había roto de un ladrillazo el escaparate de la sucursal de Blacks en Salford antes de darse cuenta de que era una tienda de artículos de camping. No leía los periódicos porque para eso había que entrar en un quiosco de paquis, lo cual suponía dar dinero al terrorismo. Hacía gala de su ignorancia y no se tomaba bien que nadie intentase liberarlo de ella. "Yo sé lo que sé", solía declarar si sospechaba que se estaba produciendo el más mínimo intento de educarlo. "Demuéstrame que me aquivoco", decía, y luego ya no escuchaba. Era meticuloso en extremo en su intolerancia y se cuidaba de incluir en su odio a todas las minorías. Por todas estas razones, y otras muchas que sería cansino mencionar, se lo conocía como Dave el Racista."

Simon Wroe, El chef.

lunes, 17 de noviembre de 2014

La pareja ideal





"Ella se enteró por su mejor amiga.

–¡Está aquí! Ha vuelto, tía, de verdad, me lo encontré el domingo en el portal de la casa de mi madre y no me lo podía creer, está igual, tendrías…

–Pero ¿quién?

A él se lo conto su hermano, en la sobremesa de una paella dominguera y familiar.

–Pues la mujer de tu vida lleva un año divorciada, no creas.

–La mujer de mi vida… ¿Cuál?

Los dos habían sido la primera pareja del otro. Cuando se conocieron no habían acabado el bachillerato. Él tenía 15 años, ella 14, y los dos eran muy guapos, cada uno en su estilo, un tanto brusco él, un pelín cursi ella, de tal manera que sus excesos se anulaban entre sí para crear un perfecto equilibrio. Hacían tan buena pareja como si cada uno de los dos hubiera nacido sólo para enamorarse del otro, y desde luego se enamoraron, con ese amor apasionadamente radical, radicalmente ingenuo, ingenuamente apasionado, de los adolescentes.

Cuando traspasaron esa barrera seguían juntos, hasta convencidos de que seguirían estándolo toda su vida, y sin embargo, en el verano de sus 20 años, él se fue de viaje por media Europa con dos amigos, mientras ella pasaba unos días de vacaciones en el chalet que los padres de una de sus amigas tenían en la costa. Y al volver a Madrid, él no la llamó. Y al comprobar que no llamaba, llamó ella. Él sólo se puso en el tercer intento, y quedaron en su bar de siempre, donde sonaba la música de siempre, y los camareros de siempre les pusieron sus copas de siempre en su mesa de siempre. Allí rompieron de una forma más serena que civilizada, porque los dos estaban de acuerdo. Yo es que no estoy segura, dijo ella, tan cursi como de costumbre. Yo no puedo más, añadió él, aportando el adecuado contrapunto de brusquedad.

Aquella noche, sus respectivas madres no pudieron dormir, y a la mañana siguiente, en el desayuno, sus hermanos no hablaron de otra cosa. La noticia se fue extendiendo, y el asombro, la tristeza, la estupefacción de quienes les conocían fueron levantando a su alrededor un cerco tan insoportable –¿pero cómo has hecho eso?, ¿pero tú te has vuelto loca?, ¿pero no te das cuenta de que estáis hechos el uno para el otro?– que los dos tuvieron a la vez la misma idea. Ella se fue a París a terminar la carrera. Él, que la había terminado ya, se largó a Tarifa y montó un chiringuito de surferos. Después regresaron y volvieron a marcharse, se casaron y se separaron, fueron, volvieron, y de vez en cuando él se acordó de ella, ella de él, y ambos pensaban en cómo habría sido su vida si hubieran acatado aquel misterioso mandato del destino, que parecía empeñado en unirles para siempre. Los dos se arrepintieron alguna vez de haberse separado, pero olvidaron igual de deprisa ese arrepentimiento.

Y aquí están. Los amigos, los hermanos, los padres y las madres se han puesto tan pesados que han quedado a tomar una caña en el bar que ocupa ahora el local de aquel otro bar que para ellos era el de siempre. Se reconocen a la primera, sin vacilar, porque ninguno de los dos ha cambiado mucho. Al borde de los 50, él, pelo más bien largo, canoso, perpetua barba de tres días, la piel bronceada y el cuerpo flexible por el ejercicio diario, sigue siendo atractivo. Ella se ha cuidado tanto, ha hecho tanta dieta, tanto ejercicio, que a primera vista parece la misma, aunque ya no es cursi y tiene arrugas de tanto reírse.

Al encontrarse, los dos deciden que su primer amor sigue siendo una persona atractiva. Y al besarse, se emocionan un poco. Por eso los dos sienten a la vez que les están fallando los pies, como si empezaran a balancearse en el borde de un abismo, pero al final todo sale bien.

Cuando empiezan a hablar, resulta que él se ha hecho del Madrid y ella sigue siendo del Atleti. Él no ha tenido hijos, ella tiene dos. Ella pide una cerveza sin alcohol y eso él nunca ha podido entenderlo. Lo que ella no entiende es que él no vaya a votar. ¿Y sigues viviendo aquí, en el barrio? Sí, estoy encantada. Yo no podría. ¿No?, pues a mí no me gusta el campo. ¿En serio? Pues no sabes lo que te pierdes, por cierto, ¿quieres otra? No, me voy a ir ya, que tengo que hacer la comida. Ya, yo también tengo prisa, pero déjame que te invite. No. Sí, Que no, de verdad. Que sí, que me apetece mucho volver a pagarte una caña, aunque sea de mentira…

Entonces ella sonríe. Él también. Se despiden, se besan, y cada uno se va en dirección contraria. Él, incluso, corre un poco. Ella se limita a andar deprisa. Los dos tienen la misma cara de alivio."

Cause and effect




Sometimes I can hear my bones




“Sometimes I can hear my bones straining under the weight of all the lives I’m not living.”

Jonathan Safran Foer, Extremely Loud and Incredibly Close


Navegadores




I had seen nothing sacred



"I was always embarrassed by the words sacred, glorious and sacrifice and the expression in vain. We had heard them, sometimes standing in the rain almost out of earshot, so that only the shouted words came through, and had read them, on proclamations that were slapped up by billposters over other proclamations, now for a long time, and I had seen nothing sacred, and the things that were glorious had no glory and the sacrifices were like the stockyards at Chicago if nothing was done with the meat except to bury it."

Ernest Hemingway, A Farewell to Arms.



The Battle of the Brows





"I ask nothing better than that all reviewers, for ever, and everywhere, should call me a highbrow. I will do my best to oblige them. If they like to add Bloomsbury, W.C.1, that is the correct postal address, and my telephone number is in the Directory. But if your reviewer, or any other reviewer, dares hint that I live in South Kensington, I will sue him for libel. If any human being, man, woman, dog, cat or half-crushed worm dares call me “middlebrow” I will take my pen and stab him, dead.

Yours etc.,"



The wrong direction



When I was a kid the things I did were hidden under the grid
Young and naive I never believed that love could be so well hid
With regret I'm willing to bet and say the older you get
It gets harder to forgive and harder to forget
It gets under your shirt like a dagger at work
The first cut is the deepest but the rest still flipping hurt
You build your heart of plastic
Get cynical and sarcastic
And end up in the corner on your own

Cause I'd love to feel love but I can't stand the rejection
I hide behind my jokes as a form of protection
I thought I was close but under further inspection
It seems I've been running in the wrong direction oh no

So what's the point in getting your hopes up
When all you're ever getting is choked up
When you're coked up
And can't remember the reason why you broke up
You call her in the morning
When you're coming down and falling like an old man on the side of the road
Cause when you're apart you don't want to mingle
When you're together you want to be single
Ever the chase to taste the kiss of bliss
That made your heart tingle
How much greener the grass is
With those rose tinted glasses
But the butterflies they flutter by and leave us on our arses

Cause I'd love to feel love but I can't stand the rejection
I hide behind my jokes as a form of protection
I thought I was close but under further inspection
It seems I've been running in the wrong direction
There's fish in the sea for me to make a selection
I'd jump in if it wasn't for my ear infection
Cause all I want to do is try to make a connection
It seems I've been running in the wrong direction oh

miércoles, 12 de noviembre de 2014

Y marcharme con los zapatos relucientes




"Y marcharme con los zapatos relucientes y el corazón lleno de polvo."

Julio Cortázar

Pero ya no era ayer sino mañana





"Y la vida siguió,
como siguen las cosas que no
tienen mucho sentido.
Una vez me contó,
Un amigo común, que la vio

Joaquín Sabina



Dolorosamente correcto




"Se expresaba en un inglés dolorosamente correcto, y la ausencia total e incolora de deje alguno, casi podía decirse que constituía un acento. "

Jack London, Asesinatos S.L


martes, 11 de noviembre de 2014

I love you, thanks




Las chicas acicaladas me daban pavor




"Las chicas acicaladas me daban pavor. No me atrevía ni a acercarme a ellas, por miedo a oler mal. Tenía la sensación de que entre ellas y yo había una diferencia radical, como si estuviéramos hechas de sustancias distintas. Sus manos frías no sudaban ni se ensuciaban, su pelo conservaba su forma estudiada, sus axilas nunca estaban mojadas (no sabían lo que era tener que pegar los codos a los costados para ocultar los oscuros y vergonzosos cercos en forma de media luna de sus vestidos), y nunca, nunca notaban ese pequeño chorro de sangre de más, un pequeño extra que ninguna compresa puede contener y que se desliza de forma espantosa por el interior de tus muslos. No, eso jamás: sus reglas eran discretas; la naturaleza estaba a su servicio y no las traicionaba. Mi ordinariez nunca se convertiría en su delicadeza; era demasiado tarde, la diferencia se había hecho demasiado grande para ello."

Alice Munro, La vida de las mujeres.


martes, 28 de octubre de 2014

Sisters



"We have a reason to ban our heart
we have a reason to change our mind."


viernes, 24 de octubre de 2014

What Is Philosophy For?



jueves, 23 de octubre de 2014

We must sit and read




martes, 14 de octubre de 2014

Common Side Effects



domingo, 5 de octubre de 2014

The Man with the Beautiful Eyes



when we were kids
there was a strange house
all the shades were
always
drawn
and we never heard voices
in there
and the yard was full of
bamboo
and we liked to play in
the bamboo
pretend we were
Tarzan
(although there was no
Jane).
and there was a
fish pond
a large one
full of the
fattest goldfish
you ever saw
and they were
tame.
they came to the
surface of the water
and took pieces of
bread
from our hands.

our parents had
told us:
“never go near that
house.”
so, of course,
we went.
we wondered if anybody
lived there.
weeks went by and we
never saw
anybody.

then one day
we heard
a voice
from the house
“YOU GOD DAMNED
WHORE!”

it was a man’s
voice.

then the screen
door
of the house was
flung open
and the man
walked
out.

he was holding a
fifth of whiskey
in his right
hand.
he was about
30.
he had a cigar
in his
mouth,
needed a shave.
his hair was
wild and
and uncombed
and he was
barefoot
in undershirt
and pants.
but his eyes
were
bright.
they blazed
with
brightness
and he said,
“hey, little
gentlemen,
having a good
time, I
hope?”

then he gave a
little laugh
and walked
back into the
house.

we left,
went back to my
parents’ yard
and thought
about it.

our parents,
we decided,
had wanted us
to stay away
from there
because they
never wanted us
to see a man
like
that,
a strong natural
man
with
beautiful
eyes.

our parents
were ashamed
that they were
not
like that
man,
that’s why they
wanted us
to stay
away.

but
we went back
to that house
and the bamboo
and the tame
goldfish.
we went back
many times
for many weeks
but we never
saw
or heard
the man
again.

the shades were
down
as always
and it was
quiet.

then one day
as we came back from
school
we saw the
house.

it had burned
down,
there was nothing
left,
just a smoldering
twisted black
foundation
and we went to
the fish pond
and there was
no water
in it
and the fat
orange goldfish
were dead
there,
drying out.

we went back to
my parents’ yard
and talked about
it
and decided that
our parents had
burned their
house down,
had killed
them
had killed the
goldfish
because it was
all too
beautiful,
even the bamboo
forest had
burned.

they had been
afraid of
the man with the
beautiful
eyes.

and
we were afraid
then
that
all throughout our lives
things like that
would
happen,
that nobody
wanted
anybody
to be
strong and
beautiful
like that,
that
others would never
allow it,
and that
many people
would have to
die.

Charles Bukowski 

A brief history of melancholy



martes, 30 de septiembre de 2014

En manos de quién estamos



"Aterra el disparate perpetuo en que vivimos. Y déjenme contarles la penúltima. A él lo llamaremos Manolo, y a la embarcación Manolita II. Manolo es patrón y propietario del pesquero Manolita I. Se dedica, con sus marineros, a una pesca que se hace con redes; y para ayudarse a calar y recoger éstas lleva a remolque desde hace treinta años el Manolita II: pequeño bote auxiliar, de madera y remos, de sólo cuatro metros de eslora, que valdrá hoy unos trescientos euros. Nunca tuvo problemas hasta que una patrullera de la Benemérita le dijo hola, buenos días, y en aplicación del reglamento vigente lo informó de que el Manolita II tenía que estar registrado, llevar matrícula, bandera y demás parafernalia náutica. Manolo dijo a los guardias que él sólo usaba ese bote un par de meses al año, y que el resto lo tenía en seco, en tierra. Pero respondieron que aun así. Que lo sentían mucho, pero que era la norma y ellos eran unos mandados. Punto.

Manolo decidió hacer bien las cosas bien, y empezó los trámites: capitanía marítima, papeleo. En cada peldaño del calvario, claro, pagando. Tasa tal, certificado cual. Hasta que, en mitad del proceso, el funcionario correspondiente informa a Manolo que, según la normativa A, párrafo B, para obtener el certificado de navegación del Manolita II debe presentar un proyecto de embarcación hecho por un ingeniero naval y visado por el Colegio Oficial, donde figuren datos técnicos como cálculo del junquillo y otras informaciones vitales. A Manolo se le funden los plomos. Oiga, balbucea. Yo sólo quiero legalizar un bote de remos de cuatro metros que remolco hace treinta años. Ya, responden. Pero según la normativa con fecha tantos de tantos, si no figuran los datos del junquillo, no hay manera. ¿Y qué es el junquillo?, pregunta Manolo. Etcétera. Al fin, gracias a la buena voluntad de otro funcionario que le confía por lo bajini que el primer funcionario es un borde que no tiene ni zorra idea, Manolo consigue pasar el trámite, paga nuevas tasas y obtiene el certificado del Colegio Naval. Victoria.

Victoria un carajo, comprueba acto seguido. Pues cuando acude a la ventanilla con su certificado, responden que ahora tiene que obtener el de Seguridad, y que además tiene que colocar un puntal con las luces de navegación obligatorias. ¿En un bote de cuatro metros?, alucina Manolo. Afirmativo, confirman. Además, debe llevar a bordo bengalas y chalecos salvavidas inflables y sin inflar. Manolo objeta que todo eso lo tiene a bordo del pesquero grande, y que cuando bajan al bote llevan los chalecos salvavidas puestos. Da igual, responden. El Manolita II debe llevar sus propios chalecos, revisados cada año pagando las tasas correspondientes. Pero en cuatro metros de bote no cabe todo eso, se desespera Manolo. A lo que los funcionarios responden encogiéndose de hombros. Ya, dicen. Pero es la normativa. Artículo Tal, párrafo Cual. ¿Y quién ha hecho esa normativa?, pregunta la víctima. Y responden: ah, no sé. Uno de la consejería, o de Madrid.

Manolo lo compra todo. El puntal, las luces, los chalecos. Todo. Pero siguen sin darle el permiso, informándolo por capítulos. Falta la revisión de Sanidad y el pago de esas tasas, se entera ahora. Y un día, en el lugar donde está varado en tierra el bote, se presentan dos inspectores con mono blanco, botas asépticas y casco de seguridad. ¿Dónde está el buque Manolita II?, preguntan. Cuando se repone de la impresión, Manolo indica el bote. Lo miran, se miran entre ellos y le dicen a Manolo que falta a bordo el botiquín con la lista Alfa, o algo así. Y se van. Manolo acude a una tienda náutica, compra el botiquín -que está vacío y cuesta 100 euros- y luego lleva la lista Alfa a una farmacia. No puedo darle esos productos, dice el farmacéutico, porque para la mitad necesita receta. No joda, dice Manolo. Sí jodo, dice el otro. Etcétera. Etcétera. Y una docena de etcéteras más.

Ha pasado un año. Hoy, tras perder meses de ventanilla en ventanilla y gastarse 5895 euros en legalizar un bote que vale 300, Manolo por fin puede llevar otra vez a remolque el Manolita II. Aunque, como es imposible cargar tanto equipo a bordo, pues en cuatro metros de eslora eso impediría hasta remar, lo deja todo en tierra. De manera que cuando la Guardia Civil lo pare otra vez, lo van a crujir. Pero eso sí: gracias a la normativa Omega barra Siete, o como se llame -ideada por algún imbécil que no ha visto el mar en su vida-, el Manolita II tiene, por fin, pintado un número de registro oficial. Y en la popa, según expresa textualmente nuestra legislación náutica, ya puede llevar la bandera española «con los privilegios que ello confiere».  "  

Arturo Pérez-Reverte, Patente de corso XLSemanal - 04/8/2014

Las pequeñas cosas de la vida




"Alexander cortó dos trozos de tostada en diagonal y colocó los triángulos en un plato con dibujos geométricos. Buscó una servilleta de papel y una bandeja pequeña. Vertió el té en una taza de porcelana con un platillo a juego.
-Es un poco exagerado para una taza de té y una tostada, ¿no?
-Hay que cuidar de las pequeñas cosas de la vida, señora Brown-Bird. No hay nada que podamos hacer con respecto a las grandes."

Sue Townsend, La mujer que vivió un año en la cama.


domingo, 21 de septiembre de 2014

Respira esta insignificancia que nos rodea




"La insignificancia, amigo mío, es la esencia de la existencia. Está con nosotros en todas partes y en todo momento. Está presente incluso cuando no se la quiere ver: en el horror, en las luchas sangrientas, en las peores desgracias. Se necesita con frecuencia mucho valor para reconocerla en condicione tan drámaticas y para llamarla por su nombre. Pero no se trata tan sólo de reconocerla, hay que amar la insignificancia, hay que aprender a amarla. Aquí en este parque, ante nosotros, mira, amigo mío, está presente con toda su evidencia, toda su inocencia, toda su belleza. Sí, su belleza. Como has dicho tú  mismo, la animación es perfecta, y totalmente inútil, los niños ríen, sin saber por qué, ¿ acaso no es hermoso? Respira, D'Ardelo amigo mío, respira esta insignificancia que nos rodea, es la clave de la sabiduría, es la clave del buen humor."

Milan Kundera, La fiesta de la insignificancia.

jueves, 4 de septiembre de 2014

Almost like the blues



I saw some people starving
There was murder, there was rape
Their villages were burning
They were trying to escape
I couldn’t meet their glances
I was staring at my shoes
It was acid, it was tragic
It was almost like the blues

I have to die a little
Between each murderous thought
And when I’m finished thinking
I have to die a lot
There’s torture and there’s killing
There’s all my bad reviews
The war, the children missing
Lord, it’s almost like the blues

I let my heart get frozen
To keep away the rot
My father said I’m chosen
My mother said I’m not
I listened to their story
Of the Gypsies and the Jews
It was good, it wasn’t boring
It was almost like the blues

There is no G-d in heaven
And there is no Hell below
So says the great professor
Of all there is to know
But I’ve had the invitation
That a sinner can’t refuse
And it’s almost like salvation
It’s almost like the blues

Leonard Cohen



jueves, 21 de agosto de 2014

Anarchy in the UK




martes, 19 de agosto de 2014

How Artisan Bakers at O Afonso make Pastel de Tentúgal




How Artisan Bakers at O Afonso make Pastel de Tentúgal from James Martin on Vimeo.
>James Martin on Vimeo.

miércoles, 6 de agosto de 2014

Hi there. I´m the king




El mundo de tío Benny




"En la tarde del segundo día, tío Benny entró en nuestro patio y se quedó sentado un momento en el coche, sin mirarnos. Luego se bajó despacio y caminó con paso digno y cansino hacia la casa. No traía a Diane consigo. ¿Habíamos esperado que se la llevara?
Estábamos en la losa de cemento frente a la puerta de la cocina. Mi madre sentada en su tumbona de lona, que le evocaba jardines urbanos y tranquilidad, y mi padre en una silla de respaldo recto de la cocina. Solo había unos pocos insectos en esa época del año. Contemplábamos la puesta de sol. A veces mi madre nos reunía a todos para ver la puesta de sol, como si fuera algo que había colocado ella allí, y eso lo estropeaba un poco —no mucho después me negaría a hacerlo—, pero así y todo no había mejor lugar en el mundo para contemplar la puesta de sol que el final de Flats Road. Así lo decía mi madre.
Mi padre había colocado la puerta mosquitera ese día. Owen, desobediente, se columpiaba en ella para oír el familiar chasquido del muelle al expandirse y contraerse de golpe. Le decían que no lo hiciera, que parara, pero con mucho sigilo, a espaldas de mis padres, empezaba de nuevo.
A tío Benny lo envolvía una melancolía tan profunda que ni siquiera mi madre se
atrevió a interrogarlo directamente. Mi padre me dijo en voz baja que fuera a buscar una silla de la cocina.
—Benny, siéntate. Debes de estar agotado del viaje. ¿Qué tal te ha ido el coche?
—Ha ido bien.
Se sentó. No se quitó el sombrero. Se quedó rígido, como si estuviera en un lugar desconocido donde no esperaba ni deseaba que lo recibieran bien. Al final mi madre se dirigió a él con alegría y despreocupación forzadas.
—Bueno. ¿Viven en una casa o en un apartamento?
—No lo sé —respondió tío Benny con severidad. Al cabo de un rato, añadió—: No la encontré.
—¿No encontraste la casa donde viven?
Él hizo un gesto de negación.
—Entonces, ¿no las has visto?
—No.
—¿Perdiste la dirección?
—No. La tenía escrita en un papel. Aquí lo tengo. —De la billetera del bolsillo sacó un papel y nos lo enseñó, luego leyó en alto—: «1.249 Ridlet Street». —Lo dobló y volvió a guardarlo. Todos sus movimientos parecían ralentizados, ceremoniosos, pesarosos—. No la encontré. No logré encontrar la casa.
—Pero ¿compraste un mapa de la ciudad? ¿Recuerdas que dijimos que irías a una estación de servicio y pedirías un mapa de la ciudad de Toronto?
—Eso hice —dijo tío Benny con una especie de afligido júbilo—. Fui a una estación de servicio y pedí uno, pero me dijeron que no vendían mapas. Tenían mapas pero solo del condado.
—Tú ya tenías un mapa del condado.
—Eso les dije. Les dije que quería un mapa de la ciudad de Toronto. Me dijeron que no tenían.
—¿Probaste en otra estación de servicio?
—Si no tenían en esa, imaginé que no habría en ninguna.
—Podrías haberlo comprado en una tienda.
—No sabía a qué clase de tienda ir.
—¡Una papelería! ¡Unos grandes almacenes! Podrías haber preguntado en la estación de servicio dónde podías comprar uno.
—Me imaginé que en lugar de recorrer toda la ciudad, tratando de comprar un mapa, era mejor que preguntara a la gente cómo llegar allí, ya que tenía la dirección.
—Es muy arriesgado preguntar a la gente.
—Ni que lo digas —respondió tío Benny.
Cuando se vio con ánimos empezó a contar lo ocurrido.
—Primero pregunté a un tipo que me dijo que, cruzado un puente, llegaría a un semáforo rojo donde se suponía que tenía que torcer a la izquierda; pero cuando llegué allí no supe qué hacer. No sabía si torcer a la izquierda con el semáforo rojo o esperar a que se pusiera verde para hacerlo.
—Tuerces a la izquierda con el semáforo verde —gritó mi madre, desesperada—. Si tuerces a la izquierda con el semáforo rojo te topas con todos los coches que están cruzando delante de ti.
—Sí, lo sé, pero si tuerces a la izquierda con el semáforo verde te topas con los coches que vienen en dirección contraria.
—Pues esperas a que haya una brecha.
—Pero entonces te puedes pasar todo el día esperando, porque nadie te deja pasar. De modo que me bloqueé, no sabía qué tenía que hacer, y me quedé allí sentado tratando de averiguarlo. Todos los coches que tenía detrás empezaron a tocar la bocina, y pensé, bueno, torceré a la derecha, eso sí que puedo hacerlo sin problema, y luego daré media vuelta y regresaré por donde he venido. Entonces estaré yendo en la dirección correcta. Pero no vi ningún lugar donde dar la vuelta y continué, continué sin parar. Luego me metí por una calle que llegaba a un cruce y seguí conduciendo hasta que pensé: Bueno, estoy completamente desorientado, así que voy a preguntar a alguien más. Y paré a una mujer que paseaba un perro con correa, pero me dijo que nunca había oído hablar de Ridlet Street. Dijo que llevaba veintidós años viviendo en Toronto y nunca había oído el nombre de esa calle. Llamó a un chico que pasaba en bicicleta y a él sí que le sonaba; me dijo que estaba justo en el otro extremo de la ciudad, y que por ese camino estaba saliendo de ella. Pero me pareció que sería más fácil rodear toda la ciudad que cruzarla, aunque llevara más tiempo, de modo que seguí y seguí, describiendo lo que me pareció una especie de círculo, y entonces vi que empezaba a oscurecer y pensé: Bueno, será mejor que me dé prisa, he de dar con esa casa antes de que oscurezca porque no me gustará ni un pelo conducir de noche…
Acabó durmiendo en el coche, después de abandonar la carretera y aparcar en el solar de una fábrica. Se había perdido entre fábricas, carreteras sin salida, almacenes, desguaces y vías de tren. Nos describió cada giro que había dado y a todas las personas que había pedido indicaciones; reprodujo lo que había dicho cada una y lo que había pensado entonces, las alternativas que había considerado, por qué en cada caso había decidido lo que había decidido. Se acordaba de todo. Había grabado en su mente un mapa del viaje. Y mientras hablaba de un paisaje diferente —coches, vallas publicitarias, edificios industriales, carreteras, verjas cerradas y alambradas altas, vías de tren, altos terraplenes de bloques de hormigón, cobertizos de chapa de zinc, cajas de cartón y un montón de desechos atascados o simplemente flotando—, todo parecía surgir a nuestro alrededor gracias a su voz monótona, que recordaba meticulosamente todo, y podíamos
verlo, podíamos ver cómo era estar allí perdido, cómo era no encontrar algo o seguir buscando.
No obstante, mi madre protestó:
—¡Pero así son las ciudades! ¡Por eso hace falta un mapa!
—Y esta mañana me he despertado —dijo tío Benny como si no la hubiera oído— y me ha parecido que lo mejor que podía hacer era largarme de allí como pudiera.
Mi padre suspiró y asintió. Era cierto.
Así, paralelo a nuestro mundo, estaba el mundo de tío Benny, como un perturbador reflejo distorsionado, que era lo mismo pero sin serlo del todo. En ese mundo la gente podía hundirse en arenas movedizas, ser derrotada por fantasmas o por horribles y vulgares ciudades; la suerte y la maldad eran colosales e impredecibles; nada era merecido, todo podía suceder; las derrotas eran recibidas con demencial satisfacción. Era su gran logro sin él saberlo, hacérnoslo ver.
Owen se columpiaba en la puerta mosquitera, cantando en un tono cauteloso y despectivo, como solía hacer cuando se mantenían conversaciones largas:
Tierra de esperanza y gloria,
madre de los que son libres,
cómo podremos alzarte
nosotros que hemos nacido de ti.
Esa canción se la había enseñado yo; aquel año cantábamos esa clase de himnos todos los días en el colegio, para ayudar a salvar Gran Bretaña de Hitler. Mi madre decía que era «patriótica» pero yo no la creía.
Mi madre se quedó sentada en su silla de lona y mi padre en una de madera; no se miraron. Pero estaban conectados, y esa conexión era clara como el agua, y existía entre nosotros y tío Benny, entre nosotros y Flats Road, y seguiría existiendo entre nosotros y cualquier cosa. Eso mismo pasaba a veces en invierno, cuando repartían dos manos de cartas y se sentaban a la mesa de la cocina a jugar mientras esperaban las noticias de las diez, después de mandarnos a la cama al piso de arriba. Y el piso de arriba parecía estar a millas por encima de ellos, oscuro y lleno del ruido del viento. Allá arriba descubrías lo que nunca recordabas abajo en la cocina: que estábamos en una casa tan pequeña y cerrada como un barco en alta mar, en medio de los aullidos de un temporal. Parecían hablar y
jugar a cartas, en un pequeño punto de luz muy lejano, de forma irrelevante; sin embargo esa idea de ellos, prosaica como un hipo, familiar como el aliento, era lo que me sostenía, lo que me hacía señas desde el fondo del pozo cuando me quedaba dormida.
Tío Benny no volvió a tener noticias de Madeleine o, si las tuvo, no nos las mencionó. Cuando le tomaban el pelo o le preguntaban por ella, parecía recordarla sin pesar, y con cierto desdén por tratarse de algo o de alguien de quien se había desembarazado hacía mucho, como las tortugas.
Al cabo de un tiempo todos nos reíamos al recordar a Madeleine bajando la carretera con su chaqueta roja, las piernas como tijeras, lanzando insultos por encima del hombro a tío Benny que la seguía con su hija. Nos reíamos al pensar en el alboroto que armaba, y en lo que le había hecho a Irene Pollox y a Charlie Buckle. Tío Benny podría haberse inventado las palizas, dijo por fin mi madre, y eso la tranquilizó; ¿cómo iba uno a creerle? La misma Madeleine podría haber sido una invención suya. La recordábamos como una anécdota, y sin nada más que ofrecer le dimos nuestra extraña, tardía y cruel aprobación.
«¡Madeleine! ¡Esa loca!»"

Alice Munro, La vida de las mujeres.

Si no hubiera sido necesario ir a bailes




"El viernes por la noche echamos a andar por la carretera con nuestros vestidos de vuelo con estampado de flores. Yo había hecho un esfuerzo; me había lavado, depilado, puesto desodorante y arreglado el pelo. Llevaba un vestido de crinolina tosca que me rascaba los muslos, y un sujetador largo que en teoría tenía que comprirmirme la cintura pero que en realidad creaba un pliegue a la altura del estómago que tenía que aplastar con un cinturón de plástico. Me había ajustado el cinturón a veinticinco pulgadas y estaba sudando. Me había embadurnado la cara y el cuelo con maquillaje base como si fuera pintura, y tenía la boca tan roa y tan gruesa de carmín como una flor glaseada para decorar un pastel. Iba con sandalias y se me metía la grava de la carretera. Naomi llevaba zapatos de tacón. Era junio: el aire, cálido y suave, se estremecía zumbante de insectos, el cielo era como una piel de melocotón detrás de los pinos negros, y el mundo habría sido un lugar bastante placentero si no hubiera sido necesario ir a bailes."

Alice Munro, La vida de las mujeres.

domingo, 13 de julio de 2014

Polish wisdom





Solo una excentricidad






"La guerra continuaba. Los granjeros por fin habían empezado a ganar dinero con los cerdos, la remolacha azucarera y el maíz. Seguramente no tenían ninguna intención de gastarlo en enciclopedias. Pensaban más bien en neveras y automóviles. Pero esos bienes no eran fáciles de obtener, y entretanto ahí estaba mi madre, arrastrando animosamente la caja de libros, arreglándoselas para entrar en sus cocinas, en sus salones fríos con olor fúnebre, abriendo fuego con prudencia pero con optimismo en nombre del saber, un bien hostil del que casi todos los adultos están de acuerdo en que hay que prescindir. Pero nadie podía negar que era bueno para los niños. Mi madre contaba con ello.

Y si la felicidad de este mundo está en creer en lo que vendes, entonces mi madre era feliz. El saber no era para ella algo hostil, sino acogedor y entrañable. Un gran consuelo, aun en esa fase de su vida, era saber localizar el mar de Célebes y el palacio Pitti, ordenar cronológicamente las esposas de Enrique VIII y aprender algo sobre el sistema social de las hormigas, los métodos utilizados por los aztecas en sus matanzas sacrificiales o la red de instalaciones sanitarias de Cnossos. Se embalaba al hablar de esos temas y no podía parar; se los contaba a cualquiera.

-Tu madre sabe un montón de cosas -decían tía Elspeth y tía Grace con tono despreocupado, sin envidia. Y yo veía que para ciertas personas, tal vez para la mayoría, el saber era solo una excentricidad; resaltada como las verrugas."

Alice Munro, La vida de las mujeres.

martes, 8 de julio de 2014

The Secrets of Food Marketing



lunes, 7 de julio de 2014

Hasta cuándo




"Aquellos que al tomar el tren, desaparecieron en la transparencia de la tarde, 
¿Hasta cuándo conservaron la ilusión de que podrían quedarse?"

Bernardo Atxaga, 37 preguntas a mi único contacto al otro lado de la frontera.


Esploradore nekatu batek







Esploradore nekatu batek zer ikus lezake
tristeziaren metro kuadratu baten mugetan,
limoiondoz inguraturiko kaminoak ezpadira;
zer ikus lezake ardo usaineko muinoak eta
eskifaia eroek gidatu untzi gorriak salbu

Ikus lezazke apika kristalezko irla batzuk,
urre edo zilarrezko ziutate bat goizaldean;
suge erraldoiak, tigreak eta, ikus lezazke
bale urdinak ozeano epel batean murgiltzen;
ikus lezazke bi emakume soineko laranjatsuz
eguzkiak sututako horma baten ondoan eserita;

Ikus lezazke egun berreskura-ezin guzti horiek
txori imajinarioen saldoak lez pa(u)satzen

Bernardo Atxaga.
Poemas & híbridos

Un explorador cansado

Qué otra cosa podría ver un explorador cansado
dentro de los límites de un metro cuadrado de tristeza,
sino Caminos que los limoneros acompañan, sino Colinas
y ondulados Campos donde el vino ya se presiente;

Qué podría ver sino Islas de Cristal, Ciudades
plateadas, áureas, Amaneceres, Barcos Rojos
que tripulaciones enloquecidas llevan sin rumbo;

Serpientes gigantescas, tigres, podría ver también
ballenas blancas sumergiéndose en un océano cálido;
Podría ver dos mujeres de vestidos anaranjados
sentadas junto a una pared incendiada por el sol;

Podría ver todos esos días irrecuperables
posándose como una bandada de pájaros imaginarios*


Ainhoa se pasea




Nadie representaría este sol sábado tarde
como un tigre con la boca llena de fuego, 
ni como una bombilla grande, ni siquiera
los párvulos de la escuela, tan pequeños.

Este sábado el sol es una bolsa, por la tarde,
con muchas campanillas y caramelos dentro;
sus rayos bisbean en el cielo, al girar, 
como los radios de una bicicleta nueva.

Y las chimeneas de las fábricas duermen, 
la gente charla de fútbol, la ropa blanca 
flota en los tendederos de las ventanas; 

(Y Ainhoa se pasea por estas dulces calles
con un vestido de vainilla y fresa)

Bernardo Atxaga, Poemas & híbridos.


viernes, 4 de julio de 2014

Corazones de papel




"Corazones de papel, que son los que me importan."

Juana Bignozzi


Entonces no queda otro remedio que tomar partido





"Sostiene Pereira que esas pequeñas costumbres ayudan a vivir, la lectura del periódico, el no aspirar a mucho, sus necrológicas, y esos placeres que se concede para salvar tanta rutina, los versos de Lorca y su tortilla a las finas hierbas. Pero sostiene Pereira que a veces es la vida la que le sale a uno al paso y entonces no queda otro remedio que tomar partido."

Antonio Tabucchi, Sostiene Pereira

martes, 17 de junio de 2014

My year of living biblically



sábado, 31 de mayo de 2014

Es por eso que es un pecado matar a un ruiseñor





" Atticus Finch no hacía nada que pudiera despertar la admiración de nadie: no cazaba, no jugaba al póker, no pescaba, no bebía, no fumaba... Se sentaba y leía.
(...)
Cuando nos dio nuestros rifles de aire, Atticus no nos enseño a disparar. Fue el tío Jack quien nos instruyó en sus principios, dijo que Atticus no estaba interesado en armas. Atticus le dijo a Jem un día,
-Prefiero que disparen a las latas vacías en el patio trasero, pero se que ustedes van tras los pájaros. Dispara a todos los pájaros azules que quieras, si es que les puedes acertar, pero recuerda que es un pecado matar un ruiseñor-.
Ese fue el único momento que escuché a Atticus decir que era un pecado hacer algo, y le pregunté a la señorita Maudie al respecto. -Tu padre tiene razón-, me dijo ella. Los ruiseñores no hacen otra cosa que crear música para que la disfrutemos. No se comen los jardines de la gente, no hacen nidos en los graneros, no hacen otra cosa que cantar su corazón para nosotros. Es por eso que es un pecado matar a un ruiseñor."

Harper Lee, Matar un ruiseñor 

For the wrong things




You Are Tired (I Think)




You are tired,
(I think)
Of the always puzzle of living and doing;
And so am I.

Come with me, then,
And we'll leave it far and far away—
(Only you and I, understand!)

You have played,
(I think)
And broke the toys you were fondest of,
And are a little tired now;
Tired of things that break, and—
Just tired.
So am I.

But I come with a dream in my eyes tonight,
And knock with a rose at the hopeless gate of your heart—
Open to me!
For I will show you the places Nobody knows,
And, if you like,
The perfect places of Sleep.

Ah, come with me!
I'll blow you that wonderful bubble, the moon,
That floats forever and a day;
I'll sing you the jacinth song
Of the probable stars;
I will attempt the unstartled steppes of dream,
Until I find the Only Flower,
Which shall keep (I think) your little heart
While the moon comes out of the sea.

E.E. Cummings


sábado, 12 de abril de 2014

El uncommon sense





"(...) Nada es estable, nada tiene valor ni medida en esta época: las estrellas de la fe ya no brillan sobre las cabezas y la ley hace tiempo que no habita los corazones. Desarraigados de una gran tradición, los hombres de Dostoyevski son auténticos rusos, hombres de transición que llevan dentro el caos del origen en el pecho y van cargados de inhibiciones e incertidumbres. Siempre temerosos e intimidados, siempre se sienten humillados y ofendidos, y todo por el mismo sentimiento atávico de una nación: el de no saber quiénes son. El do no saber si son mucho o poco. Eternamente basculando entre el orgullo y la contrición, la autoestima y el desprecio de sí mismos; eternamente mirando a los de su alrededor, y todos consumidos por el temor delirante de hacer el ridículo. Constantemente avergonzados, ora de un cuello de piel gastado, ora de toda su nación, pero siempre lo están, siempre están inquietos, desconcertados. Sus sentimientos, avasalladores, no tienen freno ni guía, carecen de medida y de ley, les falta el apoyo de una tradición, la muleta de una visión del mundo heredada. Todos andan desmedidos y perplejos por un mundo desconocido. Ninguna pregunta suya encuentra respuesta, ningún camino les el allanado. Todos son hombres de transición, hombres del comienzo. Todos son un Cortés: a sus espaldas, las naves quemadas: adelante, lo desconocido.

Pero es maravilloso que, aun siendo hombres de un comienzo, en cada uno de ellos el mundo empiece de nuevo; que todas las preguntas que en nosotros han quedado convertidas en conceptos, fríos y rígidos, a ellos le sigan quemando la sangre; es maravilloso que no conozcan nuestros cómodos y trillados caminos con sus balaustradas morales y sus postes indicadores éticos: siempre y en todas partes se adentran en la maleza hacia la inmensidad y el infinito. No hay campanarios de certeza ni puentes de seguridad: todo es sacrosanto mundo primitivo. Cada individuo cree, como la Rusia de Trotski y Lenin, que debe reconstruir todo el orden mundial, y el mérito extraordinario del hombre ruso para Europa, incrustado en su cultura, es el de una curiosidad insaciable que sigue planteando todas las preguntas de la vida a la infinitud. Es maravilloso que allí donde nos mostramos negligentes en nuestra formación, otros todavía se inflamen. Cada personaje de Dostoyevski revisa de nuevo todos los problemas, con manos ensangrentadas remueve los mojones del Bien y del Mal, reconvierte su caos en mundo. Cada uno de ellos es siervo y precursor del nuevo Cristo, mártir y heraldo del Tercer Reino. En ellos perdura el caos del principio, pero también la aurora del primer día, el que creó la luz en la Tierra, y ya vislumbre del sexto,  el que crea al nuevo hombre. Los héroes de Dostoyevski construyen el camino de un mundo nuevo. La novela de Dostoyevski es el mito del hombre nuevo y de su nacimiento del seno del alma rusa.
Pero un mito, sobre todo un mito nacional, pide fe. No pretendamos, pues, comprender a estos hombres a través del cristal de la razón. Sólo el sentimiento, lo único que hermana, es capaz de comprerderlos. Para el common sense de un inglés o de un norteamericano los cuatro Karamázov son cuatro locos y todo el mundo trágico de Dostoyevski es un manicomio. Pues lo que siempre fue y siempre será alfa y omega para las simples y sanas naturalezas terrenales, a saber: ser feliz, a ellos les parece la cosa más indiferente del mundo. Abrid los cincuenta mil libros que Europa produce todos los años. ¿De qué tratan? De cómo ser feliz. Una mujer quiere a un hombre, o alguien quiere ser rico, poderoso y respetado. En Dickens al final de todos los anhelos se halla la idílica casita en el campo llena de alegres niños. En Balzac, el castillo, el título de par y los millones. Y si miramos a nuestro alrededor, en la calle, en los tenduchos, en los cuchitriles y en las salas iluminadas, ¿qué quiere la gente? Vivir contenta, ser feliz, rica y poderosa. ¿Qué personaje de Dostoyevski quiere esto? Ninguno. Ni uno solo. No quieren detenerse en ninguna parte: ni siquiera en la felicidad. Todso quieren proseguir, todos tienen ese "corazón superior" que se atormenta. Y esos extravagantes desprecian más que desean ser ricos. No quieren nada de lo que desea nuestra humanidad entera. Poseen el uncommon sense. No quieren nada de este mundo."

Stefan Zweig, Tres maestros.

Como si fuera de la más imperiosa necesidad




"Para los  que tienen una forma de ser racional, la moda es algo casi imposible de comprender. A lo largo de muchos periodos de la historia -tal vez de su  mayoría-, la sensación dominante es que el fin de la moda no ha sido otro que lucir un aspecto de lo más ridículo. Y si a ello se le suma sentirse lo más incómodo posible, mucho mejor.
Vestirse de manera poco práctica es como querer demostrarle al mundo que no tienes necesidad alguna de realizar trabajos físicos. A lo largo de la historia, y en muchísimas culturas, esta característica ha superado en importancia a la comodidad. En el siglo XVI, por tomar un ejemplo, se puso de moda el almidón. Y el resultado de su aplicación fueron esas majestuosas gorgueras escaroladas conocidas como lechuguillas. Las lechuguillas de mayor tamaño imposibilitaban prácticamente la deglución y obligaban al comensal a utilizar unas cucharas con un mango de longitud especial para llevarse la comida a la boca. Pero pese al famoso utensilio, a buen seguro muchos sufrirían turbadores accidentes y se quedarían con hambre a la hora de las comidas.
Incluso las cosas más sencillas podían llevar implícita una espléndida absurdidad. Cuando aparecieron los botones, hacia 650, fue como si la gente no fuera a hartarse nunca de ellos, pues los aplicaban en decorativa profusión en espaldas, cuellos y mangas de chaquetas, donde en realidad no cumplían función alguna. Una reliquia de aquella costumbre es esa breve fila de botones inútiles que siguen colocándose en la parte inferior de las mangas de las chaquetas, cerca del puño. Siempre han sido puramente decorativos y nunca han servido para nada, y a pesar de los trescientos cincuenta años transcurridos, seguimos cosiéndolos allí como si fuera de la más imperiosa necesidad."

Bill Bryson, En casa. Una breve historia de la vida privada.


lunes, 31 de marzo de 2014

Heart of Gold



You keep me searching
for a heart of gold
And I'm growing old.
I've been a miner
for a heart of gold.


martes, 25 de marzo de 2014

My Mistress' Eyes are Nothing like the Sun





My mistress' eyes are nothing like the sun;
Coral is far more red than her lips' red;
If snow be white, why then her breasts are dun;
If hairs be wires, black wires grow on her head.
I have seen roses damasked, red and white,
But no such roses see I in her cheeks;
And in some perfumes is there more delight
Than in the breath that from my mistress reeks.
I love to hear her speak, yet well I know
That music hath a far more pleasing sound;
I grant I never saw a goddess go;
My mistress, when she walks, treads on the ground.
   And yet, by heaven, I think my love as rare
   As any she belied with false compare.

William Shakespeare , Sonnet 130.

Music and life



The secret life of Walter Mitty





“We’re going through!” The Commander’s voice was like thin ice breaking. He wore his full-dress uniform, with the heavily braided white cap pulled down rakishly over one cold gray eye. “We can’t make it, sir. It’s spoiling for a hurricane, if you ask me.” “I’m not asking you, Lieutenant Berg,” said the Commander. “Throw on the power lights! Rev her up to 8,500! We’re going through!” The pounding of the cylinders increased: ta-pocketa-pocketa-pocketa-pocketa-pocketa. The Commander stared at the ice forming on the pilot window. He walked over and twisted a row of complicated dials. “Switch on No. 8 auxiliary!” he shouted. “Switch on No. 8 auxiliary!” repeated Lieutenant Berg. “Full strength in No. 3 turret!” shouted the Commander. “Full strength in No. 3 turret!” The crew, bending to their various tasks in the huge, hurtling eight-engined Navy hydroplane, looked at each other and grinned. “The Old Man’ll get us through,” they said to one another. “The Old Man ain’t afraid of Hell!” . . .

“Not so fast! You’re driving too fast!” said Mrs. Mitty. “What are you driving so fast for?”

“Hmm?” said Walter Mitty. He looked at his wife, in the seat beside him, with shocked astonishment. She seemed grossly unfamiliar, like a strange woman who had yelled at him in a crowd. “You were up to fifty-five,” she said. “You know I don’t like to go more than forty. You were up to fifty-five.” Walter Mitty drove on toward Waterbury in silence, the roaring of the SN202 through the worst storm in twenty years of Navy flying fading in the remote, intimate airways of his mind. “You’re tensed up again,” said Mrs. Mitty. “It’s one of your days. I wish you’d let Dr. Renshaw look you over.”

Walter Mitty stopped the car in front of the building where his wife went to have her hair done. “Remember to get those overshoes while I’m having my hair done,” she said. “I don’t need overshoes,” said Mitty. She put her mirror back into her bag. “We’ve been all through that,” she said, getting out of the car. “You’re not a young man any longer.” He raced the engine a little. “Why don’t you wear your gloves? Have you lost your gloves?” Walter Mitty reached in a pocket and brought out the gloves. He put them on, but after she had turned and gone into the building and he had driven on to a red light, he took them off again. “Pick it up, brother!” snapped a cop as the light changed, and Mitty hastily pulled on his gloves and lurched ahead. He drove around the streets aimlessly for a time, and then he drove past the hospital on his way to the parking lot.

. . . “It’s the millionaire banker, Wellington McMillan,” said the pretty nurse. “Yes?” said Walter Mitty, removing his gloves slowly. “Who has the case?” “Dr. Renshaw and Dr. Benbow, but there are two specialists here, Dr. Remington from New York and Dr. Pritchard-Mitford from London. He flew over.” A door opened down a long, cool corridor and Dr. Renshaw came out. He looked distraught and haggard. “Hello, Mitty,” he said. “We’re having the devil’s own time with McMillan, the millionaire banker and close personal friend of Roosevelt. Obstreosis of the ductal tract. Tertiary. Wish you’d take a look at him.” “Glad to,” said Mitty.

In the operating room there were whispered introductions: “Dr. Remington, Dr. Mitty. Dr. Pritchard-Mitford, Dr. Mitty.” “I’ve read your book on streptothricosis,” said Pritchard-Mitford, shaking hands. “A brilliant performance, sir.” “Thank you,” said Walter Mitty. “Didn’t know you were in the States, Mitty,” grumbled Remington. “Coals to Newcastle, bringing Mitford and me up here for a tertiary.” “You are very kind,” said Mitty. A huge, complicated machine, connected to the operating table, with many tubes and wires, began at this moment to go pocketa-pocketa-pocketa. “The new anaesthetizer is giving way!” shouted an interne. “There is no one in the East who knows how to fix it!” “Quiet, man!” said Mitty, in a low, cool voice. He sprang to the machine, which was now going pocketa-pocketa-queep-pocketa-queep. He began fingering delicately a row of glistening dials. “Give me a fountain pen!” he snapped. Someone handed him a fountain pen. He pulled a faulty piston out of the machine and inserted the pen in its place. “That will hold for ten minutes,” he said. “Get on with the operation.” A nurse hurried over and whispered to Renshaw, and Mitty saw the man turn pale. “Coreopsis has set in,” said Renshaw nervously. “If you would take over, Mitty?” Mitty looked at him and at the craven figure of Benbow, who drank, and at the grave, uncertain faces of the two great specialists. “If you wish,” he said. They slipped a white gown on him; he adjusted a mask and drew on thin gloves; nurses handed him shining . . .

“Back it up, Mac! Look out for that Buick!” Walter Mitty jammed on the brakes. “Wrong lane, Mac,” said the parking-lot attendant, looking at Mitty closely. “Gee. Yeh,” muttered Mitty. He began cautiously to back out of the lane marked “Exit Only.” “Leave her sit there,” said the attendant. “I’ll put her away.” Mitty got out of the car. “Hey, better leave the key.” “Oh,” said Mitty, handing the man the ignition key. The attendant vaulted into the car, backed it up with insolent skill, and put it where it belonged.

They’re so damn cocky, thought Walter Mitty, walking along Main Street; they think they know everything. Once he had tried to take his chains off, outside New Milford, and he had got them wound around the axles. A man had had to come out in a wrecking car and unwind them, a young, grinning garageman. Since then Mrs. Mitty always made him drive to a garage to have the chains taken off. The next time, he thought, I’ll wear my right arm in a sling; they won’t grin at me then. I’ll have my right arm in a sling and they’ll see I couldn’t possibly take the chains off myself. He kicked at the slush on the sidewalk. “Overshoes,” he said to himself, and he began looking for a shoe store.

When he came out into the street again, with the overshoes in a box under his arm, Walter Mitty began to wonder what the other thing was his wife had told him to get. She had told him, twice, before they set out from their house for Waterbury. In a way he hated these weekly trips to town-he was always getting something wrong. Kleenex, he thought, Squibb’s, razor blades? No. Toothpaste, toothbrush, bicarbonate, carborundum, initiative and referendum? He gave it up. But she would remember it. “Where’s the what’s-its-name?” she would ask. “Don’t tell me you forgot the what’s-its-name.” A newsboy went by shouting something about the Waterbury trial.

. . . “Perhaps this will refresh your memory.” The District Attorney suddenly thrust a heavy automatic at the quiet figure on the witness stand. “Have you ever seen this before?” Walter Mitty took the gun and examined it expertly. “This is my Webley-Vickers 50.80,” he said calmly. An excited buzz ran around the courtroom. The Judge rapped for order. “You are a crack shot with any sort of firearms, I believe?” said the District Attorney, insinuatingly. “Objection!” shouted Mitty’s attorney. “We have shown that the defendant could not have fired the shot. We have shown that he wore his right arm in a sling on the night of the fourteenth of July.” Walter Mitty raised his hand briefly and the bickering attorneys were stilled. “With any known make of gun,” he said evenly, “I could have killed Gregory Fitzhurst at three hundred feet with my left hand.” Pandemonium broke loose in the courtroom. A woman’s scream rose above the bedlam and suddenly a lovely, dark-haired girl was in Walter Mitty’s arms. The District Attorney struck at her savagely. Without rising from his chair, Mitty let the man have it on the point of the chin. “You miserable cur!” . . .

“Puppy biscuit,” said Walter Mitty. He stopped walking and the buildings of Waterbury rose up out of the misty courtroom and surrounded him again. A woman who was passing laughed. “He said ‘Puppy biscuit,’ ” she said to her companion. “That man said ‘Puppy biscuit’ to himself.” Walter Mitty hurried on. He went into an A. & P., not the first one he came to but a smaller one farther up the street. “I want some biscuit for small, young dogs,” he said to the clerk. “Any special brand, sir?” The greatest pistol shot in the world thought a moment. “It says ‘Puppies Bark for It’ on the box,” said Walter Mitty.

His wife would be through at the hairdresser’s in fifteen minutes, Mitty saw in looking at his watch, unless they had trouble drying it; sometimes they had trouble drying it. She didn’t like to get to the hotel first; she would want him to be there waiting for her as usual. He found a big leather chair in the lobby, facing a window, and he put the overshoes and the puppy biscuit on the floor beside it. He picked up an old copy of Liberty and sank down into the chair. “Can Germany Conquer the World Through the Air?” Walter Mitty looked at the pictures of bombing planes and of ruined streets.

. . . “The cannonading has got the wind up in young Raleigh, sir,” said the sergeant. Captain Mitty looked up at him through touselled hair. “Get him to bed,” he said wearily. “With the others. I’ll fly alone.” “But you can’t, sir,” said the sergeant anxiously. “It takes two men to handle that bomber and the Archies are pounding hell out of the air. Von Richtman’s circus is between here and Saulier.” “Somebody’s got to get that ammunition dump,” said Mitty. “I’m going over. Spot of brandy?” He poured a drink for the sergeant and one for himself. War thundered and whined around the dugout and battered at the door. There was a rending of wood and splinters flew through the room. “A bit of a near thing,” said Captain Mitty carelessly. “The box barrage is closing in,” said the sergeant. “We only live once, Sergeant,” said Mitty, with his faint, fleeting smile. “Or do we?” He poured another brandy and tossed it off. “I never see a man could hold his brandy like you, sir,” said the sergeant. “Begging your pardon, sir.” Captain Mitty stood up and strapped on his huge Webley-Vickers automatic. “It’s forty kilometres through hell, sir,” said the sergeant. Mitty finished one last brandy. “After all,” he said softly, “what isn’t?” The pounding of the cannon increased; there was the rat-tat-tatting of machine guns, and from somewhere came the menacing pocketa-pocketa-pocketa of the new flame-throwers. Walter Mitty walked to the door of the dugout humming “Auprès de Ma Blonde.” He turned and waved to the sergeant. “Cheerio!” he said. . . .

Something struck his shoulder. “I’ve been looking all over this hotel for you,” said Mrs. Mitty. “Why do you have to hide in this old chair? How did you expect me to find you?” “Things close in,” said Walter Mitty vaguely. “What?” Mrs. Mitty said. “Did you get the what’s-its-name? The puppy biscuit? What’s in that box?” “Overshoes,” said Mitty. “Couldn’t you have put them on in the store?” “I was thinking,” said Walter Mitty. “Does it ever occur to you that I am sometimes thinking?” She looked at him. “I’m going to take your temperature when I get you home,” she said.’

They went out through the revolving doors that made a faintly derisive whistling sound when you pushed them. It was two blocks to the parking lot. At the drugstore on the corner she said, “Wait here for me. I forgot something. I won’t be a minute.” She was more than a minute. Walter Mitty lighted a cigarette. It began to rain, rain with sleet in it. He stood up against the wall of the drugstore, smoking. . . . He put his shoulders back and his heels together. “To hell with the handkerchief,” said Walter Mitty scornfully. He took one last drag on his cigarette and snapped it away. Then, with that faint, fleeting smile playing about his lips, he faced the firing squad; erect and motionless, proud and disdainful, Walter Mitty the Undefeated, inscrutable to the last."