martes, 12 de enero de 2016

Veinte años



¿Qué te importa que te ame,
si tú no me quieres ya?
El amor que ya ha pasado
no se debe recordar

Fui la ilusión de tu vida
un día lejano ya,
Hoy represento el pasado,
no me puedo conformar.

Si las cosas que uno quiere
se pudieran alcanzar,
tú me quisieras lo mismo
que veinte años atrás.

Con qué tristeza miramos
un amor que se nos va
Es un pedazo del alma
que se arranca sin piedad.


La gente está demasiado dispuesta a creer que la función del sol consiste en ayudar a crecer las coles




"Hoy en día cuando me acuerdo de Ellen, intento pensar en la granizada que asoló Rouen en 1853. "Una granizada de primera categoría", le comentó Gustave a Louise. Las espalderas de Croisset quedaron destruidas, las flores despedazadas, el huerto patas arriba. En otros puntos de la zona se malograron las cosechas y muchos cristales quedaron rotos. Los únicos que estaban contentos eran los cristaleros; los cristaleros y Gustave. El desastre le encantó: en cinco minutos la Naturaleza había impuesto de nuevo a las cosas el verdadero orden, tan diferente del breve y ficticio orden que el hombre, con su característico engreimiento, imagina haber creado. ¿Hay algo más estúpido que esas campanas de cristal para los melones? pregunta Gustave. Aplaude el granizo que ha roto los cristales. "La gente está demasiado dispuesta a creer que la función del sol consiste en ayudar a crecer las coles."

Julian Barnes, El loro de Flaubert.

El loro





"La segunda parte de Bouvard et Pécuchet, que quedó sin concluir, iba a consistir fundamentalmente en lo que su autor llamaba «LaCopie», un enorme fichero de rarezas, imbecilidades y citas autodescalificadoras, que los dos oficinistas tenían que copiar solemnemente para su propia edificación, y que Flaubert pensaba reproducir con intención sardónica. Entre los miles de recortes de prensa que coleccionó para su posible inclusión en ese fichero se encuentra esta noticia, recortada de L'Opinion nationale, el 20 de junio de 1863: 

«En Gérouville, cerca de Arlon, vivía un hombre que poseía un loro magnífico. Era su único amor. De joven había sido víctima de una infortunada pasión. La experiencia le convirtió en un misántropo, y últimamente vivía solo con su loro. Le había enseñado a pronunciar el nombre de la novia que le había abandonado, y el loro lo repetía cientos de veces diariamente. Aunque esto fuese lo único que sabía hacer el pájaro, a los ojos de su propietario, el infortunado Henri K... , esta demostración de talento compensaba sobradamente sus limitaciones. Cada vez que oía el nombre sagrado pronunciado con la extraña voz del animal, Henri se estremecía de júbilo; para él, era como una voz proveniente del más allá, una voz misteriosa y sobrehumana. 

"La soledad inflamó la imaginación de Henri K... , y poco a poco el loro comenzó a adquirir para él una extraña significación, era como un pájaro sagrado: al tocarlo lo hacía con profundo respeto, y se pasaba horas contemplándolo en éxtasis. El loro, devolviendo impávidamente la mirada de su amo, murmuraba la palabra cabalística, y el alma de Henri se empapaba del recuerdo de su felicidad perdida. Esta extraña vida duró bastantes años. Un día, sin embargo, la gente se fijó en que Henri K... parecía más sombrío que de costumbre; y que había en sus ojos un raro destello cargado de malignidad. El loro había muerto. »

Henri K... , siguió viviendo solo, pero ahora del todo. No había nada que le vinculase al mundo exterior. Se enroscaba cada vez más en sí mismo, y hasta se pasaba varios días seguidos sin salir de su habitación. Comía cualquier cosa que le llevaran, pero no parecía enterarse de la presencia de sus vecinos. Poco a poco empezó a creer que se había convertido en un loro. Imitando al pájaro muerto, gritaba el nombre que tanto le gustaba oír; intentaba andar como un loro, se colgaba en lo alto de los muebles y extendía los brazos como si tuviese alas y pudiese volar. »

En ocasiones se ponía furioso y comenzaba a romperlo todo; su familia decidió entonces enviarle a una maison de santé que había en Gheel. En el transcurso del viaje hacia allí, sin embargo, logró  huir aprovechando la oscuridad de la noche. A la mañana siguiente le encontraron encaramado a un árbol. Como era muy difícil convencerle de que bajase, alguien tuvo la idea de poner al pie de su árbol una enorme jaula de loro. En cuanto la vio, el infortunado monomaníaco bajó y pudo ser atrapado. Actualmente se encuentra en la maison desanté, de Gheel.» 

Sabemos que a Flaubert le asombró esta historia encontrada en la prensa. A continuación de la línea que decía «poco a poco el loro comenzó a adquirir para él una extraña significación», Flaubert escribió lo siguiente: «Cambiar el animal: en lugar de un loro, que sea un perro.» Algún breve plan para una obra futura, no cabe duda. Pero cuando, finalmente, se puso a escribir la historia de Loulou y Félicité, no cambió el loro, sino su propietario.

Antes de Un coeur simple los loros aletean brevemente en la obra de Flaubert y en sus cartas. Cuando le explica a Louise la atracción que ejercen sobre él los países lejanos ( 11 de diciembre de 1846), Gustave escribe: «De niños deseamos vivir en el país de los loros y los dátiles confitados.» En otra ocasión, cuando intenta consolar a la triste y descorazonada Louise (27 de marzo de 1853), le recuerda que todos nosotros somos pájaros enjaulados, y que la vida pesa más sobre los que tienen las alas más grandes: «En mayor o menor grado, todos nosotros somos águilas o canarios, loros o buitres.» Rechazando la acusación de vanidad que le ha hecho Louise (9 de diciembre de 1852),establece la distinción entre Orgullo y Vanidad: «El Orgullo es una fiera salvaje que vive en una cueva y yerra por el desierto. La Vanidad, en cambio, es un loro que salta de rama en rama y parlotea a la vista de todos.» Cuando le describe a Louise la heroica búsqueda del estilo que supone para él Madame Bovary (19 de abril de 1852), le explica: «Cuántas veces he caído de bruces, justo cuando creía que ya estaba al alcance de mi mano. No debo morir sin haberme asegurado de que el estilo que oigo en mi cabeza brota de ella como un rugido que acalla los gritos de los loros y las cigarras.»

Julian Barnes, El loro de Flaubert.


Los arrojaría a las llamas




"1851-57. Madame Bovary. Su composición resulta dolorosa -"Al escribir este libro soy como una persona que tocase el piano con unas bolas de plomo atadas a cada falange"- y el proceso aterrador. Flaubert acaba fastidiado por la insistente fama de su obra maestra, que hace que otros le vean como el autor de un solo libro. Le dice a Du Camp que si algún día tuviese un golpe de suerte en la Bourse compraría "a cualquier precio" todos los ejemplares en circulación de Madame Bovary: "Los arrojaría a las llamas, y jamás tendría que volver a oír de ellos."

Julian Barnes, El loro de Flaubert.


Mis libros y yo




"1842. Mis libros y yo en el mismo apartamento, como un pepinillo en vinagre"

Julian Barnes, El loro de Flaubert.