lunes, 17 de noviembre de 2014

La pareja ideal





"Ella se enteró por su mejor amiga.

–¡Está aquí! Ha vuelto, tía, de verdad, me lo encontré el domingo en el portal de la casa de mi madre y no me lo podía creer, está igual, tendrías…

–Pero ¿quién?

A él se lo conto su hermano, en la sobremesa de una paella dominguera y familiar.

–Pues la mujer de tu vida lleva un año divorciada, no creas.

–La mujer de mi vida… ¿Cuál?

Los dos habían sido la primera pareja del otro. Cuando se conocieron no habían acabado el bachillerato. Él tenía 15 años, ella 14, y los dos eran muy guapos, cada uno en su estilo, un tanto brusco él, un pelín cursi ella, de tal manera que sus excesos se anulaban entre sí para crear un perfecto equilibrio. Hacían tan buena pareja como si cada uno de los dos hubiera nacido sólo para enamorarse del otro, y desde luego se enamoraron, con ese amor apasionadamente radical, radicalmente ingenuo, ingenuamente apasionado, de los adolescentes.

Cuando traspasaron esa barrera seguían juntos, hasta convencidos de que seguirían estándolo toda su vida, y sin embargo, en el verano de sus 20 años, él se fue de viaje por media Europa con dos amigos, mientras ella pasaba unos días de vacaciones en el chalet que los padres de una de sus amigas tenían en la costa. Y al volver a Madrid, él no la llamó. Y al comprobar que no llamaba, llamó ella. Él sólo se puso en el tercer intento, y quedaron en su bar de siempre, donde sonaba la música de siempre, y los camareros de siempre les pusieron sus copas de siempre en su mesa de siempre. Allí rompieron de una forma más serena que civilizada, porque los dos estaban de acuerdo. Yo es que no estoy segura, dijo ella, tan cursi como de costumbre. Yo no puedo más, añadió él, aportando el adecuado contrapunto de brusquedad.

Aquella noche, sus respectivas madres no pudieron dormir, y a la mañana siguiente, en el desayuno, sus hermanos no hablaron de otra cosa. La noticia se fue extendiendo, y el asombro, la tristeza, la estupefacción de quienes les conocían fueron levantando a su alrededor un cerco tan insoportable –¿pero cómo has hecho eso?, ¿pero tú te has vuelto loca?, ¿pero no te das cuenta de que estáis hechos el uno para el otro?– que los dos tuvieron a la vez la misma idea. Ella se fue a París a terminar la carrera. Él, que la había terminado ya, se largó a Tarifa y montó un chiringuito de surferos. Después regresaron y volvieron a marcharse, se casaron y se separaron, fueron, volvieron, y de vez en cuando él se acordó de ella, ella de él, y ambos pensaban en cómo habría sido su vida si hubieran acatado aquel misterioso mandato del destino, que parecía empeñado en unirles para siempre. Los dos se arrepintieron alguna vez de haberse separado, pero olvidaron igual de deprisa ese arrepentimiento.

Y aquí están. Los amigos, los hermanos, los padres y las madres se han puesto tan pesados que han quedado a tomar una caña en el bar que ocupa ahora el local de aquel otro bar que para ellos era el de siempre. Se reconocen a la primera, sin vacilar, porque ninguno de los dos ha cambiado mucho. Al borde de los 50, él, pelo más bien largo, canoso, perpetua barba de tres días, la piel bronceada y el cuerpo flexible por el ejercicio diario, sigue siendo atractivo. Ella se ha cuidado tanto, ha hecho tanta dieta, tanto ejercicio, que a primera vista parece la misma, aunque ya no es cursi y tiene arrugas de tanto reírse.

Al encontrarse, los dos deciden que su primer amor sigue siendo una persona atractiva. Y al besarse, se emocionan un poco. Por eso los dos sienten a la vez que les están fallando los pies, como si empezaran a balancearse en el borde de un abismo, pero al final todo sale bien.

Cuando empiezan a hablar, resulta que él se ha hecho del Madrid y ella sigue siendo del Atleti. Él no ha tenido hijos, ella tiene dos. Ella pide una cerveza sin alcohol y eso él nunca ha podido entenderlo. Lo que ella no entiende es que él no vaya a votar. ¿Y sigues viviendo aquí, en el barrio? Sí, estoy encantada. Yo no podría. ¿No?, pues a mí no me gusta el campo. ¿En serio? Pues no sabes lo que te pierdes, por cierto, ¿quieres otra? No, me voy a ir ya, que tengo que hacer la comida. Ya, yo también tengo prisa, pero déjame que te invite. No. Sí, Que no, de verdad. Que sí, que me apetece mucho volver a pagarte una caña, aunque sea de mentira…

Entonces ella sonríe. Él también. Se despiden, se besan, y cada uno se va en dirección contraria. Él, incluso, corre un poco. Ella se limita a andar deprisa. Los dos tienen la misma cara de alivio."

Cause and effect




Sometimes I can hear my bones




“Sometimes I can hear my bones straining under the weight of all the lives I’m not living.”

Jonathan Safran Foer, Extremely Loud and Incredibly Close


Navegadores




I had seen nothing sacred



"I was always embarrassed by the words sacred, glorious and sacrifice and the expression in vain. We had heard them, sometimes standing in the rain almost out of earshot, so that only the shouted words came through, and had read them, on proclamations that were slapped up by billposters over other proclamations, now for a long time, and I had seen nothing sacred, and the things that were glorious had no glory and the sacrifices were like the stockyards at Chicago if nothing was done with the meat except to bury it."

Ernest Hemingway, A Farewell to Arms.



The Battle of the Brows





"I ask nothing better than that all reviewers, for ever, and everywhere, should call me a highbrow. I will do my best to oblige them. If they like to add Bloomsbury, W.C.1, that is the correct postal address, and my telephone number is in the Directory. But if your reviewer, or any other reviewer, dares hint that I live in South Kensington, I will sue him for libel. If any human being, man, woman, dog, cat or half-crushed worm dares call me “middlebrow” I will take my pen and stab him, dead.

Yours etc.,"



The wrong direction



When I was a kid the things I did were hidden under the grid
Young and naive I never believed that love could be so well hid
With regret I'm willing to bet and say the older you get
It gets harder to forgive and harder to forget
It gets under your shirt like a dagger at work
The first cut is the deepest but the rest still flipping hurt
You build your heart of plastic
Get cynical and sarcastic
And end up in the corner on your own

Cause I'd love to feel love but I can't stand the rejection
I hide behind my jokes as a form of protection
I thought I was close but under further inspection
It seems I've been running in the wrong direction oh no

So what's the point in getting your hopes up
When all you're ever getting is choked up
When you're coked up
And can't remember the reason why you broke up
You call her in the morning
When you're coming down and falling like an old man on the side of the road
Cause when you're apart you don't want to mingle
When you're together you want to be single
Ever the chase to taste the kiss of bliss
That made your heart tingle
How much greener the grass is
With those rose tinted glasses
But the butterflies they flutter by and leave us on our arses

Cause I'd love to feel love but I can't stand the rejection
I hide behind my jokes as a form of protection
I thought I was close but under further inspection
It seems I've been running in the wrong direction
There's fish in the sea for me to make a selection
I'd jump in if it wasn't for my ear infection
Cause all I want to do is try to make a connection
It seems I've been running in the wrong direction oh

miércoles, 12 de noviembre de 2014

Y marcharme con los zapatos relucientes




"Y marcharme con los zapatos relucientes y el corazón lleno de polvo."

Julio Cortázar

Pero ya no era ayer sino mañana





"Y la vida siguió,
como siguen las cosas que no
tienen mucho sentido.
Una vez me contó,
Un amigo común, que la vio

Joaquín Sabina



Dolorosamente correcto




"Se expresaba en un inglés dolorosamente correcto, y la ausencia total e incolora de deje alguno, casi podía decirse que constituía un acento. "

Jack London, Asesinatos S.L


martes, 11 de noviembre de 2014

I love you, thanks




Las chicas acicaladas me daban pavor




"Las chicas acicaladas me daban pavor. No me atrevía ni a acercarme a ellas, por miedo a oler mal. Tenía la sensación de que entre ellas y yo había una diferencia radical, como si estuviéramos hechas de sustancias distintas. Sus manos frías no sudaban ni se ensuciaban, su pelo conservaba su forma estudiada, sus axilas nunca estaban mojadas (no sabían lo que era tener que pegar los codos a los costados para ocultar los oscuros y vergonzosos cercos en forma de media luna de sus vestidos), y nunca, nunca notaban ese pequeño chorro de sangre de más, un pequeño extra que ninguna compresa puede contener y que se desliza de forma espantosa por el interior de tus muslos. No, eso jamás: sus reglas eran discretas; la naturaleza estaba a su servicio y no las traicionaba. Mi ordinariez nunca se convertiría en su delicadeza; era demasiado tarde, la diferencia se había hecho demasiado grande para ello."

Alice Munro, La vida de las mujeres.